Donde no se mira Capítulo 23
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Capítulo 23

Lucía

Marisol contestó a media mañana, cuando yo llevaba más de una hora fingiendo que podía ordenar datos sin mirar el móvil cada tres minutos.

No fue un mensaje largo. Tampoco amable.

Marisol: Teresa quiere hablar. Diez minutos. Sin grabadora. Sin fotos. Sin policía.

Le enseñé la pantalla a Alex, que estaba sentado frente a mí con la cámara sobre las rodillas y cara de no haber dormido mucho mejor que yo.

—Teresa es la madre de Mateo —dije.

Alex dejó el vaso de café sobre la mesa.

—¿Quiere hablar contigo?

—Eso parece.

—¿Dónde?

Todavía no lo sabía. Marisol tardó casi cinco minutos en mandar la ubicación, y durante esos cinco minutos Alex y yo nos miramos con la misma idea en la cabeza: si la madre de Mateo quería hablar después de que su hijo apareciera con una paliza, era porque algo había cambiado.

O porque el miedo había encontrado una forma de pesar más que el silencio.

Cuando llegó la dirección, Alex la leyó por encima de mi hombro.

—Aparcamiento detrás de una iglesia.

—Romántico no es.

—Seguro tampoco.

—Ha dicho diez minutos.

—Y tú has pensado que eso lo mejora.

No respondí, porque no lo mejoraba. Diez minutos en un aparcamiento seguían siendo diez minutos en un aparcamiento. Solo sonaba menos peligroso porque venía con límite de tiempo.

Iba a levantarme para buscar a Martin, pero apareció junto a nuestra mesa antes de que pudiera hacerlo. A veces tenía una habilidad bastante molesta para presentarse justo cuando una estaba a punto de hacer algo discutible.

—¿Qué tenéis? —preguntó.

Le expliqué el mensaje de Marisol y le enseñé la ubicación. Martin no hizo ningún comentario durante unos segundos, que en él era una forma de gritar sin molestar a la redacción.

—No vais solos.

—Vamos Alex y yo.

—Eso, Morales, en mi idioma sigue siendo bastante parecido a ir solos.

—Marisol no quiere más gente.

—Marisol no dirige esta redacción.

—No, pero dirige el acceso a Teresa.

Martin me miró con esa paciencia suya que siempre parecía estar a dos segundos de acabarse.

—Sin grabadora si no quiere. Sin fotos si no quiere. Pero Alex va contigo y me mandáis ubicación al llegar, al salir y si se mueve un coche dos veces alrededor de la manzana. ¿Está claro?

—Sí.

—Y no prometes nada que no puedas cumplir.

—Lo sé.

—Repítelo con cara de creértelo.

Alex carraspeó para esconder una sonrisa. Yo lo ignoré.

—No prometo nada que no pueda cumplir.

—Bien. Y si Teresa dice que se acaba, se acaba.

Asentí. Martin nos devolvió el móvil y se fue con la misma cara con la que había llegado, solo que un poco más tensa.

—Está encantado —dijo Alex.

—Muchísimo.

—Creo que se le nota en la vena de la frente.

—No mires la vena de Martin. Es como mirar directamente al sol.

Alex cogió la cámara por costumbre, pero volvió a dejarla en la mesa.

—Mejor no la llevo.

Lo miré.

—¿Seguro?

—Si Teresa ha pedido sin fotos, aparecer con la cámara colgada del cuello no va a ayudar. Llevo el móvil y gracias.

Eso sí me gustó de Alex. Podía bromear hasta que daban ganas de encerrarlo en un armario, pero cuando tocaba entender el terreno, lo entendía.

Salimos veinte minutos después. Alex condujo y yo revisé las notas en el asiento del copiloto, aunque no había mucho que revisar: Mateo Rivas, veintiséis años, redada de Third Street, sin cargos, movimiento en el almacén, Marisol diciendo que hablaba demasiado y, ahora, una paliza.

Lo demás seguía sin encajar, pero aquello ya bastaba para saber que Mateo no había acabado así por casualidad.

El aparcamiento estaba detrás de una iglesia pequeña, con la pintura de la entrada gastada y un cartel viejo que colgaba un poco torcido.

No había mucha gente: un coche junto a la pared, una furgoneta blanca cerca de la salida, dos plazas vacías bajo un árbol que soltaba hojas sobre el asfalto y Marisol de pie junto a una mujer menuda, con chaqueta marrón y el pelo recogido en una coleta baja.

Alex aparcó algo alejado, no justo delante del aparcamiento.

—Si algo se pone raro, nos vamos —dijo.

—Alex.

—No estoy haciendo de padre. Estoy haciendo de persona que no quiere explicarle a Martin por qué te he dejado meterte en un lío.

—Muy diferente.

—Muchísimo.

Cruzamos hasta el aparcamiento. Marisol nos vio acercarnos y dio un paso hacia delante, como si necesitara colocarse entre Teresa y cualquier cosa que pudiera salir mal. La mujer no se movió. Nos miró con un cansancio que no parecía de un día, sino de años enteros acumulándose en la misma postura.

—Diez minutos —dijo Marisol.

—Lo sé.

—Y si ella quiere irse, se va.

—También lo sé.

Marisol me sostuvo la mirada un segundo, quizá buscando si esa vez podía creerme. Después se apartó un poco.

—Ella es Teresa Rivas.

No le ofrecí la mano. No parecía el momento.

—Soy Lucía Morales. Él es Alex. Trabajamos en The Standard .

—Ya sé quién eres —dijo Teresa.

No supe si aquello era bueno o malo. Últimamente, casi nada lo era de forma clara.

—Gracias por acceder a vernos.

—No lo hago por ti.

—Lo sé.

Teresa apretó los dedos alrededor de una bolsa de tela que llevaba colgada del brazo. Tenía los nudillos marcados, la cara sin rastro de maquillaje y unos ojos oscuros que no pedían compasión. Pedían que no le hiciéramos perder el tiempo.

—¿Cómo está Mateo? —pregunté.

La boca se le tensó.

—Vivo.

Alex bajó la mirada. Yo no dije nada durante un momento, porque hay palabras que no dejan mucho sitio alrededor.

—¿Puede hablar?

—No con vosotros.

—No hemos venido a presionarlo.

Teresa soltó una risa seca, sin humor.

—Todo el mundo dice eso antes de pedir algo.

—Entonces no te voy a decir que no queremos nada. Queremos entender por qué le pegaron.

—Le pegaron porque es idiota.

Lo dijo con rabia, sí, pero debajo había miedo y un cariño torpe, disfrazado de dureza.

—¿Quién le pegó?

—No lo sé.

—¿Él no lo dijo?

—Mi hijo dice muchas cosas, pero todas a medias.

Marisol miró hacia la entrada del aparcamiento. Alex también. Yo me obligué a no girarme de golpe, aunque el cuerpo ya se me había puesto en alerta.

—Teresa —dije—, Marisol nos contó que habían preguntado por él.

La mujer le lanzó a Marisol una mirada rápida. No fue reproche del todo, pero se le acercó bastante.

—Dos hombres fueron a casa —dijo al fin—. Preguntaron si estaba. Dijeron que tenían que hablar con él, que era importante. Yo les dije que no estaba.

—¿Y estaba?

Teresa no contestó enseguida. Después miró al suelo.

—Estaba en el baño.

Nadie dijo nada.

—En el baño de casa, escondido como cuando era niño y se asustaba con los petardos —continuó, con la voz más baja—. Los hombres estaban en la puerta y él estaba dentro, temblando, haciéndome señas para que no dijera nada.

»Cuando se fueron, me juró que todo estaba bien. Esa misma noche salió por la puerta de atrás en cuanto me descuidé.

—¿Y cuándo volvió a aparecer?

—A la mañana siguiente. Lo dejaron cerca de casa de una prima. No quiso ir al hospital.

—Necesita que lo vea un médico.

—Ya lo vio alguien.

—¿Un médico?

Teresa me miró con cansancio.

—Alguien que sabe coser sin hacer preguntas.

Me callé. Podía decirle que eso no era suficiente, que una paliza podía dejar daños que no se veían, que había que denunciar. Podía decir muchas cosas correctas que no servirían de nada salvo para que Teresa decidiera que yo no entendía nada y se marchara.

—¿Qué querían esos hombres? —preguntó Alex.

Teresa lo miró por primera vez.

—A él.

—¿Eran del barrio?

—No.

—¿Policía?

La expresión de Teresa cambió apenas, lo justo para que la pregunta le pareciera absurda.

—Si hubieran sido policías, habrían llamado como si la puerta fuera suya.

Alex asintió una vez.

—Vale.

—No llevaban uniforme —añadió ella—. Pero no eran dos tipos que pasaran por allí sin más. Uno tenía una chaqueta oscura con un logo pequeño. No lo vi bien pero creo que era algo de seguridad.

—¿Un logo de seguridad?

Teresa se encogió un poco de hombros.

—Creo que sí.

Me acordé de Vargas & Cole Security, de la furgoneta gris y de los hombres cargando cajas. Martin nos había dicho que no corriéramos, y tenía razón, pero cada vez costaba más fingir que todos esos nombres no estaban empezando a tocarse.

—Mateo oyó algo —dijo Teresa de pronto.

Marisol cerró los ojos un segundo.

Yo no me moví.

—¿Qué oyó?

—Un nombre.

—¿Dónde?

—En uno de esos trabajos que no eran trabajos. Cargar cajas, abrir puertas, hacer recados. No sé. Mateo nunca cuenta las cosas enteras porque cree que así se protege, pero solo consigue que todo sea peor.

—¿En el almacén?

Teresa miró a Marisol antes de responder.

—Puede ser.

—¿Qué nombre?

La mujer apretó la bolsa con más fuerza. Miró hacia la salida, luego a la iglesia y después a un coche que acababa de pasar despacio por la calle. No parecía estar exagerando. Parecía alguien que llevaba días mirando todo dos veces.

—Alden.

El apellido me sonó demasiado rápido para fingir que era nuevo.

Alex también lo reconoció. No dijo nada, pero le vi cambiar la cara.

Alden Group. La línea pequeña en el adhesivo de Vargas & Cole Security. Otro nombre que hasta entonces estaba en documentos, fotos borrosas y búsquedas abiertas en la pantalla, y que ahora salía de la boca de una madre asustada.

—¿Alden? —repetí, solo para asegurarme.

—Eso dijo.

—¿Mateo sabe quién es?

—No.

—¿Está seguro de que oyó bien?

Teresa levantó la mirada.

—Lleva dos días repitiéndolo.

—¿Solo Alden?

Negó despacio.

—El viejo Alden.

Ahí sí noté que se me enfriaba la espalda.

—¿Qué más dijo?

—Cosas sueltas. Nada entero.

—Teresa, necesito que me digas las palabras exactas. Aunque parezcan desordenadas.

Marisol dio un paso.

—Lucía.

No aparté la vista de Teresa, pero bajé un poco el tono.

—No voy a usar nada sin comprobarlo. Pero si Mateo está en peligro por haber oído ese nombre, necesitamos entender qué oyó.

Teresa respiró hondo. Durante un segundo pareció a punto de terminar la conversación. Después habló.

—Dijo que uno de los hombres recibió una llamada. Se apartó, pero Mateo estaba cerca. Oyó que «el viejo Alden» estaba fuera y que todo iba a moverse otra vez.

Alex cambió el peso de un pie a otro.

—¿Fuera de dónde?

—Mateo cree que de la cárcel.

Marisol murmuró algo entre dientes. Teresa la miró, y las dos se quedaron en silencio. No como si supieran la respuesta, sino como si acabaran de entender que aquello era más grande de lo que querían admitir.

—¿Dijo el nombre de pila? —pregunté.

—No.

—¿Algo más? ¿Algún sitio, alguna empresa, algún otro nombre?

Teresa negó.

—Yo no sé nada de empresas. Mateo solo me dijo eso. Alden, la cárcel y que todo iba a moverse otra vez.

—¿Y tú crees que se guardó algo?

Teresa soltó aire despacio.

—Mateo no me cuenta todo —dijo—. Me da lo justo para preocuparme y no lo suficiente para ayudarlo. Está asustado, dolorido y aun así sigue pensando que puede arreglarlo solo.

Teresa bajó la vista y tiró de las asas de la bolsa hasta dejarlas tensas.

—¿Dónde está ahora? —pregunté.

—No te lo voy a decir.

—No te lo pido para ir allí. Te lo pregunto porque si siguen buscándolo…

—Claro que siguen buscándolo —me cortó—. Por eso no te voy a decir dónde está.

Asentí despacio.

—Vale.

Teresa pareció desconfiar de que no discutiera.

—¿Vale?

—Sí. Vale.

La miré bien, sin libreta, sin bolígrafo, sin nada entre las manos.

—No voy a pedirte que confíes en mí porque no tienes motivos. Pero si Mateo decide hablar, quiero escucharle. Como él quiera: sin cámaras, sin policía y sin publicar su nombre.

—¿Puedes prometer eso?

—Puedo prometer que no voy a publicar su nombre sin hablarlo antes con vosotros. No puedo prometerte cosas que dependan de otros si hay una investigación policial o si alguien más lo filtra.

Teresa apretó los labios.

—Eso no es muy tranquilizador.

—No. Pero es la verdad.

Me sostuvo la mirada durante unos segundos. Después sacó algo del bolsillo de la chaqueta y me lo tendió. Era un papel doblado. Lo cogí sin abrirlo.

—No lo mires aquí.

El pulso se me disparó.

—¿Qué es?

—Una dirección vieja. No sé si sirve. Mateo la escribió hace semanas en un recibo, antes de todo esto. Dijo que si alguna vez pasaba algo, buscara ahí.

—¿Qué hay?

—No lo sé.

—¿Puede ser el almacén?

—Puede ser cualquier cosa.

Marisol miró el papel como si quemara.

—Teresa, deberías haberme dicho que tenías eso.

—Y tú deberías no meter a periodistas en mi vida, pero aquí estamos.

La frase no fue justa, pero Marisol no se defendió. Quizá porque la entendía demasiado bien.

Guardé el papel en el bolsillo interior de la chaqueta.

—No vamos a ir allí sin comprobarlo antes.

Alex me miró, sorprendido quizá de que lo dijera antes de que él pudiera hacerlo.

—Más te vale —dijo Teresa.

—Lo digo en serio.

—No sé si eso me importa.

—Lo entiendo.

Teresa miró el móvil. Luego a Marisol.

—Tengo que irme.

—Gracias por hablar conmigo —dije.

—No lo he hecho por ti —repitió.

—Lo sé.

Dio un paso para marcharse, pero se detuvo.

—Si escribes sobre mi hijo como si fuera basura, te encontraré.

No lo dijo con amenaza teatral. Lo dijo como una mujer cansada que había agotado ya casi todas las formas de proteger lo que quería.

—No voy a hacerlo —respondí.

—Eso espero.

Marisol la acompañó hasta la furgoneta blanca. Alex y yo nos quedamos en el sitio, sin movernos hasta que arrancaron y salieron del aparcamiento.

Entonces respiré. No me había dado cuenta de que llevaba un rato haciéndolo a medias.

Alex miró hacia la calle por la que se habían ido y tardó unos segundos en hablar.

—Hay que buscar a Alden.

—Salidas de prisión, registros antiguos, sociedades vinculadas… Todo lo que nos diga si ese apellido sigue moviendo algo.

—Y cruzarlo con Vargas & Cole.

—Y con la dirección del recibo.

Alex bajó la vista al bolsillo de mi chaqueta.

—¿Lo miramos aquí o esperamos a Martin?

Saqué el papel y lo sostuve entre los dedos. Por una vez, la parte sensata de mi cabeza hizo acto de presencia antes de que Alex tuviera que sujetarme con una brida.

—Lo miramos en el coche y llamamos a Martin. En ese orden.

—Estoy emocionado con esta versión adulta de ti.

—No te acostumbres.

—No pensaba. Me parece claramente temporal.

Caminamos hasta el coche sin decir mucho más. Solo cuando cerramos las puertas y Alex arrancó, desdoblé el papel.

Había una dirección escrita con letra rápida, casi ilegible, en el reverso de un recibo.

Evans Ave. 243-B. Entrada lateral.

Debajo, una palabra añadida con otra tinta.

Alden.

Alex la leyó en silencio.

—Vale —dijo al fin—. Ahora sí llamamos a Martin.

Asentí, pero me quedé mirando el papel unos segundos más.

Porque hasta esa mañana Alden no era nada para mí. Un apellido suelto. Una palabra sin contexto.

Ahora estaba escrito junto a Evans Ave, en un recibo que la madre de Mateo había guardado como quien guarda la última forma de entender por qué han intentado romperle a un hijo.

Y aquello ya no pesaba como un nombre en un documento.

Pesaba bastante más.