CAPÍTULO NUEVE
Kevan
Kevan está sentada en su cama acariciando a su conejo mientras intenta ignorar a su padre, que está en el salón provocando a su madre.
Cada vez que cierra los ojos, su padre parece alzar más la voz, y sus palabras se vuelven aún más hirientes.
Sabe que cerrar los ojos no causa esto, pero aun así teme salir de su habitación.
Ella y sus hermanos se esconden en sus habitaciones todo el día. Se siente cobarde, pero no sabe qué más hacer. Se entretiene leyendo, dibujando y escuchando música, aunque eso apenas calma su ansiedad.
—¿Por qué tienes que ser una santurrona de mierda, Edith? —las palabras de Clyde atraviesan las paredes—. ¿Crees que eres mejor que yo porque vas a la iglesia todos los domingos? Si tengo que ser aburrido y miserable para entrar en tu cielo, entonces olvídalo.
Su voz toma un tono falso y quejumbroso mientras le habla al perro.
—¿Verdad que sí, Bo? Mírala, está gorda y fea.
Vuelve a un tono cortante y lleno de odio.
—¿Por qué no puedes mantenerte en mejor forma? Tu hermana sí lo hace. Nuestra vecina Jackie también.
El golden retriever gime como si supiera que algo malo está a punto de suceder.
Bo rara vez puede entrar en la casa, y cuando lo hace, es solo porque Clyde ha estado fuera varios días.
Cuando Clyde vuelve a casa apestando a whisky rancio, Bo suele convertirse en blanco de sus arrebatos de borracho, lo que puede acabar en una patada en las costillas por pura diversión.
Cuando Clyde se pone así, Bo pasa de ser un perro guardián a un cachorro triste y pegajoso.
—Clyde, estás borracho. Por favor, vete a otro lado hasta que se te pase —suplica Edith con suavidad.
A Kevan le hierve la sangre al oír a su madre hablar como si tratara de calmar a un niño asustado. No entiende por qué su madre es tan amable con su padre.
—¡No estoy borracho! ¿Por qué siempre me acusas de estar borracho?
Incluso mientras lo dice, Kevan lo oye arrastrar las palabras.
—¡Ya sé por qué! Eres demasiado santa para beber conmigo. Quizá no tendríamos un matrimonio tan de mierda si te tomaras un trago conmigo de vez en cuando. Quizá dejarías de ser una zorra aburrida y patética. Podría irme a casa de Ron y Jackie a beber. Ella sí bebe con su marido.
—Bueno, ¿por qué no lo haces? —el tono de Edith pasa de calmado a irritado—. Si crees que estar allí es mejor que aquí, adelante.
Kevan espera a que las palabras de Edith enfurezcan a su padre.
Los gemidos de Bo se convierten en un lloriqueo desesperado, y Kevan intuye lo que vendrá después. Salta de la cama, se mete a gatas en el armario, cierra la puerta tras ella y empieza a mecerse y a recitar. Uno, dos, átate el zapato. Tres, cuatro, cierra la puerta...
Termina la rima, pero no sirve de nada. Empieza de nuevo.
Uno, dos, el cielo es azul. Tres, cuatro, canta un rato. Cinco, seis, no hagas eso. Siete, ocho, ya es muy tarde. Nueve, diez, otra vez. Uno, dos, el cielo es azul...
Este pequeño espacio rectangular la ha protegido muchas veces. Se siente más segura en el armario. El daño que le hace su padre no parece seguirla hasta aquí. Aprieta los ojos con fuerza aunque está oscuro en el pequeño espacio.
Alguien golpea suavemente el otro lado de la pared contra la que está apoyada, y una vocecita dice:
—Todo va a estar bien, Kev-ree.
Sus hermanos se han metido en su armario, que está justo al lado del suyo. Su hermano pequeño Tommy solloza mientras repite una y otra vez:
—Haz que pare. Por favor, haz que pare.
Kevan no sabe qué haría sin sus hermanos. La ayudan a superar tantos momentos como este.
—Pronto terminará, vosotros dos. Se quedará dormido en el sofá y todos podremos descansar —les asegura James.
—¡Estoy harto de esta mierda! —dice Matthew—. Quiero golpearlo.
James lo hace callar.
—Matthew, no —le ruega.
Kevan se tapa los oídos para bloquear la perorata de su padre, pero algunas palabras aún se filtran.
—Edith... estúpida zorra... deberías estar besándome el culo... un polvo de mierda...
Kevan se tapa los oídos con más fuerza.
—¡Maldito perro! ¡Te voy a enseñar a plantarme cara!
—¡Basta, papá! —grita Matthew desde algún lugar del pasillo.
El pánico y la adrenalina se apoderan de ella, y a pesar de su miedo, Kevan encuentra el valor para salir disparada del armario con los puños apretados.
Corre al salón para enfrentarse a otra de las escenas de horror de su padre.
Bo yace en el suelo, y su padre está pisoteando una y otra vez el pecho, la cadera y la cabeza del perro.
—¡Maldito perro! Te voy a enseñar a desobedecerme. ¡Nadie me planta cara!
—¡Papá, por favor, para! —llora Tommy.
—¡Para, papá! ¡Lo estás matando! —grita Kevan.
Las lágrimas le nublan la visión mientras ve que Bo ya no se mueve. La bota de su padre aplasta las costillas de Bo con un crujido. Su madre y Matthew agarran a su padre de los brazos e intentan apartarlo del perro. Tommy se desploma en el sitio, se abraza las rodillas y solloza.
La rabia invade a Kevan mientras tensa los brazos y aprieta los puños aún más.
Los aprieta tanto que las uñas se le clavan en las palmas.
Se lanza contra su padre y le golpea la parte baja de la espalda con esos puños cerrados.
Al cuarto golpe, su padre retrocede sin aliento y sacude el cuerpo de lado a lado, liberándose de quienes lo sujetan.
Se vuelve hacia Kevan mientras ella sigue golpeándolo donde puede.
Le asesta dos golpes más en el estómago, que le hacen torcer el gesto, pero solo un poco.
—¡Maldita zorra!
Clyde le cruza la cara a Kevan de un bofetón, y ella cae de rodillas.
—Sí, ahí es donde tienes que estar, pequeña zorra, de rodillas. Ahí es donde tienen que estar todas las mujeres, de rodillas frente a un hombre. Es lo único para lo que servís.
Clyde carraspea con fuerza y le escupe a Kevan.
—¡Clyde, basta!
Gammie Frances se ha colado en la casa sin que nadie se dé cuenta.
De alguna manera siempre sabe cuándo algo va mal aquí.
Entra y empuja a Clyde. Él se tambalea hacia atrás, pierde el equilibrio y cae al suelo con un golpe seco.
Aterriza primero de culo contra la superficie dura y luego termina de caer de espaldas.
Las lágrimas de rabia vuelven a ser lágrimas de miedo mientras Kevan se arrastra hasta Bo y le acaricia la cara. Lo besa en el hocico y le suplica que abra los ojos. Su pecho sube y baja, pero no lo bastante para llenar sus pulmones con el aire que necesita.
—¡Lárgate de aquí, papá! —grita Matthew.
Clyde se ríe como si todo el episodio hubiera sido divertido.
Kevan fulmina a su padre con la mirada y se imagina de pie sobre él, presionándole la garganta con el pie hasta que se le pone la cara morada.
Quiere verlo jadear en busca de aire mientras el cuerpo se le queda sin vida, quiere golpearlo como él ha golpeado a su perro. Quiere que muera.
—Lo digo en serio, papá, ¡vete a algún sitio y duerme la mona! —Matthew se planta frente a su padre, justo fuera del alcance de una patada.
—¿Y qué harás si no lo hago, hijo? ¿Crees que eres lo bastante grande? Pues venga, atrévete.
Clyde suelta una carcajada condescendiente e intenta levantarse, pero vuelve a caerse de culo, borracho perdido.
—Pequeño bastardo. Vuelve a tu cuarto cagando leches. ¡Todos vosotros, a vuestros cuartos!
—Matthew tiene razón. ¿Por qué no te vas tú a otro sitio? —exclama Gammie.
Clyde se ríe de nuevo, solo que esta vez es una risa profunda, de fumador, y luego tose.
—Tendríais que veros las caras —arrastra las palabras—. Relajaos. Solo me estaba divirtiendo.
Se gira de costado, se impulsa desde el suelo y se tambalea hasta el sofá. Allí se deja caer de espaldas y lanza el brazo por encima de la cabeza. Un marco barato rebota en la pared, se desliza y cae detrás del sofá.
—Tendríais que aprender a divertiros.
El perro intenta levantar la cabeza con la ayuda de Matthew. Gammie se acerca, coge al perro en brazos y lo acuna.
—Ven conmigo —le dice Gammie a Kevan—. Matthew, vosotros quedaos aquí con vuestra madre por si vuestro padre se despierta.
Kevan sigue a Gammie fuera de la casa y se adentran en el bosque.
—¿Adónde vamos, Gammie?
—A un lugar donde Bo pueda estar en paz. Lo llevaremos a nuestro lugar secreto.
Kevan la sigue, llorando por su perro. Murmura entre dientes:
—Odio a papá. Lo odio. Quiero que se muera.
—Ya llegará, querida. Algún día.