Donde no se mira Capítulo 30
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Capítulo 30

Maggie

Cuando Evan me escribió para decir que venía con Lucía, supe que la tarde iba a terminar mal.

No porque ella viniera. Eso, en realidad, era lo de menos. La chica me caía bien desde antes de conocerla, aunque solo fuera porque había conseguido que Evan dejara de hablar de ella como si no estuviera hablando de ella. Eso siempre era una señal.

Lo que me preocupó fue la frase exacta.

«Necesitamos hablar de Damian. Y de Javier Morales».

Ahí supe que la tarde no iba de aclarar un dato. Iba de volver a una parte de la historia que Evan y yo llevábamos años evitando.

Guardé el móvil, apagué el fuego de la cocina y miré la olla con el caldo a medio hacer.

Había empezado a prepararlo por costumbre, porque cuando no sabía qué hacer con las manos me daba por cocinar.

Evan siempre decía que yo podía montar una emergencia emocional y una cena para seis al mismo tiempo.

No era un talento. Era supervivencia con delantal.

Llegaron veinte minutos después. Los vi desde la ventana cuando el coche aparcó frente a casa.

Evan bajó primero, serio, con mala cara y esa rigidez suya de cuando cree que ponerse recto ayuda en algo.

Lucía salió después. No parecía enfadada de esa forma fácil de manejar.

Parecía cansada, alerta y con demasiadas preguntas guardadas para soltarlas sin romper algo.

Abrí antes de que tocaran el timbre.

—Si vais a traerme una tragedia, al menos entrad antes de que se escape el calor —dije.

Lucía parpadeó, como si aquella no fuera la bienvenida que esperaba.

Evan me miró.

—Hola, Maggie.

—Hola, cariño. Tienes una cara horrible.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Me aparté para dejarlos pasar. Lucía entró con cuidado, mirando apenas alrededor.

Mi casa no tenía nada especial: salón pequeño, cocina abierta, libros por todas partes, una manta sobre el sofá y más plantas de las que una persona sensata debería intentar mantener vivas.

No era el tipo de sitio donde se contaban secretos de hombres como Damian Alden, pero quizá por eso mismo era el único lugar donde podía hacerse.

—¿Quieres café? —le pregunté a Lucía.

—No, gracias.

—Bien. Era una prueba. Si aceptabas café ahora, me preocupaba tu instinto de supervivencia.

Por primera vez desde que entró, casi sonrió.

Casi.

Nos sentamos en el salón. Evan no eligió el sofá. Se quedó de pie junto a la ventana, claro, porque mi sobrino seguía teniendo la absurda idea de que estar de pie ayudaba a controlar mejor las cosas. Lucía se sentó en el borde de una butaca, con las manos juntas y la espalda recta.

Yo me quedé frente a ellos.

—He leído lo que me mandaste —dije—. Damian, Javier Morales, North Pier, Harbor Line. No necesito que me lo repitáis desde el principio.

Lucía agradeció eso con la mirada. Era lista. Y estaba cansada.

—Necesito saber qué recuerda Evan —dijo.

Directa. Bien.

—Evan recuerda poco.

Él giró la cabeza hacia mí.

—Recuerdo cosas.

—Recuerdas trozos. No es lo mismo.

No lo dije para herirlo. Él lo sabía, aun así, le dolió; lo vi en la forma de tensar la mandíbula.

Lucía no apartó los ojos de él.

—¿Qué trozos?

Evan respiró hondo.

—Recuerdo un almacén con una luz amarilla muy fea, olor a sal y a gasolina, y a mi padre hablando con alguien. También recuerdo a un hombre gritando. Luego se mezcla todo y aparece Maggie en casa, haciendo una maleta.

—No fue después —dije.

Los dos me miraron.

Apoyé las manos en las rodillas y me tomé un momento antes de responder. No era una conversación fácil. Hablábamos de Damian, de Evan y de una época que llevaba años intentando dejar atrás.

—Lo de la maleta fue días más tarde. Tú lo mezclas porque de niño no sabías ordenar lo que pasaba. Y porque yo tampoco te dejé hablar demasiado de algunas cosas.

Evan me miró con esa tristeza suya que no sabía usar cuando era pequeño y que de adulto intentaba esconder mejor.

—¿Por qué?

—Porque eras un niño de siete años que se despertaba gritando y luego no sabía decirme qué había soñado.

Lucía bajó la vista un segundo. No parecía incómoda; parecía entender que aquello no era fácil, y eso me ayudó a seguir.

—Damian no era un padre. Era un hombre que tenía un hijo en casa porque hasta los monstruos creen que algunas cosas les pertenecen. A veces te enseñaba como quien enseña una finca.

»Otras te olvidaba durante horas en una habitación porque tenía reuniones. Y había días en que te llevaba con él, no porque quisiera estar contigo, sino porque le gustaba que la gente recordara que tenía algo que perder.

Evan cerró los ojos.

—No tienes que suavizarlo.

—No lo estoy suavizando.

Lucía tragó saliva.

—¿Lo llevaba a esos sitios?

—A veces. A casas, oficinas, almacenes. No mucho rato, ni delante de todo, pero sí lo bastante para que viera caras, oyera voces y entendiera que había hombres que bajaban la mirada cuando Damian entraba.

»Evan era pequeño, pero no tonto. Un niño no sabe explicar esas cosas, pero las nota.

—¿Y Javier Morales? —preguntó Lucía.

Ahí el aire cambió.

No porque dijera el nombre, sino por cómo lo dijo. Como si no quisiera ponerlo en la boca de aquella casa y no tuviera más remedio.

—Yo no conocía bien a tu padre —dije—, pero sabía quién era. Era un policía que estaba tirando de algo que incomodaba a mucha gente. Había otros metidos en aquella investigación, claro, pero su nombre empezó a sonar más.

»Damian lo nombró una vez en casa, mientras hablaba en el despacho con dos hombres. Yo estaba en la cocina y escuché lo justo para entender que Morales les molestaba.

—¿Qué dijo?

—Que Morales estaba mirando donde no debía. Esa frase sí la recuerdo porque me dio miedo.

Lucía se quedó muy quieta.

—¿Cuándo fue eso?

—Pocos días antes de la operación del puerto. No puedo decirte el día exacto. Entonces yo no sabía que después iba a necesitar recordar fechas como si me fuera la vida en ello.

—¿Y Evan?

Miré a mi sobrino.

—Evan estaba en la casa.

—¿Oyó algo?

—Más de lo que debería.

Evan abrió los ojos.

—¿Qué te dije?

Durante un momento no contesté. Me levanté, fui hasta una cómoda y saqué una caja de metal donde guardaba cosas que una persona normal habría tirado por salud mental. Fotos viejas, papeles de abogados, notas mías escritas a mano porque durante años no me fie de nadie.

Volví con una libreta pequeña.

Evan la miró como si no la hubiera visto nunca.

—¿Qué es eso?

—Cosas que apunté cuando te saqué de allí.

—Nunca me la enseñaste.

—No.

—Maggie.

—No voy a pedirte perdón por todo lo que hice para que siguieras respirando, Evan. Por algunas cosas, sí. Por todas, no.

Lucía no se movió. Yo abrí la libreta por una página marcada.

—La primera semana en mi casa apenas dormiste. Cuando conseguías hacerlo, hablabas entre sueños: frases sueltas, nombres mal dichos, cosas que no siempre tenían sentido.

»Apunté algunas porque pensé que, si alguien venía a preguntar, quizá tendría que defenderte.

—¿Defenderme de quién?

—De todos.

No hizo falta añadir más, así que bajé la vista a la libreta y leí una de las líneas despacio.

—«Papá dijo que Morales no podía salir.» Eso dijiste una noche.

Lucía se llevó una mano a la boca, pero no lloró, y Evan se quedó pálido a mi lado, mirando la libreta como si acabara de devolverle algo que no quería recordar.

—Yo dije eso.

—Sí.

—¿Y no me lo contaste?

—Tenías siete años.

—Ya no.

—Lo sé.

Seguí.

—También dijiste: «El hombre del reloj estaba enfadado». Y otra noche: «No era la voz de papá».

Evan frunció el ceño.

—No recuerdo eso.

—Ya lo sé.

—¿Qué hombre del reloj?

—No lo sé. Me hablaste varias veces de un hombre con reloj dorado. Decías que se tocaba la muñeca todo el rato, que olía a humo y que no gritaba, pero daba más miedo que los que gritaban.

Lucía levantó la vista hacia mí.

—¿Era Damian?

—No lo sé. Evan distinguía a su padre incluso cuando no quería nombrarlo. Cuando decía «papá», era Damian. Cuando decía «el hombre del reloj», parecía otra persona.

Evan se pasó una mano por la cara.

—Siempre pensé que era él.

—Porque yo dejé que lo pensaras.

El silencio que siguió fue el peor de la tarde.

No había una forma bonita de decir aquello, así que no intenté encontrarla.

—¿Por qué? —preguntó Evan.

—Porque odiar a Damian era más seguro que recordar a todos los demás. Y porque durante mucho tiempo creí que daba igual quién apretara el gatillo, quién diera la orden o quién limpiara después. Damian estaba en el centro de todo. Era suficiente.

Lucía me miró con dolor, pero sin reproche. O no solo con reproche.

—Para mí no lo es.

—Lo sé.

—Si hubo otro hombre, necesito saberlo.

—También lo sé.

Evan se sentó por fin. No en el sofá, sino en la mesa baja, como si necesitara estar más cerca de la libreta aunque no se atreviera a tocarla.

—¿Qué más dije?

Pasé otra página.

—Hablaste de una nave cerca del agua, de cajas y de una puerta verde. También repetiste algo sobre alguien que decía que el niño no había visto nada.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Maggie.

—No lo sé, Evan. Si lo supiera, lo habría dicho ya.

La voz me salió más dura de lo que quería. Me obligué a bajar el tono.

—También hablaste del hombre del reloj —continué—. Decías que estaba llorando y que tu padre se enfadó al verlo así.

Lucía cerró los ojos un momento, como si aquella frase le hubiera tocado en un sitio muy antiguo.

—Siempre me dijeron que cuando llegaron ya no pudieron hacer nada.

No pregunté quién se lo había dicho. No hacía falta en ese momento. La historia de una muerte así nunca llega a una familia por una sola boca; llega rota, repetida y limpia de lo que nadie se atreve a contar.

—Había demasiada gente alrededor de Damian —dije—. Empresarios, abogados, hombres del puerto, policías que sabían más de lo que decían y otros que seguramente preferían no saber. Yo me mantuve al margen todo lo que pude. Tenía bastante con sacarlo a él de aquella casa.

Evan bajó la mirada.

—¿Crees que había corrupción?