Capítulo 31
Lucía
Salimos de casa de Maggie con más preguntas de las que llevábamos al entrar.
No fue una sorpresa. A esas alturas, cada respuesta venía con dos puertas nuevas y una forma distinta de doler.
Evan caminaba a mi lado sin decir nada, con las fotos de la libreta en su móvil y la cara desencajada.
Yo llevaba las mismas imágenes en el mío, pero no necesitaba mirarlas para tenerlas delante.
Un niño en una casa donde nadie debería llevar a un niño. Damian Alden hablando de mi padre. Una nave cerca del agua. Una puerta verde. Un hombre con un reloj que no era Damian o que, al menos, Evan de niño no colocaba con la misma voz.
Nada de eso nos decía quién había matado a mi padre, pero cambiaba algo importante: no había muerto en una operación mal cerrada por mala suerte. Había muerto porque estaba mirando justo donde alguien no quería que mirara.
Y durante años, todos habían preferido dejarme con una versión más fácil de guardar en casa.
Evan abrió la puerta del coche y esperó a que subiera.
—¿Redacción? —preguntó.
—Redacción.
No discutió. Tampoco intentó convencerme de ir a casa, ni me dijo que descansara, ni usó esa voz suave que tanta rabia me daba cuando alguien pensaba que estaba a punto de romperme. Condujo hacia el periódico y dejó que el silencio hiciera lo que pudiera.
A mitad de camino, mi móvil empezó a vibrar.
Raúl.
Sentí algo parecido al alivio antes de contestar. Un alivio automático, aprendido durante años. Raúl llamaba y una parte de mí todavía esperaba que trajera orden, una explicación, una manera adulta de colocar las cosas.
—Hola, tío.
—Lucía. He estado moviendo lo que te dije.
Evan me miró de reojo, pero no dijo nada.
—¿Has averiguado algo?
—Más de lo que me gustaría —respondió Raúl, con la voz baja—. Y no quiero hablarlo por teléfono.
Me enderecé en el asiento.
—Raúl, si tiene que ver con mi padre, no me hagas esperar.
—Precisamente porque tiene que ver con tu padre te pido que no me hagas contártelo así. He hablado con un antiguo contacto de bandas. También con alguien de archivo. Hay cosas que nunca se pusieron en el expediente.
Expediente incompleto.
La expresión me cayó mal, pero no por él. Por todo lo que implicaba.
—¿Qué cosas?
—Lucía.
—Vale. No por teléfono. ¿Dónde?
Tardó un segundo en responder.
—Antiguo almacén 4. Entrada norte. Evans Ave. Mañana a las nueve.
Evan giró la cabeza hacia mí.
Yo me quedé mirando la calle por delante, aunque ya no veía nada.
—¿Evans Ave?
—Sí.
—¿Por qué allí?
—Porque una de las personas con las que he hablado dice que se movieron cosas por esa zona antes de la operación. Y porque hay algo que tienes que ver. No es casualidad que ese nombre te haya salido ahora.
—¿Qué nombre?
—Alden.
Me mordí la parte interior de la mejilla. Evan siguió conduciendo, pero noté cómo se le tensaban las manos en el volante.
—No quiero ir sola a un almacén, Raúl.
—No te lo pediría si hubiera otra forma. Quien me ha hablado no se acercará si apareces como periodista, con fotógrafos o abogados de la fundación. Tiene miedo.
»Y, sinceramente, yo también. Damian Alden no sale de prisión para quedarse quieto en una habitación viendo pasar los días.
Aquello sonó a advertencia, pero no contra él. Contra Damian. Contra todo lo que llevábamos días mirando sin terminar de entender.
—¿Por qué no vienes a la redacción?
—Porque si esto es lo que creo, la redacción no es un sitio seguro para hablar. Ni tu casa. Ni la mía. Necesito que lo veas donde pasó parte de todo, aunque no te guste.
—No me gusta nada.
—Lo sé, cariño.
Esa palabra, dicha por él, me colocó otra vez en mi cocina, en mi infancia, en todas las veces que Raúl había estado cerca cuando faltaba quien tenía que estar.
—Ven sola —añadió—. Después, si quieres, llamas a Martin, a Evan, a la policía o a quien te dé la gana. Pero primero escucha.
Cerré los ojos un momento.
—Mañana a las nueve.
—Entrada norte. Y no se lo digas a tu madre todavía. Si esto no es sólido, no le hagas pasar por otra versión a medias.
—Vale.
—Prométeme que no vas a hacer ninguna locura esta noche.
—No puedo prometer eso en general.
Lo oí soltar una risa breve, cansada, casi de siempre.
—Hija de tu padre.
Colgó.
Me quedé con el móvil en la mano y el estómago cerrado. Evan no preguntó enseguida. Esperó hasta parar en un semáforo.
—Quiere verte en Evans Ave.
—Sí.
—¿Sola?
—Sí.
—No.
Lo dijo sin levantar la voz, pero con una firmeza que me habría hecho saltar en cualquier otro momento. Aquel día no tenía fuerzas para hacerme la ofendida.
—No voy a ir sola de verdad.
Evan respiró por la nariz.
—Bien.
—Pero él tiene que creer que sí.
El semáforo cambió. Evan volvió a arrancar.
—Entonces Martin tiene que saberlo. Y la policía.
—La policía hará ruido.
—No si ya están mirando a Damian.
Lo miré.
—¿Qué sabes?
—Samantha me ha dicho que legal encontró movimiento raro alrededor de una de las sociedades que antes tocaban a Alden Group. Nada cerrado. Pero si Raúl ha oído algo sobre Evans Ave, puede que no sea solo por tu padre. Puede que sea por lo que está pasando ahora.
Tres muertos en Bayview, Mateo con la cara rota, Vargas & Cole y Alden fuera de prisión. Las piezas estaban allí, y no hacía falta repetirlas para entender por qué Martin no iba a dejarme ir sin cobertura.
Cuando llegamos a la redacción, Martin y Alex seguían en la sala pequeña. Martin tenía cara de no haberse movido de allí en horas. Alex tenía delante un café intacto, mala señal en alguien que solía beberlo aunque supiera a neumático.
Les conté la llamada sin adornarla.
Martin no me interrumpió. Alex tampoco. Evan se quedó a mi lado, callado, pero presente. Al terminar, Martin cogió su móvil.
—No vas sola.
—Ya lo sé.
—No, quiero decir que esta vez no basta con Alex en una cafetería cercana y ubicación compartida. Si Evans Ave aparece otra vez y Alden está fuera, esto ya no es una visita a una fuente. Es una operación.
Alex levantó una mano.
—Puedo llamar a Laura Kim.
—Hazlo —dijo Martin.
—¿Quién es Laura Kim? —preguntó Evan.
—Asuntos Internos —respondió Alex—. Ahora colabora con una unidad que lleva semanas mirando lo de Bayview y algunos movimientos alrededor de Alden. Si Evans Ave ya les ha salido, puede cubrir esto sin montar un circo.
Kim llegó a la redacción cuarenta minutos después, sin uniforme, con vaqueros, cazadora oscura y una coleta baja.
Tenía cara de no necesitar muchas explicaciones, pero se las dimos igual: Martin resumió la llamada de Raúl, yo añadí la cita en Evans Ave y Evan puso sobre la mesa los documentos de Alden Group, North Pier y Vargas & Cole.
Kim escuchó sin interrumpir.
—Evans Ave ya estaba en nuestro radar —dijo al final—. No puedo dar detalles, pero si mañana vas allí, llevarás micro. Habrá gente cerca. Nada visible, nada que alerte a quien pueda estar mirando.
—Raúl no va a hablar si ve policía —dije.
—Entonces no los verá —respondió ella.
Y lo dijo con tanta seguridad que no encontré una forma útil de discutirlo.
A la mañana siguiente llegué a Evans Ave con vaqueros, jersey oscuro y un micrófono pegado bajo la ropa.
Había llovido de madrugada y el suelo seguía húmedo.
Al fondo, la entrada norte del almacén 4 parecía tan poco prometedora como sonaba por teléfono.
Si algo se torcía, tenía que decir una palabra: cruasán.
Kim repasó las instrucciones dentro de una furgoneta aparcada a dos calles del almacén. Martin estaba allí. Alex también. Evan llegó el último y se quedó junto a la puerta, con los brazos cruzados e impasible.
—Déjale hablar —dijo Kim—. No tengas prisa por llegar a ningún sitio. Si aparece alguien más, no te acerques. Si quiere moverse a otra zona del almacén, nos das tiempo antes de seguirlo. Y si necesitas salir, dices cruasán y entraremos.
—Nunca pensé que mi vida fuera a depender de una palabra tan ridícula —dije.
Alex intentó sonreír.
—Funciona porque es ridícula.
No le respondí. Tenía la garganta seca.
Evan se acercó cuando Kim terminó.
—Voy a estar cerca.
—Lo sé.
—Si algo va mal…
—Diré cruasán.
—No bromees.
—No estoy bromeando.
Me miró como si quisiera decir más y no supiera qué parte podía tocar sin romperla.
—Raúl seguramente tendrá respuestas —dijo.
Agradecí que lo dijera.
—Eso espero.
—Y si es así, saldrás de allí con la verdad.
—¿Y si no?
Evan tragó saliva.
—Entonces sales igualmente.
No nos besamos. No era el momento. Pero me tocó la mano un segundo, lo justo para que el cuerpo recordara que no todo era miedo.
Después caminé hasta el almacén.
El antiguo almacén 4 estaba al final de una calle secundaria, detrás de una verja baja y una puerta metálica que alguien había dejado entreabierta.
No había ningún cartel útil, solo restos de pintura vieja y una cámara rota que parecía llevar años apuntando a ninguna parte.
El aire olía a humedad, metal y agua sucia.
Raúl estaba dentro, cerca de una columna.
Al verlo, el nudo del estómago se aflojó un poco. Eso fue lo peor de recordar después. Que al verlo allí, con su chaqueta oscura, el pelo gris y esa expresión preocupada de siempre, yo sentí alivio.
—Has venido —dijo.
—Te dije que vendría.
Miró hacia la puerta.
—¿Sola?
—Sola.
Asintió, aunque no sé si me creyó del todo. En ese momento pensé que era normal. Raúl había sido policía demasiados años como para no mirar dos veces.
—Ven —dijo—. No muy al fondo. No quiero que nos vean desde la calle.
Avancé unos pasos. No demasiados. Había una pared verde al fondo, desconchada, con la pintura levantada por la humedad. Me acordé de la libreta de Maggie. La puerta verde. La nave cerca del agua. Me costó respirar con normalidad.
Raúl siguió mi mirada.
—Aquí se guardaba material antes. Herramientas, cajas, cosas que entraban y salían sin llamar mucho la atención.
—¿De Alden?
—De gente de Alden. Damian pocas veces tocaba nada con sus manos. Esa era su especialidad.
—¿Qué has averiguado?
Raúl se pasó una mano por la cara. Parecía cansado de verdad.