Donde no se mira Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—Que tu padre no murió por una pista mala. Eso fue lo que nos dijeron para cerrar la historia sin levantar más mierda de la necesaria.

La frase me golpeó aunque ya la esperara.

—¿Quién quiso cerrarla?

—Demasiada gente.

—Raúl.

—Tu padre estaba mirando una red de empresas, favores y policías comprados. Alden Group era solo la parte visible. Había seguridad privada, almacenes, sociedades que duraban lo justo para mover dinero y cerrar. No llegó allí por accidente.

—¿Y por qué nadie lo contó?

—Porque algunos no podían y otros no querían.

—¿Tú en cuál estabas?

La pregunta salió más dura de lo que pretendía. Raúl me miró como si le hubiera dolido, y durante un segundo me sentí injusta.

Solo durante un segundo.

—Yo estaba intentando sobrevivir a aquella noche —dijo.

—Eso tampoco me responde.

Raúl se acercó a una caja vieja y apoyó una mano sobre ella.

—A tu padre le avisaron. Yo le advertí. Le dije que esperara, que no entrara todavía, que no tenía todas las piezas. Pero Javier era Javier. Cuando creía que alguien estaba en peligro, se le olvidaba que él también podía estarlo.

Evan.

El niño.

—¿Hablas del hijo de Damian?

Raúl levantó la vista.

—¿Te lo ha contado Kovács?

—Maggie.

—Maggie siempre fue más lista que todos nosotros.

—¿Conocías a Evan de niño?

—Lo vi una vez. Quizá dos. Era un niño y no debería estar en según qué sitios. Tu padre lo sabía. Quería sacarlo de en medio antes de que Damian lo metiera todavía más en aquella mierda.

Algo en su voz cambió. No mucho. Lo suficiente para que yo diera un paso más dentro de la conversación.

—Entonces mi padre no solo iba detrás de Alden.

—No. También iba detrás de quienes le ayudaban.

—¿Policías?

Raúl apretó la mandíbula.

—Sí.

La palabra cayó entre los dos con más peso que cualquier explicación.

—¿Quiénes?

—Algunos muertos. Otros retirados. Otros con una vida muy tranquila porque nadie pudo probar nada.

—Dame nombres.

—No funciona así.

—Para mí sí.

—Para ti todo debería funcionar de forma limpia, Lucía. Ojalá. Pero tu padre murió precisamente porque creyó que bastaba con tener razón.

Aquello me dio rabia.

—No hables de él como si hubiera sido ingenuo.

—No lo era. Era valiente, terco y demasiado decente para la gente que tenía alrededor.

Raúl bajó la mirada. Cuando volvió a hablar, su voz sonó distinta, más baja.

—Yo no fui decente.

Tardé un segundo en entender que acababa de cambiar el suelo bajo mis pies.

—¿Qué quieres decir?

—Que sabía cosas. Que vi cosas. Que acepté favores que no debería haber aceptado y después ya no supe salir sin llevarme a medio mundo por delante.

El almacén pareció hacerse más grande y más vacío.

—Raúl.

—No fue de golpe. Nunca es de golpe. Empieza con una llamada que no haces, una matrícula que no apuntas, una puerta que dejas abierta cinco minutos. Te dices que no pasa nada, que nadie sale herido, que todo el mundo mira para otro lado alguna vez.

Noté el micro pegado a la piel como si de pronto quemara.

—¿Qué hiciste aquella noche?

Raúl cerró los ojos un momento.

—Le dije a Damian que Javier iba a entrar.

No me moví.

No pude.

—Lo entregaste.

—Pensé que moverían las cajas. Que cancelarían la entrega. Que Javier encontraría el almacén vacío y quedaría como un imbécil delante de sus superiores. Eso era lo que me prometieron.

—¿Y tú les creíste?

—Quería creerlos.

—No es lo mismo.

—No.

La respuesta fue tan simple que me partió algo.

—¿Y mi padre?

Raúl abrió los ojos. Los tenía rojos.

—Javier entró igual. Llegó antes de lo previsto. Vio a Damian junto a otro hombre y me vio a mí.

Me agarré al asa del bolso para no tocarme el pecho.

—¿A ti?

—Yo estaba allí para avisar si la policía se acercaba demasiado pronto.

La voz me salió baja.

—Eras policía.

—Sí.

—Eras su compañero.

—Sí.

—Eras nuestro amigo.

Raúl no contestó. Eso fue peor que cualquier defensa.

—¿Quién disparó?

La pregunta salió limpia. Casi tranquila. No sé de dónde.

Raúl me miró y durante un instante vi en su cara al hombre que me había enseñado a montar en bici, al que me compró chocolate caliente después del entierro de un perro que ni siquiera era mío, al que había estado sentado en mi mesa durante media vida.

Después solo vi a alguien cansado de sostener una mentira.

—Él me apuntó primero —dijo.

Se me fue el aire.

—¿Quién disparó, Raúl?

—Estaba herido. Había visto demasiado. Si hablaba, no caía solo Damian. Caíamos todos los que habíamos dejado que Damian llegara hasta allí.

—¿Quién disparó?

—Yo.

Lo dijo muy bajo. No como alguien que confiesa por valentía, sino como alguien que ya no encuentra dónde esconderlo.

Me quedé mirándolo.

No lloré. No grité. No hice nada de lo que una imagina que hará cuando escucha que el hombre que ha estado en su vida mató a su padre.

Solo pensé en mi madre: en ella abriéndole la puerta, en Raúl abrazándola, en mí sentada en sus rodillas cuando era pequeña y en todos esos años en los que lo dejamos entrar sin saber la verdad.

En todos esos años entrando en casa con las manos manchadas y nadie viéndolas.

—Después viniste a vernos —dije.

Raúl cerró los ojos.

—Sí.

—Te sentaste con mi madre.

—Sí.

—Me llevaste al colegio, a cumpleaños, al hospital cuando me rompí la muñeca. Estuviste en todo.

—Sí.

—¿Para vigilarnos?

—Al principio.

La respuesta me dio náuseas.

—¿Al principio?

—Tenía que saber si Javier había dejado algo, si tu madre sabía más de lo que decía, si alguien venía a preguntar. Damian siempre decía que el problema no era el muerto, sino los que se quedaban haciendo preguntas.

—Y esas éramos nosotras.

Raúl se tapó la boca con la mano. Por primera vez pareció viejo de verdad.

—Después os quise.

—No.

—Sé que no sirve.

—No.

—Lucía, os quiero. A tu madre y a ti. Me quedé por miedo, sí. Por culpa, también. Pero no todo ha sido mentira.

Me reí, pero no fue risa. Fue algo feo que me salió de la garganta.

—Qué suerte. Mi padre muerto y nosotras con un asesino que nos quería los domingos.

Raúl retrocedió como si le hubiera pegado.

—No hay un día en que no haya pagado por eso.

—Has vivido libre.

—Eso no es vivir libre.

—No me vendas remordimiento como condena.

Ahí cambió.

No mucho al principio. Solo la mirada. El hombre que pedía perdón se fue quedando atrás y apareció otro, más duro, más frío, uno que quizá siempre había estado debajo.

—No sabes lo que es llevar esto encima.

—No. Yo solo sé lo que es llevar encima una mentira que tú nos pusiste.

Raúl miró hacia la entrada. No sé si oyó algo o si fue mi silencio lo que le hizo entender que algo no encajaba.

—No has venido sola.

No respondí.

Su mano se movió hacia el bolsillo de la chaqueta.

—Raúl.

—¿Quién está escuchando?

Di un paso atrás.

—No hagas esto.

—¿Quién está escuchando, Lucía?

No dije nada. No me hizo falta.

Desde fuera llegó una voz firme, amplificada por la nave vacía.

—Raúl Mendoza, saque la mano despacio y déjela visible.

Raúl se quedó quieto y yo también.

La mirada que me lanzó no fue de sorpresa. Fue de traición. Y aun así tuvo la indecencia de parecer dolida.

—Me has grabado.

—Tú me citaste aquí.

—Confié en ti.

Aquello me atravesó tan mal que casi no pude contestar.

—Yo confié en ti toda mi vida.

Se oyeron pasos en la entrada. Kim apareció primero, arma en mano, con dos agentes detrás. No llevaban uniforme. Tampoco hacía falta.

—Saque la mano, Mendoza.

Raúl miró a los lados. No había salida buena. Quizá nunca la había habido, pero hasta ese momento él había conseguido vivir como si sí.

—No voy a terminar en una celda —dijo.

—Raúl —dije, y odié que todavía sonara a súplica—. Baja la mano.

Me miró con los ojos llenos de algo que no supe separar: culpa, miedo y rabia. Si había cariño en alguna parte, ya llegaba demasiado tarde.

—Lo siento, mija.

Sacó la pistola, pero no apuntó a Kim sino que me apuntó a mí.

El disparo de la policía sonó antes que el suyo.

Raúl cayó de espaldas, golpeó el suelo con un ruido seco y se quedó allí, con los ojos abiertos y la pistola a un lado de la mano. Alguien gritó mi nombre. O quizá lo gritaron varios. No lo sé.

Kim llegó hasta mí primero.

—¿Estás herida?

Negué, aunque no estaba segura de que la pregunta tuviera una respuesta tan sencilla.

Después apareció Evan. No sé por dónde entró ni quién le dejó pasar. Solo sé que, de pronto, estaba delante de mí, pálido, con los ojos puestos en mi cara y las manos levantadas como si quisiera tocarme y no se atreviera.

—Lucía.

Esta vez fui yo quien dio el paso.

Me sujetó con cuidado, pero cuando notó que me hundía contra él, apretó más. No dijo que todo estaba bien. No era idiota. Nada estaba bien.

Al fondo, Kim apartó la pistola de la mano de Raúl. Otro agente se arrodilló junto a él, aunque no tardó en mirar hacia su compañera con una respuesta que no necesitaba palabras.

Evan se quedó quieto.

No fue mucho. Apenas un cambio en su respiración, en la forma en que sus dedos se cerraron sobre mi chaqueta.

—Ese olor —murmuró.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

Evan no me miraba a mí. Miraba a Raúl, o quizá al sitio donde había caído. La puerta seguía abierta y la humedad de la calle entraba en la nave, mezclada con polvo, metal viejo y ese rastro de tabaco que yo no había notado hasta entonces.

—Tabaco y lluvia —dijo, muy bajo—. Era él.

Se me quedó el aire atascado.

—Evan…

Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no miraba el cuerpo de Raúl. Me miraba a mí, pero parecía estar viendo otra cosa al mismo tiempo.

—Lo vi —dijo—. No todo, pero esto sí. Mi padre estaba allí, gritando. El tuyo ya estaba herido. Raúl levantó el arma y yo… yo lo vi disparar.

La confesión ya estaba grabada. Raúl ya lo había dicho. Pero oírselo a Evan terminó de romper una parte que aún seguía aguantando por pura costumbre. El niño que había pasado media vida creyendo que todo el horror tenía la cara de Damian acababa de recordar al hombre que mató a mi padre.

Me tapé la boca con una mano.

—Lo siento —dijo Evan.

Negué, aunque no sabía muy bien qué estaba negando.

—Tú eras un niño.

—Lo sé.

Pero lo dijo como si saberlo no bastara para quitarle el peso.

Kim se acercó despacio.

—Tenemos la grabación —dijo—. Y ahora también su declaración, si decide hacerla cuando esté preparado.

Evan asintió, sin soltarme.

—La haré.

Yo miré a Kim.

—¿Lo sabíais?

No sé si la pregunta era para ella, para Martin, para todos los que habían estado fuera escuchando mientras yo entraba creyendo que Raúl iba a darme una verdad y no a convertirse en ella.

Kim no adornó la respuesta.

—No sabíamos lo de tu padre. No hasta que lo ha dicho. Estábamos aquí porque una operación encubierta sobre el entorno de Damian Alden detectó que un antiguo policía intentaba contactar con gente de su red después de tu llamada.

»Cuando Martin nos avisó de la cita, encajó con una alerta que ya teníamos. No podíamos contarte más sin poner en riesgo la operación ni arriesgarnos a que él notara algo en ti.

Cerré los ojos.

Así que Raúl había dicho que movía hilos y, en realidad, había movido los de siempre.

Solo que esta vez alguien estaba escuchando del otro lado.

—Los muertos de Bayview —dije.

—Tienen relación con la limpieza de la red de Alden después de su salida —respondió Kim—. Todavía estamos cerrándolo, pero lo de hoy va a ayudar.

Lo de hoy.

Como si aquello cupiera en dos palabras.

Asentí porque no sabía hacer otra cosa.

Evan me sostuvo un poco más fuerte. Al fondo, alguien cubrió el cuerpo de Raúl. No miré. O lo intenté. Pero mi cabeza ya lo había visto demasiadas veces y sabía que iba a seguir viéndolo aunque cerrara los ojos.

Raúl había querido llevarme allí como si allí hubiera empezado todo.

Se equivocaba.

Allí no empezó nada. Allí solo dejó de esconderse.