Donde no se mira Capítulo 26
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Capítulo 26

Lucía

Martin tardó menos de treinta segundos en empezar a poner condiciones.

No me sorprendió. Si Mateo Rivas quería hablar solo conmigo, Martin iba a comportarse como si aquella frase fuera una invitación formal a que todos perdiéramos el sentido común a la vez. Y, por una vez, no podía culparlo del todo.

—No vas a ir sola —dijo.

—Pero ha dicho que solo hablará conmigo.

—Y yo he dicho que no vas a ir sola.

—Martin.

—Morales.

Alex, que seguía junto al portátil con las fotos abiertas, levantó una mano.

—Propongo que no os miréis así porque la sala es pequeña y la tensión rebota.

Nadie le hizo caso.

Volví al mensaje de Marisol. Debajo había llegado una segunda ubicación: una clínica comunitaria cerca de Oakdale, entrada trasera, media hora. Nada de cámaras. Nada de policía. Nada de hombres en la sala.

Eso último fue lo que hizo que Alex dejara de bromear.

—Alex te lleva y se queda fuera —dijo Martin.

—Si Mateo lo ve, puede irse.

—Pues que se esconda bien. Pero estará cerca.

—Marisol también estará.

—Marisol no trabaja para mí.

—Tampoco Mateo.

Martin señaló mi móvil.

—Ubicación compartida conmigo y con Alex. Mensaje al entrar. Si no respondes cuando te escribamos, entramos. Me da igual lo que haya pedido Mateo.

—Si haces eso, no volverá a hablar.

—Si no respondes, mi prioridad dejará de ser tu fuente.

Lo dijo sin levantar la voz. Eso, en Martin, siempre era peor.

Asentí.

—Vale.

—Y nada de grabar. Cuando vuelvas, quiero saber exactamente qué parte podemos usar y qué parte solo nos orienta.

—Lo sé.

—Hoy quiero que lo sepas más.

Alex cerró el portátil y guardó el móvil.

—Vamos.

Martin me miró una última vez antes de que saliéramos.

—Entras, escuchas y sales. Si tiene alguna prueba intenta que te la dé. No negocias protección y no prometes publicar ni callar nada.

—Entro, escucho y salgo.

—Bien. Intenta que por una vez esas tres palabras signifiquen exactamente eso.

El trayecto hasta Oakdale fue bastante silencioso.

Alex conducía con las dos manos en el volante y la mandíbula apretada.

Yo revisé mentalmente lo que sabía de Mateo, que no era tanto como me habría gustado: veintiséis años, trabajos sueltos, una redada sin cargos, movimiento en el almacén, tendencia a hablar más de la cuenta y una paliza que no había llegado por casualidad.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Alex al cabo de un rato.

—Sí.

—Bien.

Lo miré.

—¿Bien?

—Me inquieta menos que cuando finges que no.

No pude discutirle eso.

La clínica comunitaria estaba en una calle secundaria, entre una lavandería cerrada y un local de comida rápida con un cartel de neón que parpadeaba aunque todavía era de día.

Alex aparcó al otro lado, desde donde se veía la entrada principal y, girando un poco la cabeza, el acceso lateral que Marisol había indicado.

—Ubicación compartida —dijo.

Le enseñé la pantalla.

—Activada.

—Si algo se tuerce, sales.

—Salgo.

Alex me sostuvo la mirada un momento. No hizo ninguna broma. Eso me puso más nerviosa que si hubiera soltado tres seguidas.

—Voy a estar aquí.

—Lo sé.

—Y Martin está a una llamada.

—También lo sé.

—Pues acuérdate allí dentro, porque cuando alguien empieza a hablar, se te olvida todo lo demás.

—Estoy bien.

—No he dicho que no. He dicho que te conozco.

Sonreí apenas, más por él que por mí, y bajé del coche antes de que alguno de los dos encontrara otra razón para retrasar lo inevitable.

Crucé la calle sin correr y entré por el lateral.

La puerta de servicio estaba entreabierta.

Dentro olía a desinfectante, café viejo y algo frito que quizá venía del local de al lado.

Un pasillo estrecho llevaba hasta una zona de almacén con cajas de guantes, rollos de papel y bolsas de material sanitario.

Marisol apareció al fondo.

—Ven.

La seguí sin hacer preguntas. Entramos en una sala pequeña, probablemente usada para descansos o reuniones internas. Había una mesa redonda, cuatro sillas, una nevera pequeña y un dispensador de agua.

Teresa estaba sentada junto a la pared.

A su lado, Mateo.

Lo reconocí por las fotos de archivo, aunque estaba peor de lo que había imaginado.

Tenía un ojo amoratado, la ceja partida, el labio hinchado y una postura rígida que delataba dolor en cada movimiento.

Era más joven de lo que parecía en los documentos.

O quizá era la paliza, que le había quitado cualquier intento de hacerse el duro.

Me miró con desconfianza.

—¿Tú eres la periodista?

—Sí.

—¿Grabadora?

—No.

—¿Móvil?

—Sí. En el bolsillo. No estoy grabando.

—Enséñame.

Lo hice. Pantalla bloqueada, sin ninguna grabación abierta. Mateo miró a Marisol, y ella asintió.

—Siéntate —dijo Teresa.

Me senté al otro lado de la mesa, dejando las manos visibles. No saqué la libreta.

Mateo soltó una risa floja que acabó en una mueca.

—Pareces policía haciendo de buena.

—No soy policía.

—Eso dicen todos los que no quieren parecerlo.

—Los policías suelen querer parecerlo bastante.

Me miró un segundo. No sonrió, pero algo en la tensión de su cara bajó apenas.

—Mi madre dice que no vas a poner mi nombre.

—No sin hablarlo antes con vosotros.

—Eso no es prometer.

—Es lo máximo que puedo prometer sin mentir.

Teresa apretó los dedos sobre el bolso que tenía en el regazo. Marisol se quedó de pie junto a la puerta.

Mateo me estudió con el ojo que podía abrir bien.

—Dicen que preguntas antes de escribir.

—Lo intento.

—Pues pregunta.

No había tiempo para rodeos, pero tampoco podía entrar como una apisonadora.

—Tu madre me dijo que oíste un nombre.

Mateo bajó la vista.

—Alden.

Levantó los ojos de golpe.

—¿Te lo dijo ella?

—Sí.

—No debería hablar tanto.

—Está intentando protegerte.

—Pues que deje de repetir lo que digo.

Teresa hizo ademán de contestar, pero Marisol le tocó el hombro. La sala se quedó quieta.

—¿Dónde lo oíste?

Mateo se removió en la silla y volvió a hacer una mueca.

—En Evans.

—¿En la nave del 243-B?

Esta vez me miró con algo más que desconfianza.

—Ya habéis ido.

—Hemos mirado desde fuera.

—Pues no entréis.

—Por eso estoy aquí. Para entender qué hay dentro sin hacerlo a ciegas.

Mateo respiró por la boca, despacio, como si la nariz le doliera.

—Cajas. Palés. Material que entra y sale. A veces parece logística normal. Otras no.

—¿Qué significa «otras no»?

—Que si fuera normal no habría tipos con guantes revisando quién mira desde la calle.

—¿Trabajabas allí?

—No trabajaba. Me daban dinero por hacer cosas.

—¿Qué tipo cosas?

—Abrir cuando llamaban, ayudar a descargar, mover cajas, avisar si veía coches raros. Tonterías.

—Eso no son tonterías.

—Ya lo he entendido, gracias.

No me defendí. La rabia de Mateo no iba conmigo, aunque me estuviera cayendo encima.

—¿Quién te pagaba?

—Un hombre al que todos llamaban Cole.

—¿De Vargas & Cole?

Se quedó quieto.

—¿También sabéis eso?

—Vimos una furgoneta.

—Entonces ya sabéis demasiado.

—No lo suficiente.

Mateo apoyó la cabeza contra la pared y cerró un segundo el ojo bueno.

—Cole no era el jefe. Nadie decía quién era el jefe. Todos obedecían a alguien que no estaba, y cuando alguien preguntaba, dejaban de llamarlo para trabajos.

—¿Y Alden?

—Alden era un nombre que no se decía mucho.

—Pero lo oíste.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace una semana. Quizá un poco más. Fui a abrir la puerta lateral porque me lo pidieron. Había una entrega pequeña, no de las grandes. Dos cajas y una carpeta. Nada raro hasta que llegaron dos tipos que no había visto antes. Uno llevaba la chaqueta de Vargas & Cole, el otro no.

—¿Cómo era?

—Mayor que yo. Blanco. Pelo claro, o gris, no sé. No le miré demasiado. De esos que no necesitan levantar la voz para que otros se callen.

—¿Dijo su nombre?

—No.

—¿Y qué pasó?

Mateo se humedeció el labio partido y se arrepintió al instante por el gesto.

—Hablaron de limpiar la entrada de North Pier de los papeles viejos.

Sentí que algo se me apretaba en el estómago.

—¿Esas fueron las palabras?

—Más o menos.

—Mateo.

—No soy una grabadora, ¿vale? Estaba cargando cajas, no tomando apuntes para tu periódico.

—Lo sé. Perdona. Necesito saber lo más exacto posible.

Él desvió la mirada.

—Uno dijo que North Pier no podía salir pegado a lo de la fundación si alguien empezaba a mirar papeles viejos. El otro contestó que eso ya estaba controlado, pero que el viejo Alden estaba fuera y no quería cabos sueltos.

Teresa hizo un ruido pequeño. No llegó a ser un sollozo, pero se le acercó.

Marisol se puso más recta junto a la puerta.

Noté el móvil vibrar en el bolsillo, pero no lo saqué. No era el momento. Si Alex se estaba impacientando fuera, tendría que esperar un poco más.

—¿Dijeron «fuera» como fuera de la cárcel?

—Eso entendí.

—¿Algún nombre más?

—No. Solo Alden. El viejo Alden.

—¿Y después?

Mateo tragó saliva.

—Después dijeron que había que hablar con el chico.

—¿Qué chico?

—Al principio pensé que era yo. Luego entendí que no.

—¿Por qué?

—Porque dijeron «el de la fundación».

La sala pareció quedarse sin aire.

No me moví.

Teresa miró a su hijo como si tampoco hubiera oído esa parte antes.

—¿Qué has dicho?

Mateo me miró con una mezcla de miedo y cansancio.

—El de la fundación —dijo—. Eso dijeron. Que había que tenerlo controlado, porque si alguien empezaba a revisar papeles viejos, podía complicarse todo.

Noté el nombre de Evan en la boca, pero no lo dije. No podía. No allí, no delante de Mateo, no con Teresa agarrada al bolso como si fuera lo único que la mantenía sentada.

—¿Dijeron qué fundación?

—No.

—¿Dijeron un nombre?

—No. Si lo hubieran dicho, te lo diría para que dejaras de mirarme así.

Respiré despacio.

—Perdón.

—No lo sientes. Quieres saberlo.

—Sí.

—Al menos eso es honesto.

Marisol dio un paso hacia la mesa.

—Mateo, si no estás seguro…

—Estoy seguro de lo que oí. No sé qué significa, pero lo oí.

—¿Y por eso te pegaron?

Su cara cambió. Hasta entonces había hablado con rabia, con miedo y con dolor. Ahora apareció algo más feo: vergüenza.

—No solo por eso.