Capítulo 26 #2
Teresa cerró los ojos.
—Mateo.
—Mamá, ya estamos aquí.
—¿Qué hiciste?
Mateo me sostuvo la mirada con dificultad.
—Se lo conté a un amigo. Le dije que esa gente estaba nerviosa, que había oído un nombre y que igual podíamos sacar algo más si sabíamos jugarlo.
—¿Querías chantajearlos?
—Quería dejar de cobrar migajas por meterme en sitios donde otros no se manchaban las manos.
—Eso es un sí.
—Eso es que soy imbécil, ya lo sé. ¿Quieres que lo ponga por escrito?
No respondí. No hacía falta.
Mateo se hundió un poco en la silla.
—Mi amigo habló con alguien, o lo escucharon, o ya me estaban mirando. No sé. Vinieron a casa. Me escondí. Luego salí porque pensé que podía arreglarlo.
—¿Arreglarlo cómo?
—Diciendo que no iba a hablar. Que no quería más trabajos. Que me dejaran en paz.
—Y no te dejaron.
Su boca se torció.
—No.
Teresa se levantó de golpe.
—Ya está.
—Mamá.
—He dicho que ya está.
Marisol se acercó a Mateo.
—Teresa tiene razón. Basta.
Me levanté despacio.
—Solo una cosa más.
Teresa me miró con los ojos llenos de rabia.
—No.
—No para publicar. Para protegerlo. ¿Mateo tiene algún papel, foto, mensaje, algo que demuestre que estuvo allí?
Mateo no contestó.
Y ese silencio fue respuesta.
—Mateo —dijo Teresa.
Él cerró los ojos.
—Tengo una foto.
—¿De qué?
—De una etiqueta en una caja. La hice porque salía North Pier y Harbor Line juntos y pensé que, si algún día no me pagaban, igual servía para algo.
—¿La tienes en el móvil?
—No soy tan idiota.
—¿Dónde?
—No lo voy a decir aquí.
Teresa se volvió hacia él.
—¿Qué has guardado?
—Nada que puedan encontrar.
—Mateo.
—Mamá, si no tengo nada, me matan igual y encima gratis.
La frase cayó en la sala sin levantar la voz, y quizá por eso fue peor.
El móvil volvió a vibrar.
—No tienes que dármela ahora —dije—. Pero si esa foto existe, puede importar mucho.
Mateo me miró.
—¿Para quién?
—Para demostrar que no lo inventaste. Para saber quién movía esas cajas. Para conectar empresas, almacén y gente que te hizo daño.
—¿Y luego?
Ahí estaba el problema. Luego venían más preguntas, más miedo, más personas intentando tapar lo que otras apenas empezaban a ver.
—Luego intentamos que no puedas desaparecer sin que nadie haga preguntas —dije.
Mateo me sostuvo la mirada con el ojo bueno.
—Eso ha sonado casi útil.
—Es lo que tengo.
Teresa cogió su bolso.
—Nos vamos.
No discutí.
Mateo se levantó con ayuda de Marisol. Se dobló apenas al ponerse de pie y apretó los dientes para no quejarse. Por primera vez desde que entré, pareció exactamente lo que era: un chico que había jugado con algo demasiado grande y ahora no sabía cómo salir sin que le costara la vida.
—Te escribiré —dijo.
—Cuando puedas.
—No me mandes mensajes.
—No lo haré.
—Si quiero hablar, lo haré por Marisol.
—Vale.
Teresa abrió la puerta. Marisol salió primero para mirar el pasillo. Mateo se detuvo a mi lado un momento, sin mirarme del todo.
—No uses mi nombre.
—No lo haré sin hablarlo antes contigo.
—No. No lo uses.
Asentí.
—Vale.
Mateo pareció querer añadir algo más, pero al final solo bajó la mirada y salió.
Esperé un minuto antes de moverme, tal como me indicó Marisol con un gesto desde el pasillo. Después salí por la misma puerta de servicio y crucé la calle hacia el coche de Alex con las piernas más tensas de lo que quería admitir.
Cuando entré, Alex arrancó antes de preguntar.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No te creo, pero vale. ¿Qué ha dicho?
Me abroché el cinturón y miré por el retrovisor. No vi ningún coche. No vi a nadie mirando. No vi nada que pudiera justificar el peso que llevaba en el pecho.
—Alden está moviendo cosas desde fuera —dije—. O eso cree Mateo. North Pier y Harbor Line salieron en una conversación dentro de la nave. Vargas & Cole está metida hasta el cuello. Y Mateo tiene una foto de una caja que conecta esas dos empresas.
Alex no contestó hasta que giró hacia la avenida principal.
—Eso ya es mucho.
—Sí.
—Pero no es todo.
No lo miré.
—No.
—Lucía.
Apoyé la cabeza en el respaldo.
—Oyó hablar de alguien. «El de la fundación». Dijeron que había que tenerlo controlado por si alguien empezaba a revisar papeles viejos.
Alex soltó aire despacio.
—Eso no tiene por qué ser Evan.
—No. Pero tampoco puedo fingir que no lo he pensado.
—¿Y hay posibilidad de que sea otro hombre con otra fundación?
Cerré los ojos un momento.
—Puede.
—Lucía.
—No lo sé, Alex.
—Vale.
Agradecí que no apretara más. Solo condujo, con la mirada fija en la calle.
Miré el móvil. Tenía mensajes de Martin, de Alex en el chat, de una fuente de archivo y uno de Evan de hacía casi una hora que no había contestado.
Y hacía veinte minutos había llegado otro.
Evan: Lucía, no quiero agobiarte, pero no me gusta que no respondas. ¿Estás bien?
La frase me apretó en un sitio incómodo.
No era control. No sonaba a reproche. Sonaba a alguien al otro lado intentando no cruzar una línea y, aun así, empezando a preocuparse de verdad.
Y yo seguía allí, con Alden, North Pier, una foto escondida y un chico con la cara rota diciéndome cosas que no podía contarle.
Alex miró la pantalla de reojo.
—Está preocupado.
—Lo sé.
—¿Vas a contestarle?
Bajé la vista al móvil otra vez.
—No sé qué decirle.
Alex no respondió enseguida.
—Pues no le digas lo que no puedas. Pero igual estaría bien que supiera que sigues viva.
Eso me habría hecho sonreír otro día. En aquel, solo conseguí desbloquear la pantalla.
Llegamos a la redacción veinte minutos después. Martin nos esperaba en la sala pequeña, con el portátil abierto y la misma cara que había puesto antes de dejarnos salir. La diferencia era que ahora nosotros traíamos algo bastante peor que una sospecha.
Le conté todo en orden, o lo intenté. El viejo Alden. North Pier. Harbor Line. Vargas & Cole. La foto escondida. El de la fundación.
Martin no interrumpió. Solo tomó notas.
Cuando terminé, se quedó mirando la pantalla unos segundos.
—No llamamos a Evan Kovács.
Oír su nombre en voz alta me hizo levantar la cabeza.
—No he dicho que fuera él.
—No. Pero has pensado en él, Alex ha pensado en él y yo acabo de hacerlo. Eso es exactamente por lo que no lo llamamos.
Tragué saliva.
—Si puede estar en peligro…
—No sabemos si está en peligro. No sabemos si es él.
No sabemos si «el de la fundación» significa su fundación o cualquier otra.
Y, aunque lo fuera, ahora mismo Evan Kovács es alguien vinculado indirectamente a una línea de investigación por una colaboración antigua de North Pier con uno de sus proyectos.
—Y alguien a quien estoy viendo.
Martin cerró el portátil despacio.
—También.
Aquello fue peor que cualquier reproche.
—Por eso no haces nada sola con esa información —añadió—. Ni como periodista ni como persona que está intentando no mezclar las cosas y probablemente ya las tiene mezcladas hasta el cuello.
No me defendí porque no tenía con qué.
Alex se apoyó en la pared, callado. Eso también dolía un poco, porque Alex callado siempre significaba que no encontraba una broma que no estorbara.
—¿Entonces qué hacemos?
—Primero, verificar quién es ese «viejo Alden» y si de verdad ha salido de prisión.
Segundo, cruzar Alden Group con Vargas & Cole, North Pier y Harbor Line.
Tercero, proteger a Mateo y conseguir esa foto si decide entregarla.
Y cuarto, mantener a Kovács fuera hasta que tengamos algo que preguntarle y una razón limpia para hacerlo.
Asentí.
—Vale.
—No es un castigo, Lucía.
—Ya.
—Es para que, cuando llegue el momento de hablar con él, no lo hagas desde el miedo ni desde la culpa.
Eso sí me tocó.
Bajé la vista al móvil. Evan seguía allí, esperando una respuesta que, unas horas antes, habría sido sencilla.
Ahora no sabía qué escribir sin mentirle ni arrastrarlo.
Martin se levantó.
—Voy a pedir apoyo a legal para revisar registros penitenciarios y sociedades. Alex, descarga todo lo de hoy en la carpeta segura. Lucía, llama a Marisol y dile que, si Mateo quiere entregar esa foto, lo haga sin moverse de donde esté y a través de ella. Nada de quedar en sitios raros.
—Sí.
—Y después te vas a casa.
Lo miré.
—Martin.
—No era una sugerencia.
—Hay que buscar a Alden.
—Lo buscaremos mañana con la cabeza más fría y menos ganas de cometer errores.
No tenía fuerzas para discutir. Eso también era una señal preocupante.
Cuando salí de la sala, me quedé un momento junto a mi mesa, con el móvil en la mano. Abrí la conversación de Evan y escribí tres respuestas distintas. Borré las tres.
Al final dejé una que no decía mucho, pero tampoco fingía normalidad.
Lucía: Día complicado. Estoy bien. Te llamo luego.
No era suficiente.
Pero era lo único que podía darle sin romper algo antes de saber siquiera qué era.