Donde permanecen los secretos (La trilogía de los secretos 1) CAPÍTULO ONCE #2
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CAPÍTULO ONCE #2

Suspiro para mis adentros y cruzo el salón hasta el umbral de la cocina.

Al pasar, miro las paredes. Hay menos fotos de las que recuerdo.

Manchas de pintura menos descolorida marcan los lugares donde antes colgaban las fotos.

Por supuesto, las que faltan son las mías.

No es la primera vez que mi madre me borra de su vida así, sin más.

—Bueno, ¿cómo estás? —pregunto, fingiendo interés—. ¿Te encuentras bien?

—Soy vieja y estoy sola. ¿Tú qué crees?

¿Por qué no me sorprende esta respuesta?

Mi madre siempre ha sido una pesimista de manual.

Da otra calada al cigarrillo y suelta el humo al aire; se forma una nube a su alrededor mientras gira la cabeza parcialmente hacia mí.

Me mira durante medio segundo, luego vuelve a mirar por la ventana y apaga el cigarrillo en un cenicero rebosante de colillas.

—¿Qué quieres, Kevan?

—He venido a organizar el funeral de Gammie y pensé en pasarme.

—¿Por qué? Nunca te ha importado —dice mientras remueve distraídamente los platos en el fregadero lleno de agua—. Y Frances no tenía nada aquí.

Poco después de que mi padre desapareciera, Gammie vendió su casa y se mudó más cerca del pueblo. Mi madre no me dejaba verla tanto a partir de entonces. Pude pasar más tiempo con ella cuando me fui de casa.

—Solo he venido de visita.

Esta vez mi madre se gira para mirarme de frente y no oculta su expresión de odio.

—Nunca te importamos ni tu padre ni yo. Trabajamos duro para darte todo lo que necesitabas.

Te quisimos, y lo único que hiciste fue darnos la espalda —coge el paquete de cigarrillos y me mira fijamente mientras enciende otro.

Da varias caladas seguidas y crea una cortina de humo entre nosotras.

¿A quién quiere engañar? , grito para mis adentros mientras intento mantener la compostura.

Mi padre solo trabajaba duro cuando le convenía.

En cuanto a querer a su familia, tenía una forma retorcida de demostrarlo, y mi madre tenía una forma retorcida de creérselo.

Dependiendo de a quién le preguntaras, mi padre tenía muchas facetas.

Pocos conocían su verdadera cara. No era un ángel a ojos de nadie, pero algunas personas veían algo bueno en él.

A veces ofrecía reparaciones gratis, por ejemplo, aunque normalmente esperaba algo a cambio.

Y luego estaba el diablo Clyde Mays. Si conocías a esa persona, sabías que no era prudente darle la espalda. Ese es el lado que yo recuerdo.

—Mamá, no he venido a pelear.

—¿Quién está peleando? —ladra mi madre, cortándome—. No sabías todo sobre nuestras vidas, y no sabías todo sobre tu padre. No sabes lo que pasé para protegerte.

Mi voz me delata, a pesar de mis esfuerzos por mantener la calma. —Si lo hubieras dejado y nos hubieras llevado contigo, no habrías tenido que protegernos —siento que estoy volviendo a ser la persona que era antes, y tengo que obligarme a parar.

Sin inmutarse, mi madre continúa. —Amaba a tu padre, pero aunque no lo hubiera amado, tenía que quedarme.

El matrimonio es sagrado ante los ojos de Dios, y si lo rompes, vas directo al infierno.

Aunque lo amaba, también le tenía terror.

Puede acabar contigo cuando estás atrapada en esa situación.

—Mi madre se detiene en seco y se gira para apagar el cigarrillo.

Respiro hondo y reprimo la oleada de ira y frustración que siento hacia ella. Me doy cuenta de que llevo años acumulando todo esto dentro de mí. Ella sigue sin mirarme.

El tiempo no ha sido clemente con mi madre.

Ha envejecido muchísimo desde la última vez que la vi.

Tiene más canas, y la piel se le ha vuelto correosa y ajada.

Décadas fumando le han surcado la cara y el cuello de arrugas.

Años de maltrato físico y psicológico por parte de mi padre, y de ella misma, la han envejecido prematuramente.

Si aún quedara amor entre nosotras, quizás me daría pena.

Pero cuando los puentes se destruyen sin posibilidad de reparación, hay que buscar otro camino y no volver jamás al lugar al que ese puente conducía.

—Mamá, no tenías por qué pasar por nada de eso. Elegiste quedarte aquí, con él.

Se vuelve de golpe. —¡Me quedé con el hombre que amo! ¿Tan malo es eso? La familia no se abandona. Se mantiene unida. Habría estado mal dejar a tu padre.

—Eso es lo que tú crees. ¡Yo no, mamá!

—Dios nos pone en estas vidas según seamos dignos o indignos.

—Entonces, ¿qué estás diciendo? ¿Eres digna o indigna? ¿Cuál de las dos? No creo que Dios pretendiera que nadie viviera como tú viviste. ¡Como vivimos nosotros!

—¡No tienes ni idea de lo que dices! —Mi madre agarra un paño de cocina del mostrador y lo retuerce entre las manos—.

No sé ni para qué te has molestado en venir.

—Tira el paño sobre el mostrador, va con paso pesado hasta la puerta mosquitera y la abre de una patada.

Baja los escalones cojeando y cruza el patio sin volverse.

«¿Por qué dejo que me arrastre a las discusiones de siempre?». Inhalo por la nariz y suelto el aire por la boca.

Esta habitación es donde mi padre ejecutaba sus castigos.

Se supone que las cocinas son el corazón de un hogar.

Esta no. Recorro la habitación con la mirada y me detengo en una huella de barro en el suelo.

Niego con la cabeza al verla y examino los platos sucios en la mesa y la leche derramada en el mostrador.

Al verlo, mi mente retrocede a cuando tenía ocho años y tuve que fregar todas las grietas del linóleo con un cepillo de dientes.

Fue mi castigo por mirar mal a mi padre.

Tenía los ojos llenos de lágrimas, y la espalda y las rodillas me palpitaban de dolor.

Trabajé deprisa, porque sabía que pronto volvería a inspeccionar mi trabajo.

No quería ni pensar en lo que pasaría si no terminaba a tiempo.

El recuerdo me hace un nudo en la garganta, así que me obligo a apartarlo de mi mente para concentrarme en lo que vine a buscar.

Camino por el estrecho pasillo que lleva a mi antigua habitación.

La pared del fondo está cubierta por un gran espejo que lleva colgado ahí desde que era pequeña.

Siempre sentí que algo en su interior me observaba.

Mantenía la mirada en el suelo al entrar en este pasillo, sobre todo de noche.

Con la mente aún luchando por mantenerse fuera del pasado, veo un atisbo de mi yo infantil en el espejo.

Tengo el pelo de un rojo claro, casi rubio, y la cara cubierta de pecas.

Mi camiseta rosa sucia, con ribete rojo en las mangas, tiene la cara de Rosita Fresita en el pecho.

Sonrío un instante al recordar mi camiseta favorita.

La sonrisa no dura mucho; el recuerdo empieza a convertirse en una sensación desagradable. Parezco un fantasma en esta casa.

Mi antigua habitación parece más pequeña que antes.

Está vacía salvo por una cama y una cómoda; no queda rastro de mí.

Miro la cama y me veo de nuevo como aquella niña pequeña, arrodillada, con mi madre inclinada a mi lado.

Tendría las manos juntas mientras recitaba la oración de antes de dormir que ella me había enseñado.

Lo hacíamos todas las noches. De niña, no me importaba.

Era una de las pocas ocasiones en que pasaba tiempo a solas con ella y sentía que era solo mía. Decíamos las palabras al unísono:

Ahora me acuesto a dormir,

ruego al Señor que mi alma guarde.

Si muero antes de despertar,

ruego al Señor que mi alma tome.

A medida que crecí, empecé a sentir que me obligaban a recitar las palabras de una secta. Se convirtió en otra manipulación impuesta por mi madre. Recuerdo cambiar las palabras en mi cabeza para decir algo muy distinto, dirigido a mi padre:

Ahora me acuesto a descansar,

ruego a Satanás y a toda su corte.