Donde no se mira Epílogo
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Epílogo

Tres años después…

Lucía

Evan sale del agua con una tabla de surf bajo el brazo y una sonrisa que sigue teniendo la mala costumbre de desordenarme un poco por dentro.

Yo estoy sentada en una tumbona, con los pies hundidos en la arena, un sombrero enorme que me compré por insistencia de mi madre y un cóctel medio derretido sobre la mesita.

La playa parece puesta ahí para convencerte de que el mundo puede ser sencillo durante un rato: agua clara, sol de media tarde, palmeras moviéndose lo justo y camareros que aparecen antes de que una decida si necesita otra bebida o solo está buscando una excusa para seguir mirando.

Evan sacude la cabeza al llegar a la orilla. El pelo mojado, la piel dorada por el sol, el bañador pegado al cuerpo y esa cara de estar muy orgulloso de sí mismo por no haberse caído más de tres veces.

Una luna de miel en un resort frente al mar.

Quién me lo iba a decir.

Bueno, Alex sí. Alex llevaba años diciendo que aquello iba a acabar en boda o en orden de alejamiento, y supongo que, por una vez en su vida, no había ido tan desencaminado.

Llegar hasta aquí no había sido fácil. No de esa manera limpia que queda bien en las historias cuando alguien resume lo malo en dos frases y lo convierte en una cicatriz bonita.

Lo nuestro tuvo papeles, declaraciones, noches sin dormir, una madre llorando en una cocina, Maggie apareciendo con comida aunque nadie tuviera hambre y Evan sentado conmigo en silencio porque hubo días en que cualquier frase sobraba.

La confesión de Raúl cambió demasiadas cosas a la vez.

La grabación, la declaración de Evan y la investigación que la policía ya tenía abierta por los muertos de Bayview terminaron de tirar de la red de Damian.

Su libertad condicional duró menos de lo que él seguramente había calculado.

Entre los nuevos cargos, las conexiones con Vargas & Cole, los movimientos de Alden Group y todo lo que salió de aquellas naves, Damian volvió a prisión con bastantes años por delante.

El escándalo también salpicó a Evan. Claro que lo hizo.

Durante meses, su nombre apareció en titulares que usaban el apellido Alden como si fuera una mancha imposible de limpiar.

Hubo donantes que se apartaron, reuniones incómodas, preguntas crueles y gente muy dispuesta a confundir herencia con culpa.

Pero Evan no huyó. Abrió auditorías, entregó documentos, apartó a quienes tenía que apartar y demostró, con más paciencia de la que yo habría tenido, que la fundación estaba limpia.

Y sigue adelante, con menos ruido, con más cuidado y con una lista bastante corta de personas a las que deja opinar sin pedir cita previa.

Yo sigo en la redacción. Martin sigue siendo Martin, lo cual es tranquilizador y desesperante a partes iguales.

Según él, Alex y yo seguimos acortándole días de vida, aunque sospecho que en el fondo nos echaría de menos si dejáramos de hacerlo.

Alex, por supuesto, sigue siendo Alex: más insoportable, más bueno en lo suyo y con la misma capacidad para aparecer con café justo cuando una necesita fingir que no está al borde de un ataque.

Bayview no se arregló con un reportaje, porque los barrios no se arreglan con titulares, pero la historia sirvió para sacar nombres, cerrar puertas y abrir investigaciones que llevaban demasiado tiempo esperando.

Mi madre tardó en perdonarse cosas que no eran culpa suya. Todavía hay días en que nombrar a Raúl le cambia la cara. A mí también. Supongo que hay traiciones que no desaparecen del todo, solo aprendes a no dejar que ocupen toda la casa.

Maggie ayudó más de lo que habría reconocido en voz alta.

Al principio venía a vernos con excusas absurdas: que si había hecho caldo de más, que si unas galletas, que si unas fotos antiguas que quizá mi madre quería ver.

Al final dejó de inventarse motivos. Ella y mi madre terminaron haciéndose amigas de esa forma rara en que dos mujeres que han sobrevivido a hombres terribles se reconocen sin tener que contarse todo cada vez.

Ahora se mandan mensajes, quedan a comer y se alían contra Evan y contra mí con una facilidad bastante ofensiva.

El día de la boda, mi madre y Maggie lloraron juntas en primera fila.

Alex también lloró, aunque lo negó con tanta dignidad que casi daba pena desmontarle el teatro.

Mi móvil vibra sobre la tumbona.

Hablando del rey de Roma.

Alex: Informe de luna de miel. ¿Seguís casados o ya tengo que preparar comunicado?

Sonrío.

Lucía: Seguimos casados.

Alex: Bien. ¿Kovács sigue entero?

Miré a Evan, que estaba dejando la tabla junto a un puesto de madera y hablando con el chico que las alquilaba. Por la expresión del chico, Evan debía de estar intentando fingir que había dominado el surf con dignidad.

Mentiroso.

Lucía: Entero, sí. Humillado por una ola pequeña, también.

Alex: Magnífico. Eso humaniza mucho.

Lucía: No se lo digas. Está sensible.

Alex: ¿Le has dicho ya que Martin pregunta cuándo vuelves?

Lucía: Estoy de luna de miel.

Alex: Él dice que eso no es una respuesta periodística.

Lucía: Dile a Martin que me he fugado.

Alex: Dice que te da hasta el lunes.

Lucía: Dile que es un hombre muy generoso y que no abuse de su encanto.

Alex: Eso no puedo decirlo sin atragantarme.

Me río sola y dejo el móvil sobre la tumbona.

Evan regresa con dos bebidas, una en cada mano, y esa mirada suya que ya no intenta esconder tantas cosas. Hay algo precioso en eso. No en que esté bien siempre, porque no lo está. Yo tampoco. Pero ya no vivimos intentando que el otro adivine dónde duele.

—¿Alex? —me pregunta, tendiéndome el vaso.

—Quiere saber si seguimos casados.

—Llevamos tres días.

—En su defensa, nos conoce.

Evan se sienta en el borde de mi tumbona y me roba un beso rápido, salado y tibio.

—¿Qué le has dicho?

—Que de momento sí.

—Muy romántico.

—Soy periodista. Trabajo con hechos.

—Entonces el hecho es que seguimos casados.

—De momento.

Me mira con una ceja alzada.

—Morales.

—Kovács.

—Ahora también Kovács.

—No te vengas arriba. Lo uso cuando me interesa.

Sonríe y apoya una mano en mi tobillo, los dedos calientes sobre la piel. Un gesto pequeño. Nuestro. De esos que no salen en las fotos y, sin embargo, terminan siendo lo que una recuerda.

—¿Estás bien? —pregunta.

Lo dice sin miedo a la respuesta. Eso también lo hemos aprendido.

Miro el mar, el vaso frío entre las manos, la alianza brillando bajo el sol y a Evan sentado a mi lado como si aquel lugar, después de todo, también pudiera pertenecernos.

—Sí —digo—. Hoy sí.

No hace falta prometer más.

Evan deja su bebida en la arena y se inclina hacia mí.

El beso ya no es rápido. Es lento, de esos que empiezan en la boca y terminan en sitios donde una todavía no ha decidido si puede comportarse en público.

Le pongo una mano en el pecho para frenarlo, pero los dedos se me quedan allí, tocando, aprendiendo el calor de su piel como si no me lo supiera de memoria.

—Estamos en una playa —murmuro.

—Lo había notado.

—Hay gente.

—Muy ocupada con sus vacaciones.

—Eres imposible.

—A ratos.

Me besa otra vez, y esta vez soy yo quien tira un poco de él.

No había sido fácil llegar hasta allí. Había habido demasiadas sombras, demasiados nombres ocultos, demasiada gente mirando hacia otro lado porque era más cómodo no saber. Pero nosotros ya no estábamos en ese sitio.

Evan apoya la frente contra la mía.

—¿En qué piensas?

Sonrío.

—En que algunas verdades solo aparecen donde nadie quiere mirar.

Él me roza la boca con la suya.

—Entonces habrá que seguir mirando.

—Juntos.

—Donde haga falta.

Y esta vez, cuando vuelve a besarme, no hay nada que esconder.