Capítulo 22
Evan
Llegué al despacho antes de las ocho, aunque no tenía ninguna reunión hasta las nueve.
No era raro en mí. A esas alturas, entrar pronto en la oficina era casi una forma de no reconocer que dormía peor cuando algo se me quedaba dando vueltas.
Siempre había correos que revisar, informes pendientes, llamadas que preparar o alguna decisión que podía adelantarse una hora y hacer que el resto del día pareciera menos desordenado.
Aquella mañana, sin embargo, llevaba quince minutos con el mismo documento abierto y había leído dos veces la misma línea sin entender gran cosa.
No era culpa del informe. El informe era aburrido, pero no tanto.
El móvil estaba sobre la mesa, demasiado cerca para ignorarlo y demasiado lejos para justificar que lo cogiera otra vez.
Lucía no había escrito desde que se había marchado esa mañana, después de un desayuno rápido y una despedida que ninguno de los dos había sabido colocar del todo.
Bueno, sí había escrito, pero poco. Lo suficiente para no desaparecer y no tanto como para dejarme tranquilo.
Lucía: Ha sido un día largo. Estoy bien. Te escribo mañana.
La había leído demasiadas veces para una frase tan sencilla.
No estaba fría. Tampoco era una respuesta que invitara a seguir.
Era de esas frases que cierran una puerta sin dar un portazo, y quizá por eso me molestaba más.
No sabía si necesitaba espacio por el caso, por lo que había pasado entre nosotros, por la forma en que se había ido de mi cocina o por algo que yo no había visto venir.
Podía aceptar que no me contara detalles de su trabajo. De hecho, lo entendía. Lucía era periodista, estaba metida en algo delicado y yo no tenía ningún derecho a pedirle que me dejara entrar en una investigación que no me pertenecía.
Lo que no sabía era qué hacer con la parte de mí que quería preguntarle de todos modos.
Cerré el informe y abrí el correo. Había uno de legal, dos del equipo financiero y una cadena larguísima sobre un evento de la fundación que alguien había tenido la poca piedad de marcar como urgente.
Respondí tres mensajes con frases demasiado correctas y me detuve en el cuarto, porque acababa de escribir «de acuerdo» en un asunto en el que no estaba de acuerdo en absoluto.
Borré la respuesta.
El móvil no se movió.
Me levanté y fui hasta la ventana. San Francisco estaba empezando el día con su mezcla habitual de tráfico, niebla ligera y gente que parecía tener muy claro adónde iba.
Desde allí arriba todo daba una impresión bastante falsa de orden.
Siempre me había servido. Ver la ciudad desde cierta altura ayudaba a creer que las cosas podían colocarse a distancia, una detrás de otra, hasta dejar de parecer tan difíciles.
Con Lucía no estaba funcionando.
O quizá el problema era precisamente ese: que no quería colocarla a distancia.
Llamaron a la puerta y Samantha entró sin esperar respuesta, como hacía siempre que sabía que la respuesta iba a ser innecesaria. Llevaba la tablet en una mano y varias carpetas bajo el brazo. Me miró una sola vez antes de dejarlo todo sobre mi mesa.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Henderson se retrasa media hora. Legal quiere que revises la cláusula de responsabilidad antes de mediodía. El informe de donantes está actualizado, aunque te adelanto que no mejora por mucho que lo mires con esperanza.
—No suelo mirar informes con esperanza.
—Por eso mismo te lo digo. Para que no empieces hoy.
Volví a sentarme y cogí una de las carpetas. Samantha no se movió, y ese detalle ya me preocupó más que cualquier punto de la agenda.
—¿Algo más? —pregunté.
Su mirada fue al móvil y volvió a mí con una precisión bastante desagradable.
—Estás mirando el teléfono como si fuera a absolverte de algo.
Dejé la carpeta sobre la mesa.
—Qué imagen tan dramática.
—Bastante precisa, por desgracia.
—No necesito absolución.
—Entonces esperas una respuesta.
No contesté enseguida, y Samantha aprovechó el silencio como siempre: sin prisa y sin ninguna intención de dejarme escapar por una salida cómoda.
—Lucía tuvo trabajo ayer —dije al final.
—Eso ya lo supuse cuando se marchó de tu casa por la mañana y tú pasaste el resto del día con cara de hombre que ha descubierto que preocuparse no mejora su carácter.
—No sabía que mi carácter estuviera en revisión.
—Lleva años abierto ese expediente.
La miré.
Samantha siguió seria, pero le conocía esa forma mínima de dejar que una broma hiciera su trabajo sin parecer demasiado satisfecha de sí misma.
—Está bien —dije—. O eso dice.
—¿Y no la crees?
—La creo.
—Pero no te basta.
Ahí estaba. Dicho sin adornos y sin necesidad de levantar la voz.
No me bastaba.
Me molestaba admitirlo porque sonaba posesivo, y no era eso.
O no quería que lo fuera. No quería saber por controlar.
Quería saber porque la había visto irse con la cara cambiada, porque había algo en su forma de guardar silencio que no encajaba con una simple mañana complicada, porque cuando Lucía decía «estoy bien» parecía estar usando la frase para no tener que decir nada más.
—No sé cómo ayudar sin invadir —admití.
Samantha dejó la tableta sobre la mesa.
—Eso ya es una mejora.
—¿Respecto a qué?
—A querer ayudar invadiendo.
—Gracias.
—De nada.
Me pasé una mano por la mandíbula y miré el móvil otra vez. No había nada nuevo. Solo la pantalla negra devolviéndome una versión bastante poco útil de mí mismo.
—No sé si se ha cerrado por el caso, por nosotros o por algo que hice.
—¿Hiciste algo?
—No que yo sepa.
—Entonces no empieces por declararte culpable de un delito que no conoces. Es poco práctico incluso para ti.
—Qué alivio contar con tu ternura.
—La dosifico para que no te acostumbres.
Otro día me habría reído. Esa mañana me limité a soltar el aire despacio y a intentar que no se me notara tanto.
Samantha se apoyó en el borde de la mesa, lo justo para salirse de la agenda sin convertir aquello en una conversación demasiado personal. Era una habilidad que dominaba bastante bien: podía preocuparse por mí sin dejar de parecer que estaba evaluando un riesgo operativo.
—No tienes que resolverle nada —dijo.
—Lo sé.
—No, Evan. Saberlo no es lo mismo que hacerlo.
Esa frase sí me hizo levantar la vista.
—¿Y qué sugieres?
—Que le ofrezcas algo que pueda aceptar o rechazar sin tener que explicarte por qué.
—Eso suena muy sencillo cuando lo dices tú.
—Casi todo suena sencillo cuando no intentas controlarlo antes de hacerlo.
No respondí porque, por desgracia, tenía razón.
Cogí el móvil y abrí la conversación con Lucía. Durante unos segundos miré la pantalla sin escribir nada. No quería sonar preocupado de más. Tampoco indiferente. No quería empujar, pero escribir como si nada pasara sería una forma distinta de mentir.
Empecé una frase y la borré.
Samantha suspiró.
—Por favor, dime que no estás redactando un comunicado.
—Estoy pensando.
—Eso ya lo veo. Por eso me preocupo.
La ignoré y escribí:
Evan: No voy a preguntarte lo que no puedas contarme. Pero si necesitas un coche, un abogado o alguien que te recuerde comer, puedo hacer alguna de esas cosas.
Lo leí una vez. Luego otra.
—¿Demasiado? —pregunté.
Samantha se inclinó apenas para mirar.
—No.
—¿Seguro?
—Es bastante decente, lo cual me incomoda reconocer.
—Casi ha sonado a elogio.
—No abuses.
Envié el mensaje antes de darle tiempo a mi cabeza a encontrarle problemas.
La respuesta no llegó enseguida.
Era lógico. Lucía estaría trabajando, reunida, hablando con alguien, entrando o saliendo de algún sitio donde no podía mirar el teléfono. Me repetí varias posibilidades razonables y ninguna me sirvió demasiado.
Samantha recogió la tableta.
—Tienes veinte minutos antes de Henderson.
—Lo sé.
—Intenta no mirar el móvil durante la llamada.
—No pensaba hacerlo.
—Esa mentira ha sido floja.
Se dirigió a la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Evan.
—¿Sí?
—Ayudar, a veces, es quedarse cerca sin empujar.
No supe qué contestar.
Samantha tampoco pareció esperar respuesta. Salió del despacho y cerró la puerta, dejándome con un informe abierto, una llamada pendiente y la incómoda sensación de que mi vida funcionaba mucho mejor cuando las cosas no dependían de esperar a que alguien quisiera contestarme.
La llamada con Henderson duró cuarenta minutos.
Funcioné, que era lo fácil: hablé de plazos, revisé cifras y respondí lo que tocaba mientras una parte de mí seguía pendiente del móvil guardado en el cajón.
Cuando terminó, lo abrí antes incluso de recoger los papeles, y vi que Lucía había respondido.
Lucía: Lo del abogado espero no necesitarlo. Lo del coche puede que algún día te lo acepte. Lo de recordarme comer empieza a preocuparme porque estás haciendo equipo con demasiada gente.
Sonreí antes de poder evitarlo.
Evan: Me alegra saber que hay un equipo.
Lucía: No te vengas arriba. Está en fase de investigación.
Evan: ¿También el equipo?
Lucía: Todo está en fase de investigación últimamente.
La frase tenía humor, pero también cansancio debajo. O quizá yo ya estaba buscándolo porque me preocupaba. No quise empujar.
Evan: Entonces me limitaré a recordar lo básico.
Lucía: ¿Comer?
Evan: Y avisarme de que sigues entera cuando puedas.
Tardó un poco más en responder.
Lucía: Sigo entera.
Me quedé mirando esas dos palabras más tiempo del necesario. No eran suficiente, pero eran algo. Con Lucía, quizá, a veces habría que aprender a aceptar eso: algo, no todo.
Evan: Bien.
Lucía: Evan.
Evan: ¿Sí?
Lucía: Gracias por no preguntar.
Apoyé el móvil sobre la mesa y me quedé quieto unos segundos.
Lo difícil no era no ofrecer soluciones.
Eso ya lo había hecho. Lo difícil era no convertir su agradecimiento en una excusa para acercarme más de lo que me estaba permitiendo.
Quería preguntarle qué había pasado, quién la había puesto así de alerta, por qué «sigo entera» le parecía una respuesta suficiente para cerrar una conversación.
Pero ella acababa de agradecerme justo lo contrario. Así que hice caso.
Evan: Estoy aprendiendo.
Lucía: Regular, pero se valora el esfuerzo.
Evan: Eso ya me lo dijiste una vez.
Lucía: Ves. Aprendes rápido.
La sonrisa volvió sola, aunque esta vez duró menos.
Porque estaba ahí la Lucía que bromeaba, la que encontraba una respuesta rápida incluso cuando estaba cansada, la que no dejaba que nadie se pusiera solemne demasiado tiempo. Pero también estaba la otra. La que decía «sigo entera» como si fuera una respuesta aceptable para una mañana cualquiera.
No lo era.
Samantha volvió a entrar media hora después para recordarme la reunión con legal. Me encontró con el informe abierto y el móvil en la mano.
—Vas a desgastar la pantalla —dijo.
—No sabía que eso pudiera pasar.
—Contigo, estoy dispuesta a creerlo.
Bloqueé el teléfono y lo dejé sobre la mesa.
—Ha respondido.
—Ya lo he deducido por tu cambio mínimo de expresión.
—No sabía que mi expresión cambiara tan poco.
—No te preocupes. Para la mayoría de las personas sigues pareciendo igual de inaccesible.
—Qué descanso.
Samantha me sostuvo la mirada unos segundos. Luego su voz bajó apenas.
—¿Está bien?
—Dice que sigue entera.
—Eso no es exactamente lo mismo.
—No.
—¿Y tú?
La pregunta me pilló más desprevenido de lo que habría querido.
—Yo estoy aquí.
—Tampoco es exactamente lo mismo.
No respondí.
Samantha no insistió. Consultó la hora y volvió a ponerse en modo agenda.
—Legal te espera.
—Ya voy.
Se marchó, y yo me quedé un momento más sentado. Antes de levantarme, volví a leer el último mensaje de Lucía.
Gracias por no preguntar.
No era una puerta abierta. Tampoco era una cerrada. Era un límite marcado con cuidado, y por primera vez en mucho tiempo entendí que respetarlo no me dejaba fuera de todo. Solo me obligaba a no ocupar más sitio del que ella podía darme.
Guardé el móvil en el bolsillo, cogí la carpeta de legal y salí del despacho.
No estaba más tranquilo. Pero al menos sabía qué podía hacer, y en ese momento eso ya era más de lo que había tenido al empezar la mañana.