CAPÍTULO ONCE
Kevan
Principios de verano
Todavía tengo la boca abierta de la confusión, y escudriño la carretera como si pudiera ver a la persona que dejó el papel en mi coche.
Es un dibujo de una casa y un estanque rodeados de un bosquecillo.
Aunque el dibujo de la casa carece de detalles, sé de algún modo que es la misma que recuerdo de nuestro lugar especial en el bosque.
La cabeza me da vueltas. Había olvidado este lugar, pero alguien más no.
Quienquiera que haya hecho este dibujo ha estado allí.
Examino el dibujo como si pudiera revelarme las respuestas a mis preguntas.
¿Cómo conocía otra persona esa casa, y por qué me dejaría un dibujo de ella?
¿Por qué el dibujo está en el mismo tipo de papel tan peculiar que uso para mis bocetos? ¿Entraron en mi casa y lo cogieron?
Pero sobre todo, me intrigan las palabras escritas en la esquina inferior de la página:
OLVIDA ESTE LUGAR .
Miro a Beth.
—¿Qué demonios? ¿Por qué alguien me advierte que me mantenga alejada de una propiedad abandonada? Ni siquiera estoy segura de que siga existiendo.
—¿Crees que alguien te vigila o ha visto tu arte? Esto no puede ser coincidencia.
—¿Quién me relacionaría con este lugar, y por qué le importaría?
—Quizá la casa significaba más para tu Gammie de lo que te contó.
—Di por hecho que era un lugar al que iba de niña. No pregunté. Seguro que otras personas lo conocían.
—Ya, pero ¿por qué dejarlo en tu coche, y por qué ahora?
Miro la hora y lanzo el dibujo al asiento de atrás.
—Vamos, tenemos que irnos.
Me dejo caer en el asiento del conductor, decidida a concentrarme en el día que tengo por delante. Beth se sube a mi lado.
Esta visita a Bitterton me está revolviendo el estómago de angustia, y todavía queda un largo viaje por delante.
Con cada intento de calmarme, la ansiedad crece en oleadas y las náuseas me suben a la garganta.
Ya he sentido esto antes. Cuando era adolescente y joven adulta, me atormentaba cada vez que ponía un pie en la propiedad de mis padres.
Aunque aquella casa era técnicamente mi hogar, el temor me envolvía como una nube oscura e impenetrable cada vez que volvía del colegio o de casa de Gammie. Hoy, lo sabía, no sería una excepción.
—Parece que vas a tu propio funeral —dice Beth.
—Han pasado más de cinco años desde la última vez que vine, y sigo sin querer ver a mi madre ni a mis hermanos. De hecho, me da tanto pavor verlos como entrar en esa casa.
—No dejes que te afecten. ¡Haz lo que tengas que hacer y al diablo con ellos!
—Es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Mi familia es famosa por desenterrar trapos sucios.
—¡Pues no les des la oportunidad de coger la pala!
Acalorada, subo el aire acondicionado del coche e intento enfriarme la cara y calmar los nervios.
—A ver, recuérdame: ¿por qué vamos a casa de tu madre? —pregunta Beth.
—El sueño de anoche me hizo acordarme de un collar que Gammie me regaló hace mucho tiempo. Si no recuerdo mal, tenía una llave.
—La llave misteriosa. ¿De qué es?
—No me acuerdo. Escondí el collar para que mis padres no lo encontraran, porque sabía que me lo quitarían. Sigue en la casa.
—¿Cómo sabes que no lo han encontrado ya?
—Tenía un escondite secreto que solo conocíamos Gammie y yo. Está muy bien escondido.
Tras conducir más de una hora, casi todo el rato en silencio, aparco junto a la carretera, frente a la casa de mi madre.
Aunque han pasado varios años desde mi última visita, nada ha cambiado.
Supongo que debería sentirme culpable por el tiempo que ha pasado desde que estuve aquí, pero no es así.
Sé que esta visita no será diferente de las demás.
Temo que la casa pueda absorberme para siempre con solo mirarla.
Me inclino hacia delante, apoyo las manos en el volante y me obligo a mirar más de cerca.
La casa en sí tiene el mismo aspecto. El revestimiento de su fachada de una sola planta está sucio, la pintura se descascarilla como una quemadura de sol espantosa.
Las ventanas pequeñas acentúan la penumbra.
A cada lado de las ventanas cuelgan contraventanas verdes descoloridas; faltan algunas.
La puerta principal es patética, oxidada en la parte de abajo.
Esta es una casa donde los niños se criaron con odio y dolor en lugar de amor. Los recuerdos dolorosos están en cada habitación, atrapados en los objetos. La casa refleja las heridas de quienes han vivido en ella.
Mi padre tenía treinta y tantos años cuando se largó.
Tras más de siete años desaparecido, lo declararon muerto.
El sheriff no investigó más, dado el historial de mi padre con el alcohol y los escándalos.
Lo único que sé es que mi padre nos hizo la vida imposible.
Gammie solía decir: «Hay dos criaturas que no duran mucho en este mundo: los cerdos y los hombres malvados».
Mi padre encajaba sin duda en una de las dos categorías, quizá en ambas.
Su maltrato físico y psicológico dejó cicatrices que quizá no sean visibles para los demás, pero que resultan imposibles de borrar.
Mi madre no infligía daño físico, pero el emocional era peor. En parte era su negación de la verdad. En parte, que no hacía nada por salvarnos. Quienes no hacen nada ante el maltrato son tan peligrosos como los maltratadores. Su negación condena a otros a cargar con el maltrato de por vida.
Veo a mi hermano mayor, Matthew, agachado bajo el capó de una camioneta, tan absorto en lo que hace que no se percata de mi presencia.
Él y mi hermano James viven cerca, pero pasan mucho tiempo aquí.
Se parece a nuestro padre más que nunca.
Matthew es de los que solo dicen la verdad sobre nuestro pasado cuando se han bebido media botella de whisky, su particular suero de la verdad.
E incluso entonces, es solo una verdad a medias, un relato alterado que se cuenta a sí mismo.
Mi segundo hermano, James, vive en completa negación y corta de raíz a cualquiera que intente remover el pasado.
Cree que nuestra madre hizo lo necesario para criarnos.
Mis hermanos prefieren no ver a nuestros padres tal como eran.
Dicen que no somos más que ecos de nuestros padres.
Yo me convertí en el único eco que no rebotó; ni lo haré jamás.
Respiro hondo una última vez y miro la casa un poco más, como si fuera a volverse más acogedora. Visitar una cripta resultaría menos lúgubre.
Beth rompe el silencio. —Dime dónde está y voy a buscarlo.
—Está muy bien escondido —hago una pausa—. Puedo con esto, ¿no?
—¡Pan comido! —dice Beth, dándome un golpe en el brazo—. ¿Segura de que no quieres que entre contigo?
—No —me encojo de hombros sin mucha convicción—. Sola, entro y salgo más rápido.
Salgo del coche. El patio apesta, y el olor me revuelve el estómago de inmediato.
Muebles de jardín rotos, barriles oxidados y piezas de motor desperdigados por todas partes.
Años de chatarra que mi padre acumuló y que mi madre se niega a tirar.
Parece una venta de garaje que hubiera explotado.
Lo único que ha cambiado es que ahora hay aún más basura, traída por mis hermanos, que perpetúan el legado de mi padre.
Matthew se incorpora y se limpia las manos con un trapo ennegrecido. Con cara de sorpresa, dice: —¡Hola, hermanita! Me preguntaba si te veríamos.
—¿Ah, sí? Pensé que debería pasarme, ya que estaba en el pueblo.
Camina hacia mí con un brazo extendido para darme un medio abrazo. En esta familia, los abrazos son puro trámite. Hace el esfuerzo, me rodea los hombros con un brazo, pero sin ganas. Noto que ha girado la cabeza, probablemente para que no le huela el aliento a alcohol.
La puerta principal se abre y James sale. Me lanza una mirada de asco. —Vaya, mira quién es. La doctora Copeland, que viene a honrarnos con su presencia —enfatiza doctora con tono burlón—. ¿Qué coño quieres?
—Yo también me alegro de verte, hermano —digo con evidente sarcasmo y una sonrisa falsa.
James pasa junto a mí dando pisotones. Él y yo ya no nos hablamos.
Nuestra relación se desmoronó hace años, y más aún cuando me convertí en la doctora Copeland.
No sé si es por celos o porque le intimido.
Sea como sea, se comporta más como nuestro padre que nadie.
Matthew será el bebedor, pero James es un desastre como ser humano. O al menos así lo veo yo.
—Y mamá, ¿dónde está? —pregunto a regañadientes.
—¿Y a ti qué te importa? —suelta James. Su cara se tuerce en una mueca aún más hosca mientras camina hacia su camioneta para largarse.
—Está en la cocina —dice Matthew—. Puede que no le haga gracia verte. Ha pasado mucho tiempo, y creo que prácticamente te ha dado por perdida.
Me encojo de hombros. —¿Qué hay de nuevo?
Lo superé hace mucho —continúo mi marcha hacia el patíbulo, sin dejar que mi mente vuelva a la angustia que he sentido todo el día.
Para calmar los nervios, me detengo en lo alto de los escalones y miro hacia el coche.
No consigo ver a Beth a través de los reflejos distorsionados en la ventanilla.
Abro la puerta mosquitera, que chirría, y doy solo un paso adentro, con cuidado de no dejar que se cierre de golpe detrás de mí.
Miro más allá del sofá y el tresillo hacia la cocina.
Mi madre está de pie junto a la ventana, de espaldas a mí, con un codo apoyado en la cadera mientras se aparta el cigarrillo de la boca.
Ya flota aquí el tufo persistente de incontables cigarrillos, que han dejado una película amarillenta y pegajosa en todo.
El humo se eleva sobre ella mientras suelta una larga exhalación de hastío.
—Mira quién se ha acordado por fin de que tiene madre.
Sigo plantada junto a la puerta. —¿Puedo pasar?
—Haz lo que quieras. Total, siempre haces lo que te da la gana —dice mi madre sin volverse.