Capítulo 25
Lucía
Ese fue el primer problema.
El segundo fue que la finca matriz sí existía, y que cuanto más bajábamos por los registros, menos pinta tenía aquello de ser una nota suelta que Mateo hubiera escrito por miedo.
Alex estaba sentado a mi lado, con el portátil abierto y el recibo dentro de una funda transparente sobre la mesa. Martin seguía de pie, detrás de nosotros, demasiado callado para mi tranquilidad.
—Aquí está —dijo Alex—. Nave de uso mixto. Último cambio de titularidad hace tres años.
Me incliné hacia la pantalla.
—¿Propietario?
Alex bajó un poco más en el documento.
—Harbor Line Services.
Martin cerró los ojos un segundo.
—Claro.
—No es una prueba —dije, quizá demasiado rápido.
—No —admitió él—. Pero ya empieza a ser demasiada casualidad junta.
Antes de Harbor Line, la nave había pasado por una constructora y una sociedad intermedia. También aparecía una denuncia de hacía tres años por actividad fuera de horario, archivada porque no se había podido comprobar ningún uso irregular.
—La misma que vimos ayer —dijo Alex.
—Guardad todo eso —ordenó Martin—. Propiedad, denuncia, archivo y cambios de titularidad. Luego lo cruzamos con North Pier y Vargas & Cole.
No hacía falta decir mucho más. North Pier ya nos había llevado hasta la fundación de Evan, y Harbor Line acababa de poner nombre a la nave de Evans Ave. Lo de Vargas & Cole y Alden Group seguía siendo poco, pero ya no parecía un detalle perdido en una foto.
—Tenemos que ver el sitio —dije.
Martin me miró.
—Desde fuera, de día y con Alex. Nada de entrar, nada de acercarse a la puerta lateral y nada de hacerte la despistada si alguien te mira demasiado rato.
—Eso último se me da regular.
—Pues practica.
Cogió el recibo, lo metió en la funda transparente y me lo devolvió.
—Fotos de fachada si se puede sin llamar la atención. Matrículas solo si es seguro. Si veis movimiento, os vais y me llamáis desde el coche. Y, Morales, si te parece que estoy exagerando, acuérdate de la cara de Teresa cuando te dio ese papel.
No dije nada. No hacía falta.
Alex y yo salimos veinte minutos después. Esta vez llevó la cámara, pero guardada en la mochila. El plan era mirar sin parecer que mirábamos, que siempre sonaba más fácil antes de estar allí.
Aparcamos a dos calles de la dirección. No delante ni cerca de la puerta. Martin habría estado orgulloso y, probablemente, insoportable.
—Si sale mal, quiero que conste que yo quería traer a tres personas más y un helicóptero —dijo Alex mientras apagaba el motor.
—No tenemos helicóptero.
—Por eso no estamos a la altura.
Me abroché la chaqueta y miré por el parabrisas. La calle no tenía nada especial: talleres, almacenes, una tienda de suministros, una cafetería cerrada y varias naves con persianas metálicas que habían visto mejores décadas.
—Vamos andando —dije.
—Sin correr.
—No tengo ganas de sudar.
—Y sin mirar con cara de periodista.
—No sé cuál es esa cara.
—La tuya cuando finges que solo estás paseando por una zona industrial con una libreta imaginaria en la cabeza.
—Qué talento más específico tienes.
—Y mal pagado.
Caminamos por la acera contraria. Alex llevaba la mochila colgada de un hombro y el móvil en la mano, como si estuviera consultando una dirección cualquiera. Yo intenté mirar el entorno sin fijar demasiado la vista en nada, pero mi cabeza ya había colocado el recibo sobre la calle.
Evans Ave. 243-B.
Entrada lateral.
La nave estaba al final de un tramo estrecho, detrás de una verja baja y una puerta metálica con pintura descascarillada.
No había cartel visible en la fachada principal.
Tampoco parecía abandonada del todo. Había marcas recientes de ruedas cerca de la entrada lateral, una cámara pequeña sobre la puerta y una cadena nueva en una verja que, por lo demás, parecía llevar años oxidándose.
—Cámara de vigilancia —murmuró Alex.
—Me he fijado.
—Es nueva.
—También lo he visto.
No nos detuvimos delante. Seguimos caminando con el ritmo más normal que pudimos.
No vimos a nadie salir.
Eso, en cierto modo, me puso más nerviosa. La nave no parecía abandonada, pero tampoco daba señales claras de actividad. Era una de esas fachadas que podían pasar desapercibidas durante años si no sabías qué estabas buscando.
Alex hizo un par de fotos sin detenerse. Una de la entrada lateral, otra de la cámara nueva sobre la puerta y una tercera de una furgoneta gris aparcada al fondo del callejón, casi tapada por un contenedor.
Seguimos andando hasta la esquina y giramos sin mirar atrás.
—¿Has pillado algo? —pregunté cuando ya estábamos en la calle paralela.
Alex abrió la galería del móvil y amplió la última foto con dos dedos.
—A ver…
La imagen perdió calidad enseguida, pero no del todo. En la parte trasera de la furgoneta se distinguía un adhesivo pequeño.
Vargas & Cole Security.
Debajo había otra línea, más borrosa, pero suficiente.
Asset protection partner — Alden Group.
Alex levantó la vista hacia mí.
—Otra vez los mismos.
Asentí, con el estómago un poco más cerrado que antes.
No era la primera vez que veíamos ese adhesivo.
Ya estaba en las fotos de la otra nave, en una furgoneta que hasta entonces podía ser una coincidencia, una subcontrata, una mala lectura de algo demasiado pequeño.
Pero ahora estaba también allí, en la dirección que Mateo había dejado escrita antes de aparecer con una paliza.
Y eso cambiaba bastante las cosas.
—Nos vamos —dijo Alex.
Esta vez no discutí.
Volvimos al coche dando un rodeo, sin pasar otra vez por delante de la nave. Alex condujo tres manzanas antes de parar junto a una gasolinera, donde había gente suficiente para que el lugar pareciera menos expuesto. Entonces llamé a Martin.
Contestó al segundo tono.
—Dime que estáis en el coche.
—Estamos en el coche.
—Bien. Ahora dime que no habéis hecho nada que me quite años de vida.
—Hemos mirado desde fuera. Hay una cámara nueva en la entrada lateral y una furgoneta de Vargas & Cole Security.
Hubo silencio al otro lado.
—¿Vargas & Cole?
—Sí. Y el mismo adhesivo que en la otra nave: Asset protection partner, Alden Group.
Martin tardó un poco más en responder.
—Volved a la redacción.
—Martin…
—Volved a la redacción, Morales. Ahora.
No discutí. Habíamos visto suficiente para que la dirección de Mateo dejara de ser un apunte suelto, pero no tanto como para saber qué hacer con ello sin meter a alguien en más peligro.
Colgué y me quedé mirando el móvil.
Tenía un mensaje de Evan de hacía veinte minutos.
Evan: ¿Cómo va el día?
La pantalla me pareció de pronto demasiado pequeña para todo lo que no podía poner ahí.
Alex arrancó.
—¿Vas a contestarle?
—No ahora.
—Ya.
—No me mires así.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado.
—Con mucha intensidad, pero estoy respetando el momento.
Apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos un segundo. No quería pensar en Evan. No todavía. No con Alden escrito en una furgoneta y North Pier metido en la fundación por una puerta que quizá no significaba nada o quizá significaba demasiado.
Pero era imposible no hacerlo.
Cuando llegamos a la redacción, Martin nos esperaba en la sala pequeña.
Alex conectó el móvil al portátil y descargó las fotos.
Había una de la calle, otra de la entrada lateral tomada desde lejos y una tercera en la que se veía la furgoneta gris parcialmente.
La matrícula estaba cortada, pero el adhesivo se intuía.
No bastaba para publicar. Bastaba para no dormir tranquilos.
Martin miró las imágenes en silencio.
—No llamamos a nadie de la fundación —dijo al fin—. Ni a North Pier, ni a Harbor Line, ni a Vargas & Cole. Todavía no. Si alguien está limpiando rastros, no vamos a avisarle de que sabemos dónde mirar.
—¿Y Alden Group?
—Tampoco.
La respuesta me dejó un sabor raro. No porque no estuviera de acuerdo, sino porque el nombre ya pesaba demasiado para seguir tratándolo como una pestaña más en el navegador.
—Entonces ¿qué hacemos?
—Documentos. Registros. Fuentes. Nada de tocar puertas cerradas sin saber quién está detrás.
Alex señaló la foto.
—¿Y Mateo?
Martin apoyó las manos en el respaldo de una silla.
—Mateo es la prioridad. Si esa dirección estaba en su recibo y esa gente lo buscaba, necesitamos hablar con él antes de que alguien más lo encuentre.
Mi móvil vibró sobre la mesa. Los tres miramos la pantalla.
Marisol: Teresa dice que Mateo hablará. Pero solo contigo.
Leí el mensaje dos veces. Luego levanté la vista hacia Martin.
—Mateo quiere hablar.
Martin cerró los ojos un momento.
—Claro que quiere.
—Pero solo conmigo.
—Claro que también.
Alex soltó una risa seca, sin ganas.
—Qué bien todo.
Martin abrió los ojos y me miró con una seriedad que no dejaba hueco para bromas.
—Esta vez no vamos a improvisar ni medio paso.
No respondí. Miré de nuevo el mensaje de Marisol y luego la foto borrosa de la furgoneta en la pantalla.
Mateo quería hablar.
Y después de lo que acabábamos de ver en Evans Ave, yo tenía bastante claro que escucharlo ya no era una opción. Era lo único que nos quedaba antes de que alguien decidiera callarlo del todo.