Capítulo 19
Evan
La besé.
Esta vez no había acera, ni taxi esperando, ni móvil vibrando entre los dos. Solo Lucía, demasiado cerca, besándome como si aquella mañana también se le hubiera quedado clavada.
Intenté ir despacio. De verdad que lo intenté. Le acaricié la cintura por encima de la camiseta, la acerqué a mí y la noté contener el aire justo antes de que su espalda tocara la encimera. Entonces se agarró a mi camisa y dejó bastante claro que la prudencia no era cosa solo mía.
—Evan.
Mi nombre en su boca terminó de hacer inútiles todas mis buenas intenciones.
Le besé el cuello, justo debajo de la mandíbula, y ella inclinó la cabeza con un suspiro que me atravesó entero. Olía a su perfume, a vino y a algo de la calle que todavía llevaba en la ropa. Le metí las manos bajo la camiseta, despacio, buscando la piel de su cintura, y la noté estremecerse.
—¿Estás bien? —pregunté.
Abrió los ojos y me miró como si la pregunta le hubiera tocado más que mis manos.
—Sí.
—Necesito que me lo digas.
—Estoy bien.
—Si quieres parar…
—No quiero parar.
Lo dijo sin broma. Sin defensa. Y esa honestidad me golpeó más fuerte que cualquier provocación.
La levanté en brazos lo justo para sentarla sobre la encimera. Lucía soltó una risa baja, sorprendida, pero enseguida me rodeó la cintura con las piernas. La besé otra vez, más profundo, menos paciente. Mis manos subieron por su espalda, agarré la parte baja de su camiseta y la subí hasta sacarla.
Cuando la prenda desapareció, me quedé un segundo mirándola.
Lucía tragó saliva.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Mirarme como si fuera a romper algo.
Apoyé la frente contra la suya.
—Estoy intentando no hacerlo.
—¿Y cómo va?
—Regular.
Se le escapó una sonrisa temblorosa. Aquello, esa mezcla de Lucía intentando bromear y Lucía permitiéndose estar nerviosa, fue mucho más íntimo que verla desnuda.
Le acaricié el pecho por encima del sujetador, despacio, y ella cerró los ojos.
Bajé la boca hasta su clavícula, luego más abajo, apartando la tela con cuidado para besarle la piel.
Su respiración cambió. Sus dedos se cerraron en mi pelo y tiraron apenas, lo justo para hacerme perder otro poco la cabeza.
—Evan —dijo otra vez.
—Dime qué quieres.
Tardó un segundo en responder. No porque no lo supiera, sino porque decirlo parecía costarle más que hacerlo.
—A ti.
No hizo falta más.
La llevé hasta el dormitorio sin dejar de besarla, tropezando con una silla y ganándome una risa contra la boca que me pareció absurdamente perfecta.
En la habitación, la dejé de pie junto a la cama y me aparté lo justo para mirarla.
Ella hizo lo mismo conmigo, con los labios hinchados y los ojos cubiertos de deseo.
—Ahora pareces menos tranquilo —dijo.
—Porque lo estoy.
—Bien.
Empezó a desabrocharme la camisa. Sus dedos no temblaban, pero iban más despacio de lo necesario, como si quisiera notar cada gesto. Cuando rozó mi pecho por debajo de la tela, cerré los ojos un momento. Ella lo vio.
—¿También se te puede desordenar a ti?
Abrí los ojos.
—Llevas haciéndolo desde que entraste en aquel ascensor.
Eso la dejó sin respuesta, y me gustó demasiado.
Terminé de desnudarla con cuidado, dándole tiempo, observando cada cambio en su cara para saber si seguía conmigo.
Lo estaba. Y cuando cayó mi ropa, cuando ya no quedó nada entre los dos salvo la respiración y todo lo que veníamos aplazando, Lucía me tocó el abdomen, bajó la mano y rodeó mi pene con los dedos.
El aire se me quedó atascado.
Ella me miró.
—¿Esto también estaba en el plan?
—No he tenido un plan decente desde esta mañana.
Sonrió, pero dejó de hacerlo cuando la besé y bajé la mano entre sus piernas. Estaba húmeda, caliente, y tuve que apretar la mandíbula para no perder la poca paciencia que me quedaba.
La acaricié despacio, primero por fuera, notando cómo se tensaba cuando rozaba el clítoris y cómo abría un poco más las piernas aunque todavía intentara mantener algo de control. Su respiración empezó a volverse errática contra mi boca, y eso fue mucho peor para mí que cualquier provocación.
—Así —murmuró.
Seguí. La vi cerrar los ojos, arquearse, agarrarse a mis hombros. La besé mientras mis dedos entraban en ella con cuidado, primero uno, después otro, y supe que no iba a olvidar nunca la forma en que dejó de bromear cuando el placer empezó a ganarle terreno.
—Mírame —le pedí.
Lo hizo, y fue peor.
Verla mirarme mientras se le desordenaba la respiración, mientras su cuerpo se tensaba bajo mis dedos y abría las piernas buscando más, me dejó con muy poco margen para seguir siendo paciente.
Cuando noté que estaba cerca, retiró una mano de mi cuello y me sujetó la muñeca.
—Contigo —dijo, con la voz baja—. Quiero contigo.
No necesité que lo repitiera.
Cogí un preservativo del cajón y me lo puse con una torpeza que habría sido vergonzosa si ella no me hubiera estado mirando como si también estuviera al límite. Después la tumbé en la cama y me coloqué entre sus piernas.
—Dime si…
—Evan.
No fue una interrupción impaciente. Fue una forma de decirme que estaba allí. Que lo quería. Que podía dejar de preguntarlo todo.
Entré en ella despacio, apretando los dientes cuando su cuerpo me rodeó. Lucía cerró los ojos y soltó el aire con un sonido que me dejó sin pensamiento durante unos segundos. Me quedé quieto, apoyado sobre los antebrazos, hasta que ella movió las caderas bajo mí.
—No pares ahora —susurró.
La obedecí.
Al principio fui despacio, quizá demasiado. Necesitaba notar cómo me recibía, cómo se acostumbraba a mí, cómo su cuerpo dejaba de tensarse por los nervios y empezaba a hacerlo por otra cosa.
Pero Lucía no tardó en tirar de mí, en mover las caderas bajo las mías y en pedirme más antes con el cuerpo que con la voz.
Entonces dejé de contenerme tanto. La cama crujió apenas, su respiración se mezcló con la mía y mis manos se cerraron en sus muslos, luego en su cintura, mientras entraba en ella más hondo y la veía perder un poco esa necesidad suya de tener siempre la última palabra.
—Joder, Evan.
Oírla decir mi nombre así, sin ironía, sin defensa y sin una sola palabra puesta para protegerse, terminó de romper lo poco que me quedaba de control.
La besé con más fuerza, le sujeté una pierna alrededor de mi cadera y empecé a moverme más hondo, más rápido, dejando que el cuerpo hiciera lo que la cabeza llevaba días intentando ordenar sin éxito.
Lucía respondió igual. Me clavó los dedos en la espalda, se arqueó bajo mí y dejó de intentar parecer dueña de nada.
No había frases ingeniosas, ni distancia, ni esa forma suya de mirarme como si siempre pudiera encontrar una salida.
Allí no. Allí solo estaba ella, abierta para mí, caliente, húmeda, apretándose a mi alrededor cada vez que entraba hasta el fondo.
Bajé la boca a su cuello y la sentí gemir contra mi oído.
Aquello me atravesó entero. No fue bonito en el sentido limpio de la palabra.
Fue mejor que eso. Fue real. Torpe por momentos, urgente, lleno de respiraciones rotas, de piel contra piel, de mis manos agarrándola con más fuerza de la que había planeado y de Lucía tirando de mí como si también necesitara comprobar que no era la única que estaba perdiendo el control.
Cuando la noté tensarse bajo mi cuerpo, metí la mano entre los dos y le acaricié el clítoris mientras seguía entrando en ella. Lucía gimió contra mi boca, más alto esta vez, y se aferró a mí con las piernas, como si el placer la hubiera dejado sin otra forma de sostenerse.
—Así, no pares.
No paré.
Lucía se corrió con mi nombre en la boca, el cuerpo arqueado bajo el mío y las uñas clavadas en mi espalda. Notarla apretándose a mi alrededor, abierta para mí, entregada de una forma que no tenía nada que ver con la Lucía que siempre encontraba una respuesta, terminó de llevarme al límite.
Me vacié con la frente apoyada en su cuello y un sonido ronco que no intenté contener. Empujé una última vez, más hondo, mientras el cuerpo entero se me tensaba sobre el suyo, y apoyé una mano en el colchón para no dejarle todo mi peso encima.
Durante un rato ninguno de los dos dijo nada. Solo se oía nuestra respiración, todavía desordenada, y el ruido lejano de la ciudad al otro lado de los ventanales.
Me aparté despacio, lo justo para mirarla, aunque mi cuerpo protestó bastante por tener que salir de ella. Lucía abrió los ojos y me miró con esa expresión suya de estar intentando recuperar el control antes de que alguien se diera cuenta de que lo había perdido.
Llegaba tarde. Ya me había dado cuenta.
—Bueno —dijo, con la voz algo rota.
Solté una risa baja.
—¿Bueno?
—Estoy intentando recuperar vocabulario.
—Tómate tu tiempo.
Me incorporé con cuidado y fui al baño para quitarme el preservativo. Cuando volví, Lucía seguía en la cama, tapada a medias con la sábana y mirándome como si no supiera si seguir allí era prudente o exactamente el motivo por el que debía irse.
—¿Te quedas? —pregunté.
Lo dije antes de poder buscar una forma más cómoda de plantearlo.
Lucía parpadeó.
—¿A dormir?
—A dormir. A ducharte. A criticar mi café por la mañana. El orden puede negociarse.
—Qué oferta tan completa.
—Estoy intentando mejorar.
Ella se quedó callada un momento. Vi pasar por su cara varias respuestas posibles: la prudente, la irónica, la que habría usado para levantarse, vestirse y salir antes de que aquello significara demasiado. Al final, respiró despacio.
—Necesito una ducha.
—Eso puedo ofrecerlo.
—Y café decente por la mañana.
—Excelente.
—Eso habrá que verlo.
La ducha no ayudó a ordenar nada.
Empezó siendo agua caliente, vapor en el cristal y mis manos apartándole el pelo mojado de la cara. Duró poco. Lucía me besó bajo el agua con los labios todavía hinchados y una intención que no dejaba demasiado margen para malentendidos.
La apoyé contra la pared, le agarré la cintura y la noté sonreír contra mi boca cuando mi cuerpo volvió a reaccionar al suyo como si no hubiéramos tenido bastante.
No lo hablamos. No hizo falta. El agua nos resbalaba por la piel, sus manos bajaron por mi abdomen y, cuando me dijo mi nombre con esa voz baja que ya empezaba a reconocer, todo lo demás dejó de importar.
Esta vez fue más lento. Más pegado. Más de mirarnos de cerca mientras se nos caían las pocas defensas que quedaban. Lucía dejó de intentar ser rápida, lista, intocable. Y yo dejé de fingir que podía tocarla sin perderme en ella.
Cuando volvimos a la cama, envueltos en toallas y con la piel todavía caliente, ninguno de los dos intentó decir que aquello seguía siendo solo una cena que se había alargado.
Se quedó.
No lo dijimos como algo importante, pero lo fue.
Se metió en mi cama con una camiseta mía que le quedaba demasiado grande y el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros. Yo apagué la luz de la mesilla y me tumbé a su lado, sin saber muy bien dónde poner las manos hasta que ella resolvió el problema acercándose.
Lucía se quedó dormida antes que yo.
La noté rendirse poco a poco, la respiración cada vez más lenta, la mano relajada sobre mi pecho. Me quedé mirando el techo de mi habitación, con su cuerpo caliente junto al mío y una calma extraña ocupando un espacio que llevaba años reservado para el silencio.
No pensé en decirle que la quería.
No estábamos ahí.
Pero, mientras Lucía dormía en mi cama y mi casa parecía menos grande que unas horas antes, entendí que había cosas que podían ser peligrosas mucho antes de tener nombre.
Y aquello, desde luego, ya lo era.