Capítulo 29
Lucía
Evan no estaba en su casa.
O, al menos, no fue allí donde terminé primero.
No sé si elegí la fundación por impulso, por rabia o porque una parte de mí necesitaba verlo en el sitio que ahora me quemaba por dentro.
El edificio, las salas limpias, los paneles con fotografías de niños, las placas de donantes, los nombres discretos en esquinas que casi nadie miraba.
Todo lo que días antes me había parecido cuidado, serio, incluso honesto, ahora tenía una capa encima que no sabía quitar.
Samantha me vio antes de que yo pudiera decidir si preguntar por Evan en recepción o salir de allí y hacer algo un poco menos impulsivo.
No pareció sorprendida y eso ya me molestó.
—Lucía —dijo.
—Necesito hablar con él.
Samantha me miró con esa calma suya que siempre parecía hecha a prueba de gente perdiendo los nervios.
—Está en su despacho.
—Bien.
—¿Como periodista?
La pregunta me frenó lo justo para odiarla un poco.
—No.
—Entonces te acompaño.
—No necesito escolta.
—Lo sé. Yo sí necesito asegurarme de que nadie de recepción os vea discutir en mitad del vestíbulo.
Aquello era tan sensato que me dieron ganas de protestar solo por llevar la contraria. No lo hice. La seguí hasta el ascensor, con el bolso colgado del hombro y la mandíbula tan apretada que empecé a notar dolor en la sien.
Samantha no dijo nada durante el trayecto. Ni una advertencia, ni una frase amable, ni un intento de prepararme. Se limitó a estar allí, que en ella ya era bastante.
Cuando llegamos, abrió la puerta del despacho sin llamar.
Evan levantó la vista.
Tenía una carpeta abierta delante, varios papeles extendidos sobre la mesa y el móvil junto a la mano. Al verme, su expresión cambió de inmediato. No fue sorpresa limpia. Fue algo más complicado, como si una parte de él llevara esperándome desde antes de que yo decidiera ir.
—Lucía.
Samantha no entró del todo.
—Cinco minutos sin interrupciones —dijo—. Después haré como que necesito algo.
—Gracias —respondió Evan.
Ella me miró a mí, no a él.
—La puerta queda cerrada, pero no bloqueada.
—No pienso matarlo —dije.
—No era mi principal preocupación.
Se marchó antes de que pudiera contestarle.
La puerta se cerró con un clic suave. Demasiado suave para lo que llevaba yo dentro.
Evan se puso de pie.
—¿Qué ha pasado?
Me reí una vez, sin humor.
—Esa es una pregunta muy grande para empezar.
—Vale. ¿Qué sabes?
Eso me sentó peor. Porque no preguntó qué creía, ni qué me había alterado, ni si estaba bien. Preguntó qué sabía.
—Damian Alden —dije.
Evan no apartó la mirada, pero algo se le fue de la cara.
—Sí.
Solo eso: «Sí».
Como si la palabra ya hubiera estado preparada en alguna parte.
—¿Sí? —repetí—. ¿Eso es todo?
—No.
—Pues empieza a hablar.
Evan rodeó la mesa, pero se detuvo a medio camino, como si hubiera pensado mejor lo de acercarse. Bien. Porque no sabía qué habría hecho si intentaba tocarme.
—Damian Alden es mi padre —dijo.
La frase me golpeó aunque ya la supiera. Supongo que leer algo en una pantalla no era lo mismo que oírselo decir a él, con esa voz seria y contenida que me había gustado demasiado hasta hacía unas horas.
—Tu padre estuvo vinculado a la operación en la que murió el mío.
Evan cerró los ojos un segundo.
—Lo he sabido hoy.
—¿Hoy?
—Sí.
—Qué casualidad.
—Lucía.
—No me digas mi nombre así.
Abrió los ojos. No parecía enfadado. Eso también me molestó. Yo necesitaba que se defendiera mal, que dijera algo arrogante, que me diera una razón sencilla para volcar toda la rabia en él sin sentir que estaba siendo injusta.
Pero no lo hizo.
—No sabía quién era tu padre —dijo—. No sabía que Javier Morales era tu padre. Ni cuando te conocí, ni cuando fuiste a la fundación, ni durante la cena. No lo sabía.
—Pero sabías quién era el tuyo.
—Sí.
—Y no me lo dijiste.
—No.
La respuesta fue tan directa que me dejó sin una parte del discurso.
—¿Por qué?
Evan tragó saliva.
—Porque no hablo de él. Porque llevo años intentando mantener ese nombre fuera de mi vida. Porque cuando te dije que no tenía relación con mi padre, era verdad, aunque fuera una verdad incompleta. Y porque esa noche no sabía que su nombre podía tocar el tuyo.
Aquello dolió de una forma absurda, porque tenía sentido.
Y yo no quería sentido.
Quería algo más fácil.
—Alden Group aparece en nuestra investigación —dije—. Vargas & Cole. North Pier. Harbor Line. Naves. Seguridad privada. Empresas que no dicen lo que hacen. Y North Pier colaboró con tu fundación.
—Lo sé.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta tarde.
—Otra vez esta tarde.
—Sí.
—Qué día tan productivo.
Evan encajó la frase sin moverse.
—Samantha encontró documentos antiguos sobre Alden Group y Vargas & Cole. Después apareció North Pier junto a Harbor Line. Cuando vi North Pier recordé la colaboración con la fundación.
—Y también recordaste que yo te pregunté por North Pier.
Esta vez sí se quedó quieto.
—Sí.
—¿Cuándo lo recordaste?
—Hace un rato.
—¿Y pensabas llamarme?
—No sabía cómo hacerlo sin preguntarte cosas que quizá no podías contarme.
Me crucé de brazos.
—Muy considerado.
—No estoy intentando quedar bien.
—Pues menos mal.
Evan bajó la mirada a los papeles de la mesa, y por primera vez vi algo parecido al cansancio rompiéndole la compostura.
—Puedes estar enfadada conmigo. Lo entiendo.
—Qué alivio.
—Pero no voy a dejar que creas que la fundación es una tapadera de mi padre.
Ahí lo miré de verdad.
—¿Y qué quieres que crea? ¿Que un colaborador antiguo aparece mezclado con empresas vinculadas a Damian Alden por mala suerte? ¿Que North Pier, Harbor Line y Vargas & Cole se han puesto de acuerdo para hacerme el día más entretenido?
—No. Quiero que creas que estoy intentando averiguar lo mismo que tú sin usar a la fundación para tapar nada.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que tengo.
—Pues se queda corta.
Evan respiró hondo, despacio. No parecía molesto con mi rabia. Parecía intentando no contestar desde la suya.
—Mi padre usaba empresas, personas, favores y nombres limpios para cubrir cosas sucias. Eso lo sé. No necesito que nadie me lo cuente. Crecí dentro de esa casa.
La palabra casa sonó rara. No por lo que decía, sino por lo que no decía.
—¿Qué casa?
—La de Damian.
—¿Vivías con él?
—De niño. Hasta que Maggie me sacó de allí.
Me acordé de la foto de su tía, de cómo la había nombrado en la cena, de ese cuidado suyo al decir que fue quien se quedó.
—¿Por qué?
Evan miró hacia la ventana.
—Porque mi padre no era solo un delincuente con traje. Era un hombre que podía sonreír en una habitación y destrozar a alguien en la siguiente sin que se le moviera la voz. Maggie lo entendió antes que nadie.
La rabia me bajó medio escalón. No desapareció. Ojalá. Pero cambió de forma.
—¿Qué sabes de la operación donde murió mi padre?
—Poco. Menos de lo que debería. Maggie recordó hoy el nombre de Javier Morales al verlo en una noticia antigua. Dijo que fue un buen policía.
Aquello me atravesó de una manera que no esperaba.
Mi padre, dicho por alguien que no formaba parte de mi casa. Alguien que lo había recordado después de más de veinte años.
—¿Maggie conocía a mi padre?
—Sabía quién era. No sé cuánto.
—¿Y tú?
Evan se pasó una mano por la nuca.
—Yo era un niño, Lucía.
—Eso no responde.
—No lo recuerdo bien.
—¿Qué no recuerdas bien?
Tardó un poco en contestar, y esa pausa me puso más nerviosa que cualquier respuesta.
—Hay cosas de aquella época que están borrosas. La casa. Gente entrando y saliendo. Mi padre hablando con hombres que bajaban la voz cuando yo aparecía. Un almacén, quizá. No sé si es un recuerdo real o algo que he construido después con pedazos que me contaron.
—Evan.
—No estoy esquivando. De verdad que no.
Le creí.
Y eso me enfadó de otra forma, más triste.
—Mi padre murió en una operación vinculada al tuyo —dije—. Y ahora tu fundación aparece rozada por una empresa que puede estar conectada con todo esto. ¿Entiendes cómo se ve desde mi lado?
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí. Se ve como si yo hubiera estado sentado delante de ti con parte de la respuesta y hubiera decidido guardármela.
No contesté.
Porque eso era exactamente lo que una parte de mí sentía.
Evan dio un paso hacia la mesa, cogió una carpeta y la abrió delante de mí.
—Esto es lo que tengo. Registro de excarcelación de Damian, documentos antiguos de Alden Group, referencias a Vargas & Cole y la conexión de North Pier con Harbor Line.
»No hay nada aquí que limpie a nadie. Tampoco hay nada que demuestre que la fundación sea una tapadera. Si quieres verlo, míralo. Si quieres llevárselo a Martin, adelante. No voy a esconderlo.
Miré los papeles, pero no los toqué.
—Podrías haberlo preparado.
—Sí.
—Podrías estar enseñándome justo lo que quieres que vea.
—También.
—No ayudas.
—No quiero convencerte con una frase. Quiero que compruebes lo que tengas que comprobar.
Aquello era más difícil de combatir que una mentira.
Me acerqué a la mesa y leí por encima los documentos.
Damian Alden. Alden Group. Vargas & Cole.
North Pier. Harbor Line. Nombres que ya venían conmigo desde la redacción, pero que allí parecían colocarse en una segunda vida, la de Evan, la que no me había contado entera porque quizá ni él mismo la tenía entera.
—Raúl va a mover hilos —dije.
Evan levantó la vista.
—¿Raúl?
—Sí. Ya te hablé de él en la cena. El compañero de mi padre. El que vino para el funeral y acabó quedándose mucho más de lo previsto. Cumpleaños, hospitales, domingos en casa… todo eso.
Evan asintió despacio, como si acabara de colocarlo.
—El que estuvo cuando tu padre ya no podía estar.
La frase me tocó más de lo que esperaba.
—Sí. Ese.
—¿Y lo has llamado?
—Al encontrar la noticia. Me ha dicho que aún conoce gente en bandas y archivo, que va a preguntar y que mañana comemos.
—¿Confías en él?
La pregunta fue limpia. Sin sombra.
—Sí.
—Entonces bien.
Eso también me descolocó. Esperaba una advertencia, una duda, cualquier cosa que me permitiera seguir molesta.
—¿No vas a decirme que tenga cuidado?
—Claro que debes tener cuidado. Pero si es familia para ti, no voy a convertirlo en sospechoso solo porque todo lo demás se haya vuelto horrible.
Me quedé mirándolo.
—Eres muy incómodo cuando no te comportas como necesito para enfadarme.
La comisura de su boca se movió apenas.
—Lo tendré en cuenta.
La puerta se abrió sin llamar.
Samantha apareció con una carpeta en la mano y miró primero a Evan, luego a mí.
—Han pasado más de cinco minutos.
—Estamos vivos —dije.
—Eso no siempre significa que vaya bien.
Evan cerró la carpeta despacio.
—Necesito hablar con Maggie.
Samantha no pareció sorprendida.
—Sí.
—Ahora.
—También sí.
Yo miré a Evan.
—¿Por qué?
—Porque hay cosas que yo no recuerdo bien y ella sí. Si Javier Morales aparece en mi infancia, aunque sea de lejos, Maggie es quien puede decirnos por dónde empezar.
Me quedé quieta.
—¿Nos?
—Si tú quieres.
No respondió como si tuviera derecho a estar en mi investigación. Tampoco como si yo tuviera que confiar en él porque sí. Lo dijo con cuidado, dejando la decisión donde tenía que estar.
En mí.
Miré la carpeta sobre la mesa. Después a Evan. Después a Samantha, que observaba todo con su cara de no meterse en absolutamente nada mientras se metía en todo.
—Quiero oír lo que tenga que decir —dije.
Evan asintió.
—La llamo.
—No. Si vamos a hacer esto, no quiero una llamada. Quiero verla.
Samantha miró su reloj.
—Puedo conseguir un coche abajo en tres minutos.
—Por supuesto que puedes —murmuré.
—Dos si nadie me habla mientras lo hago.
Evan cogió el móvil y escribió a Maggie. Yo aproveché ese momento para mirar otra vez la carpeta.
No sabía si acababa de creerle.
No sabía si quería creerle.
Lo único que tenía claro era que, por primera vez desde que había abierto aquella noticia, Evan ya no estaba al otro lado de la pregunta. Estaba dentro de ella.
Y eso era mucho más complicado que odiarlo.