Capítulo 20
Lucía
Me desperté en una cama que no era la mía y, durante unos segundos, mi cabeza tardó en ordenar el motivo. Después lo recordó todo: la casa de Evan, la cena en la cocina, sus manos en mi cuerpo y mi ropa desapareciendo con una colaboración bastante vergonzosa por mi parte.
También volvió la forma en que me había mirado antes de tocarme, como si todavía estuviera intentando hacer las cosas bien cuando los dos sabíamos que ya era un poco tarde para eso.
Cerré los ojos otra vez.
Error.
Mi cuerpo se acordó de todo antes que yo, y eso era bastante poco práctico para una mañana en la que todavía tenía que levantarme, vestirme y hacer como si me quedara algo de sentido común.
Evan seguía dormido a mi lado, bocarriba, con un brazo sobre el abdomen y el pelo algo revuelto.
No mucho, claro. Incluso dormido parecía tenerlo todo bastante controlado.
Yo, en cambio, debía de tener media cara marcada por la almohada y el pelo en un estado que habría preocupado a mi madre y divertido muchísimo a Alex.
Intenté incorporarme despacio, con la ingenua esperanza de no despertarlo, pero Evan abrió los ojos casi al instante.
—Buenos días —dijo, con la voz baja y un poco ronca.
Aquello no ayudó nada.
—Buenos días.
Se giró hacia mí, apoyó la cabeza en una mano, y me miró con una calma bastante injusta.
—¿Has dormido?
—Sí.
—¿Respuesta real o respuesta para que no pregunte más?
—He dormido. Lo que pasa es que mi sistema nervioso sigue procesando demasiada información.
Su boca se curvó apenas.
—¿Información?
—No te pongas insoportable tan temprano.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado con mucha claridad.
Se le escapó una risa baja y alargó una mano para apartarme un mechón de la cara. El gesto fue sencillo, y por algún motivo me descolocó más que muchas cosas bastante menos inocentes que habíamos hecho unas horas antes.
—¿Siempre eres así por la mañana? —pregunté.
—¿Irresistible?
—Organizado.
—Intento no tomármelo como un insulto.
—Haz lo que puedas.
Su sonrisa se abrió un poco más, y yo me obligué a no mirarle demasiado la boca. Fracasé, como era de esperar.
—Tengo café —dijo.
—Eso ya lo prometiste anoche.
—Y cumplo mis promesas importantes.
—Qué lista tan curiosa debes de tener.
—Te sorprendería.
Me incorporé sujetando la sábana contra el pecho por puro instinto, aunque a esas alturas la vergüenza era más un trámite que una necesidad.
—Necesito ducharme.
—Ya sabes dónde está el baño. Hay toallas limpias en el armario pequeño.
—Por supuesto que tienes toallas limpias en el armario pequeño.
—¿Preferirías que no las tuviera?
—No. Pero me molesta que encaje tanto contigo.
—Puedo desordenar algo si ayuda.
—No te fuerces.
Recogí mi ropa del suelo con lo que me quedaba de dignidad y me escapé al baño antes de que mi cara contara demasiadas cosas.
La ducha fue rápida. El agua caliente me despejó lo justo para recordar que seguía teniendo un caso abierto, a Marisol asustada, un almacén con movimiento nocturno y a Alex probablemente desarrollando una úlcera con mi nombre.
También recordé que había dormido en la cama de Evan y que me había sentido peligrosamente bien.
Eso sí era un problema.
Cuando salí, vestida con la ropa del día anterior y el pelo húmedo, seguí el olor a café hasta la cocina.
Evan estaba de espaldas, con pantalón oscuro y camisa blanca sin corbata, preparando dos tazas junto a la encimera. Parecía tranquilo. Demasiado tranquilo. Como si aquello fuera una mañana cualquiera y no la mañana después de haberme dejado el pulso funcionando por libre.
—No me mires así —dijo sin girarse.
Me detuve.
—¿Cómo sabes que te estoy mirando?
—Porque has dejado de andar.
—A lo mejor me he quedado admirando tu cafetera.
—Claro.
Se volvió con una taza en la mano y me la tendió. No había frase preparada, ni sonrisa de «sé perfectamente lo que pasó anoche», ni esa seguridad insoportable de algunos hombres cuando creen que ya han ganado algo. Solo Evan, en su cocina, ofreciéndome café como si aquello pudiera ser sencillo.
Lo acepté.
—Gracias.
—Es decente.
—Eso habrá que verlo.
Di un sorbo y me fastidió bastante comprobar que estaba buenísimo. Mi café acababa de quedar oficialmente humillado.
—Maldita sea.
—¿Eso significa que apruebas?
—Significa que no pienso decirlo en voz alta.
—Lo consideraré una victoria.
Evan se apoyó en la encimera frente a mí. Había distancia entre los dos, pero no la suficiente para que mi cuerpo no recordara con bastante detalle lo que pasaba cuando esa distancia desaparecía.
—Puedo prepararte algo de comer.
—¿También haces desayunos?
—Puedo tostar pan sin poner en riesgo el edificio.
—Qué despliegue.
—Estoy intentando impresionarte.
—Con el café ya ibas ganando. No abuses.
Preparó tostadas y algo de fruta con una eficacia bastante molesta. Me senté en uno de los taburetes de la isla y lo observé moverse por la cocina: platos, cubiertos, tostadora, café. Nada especial. Nada que tuviera que descolocarme.
Pero verlo así, sin traje completo, sin despacho y sin Samantha organizándole medio mundo, me hizo sentir demasiado cerca de algo que todavía no sabía dónde poner.
—Esto es raro —dije.
—¿El desayuno?
—No. Que seas así.
—¿Así cómo?
—Normal.
Evan dejó un plato delante de mí y me miró con una ceja apenas levantada.
—Gracias.
—No lo he dicho como insulto.
—Me tranquiliza mucho.
—Quiero decir que ayer estabas en un centro hablando con coordinadoras, sabiendo nombres, mirando dibujos de niños como si de verdad te importaran, y ahora estás aquí haciendo café. Es una versión de ti que no encaja del todo con la de las galas.
—La de las galas también soy yo.
—Ya lo sé.
—Pero no toda.
Asentí despacio.
—Eso se nota.
Desayunamos sin ponerle nombre a nada. Hablamos del café, de que su casa tenía mejores vistas que muchas postales y de que yo debía volver a la redacción en algún momento. Evan no me pidió que me quedara. Tampoco fingió que no quería hacerlo.
Y eso, por alguna razón, me gustó casi tanto como me asustó.
Mi móvil, que había dejado bocabajo junto al plato, vibró una vez. Luego otra. A la segunda, ya no pude fingir que no lo había oído.
Era Alex.
Alex: Llámame cuando puedas.
Alex: Ahora, si sigues viva.
Fruncí el ceño. Antes de contestar, llegó otro mensaje.
Alex: Han preguntado por Mateo Rivas en una alerta de la policía. No lo localizan.
El café, las tostadas y todo lo que había estado intentando parecer normal dejó de serlo de golpe.
Leí la frase otra vez, aunque la había entendido a la primera. La policía preguntando por Mateo podía significar demasiadas cosas, y ninguna sonaba bien. Hasta ese momento, Mateo era un nombre que aparecía en conversaciones a medias, alguien que quizá hablaba más de lo prudente.
Ahora alguien lo estaba buscando oficialmente.
Y no lo encontraba.
—Lucía —dijo Evan.
Levanté la vista.
—Tengo que llamar a Alex.
—Claro.
No preguntó quién era Mateo. O quizá entendió que todavía no debía hacerlo. Cogí el móvil y me levanté del taburete.
—¿Te importa si…?
—El salón. O el despacho, si quieres más privacidad.
—El salón está bien.
Me alejé unos pasos. No tantos como para que él no supiera que algo iba mal, pero sí los suficientes para no sentir que escuchaba cada palabra. Llamé a Alex. Contestó al segundo tono.
—Dime que puedes hablar.
—Más o menos.
—¿Más o menos significa que estás con él?
Cerré los ojos un instante.
—Alex.
—Vale. No pregunto. Me ha escrito Paula, la de Sucesos. Anoche entró una incidencia con el nombre de Mateo Rivas. No hay denuncia formal ni nada claro, pero lo están intentando localizar.
—¿Por qué?
—Eso es lo que no sabe. O lo que no puede decirme por mensaje.
Miré hacia la cocina. Evan seguía allí, apoyado en la encimera, sin invadir, pero pendiente.
—Marisol me escribió ayer que habían preguntado por él otra vez —dije en voz baja.
Alex tardó medio segundo en contestar.
—Eso habría sido información útil hace un rato.
—Lo sé.
—¿Le has escrito?
—Ahora mismo.
Abrí el chat sin colgar y escribí con cuidado.
Lucía: ¿Mateo está bien?
La respuesta no llegó enseguida. Esos segundos se me hicieron largos de una forma bastante desagradable.
Marisol: No puedo hablar por aquí.
Leí el mensaje en voz alta para Alex.
—Mierda —dijo.
Escribí otra vez.
Lucía: ¿Podemos vernos?
Marisol tardó menos esta vez.
Marisol: A mediodía, cerca de la biblioteca de Visitacion Valley. No vengas sola.
El estómago se me apretó.
—Quiere verme a mediodía —dije—. Cerca de la biblioteca de Visitacion Valley. Y dice que no vaya sola.
—Iré contigo.
—Eso iba a decir.
—No, tú ibas a fingir que lo ibas a decir y luego ibas a hacer lo que te diera la gana.
—Qué imagen tan injusta tienes de mí.
—Está basada en hechos.
A pesar de todo, se me escapó una sonrisa mínima.
—¿Martin lo sabe?
—Estoy entrando en la redacción ahora. Se lo cuento en cuanto cuelgue. Tú pide un taxi y ven directa. Y, por favor, no te pongas creativa desde donde estés.
—Sí, papá.
—No me insultes.
—Raúl, entonces.
—Mucho peor.
—Mándame todo lo que tengas de Paula.
—Ya.
Colgué y me quedé un momento con el móvil en la mano. No quería girarme. No porque hubiera hecho nada malo, sino porque sabía que Evan iba a mirarme con preguntas que no podía contestar del todo.
Finalmente, lo hice.
Él seguía en la cocina.
—Trabajo —dije, que era una respuesta miserable.
—Eso ya lo había entendido.
No había reproche en su voz. Quizá habría sido más fácil si lo hubiera habido.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte por trabajar.
—No es eso.
—¿Entonces?
Me pasé una mano por el pelo húmedo y me arrepentí al instante.
—Es un caso delicado. No puedo contarte detalles.
Evan asintió despacio.
—Lo sé.
—No porque no quiera.
—También lo sé.
Y ahí estuvo el problema. No en lo que le dije, sino en lo que no podía decirle. No era una mentira, ni una pelea, ni una desconfianza abierta. Era la realidad metiéndose entre los dos, justo después de una noche en la que habíamos fingido que podía quedarse fuera.
Evan dejó su taza y se acercó un poco.
—¿Estás en peligro?
La pregunta me pilló con menos defensas de las que habría querido.
—No lo sé.
No me salió mentirle. Quizá porque decir «no» habría sido tranquilizador, pero también falso.
Su mandíbula se tensó apenas.
—¿Puedo hacer algo?
—No.
—Lucía.
—De verdad. No ahora. Tengo que ir a la redacción, hablar con Martin y ver una fuente con Alex.
—Puedo pedirte un taxi sin hacer preguntas.
—Ya lo sé.
—Eso no era una trampa.
—También lo sé.
Me miró durante unos segundos. No parecía ofendido. Parecía estar obligándose a entender algo que no le gustaba.
—No quiero entrar donde no me corresponde —dijo—. Pero tampoco voy a fingir que me da igual si sales de aquí con esa cara.
Bajé la vista al móvil. Alex ya me había mandado la ubicación. La mañana estaba ocurriendo demasiado rápido, y yo todavía estaba en la cocina de Evan, con su café en el cuerpo, su cama demasiado cerca y Mateo Rivas desaparecido en algún lugar de la ciudad.
—No me da igual —dije.
—¿El qué?
—Que te preocupes.
La frase salió más baja de lo previsto. Evan no respondió enseguida.
—Bien.
—No he dicho que sea práctico.
—No esperaba que lo fuera.
Nos quedamos mirándonos un momento. Yo quería acercarme, besarle otra vez, dejar que el mundo tardara diez minutos más en alcanzarme. También quería coger el móvil, salir de allí y volver a ser solo la periodista que sabía qué hacer con una fuente asustada y un nombre desaparecido.
El problema era que ya no era solo una cosa.
Evan levantó una mano y me acarició la mejilla con el pulgar. Fue un gesto breve, sin intento de retenerme.
—Pide el taxi desde aquí —dijo—. Esperas abajo cuando llegue. No antes.
—Mandón.
—Hoy sí.
No discutí. Eso pareció sorprendernos a los dos.
Pedí el taxi mientras recogía mis cosas.
La cama seguía deshecha cuando pasé por el dormitorio a por el cargador y la chaqueta.
Verla así me dio un golpe tonto en el estómago.
Hacía menos de una hora estaba allí, medio dormida, haciendo bromas sobre café.
Ahora todo parecía pertenecer a otra versión de la mañana.
El taxi llegó antes de que encontrara una forma digna de despedirme. Evan me acompañó hasta el ascensor. Esta vez no hubo beso largo. No habría sido justo empezar algo que no podía terminar, y tampoco quería convertir la despedida en una escena.
Cuando las puertas se abrieron, me giré hacia él.
—Te escribo luego.
—Vale.
—No lo digo por decir.
—Lo sé.
Entré en el ascensor. Evan se quedó fuera, con una mano en el bolsillo y la otra apoyada en el marco, mirándome como si estuviera intentando no retenerme.
Antes de que las puertas se cerraran, añadió:
—Ten cuidado.
No sonó a orden. Tampoco a frase de compromiso. Sonó a preocupación, pero de esa que él todavía intentaba mantener bien colocada.
Asentí.
—Lo tendré.
Las puertas se cerraron.
Bajé hasta el portal con el móvil apretado en la mano y la cabeza partida entre dos mañanas distintas.
Una seguía en la cocina de Evan, en su café demasiado bueno y en una cama que no me convenía echar de menos tan pronto.
La otra ya estaba con Alex, con Marisol, con Mateo Rivas sin aparecer y con una cita a mediodía que tenía toda la pinta de complicarnos el día.
Cuando salí a la calle, el taxi esperaba junto a la acera.
Me subí, di la dirección de la redacción y miré por la ventanilla mientras el edificio de Evan quedaba atrás.
No le había mentido. Al menos no de la forma evidente. Pero tampoco le había contado todo, y esa diferencia, de pronto, empezaba a parecerme bastante pequeña.
Y lo peor era que entendía perfectamente por qué.