Donde no se mira Capítulo 24
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Capítulo 24

Evan

Maggie no solía venir a mi oficina sin avisar.

No porque no pudiera. Ella hacía casi cualquier cosa que considerara necesaria sin pedir permiso a nadie, y yo llevaba demasiados años sabiendo que discutirle eso era una pérdida de tiempo.

Pero a Maggie no le gustaba venir a mi oficina.

Decía que era fría, que había demasiada gente trajeada y que todo parecía diseñado para impresionar más que para trabajar.

Así que cuando Samantha entró en mi despacho y me dijo que Maggie estaba abajo, dejé de leer el informe.

—¿Aquí? —pregunté.

Samantha cerró la puerta a su espalda.

—En recepción.

—¿Ha dicho qué quiere?

—Hablar contigo. Y que no la hiciera esperar rodeada de gente con traje caro y cara de no haber usado nunca el transporte público.

Casi sonreí.

—Sí. Esa es Maggie.

Samantha no sonrió. Eso fue lo que hizo que me levantara del todo.

—¿Qué pasa?

—No lo sé. Pero parecía preocupada.

Aquello sí me inquietó.

Maggie podía parecer muchas cosas: enfadada, cansada, harta de la humanidad o preparada para desmontar a alguien con una frase. Preocupada no era una de sus caras habituales. Si Samantha lo había notado, no era un matiz pequeño.

—Hazla subir.

—Ya viene.

La miré.

—Entonces has venido a avisarme de algo que ya está pasando.

—Pensé que agradecerías tener treinta segundos para poner cara de adulto funcional.

—Qué considerada.

—Mucho.

Samantha salió del despacho y me quedé de pie, sin saber si acercarme a la mesa, a la puerta o a la ventana. Al final fui a la ventana, que era lo que hacía cuando necesitaba unos segundos para pensar y no tenía ningún pensamiento útil disponible.

La ciudad seguía allí abajo, con su apariencia de normalidad. Yo tenía una llamada con legal en veinte minutos, un almuerzo con donantes a la una y un contrato que revisar antes de las cinco. Todo parecía igual que por la mañana.

Luego se abrió la puerta y entró Maggie.

Llevaba un abrigo oscuro, el pelo recogido de cualquier manera y cara de pocos amigos. Aun así, lo primero que hizo fue mirar alrededor con desaprobación:

—Qué despacho más horrible.

—Buenos días a ti también.

—Demasiado cristal. Demasiada altura. Demasiada gente fuera creyéndose imprescindible.

—Te he echado de menos.

—No seas idiota.

Cerró la puerta ella misma y avanzó hasta la silla frente a mi mesa, aunque no se sentó. Miró alrededor como si el despacho hubiera cometido una falta personal contra ella y luego volvió a fijarse en mí.

—Tu asistente es lista.

—Sí.

—Demasiado para trabajar contigo.

—También me lo recuerda a menudo.

—Bien.

Ese intercambio habría tenido sentido en cualquier otra visita. Maggie criticaba, yo respondía, ella hacía como que no le importaba y al final terminábamos hablando de lo que había venido a hablar. Pero aquella vez no se sentó, no se quitó el abrigo y no apartó la mano del bolso.

—Maggie —dije—. ¿Qué pasa?

Me miró durante unos segundos con una seriedad que no le veía a menudo.

La última vez que había usado esa cara fue cuando yo tenía veintidós años y había intentado contactar con alguien del pasado sin avisarla.

Entonces me dijo que algunas puertas no estaban cerradas por miedo, sino por experiencia.

No la escuché del todo en aquel momento.

Con los años, entendí que debería haberlo hecho.

—Tu padre ha salido —dijo.

Durante un segundo no entendí. O fingí no entender. La palabra padre llevaba tanto tiempo en un lugar cerrado que mi cabeza tardó en aceptar que Maggie acababa de abrirlo en mitad de mi despacho, con la luz de la mañana entrando por los ventanales y mi agenda del día sobre la mesa.

—¿Cuándo? —pregunté.

—Hace tres días.

—¿Y me lo dices ahora?

—Me enteré anoche.

—¿Por quién?

—Por alguien que todavía sabe cuándo debe avisarme.

Eso era muy Maggie. Una respuesta suficiente para dejar claro que no pensaba dar nombres y demasiado incompleta para que yo no quisiera hacer más preguntas.

Me apoyé en el borde de la mesa.

—No me han notificado nada.

—Legalmente nadie tenía por qué hacerlo.

—Magnífico.

—No empieces con ese tono.

—¿Qué tono quieres que use?

—Uno que te permita pensar antes de hacer algo estúpido.

Me reí sin ganas.

—Ha salido de prisión y vienes aquí a pedirme que piense.

—Sí. Porque si no piensas, vas a hacer lo de siempre: cerrar una puerta, poner a Samantha delante y fingir que si algo no entra en tu agenda, no existe.

La frase me molestó porque era demasiado exacta.

Fui hasta la mesa, cogí el móvil y lo dejé otra vez sin desbloquearlo.

No sabía a quién llamar todavía. No sabía qué preguntar.

Ni siquiera sabía si la rabia que me había subido al pecho era por mi padre, por Maggie, por enterarme tarde o por darme cuenta de que, después de tantos años, aquel hombre seguía teniendo la capacidad de entrar en mi vida sin llamar.

—¿Dónde está? —pregunté.

—No lo sé.

—Maggie.

—No lo sé, Evan. Y eso es lo que me preocupa.

Se sentó por fin, aunque lo hizo como si le costara admitir que necesitaba la silla.

—Salió hace tres días. Desde entonces, alguien ha preguntado por antiguos contactos. No muchos. Los suficientes para que me llegue.

—¿Qué contactos?

—Gente que no quiero nombrar en tu despacho de cristal.

—No hay cámaras ni micrófonos.

—No me importa.

Me pasé una mano por la nuca.

—¿Crees que va a venir a por mí?

Maggie no respondió enseguida, y ese silencio fue peor que cualquier sí.

—Creo que Damian nunca ha sabido dejar nada en paz.

Oír el nombre completo me hizo apretar la mandíbula.

Damian Alden.

Hacía años que no lo escuchaba en voz alta.

En documentos, alguna vez. En conversaciones necesarias, casi nunca.

Mi padre era una presencia incómoda, una condena larga, un apellido que yo no usaba y una historia que Maggie había intentado apartar de mi vida con una determinación que de niño confundí con dureza y de adulto empecé a entender como supervivencia.

—No uses ese nombre —dije.

—Es su nombre.

—No para mí.

—Precisamente por eso tienes que oírlo.

La miré. Maggie no apartó los ojos. Era una de las cosas que más me había desesperado siempre de ella: podía decirte algo que dolía y quedarse allí, sosteniéndote la mirada, como si marcharse fuera una forma de cobardía que no pensaba permitirse.

—No quiero nada de él.

—Eso no siempre importa cuando la otra persona sí quiere algo de ti.

—¿Qué podría querer?

—Lo que pueda usar: dinero, contactos, tu nombre, la fundación. Y si no consigue nada de eso, al menos intentará comprobar que todavía puede molestarte.

—No puede.

Maggie guardó silencio.

—No puede —repetí.

—Me gustaría creerte.

Me aparté de la mesa y caminé hasta la ventana. No necesitaba mirar la ciudad, pero necesitaba no mirarla a ella durante unos segundos.

—No soy un niño.

—Lo sé.

—Entonces deja de hablarme como si todavía pudieras meterme en un coche y sacarme de allí.

La frase salió más dura de lo que pretendía. Maggie no se movió, pero algo le cambió en la cara.

—Ojalá hubiera podido sacarte antes.

El despacho se quedó demasiado quieto.

No era una acusación. Maggie no era de usar la culpa para ganar una discusión. Pero algunas verdades no necesitan intención para doler.

Me giré despacio.

—No quise decir eso.

—Sí quisiste.

—Maggie.

—Y no pasa nada. La rabia sale por donde puede. Lo importante es no dejar que decida por ti.

Bajé la vista a mis manos. Las tenía quietas, pero notaba la tensión en los dedos.

—¿Por qué ahora? Pensé que no saldría tan pronto.

—Yo también.

—¿Cumplimiento parcial?

—Entre otras cosas. Buena conducta, abogados que saben dónde apretar y un sistema que nunca me ha parecido tan firme como debería cuando se trata de hombres como él.

—¿Y qué quieres que haga?

—De momento, nada.

La miré.

—Has venido hasta aquí para decirme que mi padre ha salido y que no haga nada.

—He venido para que no te enteres por él, por la prensa o por alguien que quiera usarlo contra ti.

—Eso no es nada.

—No. Es mucho más de lo que tuvimos otras veces.

No pregunté a qué otras veces se refería. No hacía falta.

Durante años, Maggie había filtrado todo lo que podía llegar hasta mí desde aquel mundo: llamadas, cartas, nombres, rumores, gente que aparecía con sonrisas demasiado amables y preguntas que no eran preguntas.

Yo había crecido pensando que exageraba.

Después aprendí que algunas exageraciones eran solo información que a mí todavía no me habían dado.

—¿Samantha lo sabe? —preguntó Maggie.

—No.

—Debería.

—Lo sabrá.

—Bien.

Maggie bajó la mirada a sus manos. Llevaba un anillo fino en el dedo índice, uno que usaba desde que yo era pequeño y que siempre tocaba cuando no quería reconocer que algo la inquietaba.

—Si intenta acercarse, no le concedas una conversación privada. Ni una llamada, ni un mensaje, ni una invitación a verte en un sitio neutral. Nada de «solo cinco minutos». Con Damian nunca son cinco minutos.

—Lo sé.

—No. Tú sabes la versión limpia de eso. La que se puede decir sin ponerte una infancia encima. Yo sé la otra.

Aquello me dejó sin respuesta.

Maggie respiró hondo, como si se hubiera acercado demasiado a algo que no quería abrir allí.

—Por eso he venido. Para que lo sepas antes de que él decida cómo contártelo.

Me senté frente a ella.

—¿Crees que sigue teniendo gente?

—Sí.

—¿Aquí?

—No lo sé.

—¿En San Francisco?

—Evan, no lo sé. Y no voy a inventarte certezas solo para que tengas algo contra lo que pelear. Lo que sé es que ha salido, que alguien ha preguntado por antiguos contactos y que, si vuelve a moverse, no será por nostalgia.

Pensé en Lucía. En la cena en mi casa, en la forma en que me había escuchado cuando le hablé de mi padre y en cómo no empujó la puerta más de lo que yo podía abrirla.

Le había dicho que estaba fuera de mi vida.

Hasta esa mañana, eso era verdad de una forma bastante cómoda.

Pero Damian había salido a la calle, Maggie estaba sentada frente a mí con el abrigo puesto y yo ya no sabía si callarme era prudente o simplemente cobarde.

Maggie me observó durante unos segundos.

—¿Qué?

—Lucía.

No hizo falta añadir mucho más. Maggie ya sabía quién era. Le había hablado de ella más de lo que pensaba reconocer en voz alta.

—¿Qué pasa con Lucía?

—Es periodista.

—Eso lo sé.

—Y está en mi vida.

Maggie no contestó enseguida.

—Eso también empezaba a quedarme bastante claro.

No sonrió al decirlo. Si acaso, pareció más seria.

—Si Damian se entera…

—Damian se entera de muchas cosas cuando le conviene —dijo.

—Ese es el problema.

—No sé si sabe algo de ella —añadí—. No sé si le importa. Ni siquiera sé si va a intentar acercarse a mí. Pero si lo hace, si busca dónde apretar, Lucía es una forma demasiado evidente.

—Entonces no la conviertas en un secreto mal guardado.

La miré.

—¿Qué significa eso?

—Que no actúes como si protegerla fuera decidir tú solo qué puede saber y qué no. Si Damian vuelve a moverse, que ella sea periodista no es un detalle menor. Puede ser un problema para él, para ti o para los dos.

—No voy a meterla en esto.

—Puede que no dependa solo de ti.

Aquello me enfadó porque no era justo, y quizá también porque lo era demasiado.

—Lucía no tiene nada que ver con Damian.

—Ojalá siga siendo así.

La frase me dejó frío.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que la llame ahora y le cuente todo?

—No he dicho eso. Te estoy diciendo que no conviertas a tu padre en un asunto que puedas guardar en una carpeta hasta que deje de molestarte.

Bajé la mirada.

Mi padre no era eso. No lo había sido nunca. Pero convertirlo en un problema legal, en un riesgo para la fundación, en algo que Samantha pudiera gestionar y un abogado pudiera blindar, era tentador. Me daba algo que hacer sin tener que mirar demasiado de cerca lo que acababa de pasar.

Maggie se levantó.

—Voy a intentar averiguar dónde está.

—Yo también.

—No. No lo busques tú.

—Maggie.

—Si quiere que lo encuentres, te pondrá el camino demasiado fácil. Y si no quiere, puede que encuentres a alguien que no tenga ningún problema en recordarte por qué era mejor no hacerlo.

Me quedé callado.

Ella se abrochó el abrigo y caminó hacia la puerta. Antes de abrir, se volvió.

—Y una cosa más.

—¿Qué?

—Si esa periodista te pregunta alguna vez por Alden, no improvises.

El apellido volvió a entrar en la habitación como algo físico.

—¿Por qué iba a preguntarme por Alden?

Maggie me miró con una tristeza breve, casi impaciente.

—Porque los nombres que uno intenta enterrar son los que peor se quedan quietos.

No esperó respuesta. Abrió la puerta y salió.

Samantha apareció en el pasillo antes de que Maggie hubiera llegado al ascensor. No dijo nada. Maggie tampoco. Se miraron apenas, dos mujeres demasiado listas para fingir que no entendían cuándo una conversación había dejado algo pesado detrás.

Samantha entró en mi despacho y cerró la puerta.

—¿Quieres que cancele la llamada con legal?

Me quedé mirando el móvil sobre la mesa.

Hasta hacía una hora, Damian Alden era un nombre de mi pasado que podía mantener lejos con suficiente distancia, abogados y silencio.

Ahora había salido de prisión, Maggie estaba asustada y Lucía estaba en mi vida de una forma que ya no podía fingir secundaria.

No sabía si Damian sabía algo de ella ni si intentaría usarlo, pero por primera vez callarme empezó a parecer menos una forma de protegerla y más una forma de dejarla sin aviso.

—Sí —dije al fin—. Cancélala.

Samantha asintió.

—¿Algo más?

Miré la puerta por la que Maggie acababa de salir.

—Busca todo lo que puedas sobre la salida de Damian Alden. Sin hacer ruido.

Samantha no preguntó quién era. Tal vez porque lo sabía. Tal vez porque había escuchado el apellido en alguna comprobación antigua y nunca había tenido motivo para decirlo. O quizá porque, al verme la cara, entendió que preguntar en ese momento no iba a ayudar.

—Lo haré —dijo.

Cuando se marchó, desbloqueé el móvil. La conversación con Lucía seguía abierta.

Gracias por no preguntar.

Leí el mensaje otra vez. Había hecho justo eso: no preguntar. Pero, por primera vez, callarme no me pareció prudente. Me pareció una manera de dejarla sin reacción.