Donde no se mira Capítulo 27
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Capítulo 27

Evan

El mensaje de Lucía llegó cuando Samantha acababa de dejar sobre mi mesa una carpeta sin membrete.

Eso nunca era buena señal.

Había carpetas normales, de esas que se podían mover por la oficina sin que nadie se preguntara demasiado qué contenían.

Y luego estaban las carpetas que Samantha dejaba cerradas, sin etiqueta, con esa forma suya de no añadir nada hasta que yo hubiera leído lo suficiente para entender por qué había decidido no poner un nombre en la portada.

Miré primero el móvil.

Lucía: Día complicado. Estoy bien. Te llamo luego.

No era una respuesta fría. Tampoco era una respuesta de verdad.

La leí dos veces, intentando no buscar más de lo que había escrito.

Día complicado podía significar muchas cosas en alguien como Lucía.

Una fuente difícil, un dato que no encajaba, una discusión con Martin, una pista que se cerraba, otra que se abría demasiado.

Podía ser trabajo. Seguramente era trabajo.

Y aun así, la frase tenía el mismo tono que las anteriores: una manera educada de decirme que seguía entera sin dejarme acercarme demasiado a comprobarlo.

—¿Lucía? —preguntó Samantha.

Bloqueé el móvil y lo dejé sobre la mesa.

—Sí.

—¿Está bien?

—Eso dice.

Samantha no comentó nada, pero tampoco necesitaba hacerlo. En su idioma, callarse mirando la carpeta ya era bastante expresivo.

—¿Qué tienes? —pregunté.

—Lo que he podido conseguir sin hacer demasiado ruido sobre Damian Alden.

El nombre sonó distinto en su boca. Quizá porque Samantha no lo dijo con rabia, ni con miedo, ni con la carga que tenía para Maggie. Lo dijo como decía cualquier dato incómodo: con cuidado, pero sin permitir que el cuidado lo suavizara demasiado.

Abrí la carpeta.

Lo primero era una copia del registro de excarcelación.

Fecha, centro, condiciones, dirección provisional facilitada a efectos administrativos.

Leí las líneas una vez, luego otra. No había nada especialmente dramático en el documento.

Eso era lo peor. Todo aquello que llevaba años encerrado en un lugar oscuro aparecía allí como un trámite más, reducido a fechas, firmas y códigos.

—Hace tres días —dije.

—Sí.

—Maggie tenía razón.

—Parece que sí.

Pasé la página. Había una dirección de contacto, pero no una residencia clara. Un despacho legal. Un apartado de correos. Un teléfono que no reconocí.

—No hay domicilio.

—No uno útil.

—¿Legal?

—Un bufete pequeño de Oakland. Formalmente limpio. Demasiado discreto para figurar en nada grande y bastante acostumbrado a representar a gente que prefiere no dejar huellas en las primeras búsquedas.

Levanté la vista.

—Eso ha sonado poco jurídico.

—Porque no soy abogada.

—A veces lo olvido.

—Legal también, por desgracia.

Seguí pasando páginas. Condena. Recursos. Reducciones. Nombres de empresas antiguas. Algunas las recordaba de lejos, como se recuerdan cosas que uno ha intentado borrar sin conseguirlo del todo. Otras no me decían nada.

Entonces apareció Alden Group y me quedé quieto. Samantha lo notó enseguida, porque llevaba demasiados años viéndome leer documentos como para no distinguir cuándo una línea dejaba de ser solo una línea.

—Esa aparecía vinculada a él antes de la condena —dijo—. Hubo sociedades absorbidas, liquidaciones y varios activos que pasaron por terceros.

—Pensé que Alden Group estaba muerta.

—Legalmente, casi. Pero «casi» es una palabra bastante molesta en este tipo de cosas.

—¿Qué significa?

Samantha se sentó frente a mí, sin pedir permiso. Cuando hacía eso, la conversación dejaba de ser agenda y pasaba a otra categoría.

—Significa que sigue apareciendo en documentos pequeños. No como empresa operativa principal, pero sí en referencias antiguas, colaboraciones y contratos de protección de activos. Cosas que nadie mira si no sabe qué está buscando.

Leí el siguiente folio.

Asset protection services.

Logistics support.

Private security liaison.

Y debajo, un nombre que no conocía lo suficiente para que me resultara familiar, pero sí lo bastante para que el estómago se me cerrara.

Vargas & Cole Security.

—¿Qué es Vargas & Cole? —pregunté.

—Una empresa de seguridad privada. Vigilancia de instalaciones, logística, protección de activos. Web mínima, oficina registrada en Oakland, apartado de correos y poca gente visible.

La descripción era demasiado parecida a muchas empresas creadas para parecer aburridas a propósito.

—¿Sigue activa?

—Sí.

—¿Y tiene relación con Alden Group?

—No puedo decir relación actual sin mentir. Lo que tengo es una referencia de hace años en un documento comercial: «Asset protection partner». También aparece en dos adjudicaciones privadas como subcontrata de seguridad para almacenes y propiedades industriales.

Volví a mirar el papel.

—¿Propiedades de mi padre?

—No directamente. Propiedades que pasaron por sociedades que, en algún momento, estuvieron cerca de Alden Group. Es una cadena larga.

—Las cadenas largas son cómodas cuando alguien quiere no aparecer.

—Exacto.

Me levanté y fui hasta la ventana. La ciudad estaba empezando a apagarse al otro lado del cristal. Luces en edificios, tráfico de tarde, gente saliendo de oficinas con bolsas, teléfonos y la ilusión bastante discutible de que el día terminaba cuando salían por la puerta.

Para mí el día acababa de volverse más largo.

—Maggie dijo que alguien estaba preguntando por antiguos contactos —dije.

—Esto encaja con esa posibilidad.

—No digas encaja si no tenemos prueba.

—No he dicho que lo pruebe. He dicho que encaja.

La diferencia era pequeña y enorme a la vez.

Me giré hacia ella.

—¿Hay algo que lo conecte con la fundación?

Samantha sostuvo mi mirada un segundo antes de responder.

—No he buscado aún en esa dirección.

—Hazlo.

—Evan.

—Hazlo.

—Lo haré. Pero antes de que lo conviertas en una orden cómoda, necesito que sepas que buscar a tu padre desde la fundación puede dejar huella. Y si alguien está mirando, esa huella puede decirle que tú también estás mirando.

Tenía razón. Me molestó, pero tenía razón.

—Entonces hazlo desde fuera.

—Ya he pedido apoyo a través de legal externo. Sin usar cuentas de la fundación.

Asentí.

—Bien.

—Pero hay otra cosa.

No me gustó cómo lo dijo.

—¿Qué?

Samantha abrió la tableta y giró la pantalla hacia mí. Era una búsqueda de registros públicos. Una lista de propiedades industriales, varias sociedades, nombres repetidos con pequeñas variaciones y fechas que iban demasiado hacia atrás para ser casualidad cómoda.

—North Pier Development aparece en una modificación mercantil antigua junto a Harbor Line Services —dijo—. No es una asociación directa con Alden Group, pero sí comparten un administrador intermedio durante un periodo breve.

Me quedé mirando la pantalla.

North Pier .

Ese nombre sí lo conocía. Estaba en memorias antiguas de la fundación, en informes de donantes, en una placa pequeña que llevaba años en una pared y que yo apenas miraba porque había estado allí desde antes de que algunas áreas de la fundación fueran lo que eran ahora.

—North Pier colaboró con nosotros —dije.

—Sí.

—Materiales y apoyo logístico.

Samantha me miró.

—Lo recuerdas.

—Ahora sí.

Y no solo por la memoria.

Recordé a Lucía en la fundación. La entrevista ya había terminado, al menos sobre el papel, pero ella había seguido mirando alrededor con esa forma suya de no parecer distraída ni un segundo.

Había preguntado por los colaboradores antiguos, por las placas, por quién revisaba los donantes de proyectos anteriores.

Preguntas normales para una periodista, o eso pensé entonces.

Pero también había mencionado North Pier.

No de una forma acusatoria. Ni siquiera extraña. Solo una pregunta más en medio de otras. Yo la había contestado sin darle demasiada importancia, porque North Pier era uno de esos nombres viejos que parecían pertenecer a otra etapa de la fundación.

Ahora ya no sonaba viejo.

Sonaba cerca.

—¿Qué pasa? —preguntó Samantha.

—Lucía preguntó por North Pier cuando estuvo en la fundación.

Samantha no cambió mucho la expresión, pero la vi entender la gravedad de la frase.

—¿De forma directa?

—Lo bastante para que ahora me acuerde.

—¿Y en ese momento?

—En ese momento me pareció una pregunta más.

—Puede que lo fuera.

—Puede.

—O puede que ya estuviera mirando esa empresa por otro lado.

No respondí. No hacía falta.

Miré otra vez el mensaje de Lucía.

Hasta ese momento me había preocupado que su día complicado no tuviera nada que ver conmigo. Ahora me preocupaba justo lo contrario.

—¿Quién aprobó la colaboración con North Pier? —pregunté.

—Estoy buscándolo.

—Busca más rápido.

Samantha no se movió.

—Evan.

No quería mirarla, pero lo hice.

—Si esto roza la fundación, necesito saberlo.

—Lo sé. Pero también necesitas no actuar como si toda información nueva fuera una amenaza inmediata que puedes resolver apretando más fuerte.

La frase habría sido irritante en cualquier otro momento. Esa tarde, además, era útil.

Me senté de nuevo y miré los papeles. Damian Alden. Alden Group. Vargas & Cole Security. North Pier. Harbor Line. Nombres que hasta hacía poco pertenecían a zonas separadas de mi vida y que ahora empezaban a aparecer demasiado cerca.

No había una línea clara todavía, pero yo llevaba años desconfiando de las cosas que necesitaban demasiadas sociedades para no parecer conectadas.

El móvil vibró sobre la mesa y lo cogí antes de pensarlo, esperando que fuera Lucía, pero era Maggie.

Maggie: ¿Has sabido algo?

No había saludo. Tampoco hacía falta.

Evan: Ha salido. Sin domicilio claro. Alden Group sigue apareciendo en documentos viejos. Vargas & Cole Security. North Pier. Harbor Line.

La respuesta tardó poco.

Maggie: No sigas solo.

Samantha leyó mi expresión.

—¿Maggie?

—Sí.

El móvil volvió a vibrar.

Maggie: Y no metas a Lucía en nada sin saber antes dónde estás pisando.

Me quedé mirando la pantalla.

Samantha no preguntó cómo sabía Maggie quién era Lucía. A esas alturas, no hacía falta.

—Maggie tiene una manera muy delicada de preocuparse —dije.

—Me cae bien.

—No la conoces lo suficiente.

—Precisamente.

Dejé el móvil sobre la mesa.

—Lucía está investigando algo relacionado con esto.

—No lo sabes.

—No. Pero preguntó por North Pier en la fundación, y ahora North Pier aparece en documentos ligados a Harbor Line. Ella no contesta como si solo tuviera un día malo. Y si el nombre Alden empieza a salir en su investigación…

—Estás suponiendo.

—Sí.

—Y algunas suposiciones se parecen mucho a querer meterte donde no te han invitado.

—¿Ahora tú también?

—Siempre yo también.

Me apoyé en la silla y cerré los ojos un segundo.

No podía llamar a Lucía y preguntarle si había oído el nombre de mi padre.

No sin explicarle antes por qué ese nombre importaba.

Tampoco podía esconderlo si llegaba a preguntarme.

Y después del mensaje de Maggie, después de North Pier y Vargas & Cole, la posibilidad de que Lucía terminara encontrando a Alden por su lado ya no parecía una paranoia.

Parecía cuestión de tiempo.

—Si Lucía me pregunta por Alden —dije—, no puedo improvisar.

Samantha dejó la tableta sobre la mesa.

—No.

—Y si no me pregunta, pero sé que puede estar acercándose a algo relacionado con él…

—Tampoco puedes usar eso como excusa para arrancarle información que no puede darte.

La miré.

—Lo sé.

—Bien. Recuérdalo cuando deje de parecerte suficiente saberlo.

Me levanté otra vez. Aquella tarde iba a dejar una marca en el suelo entre mi mesa y la ventana.

—¿Qué harías tú?

Samantha pareció sorprendida. No mucho, porque no le gustaba regalar reacciones, pero lo suficiente para que yo lo notara.

—¿Quieres mi opinión personal o profesional?

—Las dos suelen venir en el mismo paquete.

—No siempre. Profesionalmente, blindaría a la fundación, revisaría colaboraciones antiguas, activaría legal externo y evitaría cualquier comunicación que pueda parecer una admisión o una búsqueda desesperada. Personalmente, intentaría no mentirle a Lucía si aparece el nombre de tu padre.

—¿Y si no aparece?

—Entonces no conviertas una media verdad en una mentira antes de tiempo.

—Eso no ayuda.

—Ayuda bastante. Solo que no te da una solución que puedas ejecutar en cinco minutos.

Me reí sin ganas.

—Te estás volviendo demasiado buena en esto.

—En realidad siempre lo he sido.

—Modesta también.

—Lo justo.

Cogí el móvil otra vez y abrí la conversación con Lucía. Su último mensaje seguía allí, breve y cerrado, como una puerta sin pestillo pero con la mano puesta al otro lado.

Podía responder algo sencillo. Podía esperar. Podía llamarla y arruinar en treinta segundos todo lo que por la mañana había intentado respetar.

No lo hice.

Evan: Me alegra saber que estás bien. Cuando puedas.

Lo envié antes de cambiar de opinión.

Samantha se levantó.

—Voy a seguir con North Pier.

—Gracias.

—No he terminado.

—Eso sonaba demasiado amable para ser el final.

—Si Lucía te llama y pregunta por Alden, contesta. No adornes, no minimices, no te conviertas en un comunicado. Contesta.

—¿Y si pregunta por Damian?

Samantha sostuvo mi mirada.

—Entonces recuerda que llevar años sin llamarlo padre no cambia lo que fue.

No me gustó oírlo. Seguramente por eso lo necesitaba.

Samantha salió del despacho y cerró la puerta.

Me quedé solo con la carpeta abierta, el nombre de Damian Alden en la primera página y el mensaje de Lucía todavía iluminado en la pantalla del móvil. Por la mañana había pensado que respetar sus límites era no preguntar.

Ahora empezaba a entender que quizá también consistía en estar preparado para responder cuando ella lo hiciera.