Capítulo 21
Lucía
Alex me esperaba en la puerta de la redacción con la cámara al hombro, dos cafés para llevar y una cara que no prometía nada bueno.
—Antes de que digas nada —dijo, tendiéndome uno—, este sí cuenta como herramienta de trabajo.
Acepté el vaso.
—Eso depende de lo malo que esté.
—Es café de redacción. No esperes milagros.
—Después de esta mañana, mi listón ha subido bastante.
Alex me miró por encima de las gafas.
—No quiero saber por qué.
—Claro que quieres.
—Sí, pero estoy intentando parecer profesional.
—Te sale regular.
Nos metimos en su coche, que olía a equipo fotográfico, ambientador barato y una bolsa de patatas que a saber el tiempo que llevaba ahí.
Alex había cogido la cámara, dos objetivos, una batería extra y ese chaleco con bolsillos que le daba aspecto de ir a cubrir una guerra cuando, en teoría, solo íbamos a mirar naves viejas a plena luz del día.
—Martin sabe que vamos —dijo mientras arrancaba—. Le he mandado ubicación, ruta y hora estimada de vuelta.
—Qué obediente.
—Estoy madurando.
—No nos vengamos arriba.
—¿Y tú le has escrito a Evan?
Casi me atraganté con el café.
—¿Perdón?
—Has puesto cara.
—No he puesto ninguna cara.
—Has puesto la cara de «voy a contestar algo defensivo porque me han pillado».
Miré por la ventanilla y decidí que San Francisco, con su tráfico, sus cuestas y su tendencia a complicarlo todo, era un paisaje mucho más seguro que Alex.
—Le he dicho que he llegado bien.
—Qué escueto.
—Era lo que tenía que saber.
—¿Y lo que no tenía que saber?
—Eso no es asunto tuyo.
—Ya, pero me interesa.
—Qué sorpresa.
No insistió, y eso me preocupó más que si lo hubiera hecho. Alex sabía cuándo bromear y cuándo dejarme espacio, aunque luego se cobrara el silencio con intereses.
La zona de Evans Ave parecía distinta de día.
Menos amenazante y, al mismo tiempo, más triste.
Había talleres con las persianas a medio subir, almacenes con fachadas agrietadas, solares vallados y camiones aparcados en filas desordenadas.
Nada gritaba peligro, y quizá por eso resultaba todavía más incómodo.
Alex aparcó a dos calles de la dirección aproximada que Marisol me había enviado. Ni delante de la puerta ni en un sitio demasiado evidente, lo cual demostraba que a veces incluso nosotros podíamos aprender. Martin habría estado orgulloso y, probablemente, insoportable.
—Cámara y acreditaciones visibles —dijo Alex—. Vamos como prensa mirando zona, no como dos imbéciles haciendo espionaje.
—Qué pena. Me había vestido de imbécil discreta.
—Te queda muy natural.
—Te odio.
—Lo sé.
Bajamos del coche. Alex se colgó la cámara y empezó a hacer fotos generales: la calle, los accesos, las naves, las señales de prohibido aparcar medio dobladas, una puerta metálica con pintura saltada. Yo saqué la libreta, pero la mantuve baja. No necesitaba parecer más obvia de lo que ya era.
La nave que Marisol había señalado no tenía cartel. Solo una puerta grande de metal, otra lateral con una cerradura nueva y varias manchas oscuras en el suelo. A la derecha había un pequeño espacio de carga, dos palés, una caja rota y una cámara de seguridad encima de la puerta lateral.
—Esa cámara no parece de hace diez años —dijo Alex, sin dejar de fotografiar.
—No.
—Y la cerradura tampoco.
Anoté las dos cosas.
Al otro lado de la calle había una furgoneta blanca, sin logotipo y con el motor encendido. Dentro no se veía a nadie. Alex hizo una foto sin apuntar directamente, con esa habilidad suya de parecer distraído mientras registraba medio mundo.
—¿Matrícula? —pregunté en voz baja.
—Ya la tengo.
Seguimos caminando. En el lateral de la nave había un contenedor metálico con restos de cartón. Uno de los lados estaba abierto, y entre bolsas rotas y plásticos vimos varios papeles húmedos, manchados de grasa.
—No metas la mano ahí —dijo Alex.
—No iba a meter la mano.
—Te he visto pensarlo.
—Pienso muchas cosas.
—Demasiadas.
Usé un bolígrafo para apartar un trozo de cartón. Había una factura vieja, medio arrugada, con el membrete apenas visible. Harbor Line Services. Debajo, una dirección fiscal que no era aquella nave y una referencia de suministro de materiales de cocina. La fecha era de hacía cuatro años.
—Haz foto —dije.
Alex ya la estaba haciendo.
No era una prueba. Podía haber llegado allí por cualquier motivo. Pero Harbor Line ya había aparecido conectada a North Pier, y North Pier aparecía en la fundación. Eso no convertía el papel en una revelación, pero sí en algo que no pensaba dejar en un contenedor.
Saqué una bolsa transparente pequeña del bolso. Alex me miró.
—¿Desde cuándo llevas bolsas de pruebas?
—Desde que trabajo contigo.
—Eso no responde a nada y responde a todo.
Guardé la factura sin tocarla más de lo necesario.
En ese momento, la puerta lateral de la nave se abrió.
Alex y yo seguimos caminando como si nada, a un ritmo lo bastante normal para no parecer dos personas que acababan de ver algo interesante. De la nave salió un hombre con una caja en las manos. Gorra, chaqueta oscura, guantes. Detrás apareció otro, más alto, con el móvil pegado a la oreja.
No tenían pinta de estar haciendo una entrega cualquiera. El primero cargó la caja en una furgoneta gris aparcada en el callejón, y Alex enfocó sin enfocar del todo. En la parte trasera había un adhesivo pequeño: Vargas & Cole Security.
—Empresa de seguridad —murmuró.
—¿La conoces?
—No.
—Yo tampoco.
—Me cae mal.
—A mí también.
El hombre del móvil miró hacia nosotros. No de forma descarada, pero sí el tiempo suficiente para que el vello se me erizara. Alex bajó la cámara y señaló una fachada al otro lado, como si me estuviera explicando un encuadre.
—Nos ha visto —dijo.
—Ya.
—No mires.
—No estoy mirando.
—Lucía, se te nota hasta de espaldas.
—Eso no tiene sentido.
—Y, aun así, es verdad.
Cruzamos la calle. Desde allí, la nave se veía mejor. La furgoneta gris seguía en el callejón. La blanca continuaba con el motor encendido. Un tercer coche, negro, estaba aparcado junto a un taller cerrado. No sabía si llevaba allí todo el rato o si acababa de llegar, y eso me gustó muy poco.
Mi móvil vibró.
Marisol: No preguntéis ahí.
Le enseñé la pantalla a Alex. No hizo ningún comentario. Solo miró alrededor con más cuidado.
Lucía: Estamos mirando desde fuera.
Marisol: Pues dejad de hacerlo.
Tragué saliva.
—Nos vamos —dijo Alex.
—Un minuto.
—No, Lucía. Nos vamos.
Quise discutir. De verdad. Pero entonces vi al hombre de la gorra hablando con el de la furgoneta blanca. Los dos miraron hacia nuestra esquina de una forma bastante concreta.
—Vale —dije.
Volvimos hacia el coche sin correr. Alex siguió haciendo alguna foto suelta, como si todavía estuviéramos en lo nuestro. Yo intenté no mirar atrás más de lo imprescindible, pero noté el coche negro salir del aparcamiento cuando ya estábamos cerca.
—¿Nos siguen? —pregunté.
—Todavía no. Pero están pensando en ello.
—Qué tranquilizador.
—Soy un bálsamo.
Entramos en el coche. Alex no arrancó enseguida. Revisó por encima las últimas fotos: la furgoneta gris, la nave, el hombre de la gorra, el adhesivo de Vargas & Cole.
—Tengo matrícula de la furgoneta de seguridad —dijo—. Y media cara del tipo.
—También tenemos Harbor Line.
—Y gente que no quiere que miremos.
—Eso suele ser mala señal.
—O señal de que deberíamos estar ya en el coche.
—Ya estamos en el coche.
—Por fin dices algo sensato.
Arrancó y dio un par de vueltas antes de salir hacia calles más transitadas. No fuimos a la redacción. Todavía no. Marisol nos esperaba cerca de la biblioteca de Visitacion Valley, y después de lo que acabábamos de ver ninguno de los dos tenía ganas de llegar tarde.
—¿Nos sigue alguien? —pregunté.
Alex miró por el retrovisor.
—De momento no veo el coche negro. Ni la furgoneta blanca. Es lo más optimista que puedo ofrecer.
Aparcamos a una calle de la biblioteca. Había gente entrando y saliendo, una madre con dos niños pequeños, un hombre leyendo en un banco y un grupo de adolescentes junto a la parada del autobús. Todo parecía demasiado normal para el nudo que yo tenía en el estómago.
Marisol estaba junto a una jardinera, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y la mirada moviéndose de un lado a otro. Cuando nos vio, no saludó. Solo se acercó lo justo.
—No deberíais haber ido allí —dijo.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Si lo supieras, no habrías ido.
Alex no dijo nada. Eso, en él, ya era bastante.
—¿Qué pasa con Mateo? —pregunté.
Marisol tragó saliva.
—Apareció esta mañana.
El alivio me duró un segundo.
—¿Dónde?
—No puedo decirlo.
—Marisol.
—Está vivo —dijo rápido—. Pero le dieron una paliza. Y su madre no quiere policía. Dice que si hablan, vuelven.
Miré a Alex. No hizo falta que dijera nada.
—Necesitamos hablar con él —dije.
—No puede.
—¿Y con su madre?
Marisol miró hacia la biblioteca, luego hacia la calle.
—Quizá. Pero no hoy. Y no si lleváis a nadie más.
—No vamos a llevar a la policía.
—Ni a nadie que parezca policía.
—No.
—Le diré que quieres verla —dijo—. Pero no prometo nada.
—Gracias.
Marisol negó con la cabeza.
—No me des las gracias. Yo tampoco sé si estoy haciendo bien.
Se fue sin despedirse, caminando rápido hacia la parada de autobús.
Cuando volvimos al coche, Alex no hizo ningún chiste. Yo tampoco tenía ganas.
—Ahora sí vamos a la redacción —dijo.
—Sí.
—Y se lo contamos todo a Martin.
—Todo.
Esta vez no discutí.
Martin nos esperaba con cara de haber recibido ya algún mensaje de Alex, porque evidentemente aquel hombre no sabía callarse ni mientras conducía.
Entramos en la sala pequeña de reuniones, cerramos la puerta y pusimos todo sobre la mesa: fotos, matrícula, factura, nombre de la empresa de seguridad, ubicación de la cámara nueva y descripción de los hombres.
Martin escuchó sin interrumpir. Eso nunca era buena señal.
—Os dije de día, con cámara y sin haceros los héroes —dijo al final.
—Hemos cumplido —respondió Alex.
—A medias.
—Eso sigue siendo un avance para nosotros.
Martin lo ignoró y miró la factura dentro de la bolsa.
—Harbor Line Services.
—Aparecía en la modificación mercantil vinculada a North Pier —dije—. Y ahora aparece en basura junto a la nave.
—No digas basura como si fuera una prueba sólida.
—No lo estoy diciendo así.
—Bien.
Martin se sentó y abrió el portátil. Alex conectó la cámara para descargar las fotos, y yo busqué Vargas & Cole Security mientras esperábamos.
La web olía a empresa que no quería explicar demasiado: seguridad privada, logística, vigilancia de instalaciones, protección de activos.
Todo muy serio, muy limpio y muy poco concreto.
Apenas había nombres, no salían caras y la única dirección clara era una oficina registrada en Oakland y un apartado de correos.
—Aquí está —dijo Alex, girando su pantalla.
Había encontrado una licitación vieja de un programa comunitario financiado por varias entidades privadas. Una de las empresas proveedoras de seguridad era Vargas & Cole. Entre los colaboradores del proyecto aparecía North Pier Development.
Martin se inclinó hacia la pantalla.
—Fecha.
—Hace cinco años.
—Mismo periodo que la donación a la fundación —dije.
Martin me miró.
—Cuidado.
—Solo digo la fecha.
—Y yo te digo cuidado.
Asentí, aunque me molestó. No porque no tuviera razón, sino porque la palabra fundación ya empezaba a cambiar el aire de la sala.
Seguí buscando. Harbor Line Services llevaba años activa sin apenas rastro público. En una base de datos de sociedades aparecía como absorbida parcialmente por North Pier Development. Había un administrador común, D. Alden, vinculado también a una antigua empresa inmobiliaria llamada Alden Group.
No reconocí el apellido.
—Aquí hay un administrador común —dije—. D. Alden. Harbor Line, North Pier y una empresa antigua, Alden Group.
Martin abrió una nota nueva.
—No asumimos nada. Lo registramos.
—Ya lo sé.
—¿Vínculos actuales?
—Estoy mirando.
Alex amplió una foto de la furgoneta gris. En la parte inferior del adhesivo de Vargas & Cole había una línea más pequeña que casi no se leía. La imagen estaba borrosa, pero con un poco de contraste apareció una frase: Asset protection partner — Alden Group.
Nos quedamos los tres mirando la pantalla. Esta vez Martin no me dijo que tuviera cuidado, y eso me gustó bastante menos de lo que habría esperado.
Entonces mi móvil volvió a vibrar.
Marisol: Su madre acepta veros. Mañana. Diez minutos. Sin policía.
Le enseñé el móvil a Alex. Lo leyó una vez, luego otra, y se le borró cualquier intento de hacer un comentario.
Martin se levantó.
—¿Dónde?
Escribí con las manos frías.
Lucía: ¿Dónde?
La respuesta tardó demasiado.
Marisol: Te aviso mañana. Si se arrepiente, no insistas.
Martin maldijo en voz baja.
—Necesitamos hablar con ella, pero sin que parezca que estamos presionando a una familia asustada.
—Lo sé.
Alex se apoyó en la mesa.
—Y necesitamos asumir que quien le hizo eso a Mateo puede haber visto que estuvimos allí.
Nadie respondió, porque todos estábamos pensando lo mismo.
Hasta esa mañana, Mateo había sido un nombre que hablaba demasiado. La nave, un sitio con movimiento. North Pier, una empresa que aparecía en demasiados papeles. Harbor Line, una factura vieja. Alden, un apellido sin cara.
Ahora Mateo estaba vivo, pero herido. Y eso convertía todo lo demás en algo bastante menos teórico.
Martin cerró el portátil.
—Lucía, habla con Marisol. Alex, prepara las fotos y mándame copia segura. Nada sale de aquí todavía. No quiero llamadas, no quiero consultas y no quiero que nadie de fuera sepa que estamos mirando en esa dirección hasta que tengamos algo más firme.
—Vale.
—Y si alguien os ha seguido o se acerca a vosotros, me avisáis antes de decidir que podéis manejarlo solos.
—Qué poca confianza —dijo Alex.
Martin lo miró.
—Toda la confianza del mundo en vuestra capacidad para complicarme la vida.
No me reí. Ni siquiera Alex lo hizo.
Me quedé mirando la pantalla, el apellido Alden resaltado en la nota y la foto borrosa de la furgoneta. No sabía quién era. No sabía qué pintaba en todo aquello. No sabía si era una pista real o solo otro hilo destinado a romperse en cuanto tiráramos un poco.
Pero Mateo había aparecido con una paliza, y de pronto todos esos nombres que llevábamos horas copiando en documentos empezaron a pesar bastante más.