CAPÍTULO OCHO
Kevan
Principios de verano
Nada más abrir los ojos, me incorporo de golpe e intento identificar dónde estoy mientras recupero el aliento.
No sé qué me despertó primero, si el final de la terrible pesadilla o el latido desbocado de mi corazón.
Las imágenes del sueño siguen apareciendo.
La rana. El collar y la llave. La mujer muerta.
El hombre horrible. Me presiono los párpados con las palmas de las manos, intentando borrar las imágenes.
No tengo ninguna intención de regresar a la pesadilla dejándome caer de nuevo en el sueño.
He tenido pesadillas toda mi vida, y sé por experiencia que si me vuelvo a dormir, retoman justo donde las dejé.
En los últimos meses, mis sueños se han vuelto más agresivos, y me da miedo volver a este, aunque estoy agotada de haberme quedado hasta tarde charlando con Beth y bebiendo vino.
Cojo el móvil de la mesita de noche y bajo a la cocina a preparar café. Son casi las seis de la mañana y el amanecer se asoma por la ventana. Cuando el café está listo, lo llevo al estudio y me siento en la esquina, en mi mesa de dibujo.
¿Qué tienen los sueños? Los míos aparecen como fantasmas que se esconden; nunca sé cuándo van a presentarse.
Algunos parecen venir solo para atormentarme, y es imposible detenerlos.
Caóticos u organizados, siempre son un misterio, pero da igual el orden o la naturaleza de los acontecimientos: sé que tienen que significar algo.
Antes intentaba entenderlos, pero ahora prefiero no hacerlo.
Como invitados molestos, ya no son bienvenidos.
Abro el bloc de dibujo en una página en blanco y empiezo a dibujar la casa de mi sueño.
Dibujo con urgencia, captando cada detalle antes de que se desvanezca de mi memoria.
Algo en esa casa me hace sentir que le debo el respeto de ayudarla a existir fuera de mi sueño.
Mientras traslado las imágenes al papel, me invade una sensación de déjà vu.
Dibujo el exterior de la casa, con dos ventanas y un tejado empinado.
En el fondo de una ventana, dibujo la encimera con la urna encima.
No pongo el nombre de Beth en la urna como aparecía en mi sueño, porque no quiero que esa parte parezca real, o quizá es el miedo a que hacerlo provoque que algo malo ocurra.
Después dibujo el estanque, con cuidado de añadir cada detalle de lo que hay en su interior, incluidos los contornos de una mujer y una rana.
Dibujo al hombre malvado de espaldas, alejándose por el camino cubierto de maleza. Al esbozar su silueta, me estremezco.
Cuando termino el dibujo, Beth entra en la habitación con un café en la mano. Miro el reloj: las ocho de la mañana.
—Parece que llevas despierta un buen rato —dice mientras se deja caer en el diván, con los párpados todavía caídos.
—Tuve otro de mis infames sueños. ¡Este fue horrible!
—¿Y no lo son todos? —Camina hacia la mesa de dibujo para ver en qué he estado trabajando—. ¿Otra casa para tu collage?
—Es de mi sueño. Algo de ese lugar me asustó. Además, fue la primera vez que soñé con una persona muerta. La mujer estaba atrapada en el estanque y me dio una llave.
—¡Dios mío! ¡Tú y tus sueños retorcidos! —Beth ladea la cabeza mientras mira mi dibujo—. ¿Tienes idea de para qué es la llave?
—Ni idea. ¿Por qué demonios sueño estas cosas?
—Bueno, ¿sabes lo que pienso? Que ponernos nostálgicas anoche con el vino no fue buena idea.
—Puede ser.
La mujer de mi sueño parece importante. Y lo que más me inquieta es por qué el nombre de Beth estaba en una urna; me asusta. Por miedo a asustarla, me lo guardo para mí.
Apartando la inquietud por el momento, pregunto:
—¿Más café?
Vamos a la cocina y preparo algo rápido de comer.
—Bueno, ¿cuál es el plan para hoy? —pregunta Beth.
—Por mucho que deteste la idea, sé que tengo que ir a Bitterton, lo que significa ver a mi madre y a mis hermanos —las palabras despiertan un temor profundo y oscuro en la boca del estómago—.
No pienso dejar que mis hermanos se encarguen de los preparativos de Gammie.
Conociéndolos, la enterrarán en una caja hecha de palés o de cartón.
—No me extrañaría nada de ese cabrón de tu segundo hermano —dice Beth, y añade—: No pienso dejarte ir sola.
—No tienes que venir. No creo que pueda organizar más de un funeral hoy —digo en broma.
—¿Por qué iba a perderme toda la diversión? Puedo esfumarme cuando lo necesites. Y volver a aparecer con la misma facilidad.
Mi móvil suena y aparece un mensaje en la pantalla de un remitente identificado como K. B . Beth le echa un vistazo y se le iluminan los ojos.
—Vaya, tu juguetito joven.
Deslizo hacia la derecha y el mensaje se abre mostrando una foto de Kyle con una taza de café en la mano. El texto dice: «Buenos días, preciosa». Sonrío y le enseño el teléfono a Beth.
—Ya veo por qué elegiste este juguete. Vaya diablillo guapo.
Respondo con la rapidez de una adolescente y subo las escaleras con mi taza de café camino a la ducha.
El mensaje provocador de Kyle me hace sonreír de nuevo mientras me siento un momento en el borde de la cama.
Pienso en lo que Gammie habría dicho sobre mi pequeña aventura.
Probablemente algo como: «No tiene nada de malo que una chica se divierta un poco.
Sobre todo cuando tienes a alguien tan sexy para jugar».
Mi sonrisa se desvanece tan rápido como llegó.
Tenía pensado contarle lo de Kyle, pero nunca tuve la oportunidad.
Giro el grifo de la ducha casi al máximo de caliente, porque quiero sentir el escozor del agua ardiendo en mi piel.
Me permito un último momento para sentir la pena y sucumbo a ella mientras las lágrimas se mezclan con el agua de la ducha.
Dejo que pasen y luego me obligo a continuar con el día.
Me visto y vuelvo a bajar. Allí encuentro a Beth ya lista, con mi dibujo reciente en la mano, observándolo fijamente.
—Oye, Roja, ¿te fijaste bien en lo que dibujaste esta mañana? —pregunta Beth.
—Claro.
—¡No, en serio! Mira tu dibujo y luego mira tu collage —Beth gira el papel del dibujo hacia mí.
—Se ve igual que en mi sueño. —Me acerco a Beth y me giro hacia el collage. Paso de la confusión a la comprensión—. El dibujo es mi collage. —Los miro varias veces, comparándolos.
—¿Recuerdas haber soñado con esta casa antes? —pregunta Beth.
—No, pero debo de haberlo hecho.
Entonces, como un golpe repentino, me doy cuenta de que sí he visto la casa, en la vida real. Cojo la foto de Gammie y yo sentadas en el embarcadero y me fijo en la casa del fondo.
—Es esta casa. No me había dado cuenta de que mi collage es esta casa. Me pregunto por qué me estoy centrando en este lugar. ¿Por qué ahora?
—Yo tampoco me había dado cuenta, pero tienes razón. Ahora lo recuerdo, de cuando jugábamos cerca —dice Beth—. ¿Hace cuánto que empezaste a trabajar en el collage?
—Hace un año, más o menos. No puedo creer que no me diera cuenta. No había pensado en esa propiedad en años, al menos no conscientemente. —Giro la foto hacia Beth y luego hacia mí, observándola un rato más—. Quizás la foto me hizo soñar con ella.
—Puede ser. Pero eso no explica por qué empezaste a hacer un collage gigantesco hace más de un año. En algún momento, estabas pensando en ella.
Ambas observamos de cerca la gran obra de arte, sin saber qué decir.
Beth rompe el silencio.
—Mira lo que pienso: no deberías beber y soñar —dice con una risa nerviosa—. Me pregunto qué más pasa en esa cabeza loca tuya. ¡Olvídalo! No me lo digas. —Beth levanta una mano y gira la cabeza con gesto burlón.
Beth y yo salimos hacia el coche. Hay un trozo de papel blanco sujeto bajo el limpiaparabrisas.
Confundida, miro hacia la carretera en ambas direcciones y luego vuelvo la vista al coche.
Algo me inquieta. Levanto el limpiaparabrisas y saco el papel texturizado.
Es el mismo tipo de papel que uso para dibujos y bocetos.
Le doy la vuelta y de repente siento un hormigueo recorriéndome los brazos, como si pequeños insectos me caminaran por la piel, y se me eriza el vello.
—¿Qué es? —pregunta Beth.
Giro el dibujo hacia ella. Su expresión se vuelve gélida, como la mía.
—¿Qué coño?