Capítulo 28
Lucía
A la mañana siguiente, el viejo Alden dejó de ser solo una frase que Mateo había oído en una nave.
No hubo una gran llamada, ni una fuente milagrosa, ni una carpeta anónima apareciendo sobre mi mesa como en las películas malas. Hubo café frío, Alex a mi lado, Martin dando vueltas cerca de nosotros con más silencio del habitual y cuatro búsquedas abiertas a la vez.
Alden Group.
Alden prisión.
Alden puerto.
Alden fundación.
Al principio salieron empresas antiguas, menciones sueltas y noticias económicas de esas que parecen escritas para que nadie entienda nada.
Sociedades que cambiaban de nombre, activos que pasaban por terceros, direcciones repetidas en apartados de correos y demasiadas líneas pequeñas que, por separado, no decían mucho.
Hasta que una empezó a decir demasiado.
—Aquí —dijo Alex.
Giró un poco la pantalla hacia mí. Era una noticia antigua de una hemeroteca local, mal escaneada, con una foto oscura en la parte superior y un titular seco.
«Operación en el puerto deja un agente muerto y varios detenidos vinculados a la red de Damian Alden».
Leí el titular dos veces, porque la primera no me bastó para encajar lo que estaba viendo. El viejo Alden ya tenía nombre de pila: Damian Alden.
—Es él —dijo Alex, más bajo.
No contesté. Bajé por el artículo con el dedo sobre el borde de la mesa, sin tocar la pantalla. No sé por qué. Como si tocarla fuera a hacer más real lo que estaba leyendo.
El texto hablaba de almacenes, redadas, empresas pantalla y una investigación que llevaba meses abierta. Decía poco, porque esas noticias antiguas parecían tener miedo de comprometerse con sus propias frases, pero había una línea que no necesitaba adornos.
El agente Javier Morales murió durante la intervención.
El cuerpo se me quedó quieto antes que la cabeza.
No fue una reacción dramática. No tiré el café, no dije nada, no me levanté. Solo dejé de oír bien la redacción durante unos segundos. Los teléfonos seguían sonando, alguien discutía con otro por un titular y Martin hablaba al fondo, pero todo quedó un poco lejos.
Mi padre y Damian Alden estaban en la misma noticia, en la misma operación, dentro de una historia que yo llevaba años creyendo cerrada porque nadie en mi casa se atrevía a abrirla del todo. Alex no hizo ninguna broma. Eso, viniendo de él, era casi una forma de cogerme la mano.
—Lucía.
—Estoy bien.
—No.
—Ya.
Me incliné hacia la pantalla y seguí leyendo.
Damian Alden había sido investigado en aquella operación, aunque no condenado entonces por la muerte de mi padre.
Cayó años después por otras causas: extorsión, fraude, blanqueo y una lista de delitos que parecían escritos por alguien con mucha paciencia y muy pocas ganas de resumir.
—Esto no prueba que él matara a mi padre —dije.
—No.
—Solo que estaba en la misma red.
—Sí.
—Y que el nombre Alden estaba allí desde el principio.
Alex asintió despacio.
—Eso sí.
Abrí otra pestaña. Damian Alden. Condena. Excarcelación. Alden Group.
Esta vez los resultados fueron más claros. El nombre aparecía en noticias recientes, pequeñas, escondidas entre notas judiciales y registros públicos. No era portada, no era escándalo nuevo, no era nada que hubiera saltado a los ojos de media ciudad. Pero estaba ahí.
Damian Alden había salido de prisión hacía pocos días, así que Mateo no había entendido mal: el viejo Alden estaba fuera.
Se me tensó la espalda. No era miedo exactamente, pero tampoco estaba lejos. Era la sensación de que aquella historia no estaba tan cerrada como me habían contado.
—Martin tiene que ver esto —dijo Alex.
—Espera.
—Lucía.
—Un minuto.
No esperó a que le diera permiso. Se levantó y fue a buscarlo, porque Alex podía respetar muchas cosas, pero no mi tendencia a quedarme delante de un precipicio haciendo como que solo estaba mirando el paisaje.
Yo seguí.
No sabía muy bien qué buscaba, hasta que lo encontré.
Una pieza de perfil, publicada años después de la condena, hablaba de Damian Alden, de sus sociedades, de su caída y de su único hijo, apartado del apellido desde joven. No era un texto largo. No hacía falta.
«Evan Kovács, heredero de una parte de su fortuna familiar por vía materna, se ha mantenido siempre alejado del apellido Alden y de cualquier actividad vinculada a su padre.»
Leí esa frase con una calma que para nada era calma.
Evan.
Damian Alden era su padre.
Me apoyé en el respaldo de la silla y miré la pantalla como si me hubiera hecho algo personal. En realidad, me lo había hecho. O al menos eso sentí en ese primer segundo, antes de que la parte razonable de mi cabeza intentara entrar a poner orden.
Evan me había dicho que no tenía relación con su padre.
No me había dicho el nombre. Tampoco tenía por qué hacerlo.
Era una cena. Una noche demasiado íntima para dos personas que todavía no sabían dónde poner lo que estaba pasando entre ellas.
Yo tampoco le había dado el expediente completo de mi vida.
Pero aquello no era una anécdota familiar incómoda.
El padre de Evan estaba unido a la operación donde murió el mío. Alden Group aparecía rozando las empresas que investigábamos. North Pier había pasado por su fundación. Y yo llevaba días intentando convencerme de que las cosas podían no tocarse solo porque necesitaba que no se tocaran.
Martin llegó con Alex detrás.
—¿Qué tienes?
Giré la pantalla hacia él.
Martin leyó en silencio. Primero el titular de la operación. Luego la línea de mi padre. Después la nota sobre Damian Alden saliendo de prisión. Por último, la referencia a Evan.
No dijo nada enseguida. Eso ya fue bastante.
—Vale —dijo al fin—. Nadie corre.
Solté una risa seca.
—Qué optimista eres pensando que tengo sitio para correr.
—Morales.
—Estoy sentada.
—Y aun así pareces a punto de hacer una estupidez.
No contesté, porque esa vez no estaba segura de que no tuviera razón.
Martin apoyó una mano en el respaldo de mi silla.
—Vamos por partes. Damian Alden aparece vinculado a la operación en la que murió tu padre. Hay que pedir el expediente completo. También verificar bien su salida de prisión y su relación actual con Alden Group.
—Y es el padre de Evan.
—Sí.
La palabra cayó entre los tres sin hacer ruido.
—North Pier colaboró con su fundación —dije.
—Lo sabemos.
—Y yo le pregunté por North Pier en la fundación.
Martin me miró.
—¿Cuándo?
—El día de la entrevista. Lo vi en una placa y pregunté por los colaboradores antiguos. Me respondió normal. No pareció raro.
—Puede que para él no lo fuera.
—O puede que mintiera muy bien.
Alex soltó aire por la nariz, sin llegar a decir nada.
Martin se puso delante de mí, obligándome a mirarlo.
—No conviertas una sospecha en una acusación porque te duele.
Aquello me tocó donde tenía que tocarme.
—¿Y qué hago? ¿Le mando un mensaje diciendo: hola, he descubierto que tu padre está metido en la muerte del mío y quizá tu fundación huele raro?
—No.
—Pues ilumíname.
—Primero, respiras. Segundo, llamas a Raúl.
Me quedé quieta.
—¿Raúl?
—Era compañero de tu padre. Si alguien puede decirnos qué fue aquella operación sin tener que esperar tres semanas a un expediente, es él.
Mi primer impulso fue decir que no. No porque no tuviera sentido, sino porque llamar a Raúl convertía aquello en algo demasiado real.
Mi padre ya no era una línea de hemeroteca.
Era mi madre, mi casa, los domingos, las llamadas de «vente a comer», el hombre que llevaba media vida en el hueco que dejó otro.
Alex me miró con cuidado.
—Puedes hacerlo desde aquí.
Cogí el móvil antes de arrepentirme.
Raúl contestó al tercer tono.
—Lucía, cariño.
La voz de siempre. Cercana. Un poco ronca. Familiar hasta doler.
—Hola, tío.
—Qué sorpresa. ¿Todo bien?
Miré la pantalla del ordenador, donde el nombre de Damian Alden seguía abierto junto al de mi padre.
—Estoy trabajando en algo y necesito preguntarte una cosa.
—Dispara.
La palabra me atravesó de una forma absurda. Raúl no podía saberlo. Era una frase hecha. Una de tantas.
—¿Te acuerdas de Damian Alden?
Al otro lado hubo una pausa breve. Nada exagerado. Nada que pudiera señalar con el dedo.
—Hace años que no oía ese nombre.
—¿Lo conocías?
—Lo conocía cualquiera que estuviera cerca del puerto en aquella época. Alden salía en informes, rumores, operaciones… Era de esos tipos que nunca estaban en el sitio, pero siempre acababan cerca de todo.
La respuesta sonó razonable. Raúl sonaba razonable.
Eso me molestó un poco, quizá porque una parte de mí había llamado esperando que alguien me dijera una barbaridad clara para saber dónde colocar la rabia.
—Me ha salido en una noticia antigua —dije—. Sobre la operación donde murió papá.
Raúl no contestó enseguida, pero cuando lo hizo su voz bajó.
—Lucía.
—Solo quiero saber si tuvo algo que ver.
—Alden tuvo que ver con muchas cosas. Otra cosa es lo que se pudo demostrar.
—Eso no me responde.
—Porque no hay una respuesta sencilla. Aquella noche fue un desastre, cariño. Hubo información que llegó tarde, movimientos mal calculados y gente que no debería haber estado donde estaba. Tu padre entró siguiendo una pista que parecía buena.
—Siempre me dijiste que fue una pista equivocada.
—Y lo fue. O eso nos hicieron creer entonces.
Miré a Martin. Él levantó apenas la barbilla, como diciendo que siguiera.
—¿Quién os lo hizo creer?
Raúl soltó aire despacio.
—No quiero hablarte de esto con prisas ni por teléfono.
—Raúl.
—No te estoy dando largas. Déjame mover un par de hilos. Aún conozco a gente en el departamento de bandas y en archivo. Si Alden ha vuelto a salir en algún sitio, prefiero saber qué estás tocando antes de decirte algo que pueda confundirte más.
Aquello sonó a él. A Raúl siendo Raúl: práctico, protector y un poco mandón cuando creía que yo estaba a punto de meterme donde no debía.
—No quiero que me protejas de la verdad.
—No estoy intentando protegerte de la verdad. Estoy intentando que no te la tiren encima en pedazos sueltos.
Me quedé callada.
—Ven a comer mañana —añadió—. Yo pregunto hoy, reviso lo que pueda y hablamos tranquilos. Si hay algo que debas saber, te lo diré.
—¿Lo prometes?
—Te lo prometo.
—Y otra cosa —dijo—. No vayas sola detrás de ese nombre. Si Alden está otra vez en la calle, no es un viejo fantasma para entretener periodistas.
—No soy idiota.
—No. Eres hija de tu padre, que a veces es peor para mi tensión.
Casi sonreí. Casi.
—Te llamo luego si averiguo algo —dijo—. Y, Lucía…
—¿Sí?
—No se lo sueltes a tu madre todavía sin saber qué tienes. Bastante sufrió ya con versiones a medias.
Ahí sí se me apretó algo.
—Vale.
—Mañana comemos.
—Mañana.
Colgué y dejé el móvil sobre la mesa. Raúl iba a preguntar. Yo, en cambio, ya sabía cuál era la siguiente puerta que tenía que abrir.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Alex.
—Que va a mover hilos. Que aún conoce gente en bandas y archivo. Que mañana comemos y me contará lo que averigüe.
Martin asintió.
—Bien.
—También ha dicho que no vaya sola detrás de Alden.
—Me cae mejor que antes.
—No empieces.
Martin señaló la pantalla.
—Ahora necesitamos separar dos cosas. Lo de tu padre y lo de Kovács.
Solté una risa sin ganas.
—Suerte con eso.
—Precisamente por eso hay que separar antes de señalar. Damian Alden no es Evan, y una colaboración antigua no convierte la fundación en una tapadera. Si mezclamos todo por rabia, nos cargamos la investigación antes de empezar.
La frase me dejó un sabor horrible, quizá porque era justo lo que yo ya había pensado.
—No he acusado a nadie.
—Todavía.
Me levanté.
—Voy a hablar con él.
—No como periodista.
—No sé de qué otra forma hacerlo ahora mismo.
—Pues aprende antes de llegar.
Alex dio un paso hacia mí.
—Lucía.
—No voy a publicarlo. No voy a grabarlo. No voy a ir a tenderle una trampa.
—¿Entonces?
Miré el nombre de Evan en la noticia. Su apellido, el que usaba, no era Alden. Quizá eso debería haberme importado. Quizá debería haberme frenado.
No lo hizo lo bastante.
—Entonces voy a preguntarle por qué no me dijo que su padre era Damian Alden.
Martin no pareció conforme, pero tampoco intentó pararme. Supongo que entendió que había preguntas que, si no las hacía ahora, iban a pudrirse dentro y salir peor después.
—No vayas sola desde el enfado —dijo.
—Voy sola porque esto es entre él y yo.
—Eso no es verdad del todo.
—Ya. Pero es la única parte que puedo mirar ahora sin romper algo en público.
Cogí la chaqueta y el bolso. Alex no dijo nada, y ese silencio suyo me pesó más que cualquier advertencia.
Antes de salir, miré de nuevo la pantalla.
Damian Alden.
Javier Morales.
Evan Kovács.
Tres nombres que no deberían haber acabado en la misma mañana, y mucho menos en mi vida de esa manera.
No fui a buscar a Evan como periodista.
Fui como la hija de un hombre muerto que acababa de encontrar el apellido del hombre ligado a su muerte pegado al padre del hombre del que empezaba a enamorarse.