Donde permanecen los secretos (La trilogía de los secretos 1) CAPÍTULO SIETE
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CAPÍTULO SIETE

Nathan

Decido dejarlo por esta noche y permitir que Dorothy —que todavía estrecha el diario de su amiga contra el pecho— lidie con su dolor a solas.

Dorothy cree que la soledad alimenta el alma y que no se puede temer lo que se ha abrazado durante casi toda la vida.

Desde que tengo memoria, ha vivido sola en esta enorme plantación.

Su marido se marchó años antes de que mi madre y yo llegáramos, y ella nunca mostró interés en buscar a otro.

Me subo a la camioneta y conduzco hacia la parte trasera de la propiedad de Dorothy, donde vivo.

El camino bordeado de árboles no ha cambiado mucho desde el día en que mi madre y yo llegamos, salvo por el tamaño de estos.

Al pasar bajo sus altas ramas arqueadas, me viene a la mente mi primera vez aquí.

La tarde en que mi madre y yo llegamos a la entrada de la casa, no pude contener la emoción mientras daba botes en el asiento trasero.

Me iba a mudar a una mansión. Nunca había visto el interior de una casa de dos pisos, pero esta sería nuestra.

Me fijé en cada detalle: las paredes de ladrillo, las enormes contraventanas, los grandes ventanales.

Cuando rodeamos la casa hacia la parte trasera, ya tenía la puerta abierta antes de que el coche se detuviera del todo.

Con mi perro Donatello pisándome los talones, crucé corriendo el porche trasero y entré en la cocina más grande que había visto en mi vida, más grande que toda la casa donde habíamos vivido.

Atravesé corriendo el comedor y la sala de estar, ya amueblada, maravillado.

Había dos sofás, uno grande y uno pequeño.

Me dejé caer en el pequeño y di unos botes.

Entonces vi lo que había estado buscando: las escaleras.

Las subí de dos en dos, corrí de una habitación a otra en el piso de arriba y me instalé en la que elegí para mí.

Donatello debió de intuir que ahora era nuestra habitación, porque se tumbó en medio del suelo para probarla.

Llevaba casi ocho años siendo hijo único, y mi perro era mi mejor amigo.

Esta noche, entro por la puerta trasera a la misma cocina, y otro perro viene hacia mí contoneándose, se estira arqueando el lomo, bosteza ruidosamente y termina de acercarse.

Jake es un labrador chocolate, la única raza de perro que he tenido.

Su nombre es corriente, a diferencia de los nombres de las Tortugas Ninja que les ponía a mis perros de pequeño. Le rasco detrás de la oreja.

—Hola, chico. ¿Estás listo para salir?

Cojo una cerveza de la nevera, la abro y salgo por la chirriante puerta delantera a sentarme en el porche. Los grillos chirrian por todas partes, como si conversaran entre ellos.

Me siento en la vieja silla que era la favorita de mi madre.

Ahora es la mía. La madera está lisa en algunos puntos de tanto uso.

Inclino la silla hacia la pared y me balanceo sobre las patas traseras, contemplando la misma escena que ella siempre contemplaba.

Sentado ahí, mi mente vuelve a divagar hacia el pasado.

Pienso en cuánto le gustaba este lugar a mi madre, en las muchas horas que pasó en este porche. Ahora hago lo mismo.

La mayoría de mis recuerdos de infancia comenzaron aquí.

Cuando nos mudamos aquí, solo tenía siete años.

Mi madre trabajaba de camarera, pero las propinas eran escasas.

El trabajo aún le permitía poner comida en la mesa.

No había muchos hombres en su vida, y solo recuerdo que tuvo un novio.

Cuando descubrió que la había dejado embarazada, se largó.

Conocí a Dorothy un día, al salir del colegio, en el restaurante.

Me senté en un reservado del rincón, donde el encargado me invitó a un batido por portarme bien.

Dorothy entró y pidió que mi madre fuera su camarera.

Decía que nadie más sabía prepararle el té como era debido y que el servicio de mamá era mejor que el de nadie.

Ese día, Dorothy se sentó a mi lado en el reservado.

Confundido, miré a mi madre, buscando su aprobación para hablar con una extraña.

Mi madre asintió. Le dediqué a la señora una media sonrisa y seguí bebiendo mi batido.

—¿Te interesaría ganar dinero para poner en tu hucha? Supongo que tienes una hucha, ¿verdad? —preguntó Dorothy.

Miré a la mujer y pensé que tenía cara de pocos amigos. Con los ojos como platos, volví a mirar a mi madre, y ella asintió para que respondiera.

—Sí, pero no tiene mucho dentro.

—Bueno, pues parece que tu culete necesita un trabajo. No vas a ganar dinero sentado aquí atiborrándote de helado.

Mi madre vino a sentarse a mi lado y me pasó un brazo por los hombros.

—Nate, esta generosa señora nos ha ofrecido un sitio donde vivir y un trabajo. ¿Qué te parece mudarnos al campo?

Me encogí de hombros.

—Supongo que sí.

No estaba seguro de si me gustaría esta mujer, pero sabía que la decisión ya estaba tomada. Cuando miré a mamá, me sonrió con tanto amor y seguridad que sentí que todo iría bien.

Sonrío ante este dulce recuerdo de mi madre, pero entonces mis pensamientos derivan hacia un momento mucho más oscuro.

Estos pensamientos suelen permanecer guardados como un libro en un estante, pero de vez en cuando, el libro se abre.

Algunas historias del pasado tienen capítulos profundos y dolorosos.

Como la noche en que me enteré de que mi madre iba a morir.

Estaba fuera, cursando mi primer año de universidad, cuando recibí la noticia.

Dorothy llamó para decirme que tenía que volver a casa lo antes posible.

Mi madre había tenido un accidente y estaba en estado crítico.

Cuando llegué al hospital, era irreconocible.

Los huesos rotos, los moretones y las heridas la habían convertido en alguien que no era mi madre. Y luego se fue.

Devastado y perdido, dejé la universidad durante un año y me quedé para ayudar a Dorothy.

Dorothy siempre me había animado a pasar tiempo con los trabajadores, y había aprendido lo suficiente como para ser de ayuda.

Con el aliento y el apoyo de Dorothy, volví a la universidad y me esforcé por terminar la carrera.

Sabía que mi madre había sacrificado mucho para que yo fuera a la universidad.

Terminé los estudios y logré lo que ella tanto me había empujado a conseguir.

Los recuerdos sombríos se remontan aún más atrás que la muerte de mi madre.

Cuatro años antes de su muerte se produjo la misteriosa desaparición de mi hermana pequeña.

Gracie se alejó para jugar como solía hacer, pero esta vez no regresó.

A día de hoy no hay pistas, y su cuerpo nunca apareció, aunque pasamos dos años buscándola.

A pesar de nuestros esfuerzos y los de la policía, mi madre y yo acabamos aceptando que nunca sabríamos qué le había pasado.

Mi madre hizo lo que pudo para recomponer su vida y me presionó para que terminara el instituto, aunque nunca volvió a ser la misma. No era más que un cascarón vacío.

Mi madre tomó decisiones que no siempre eran racionales y que se volvieron más imprudentes con el tiempo.

Cuando me fui a la universidad, frecuentaba pubs y bares y no volvía hasta la madrugada.

Su instinto maternal había desaparecido.

Corría el rumor de que mi madre iba bebida cuando tuvo el accidente, pero el sheriff no lo investigó.

Pensó que averiguarlo haría más mal que bien.

Ya había perdido a mi madre; no necesitaba que me castigaran con información que no servía de nada.

Skrreee-skrrrt. Un sonido como de uñas arañando una pizarra interrumpe mis pensamientos.

Jake se levanta de un salto y ladra. Suelta un gemido perezoso, vuelve a tumbarse y lo ignora.

Yo también, pero entonces una rama que roza una ventana del piso de arriba me saca de mis pensamientos.

Una ráfaga de viento vuelve a traer el sonido de la rama, y regreso del todo al presente, a los sonidos y olores de ahora.

Decido cerrar el libro de los recuerdos, apuro lo que queda de cerveza y me retiro a dormir.

Mientras me quedo dormido, oigo una voz.

—Toma, Nate. Te he hecho esto. Extiende la mano para que te lo ponga.

Siento un ligero toque en la muñeca y me incorporo de golpe.

Miro la muñeca y me la froto con la otra mano.

Aún noto la sensación persistente de que alguien me ha tocado, pero no hay nadie aquí que haya podido hacerlo.

Me siento y miro alrededor de la habitación.

La voz que oí era la de mi hermana pequeña.

Parecía muy real, pero no era posible. Lleva desaparecida mucho tiempo.

Además, ahora ya sería adulta. La voz que oí era la de una niña.

Me quedo sentado, atónito, intentando recordar si estaba soñando, pero no consigo acordarme de nada más. Estoy casi seguro de que no. Tenía que estarlo.

Un escalofrío me recorre el cuerpo por lo que acaba de pasar.

La voz de Gracie era tan vívida... Hacía años que no tenía un episodio así.

Durante los dos primeros años tras su desaparición, oía su voz a menudo, de forma parecida.

No en sueños, sino al despertar o justo antes de dormirme.

En un momento dado, empezó a ocurrir estando totalmente despierto.

La oía al fondo del pasillo, en su habitación. Pensé que estaba perdiendo la cabeza.

Ese primer año sucedió muy a menudo. Con el tiempo, a medida que la búsqueda de mi hermana fue perdiendo fuerza hasta quedar en nada, dejó de ocurrir. Es la primera vez que pasa en mucho tiempo. Me quedo pensando un poco más, mirándome la muñeca, y luego lo aparto de mi mente y bajo las escaleras.

Dando un gran bostezo, me sirvo una taza de café solo para combatir los efectos de una noche de sueño inquieto, cojo el portátil y me siento a la mesa de la cocina.

Lo abro para buscar a la mujer que vi ayer.

Kevin, el de la tienda de licores, me había dicho que era profesora de arte especializada en fotografía en la universidad de Vinbrooke.

Busco en Google Vinbrooke College of the Arts y encuentro la página web oficial de la universidad.

Pincho en un menú desplegable de Profesorado y recorro la lista de profesores en busca de su nombre de pila, ya que no sé el apellido.

Cuando lo veo, hago clic y sus ojos oscuros me devuelven la mirada.

Son luminosos y hermosos, y me pierdo en ellos al instante.

¿Qué tiene esta mujer? Leo su nombre completo, Kevan Renee Copeland , y sigo buscando con la esperanza de saber más sobre ella.

Tiene un doctorado e imparte diversas clases de arte.

Su puesto le ha dado la oportunidad de viajar por el mundo—Francia, en particular, donde da clases a jóvenes aspirantes a artistas.

El fondo de su página web muestra varias miniaturas interactivas de sus obras y fotografías.

Hago clic en un icono y aparece una foto ampliada.

En la imagen, una niña parece caer desde una ventana del segundo piso, pero si se mira con más atención, parece levitar, congelada en el aire.

Muñecas y juguetes flotan a su alrededor.

La atmósfera es tormentosa y gris. La niña cae hacia una masa de agua, y en la superficie se ve su reflejo.

Los ojos y la piel tienen un color diferente en el reflejo: la niña congelada en el aire parece viva, con ojos azules, pero la del agua tiene ojos oscuros e inquietantes y la piel de un tono azulado.

La imagen me inunda de una tristeza abrumadora. Algo en la niña que cae me hace pensar en mi hermana pequeña.

Debajo de la foto aparecen un título y un pie:

Secretos

Ganadora del Premio Internacional de Fotografía, 2017

Me pregunto qué lleva a alguien a crear una obra de arte así. ¿La inspiró alguna tragedia?

Hago clic en algunas fotos más, deteniéndome en cada una.

Con la esperanza de vislumbrar algo de la artista, pincho en su foto para ampliarla.

Me quedo mirándole los ojos un rato más y después añado la página a favoritos.

Cierro el ordenador y me dirijo a la puerta trasera.

Por costumbre, cojo un palillo para mascar, intentando aplacar las ganas de fumar—un hábito que dejé hace dos años.

Durante el corto trayecto hasta la casa principal, voy pensando en cómo podría conocer a esta mujer.