Capítulo 30 #2
—Creo que Damian no habría durado tanto si solo hubiera comprado empresas. Pero eso es una sospecha mía, no una prueba.
Lucía asintió despacio, con la vista fija en la libreta.
—Raúl va a preguntar por el caso —dijo Lucía al fin—. Fue compañero de mi padre y para nosotras es casi familia. Le llamé esta mañana y va a mover algunos hilos.
—Bien —dije.
Evan me miró.
—¿Bien?
—Sí. Si estuvo cerca y ella confía en él, puede ayudar.
No añadí nada más. Podía hablar de Damian, de aquella casa y de lo poco que había visto desde fuera, pero no de nombres que no tenía claros.
Lucía se levantó y caminó hasta la ventana. No miró la calle; se quedó mirando su reflejo en el cristal.
—Yo he venido pensando que quizá Evan sabía algo —dijo—. Que quizá la fundación… No sé. Necesitaba un culpable cerca.
Evan se puso en pie, pero no se acercó.
—Lo entiendo.
—No lo entiendas tan rápido. Me hace sentir peor.
—No puedo ayudarte con eso.
—Ya.
Me dieron ganas de decirles que dejaran de mirarse como si se debieran perdón y explicaciones y no supieran en qué orden entregarlas. Pero no era asunto mío. O sí lo era, por desgracia, pero no de esa forma.
Cerré la libreta.
—Lo que sabemos es poco, pero no es nada.
Damian estaba vinculado a la operación. Tu padre, Lucía, estaba mirando algo que le molestaba.
Evan pudo ver a alguien más. Y ese alguien puede haber quedado fuera de la historia porque todos miraron a Damian, o porque alguien quiso que solo se mirara a Damian.
—¿Qué hacemos con eso? —preguntó Evan.
—Buscar sin correr.
Lucía soltó una risa breve, sin ganas.
—Todo el mundo me dice eso últimamente.
—Será porque tienes cara de hacer lo contrario.
—Me lo han dicho también.
—Pues mira qué consenso tan bonito.
Evan casi sonrió. Lucía no, pero al menos respiró un poco mejor.
—Necesito esa libreta —dijo ella.
—No.
Me miró.
—Maggie.
—No te la voy a dar. Te la voy a enseñar, vas a hacer fotos de las páginas que tengan algo útil y yo me quedo con el original. Esa libreta no sale de esta casa.
Lucía aceptó sin discutir. Me cayó todavía mejor por eso.
—Vale.
—Y otra cosa. Si vais a tirar juntos de esto, hacedlo de verdad. Bastantes mentiras ha cargado ya esta historia. No convirtáis cada descubrimiento en una pelea de pareja antes de comprobarlo.
—No somos una pareja —dijo Lucía.
Evan no dijo nada.
Yo los miré a los dos.
—Claro.
Lucía me sostuvo la mirada dos segundos y luego fue la primera en apartarla.
Bien. Alguna ventaja tenía ser vieja.
Le dejé fotografiar las páginas. Evan se quedó a su lado, leyendo por encima cada frase que yo había escrito más de veinte años antes. No dijo nada, pero lo vi quedarse detenido en la línea del hombre del reloj.
No era la primera vez que Evan miraba su infancia como si le perteneciera a otro. Pero esta vez parecía estar entendiendo algo distinto: que Damian no había sido el único monstruo de aquella historia.
Cuando terminaron, Lucía guardó el móvil.
—Raúl me llamará cuando averigüe algo.
—Pues cuando lo haga, no vayas sola a ninguna parte —dije.
—Esa frase me la repiten mucho últimamente.
—Me da igual. Yo no había terminado mi turno.
Por fin sonrió un poco, apenas una sonrisa cansada, pero real. Evan cogió el abrigo.
—Gracias, Maggie.
—No me des las gracias todavía. Esto no ha acabado.
—Lo sé.
—No. Creo que no lo sabes del todo.
Él me miró, y durante un segundo volví a ver al niño que había entrado en mi casa con una mochila demasiado pequeña y una mirada demasiado mayor.
—Pero esta vez no estás solo —añadí.
Lucía bajó la vista y Evan hizo lo mismo. Ninguno dijo nada, pero tampoco hacía falta. Los acompañé hasta la puerta y, antes de salir, Lucía se volvió hacia mí.
—Mi padre era bueno, ¿verdad?
La pregunta me pilló por sorpresa. No por difícil, sino por sencilla.
—Sí —dije—. Lo bastante bueno como para que hombres como Damian quisieran apartarlo.
Lucía apretó los labios y asintió.
Después salieron y yo me quedé en la puerta abierta hasta que los vi bajar las escaleras.
Cuando cerré, volví al salón y recogí la libreta de la mesa. La abrí para guardar el papel que había usado de marcador y entonces vi una página que no les había enseñado. No porque quisiera ocultarla, sino porque hasta ese momento no la había relacionado con nada.
Era una de esas notas sueltas que apunté días después, cuando Evan ya dormía algo más y yo empezaba a creer que quizá podríamos vivir sin mirar siempre hacia la puerta.
«No olía como papá. Olía a tabaco y a lluvia.»
Me quedé mirando esas palabras con un peso nuevo en el pecho. No era una prueba. Ni siquiera sabía si era un recuerdo fiable de un niño asustado. Pero después de todo lo que habíamos hablado, ya no parecía una frase perdida.
Cogí el móvil y escribí a Evan.
Maggie: Hay otra página que no hemos fotografiado. No sé si importa. Evan dijo que el hombre del reloj no olía como Damian. Que olía a tabaco y a lluvia.
La respuesta tardó un poco más de lo habitual.
Evan: Mañana la vemos.
Dejé el móvil sobre la mesa y cerré la libreta. Durante años había pensado que lo peor de aquella historia ya tenía nombre.
Damian.
Ahora empezaba a temer que no hubiera sido el único.