Donde no se mira Capítulo 18
61%

Capítulo 18

Evan

A las ocho menos diez estaba frente al edificio de la redacción.

Lucía me había escrito media hora antes para decirme que el trabajo se había complicado y que no le iba a dar tiempo a pasar por casa. Podía recogerla allí, si todavía me parecía buena idea.

Le respondí que sí antes de pensar demasiado en lo poco prudente que empezaban a parecerme todas las buenas ideas relacionadas con ella.

Podría haber esperado en el coche, que habría sido lo más lógico, pero llevaba todo el día intentando hacer lo lógico y no me había servido para dejar de pensar en su boca, ni en la forma en que se había subido al taxi después del beso, con la cabeza ya puesta en otro sitio.

Así que bajé, le pedí al conductor que esperara y me quedé junto a la entrada, con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando de vez en cuando la puerta como si eso fuera a hacer que saliera antes.

Lucía salió a las ocho casi exactas, con el bolso al hombro y esa cara de haber dejado media cabeza todavía dentro de la redacción.

Había venido de todos modos. Y eso, por algún motivo, me puso más nervioso que si me hubiera hecho esperar.

Llevaba los mismos vaqueros oscuros de la mañana, la chaqueta negra y el pelo suelto, aunque se había cambiado la camiseta por una blanca que hacía que pareciera menos recién salida del trabajo y más consciente de que venía a cenar conmigo.

No llevaba nada llamativo. No hacía falta.

Había algo en Lucía que no dependía demasiado de la ropa: su forma de caminar, de mirar, de ocupar el espacio sin pedir permiso, pero sin invadirlo.

—Siento el cambio de planes —dijo al acercarse—. La redacción no me ha soltado antes.

—Lo imaginaba.

—¿Por la ropa repetida o por mi cara de haber pasado la tarde peleándome con registros mercantiles?

—Por las dos cosas. Aunque la camiseta es nueva.

—Me la he cambiado en el baño. No juzgues mi glamur.

—No se me ocurriría.

Miró hacia el coche y luego a mí.

—Has bajado.

—Sí.

—Eso parece grave.

—Estoy intentando parecer una persona tranquila.

—Qué ambicioso.

—No está saliendo bien, ¿verdad?

—Regular. Pero se agradece el esfuerzo.

Sonreí y le abrí la puerta del coche. Esta vez no protestó, aunque me miró como si estuviera archivando el gesto para usarlo en mi contra cuando le conviniera.

—¿Dónde vamos? —preguntó al sentarse.

—A mi casa.

Se quedó quieta un segundo. No mucho, pero sí lo bastante para que yo lo notara.

—Eso ha sonado muy directo.

—Lo es. He pensado que, después de una visita privada a un proyecto de la fundación, fingir que esto era una cena cualquiera en un restaurante iba a ser un poco ridículo.

—¿Y llevarme a tu casa no?

—También, pero al menos es más honesto.

Lucía se giró hacia mí con una media sonrisa.

—Qué peligro tienes cuando te pones honesto.

—Me lo han dicho esta mañana.

—Seguro que sí.

El coche arrancó. Durante unos minutos hablamos de cosas fáciles, o intentamos hacerlo.

Del tráfico, del frío, de que ella había sobrevivido al resto de la tarde sin visitar ningún almacén abandonado, cosa que dijo con una naturalidad que no me tranquilizó en absoluto.

No le pregunté más. No porque no quisiera, sino porque empezaba a entender que con Lucía cada pregunta tenía que hacerse en el momento justo o no hacerse.

Aun así, me fijé en cómo miraba la ciudad por la ventanilla.

No estaba ausente, exactamente. Estaba cansada.

Con la cabeza en varias partes. La cena no iba a borrarle el día, y quizá eso me gustó más de lo que esperaba.

No quería una versión de ella fabricada para mí.

La quería allí, con su cansancio, sus alarmas y esa forma suya de sonreír cuando intentaba que algo no se notara.

Mi apartamento ocupaba la última planta de un edificio tranquilo, cerca de Nob Hill. Era cómodo, amplio y demasiado silencioso cuando llegaba tarde, aunque nunca me había molestado tanto como aquella noche. Mientras subíamos en el ascensor, Lucía miró los números con una concentración exagerada.

—Estás haciendo eso otra vez —dije.

—¿Qué?

—Fingir que los números del ascensor son interesantísimos.

—Tal vez lo sean. No deberías juzgar mis aficiones.

—No lo hago. Solo las observo.

—Eso ha sonado demasiado a ti.

—Lo tomaré como un cumplido.

—Haz lo que quieras. Parece que lo haces a menudo.

La puerta se abrió antes de que pudiera responder. Entramos en el pasillo, abrí el apartamento y la dejé pasar primero.

Lucía no dijo nada al principio.

Lo agradecí.

Mi casa no era fría, aunque mucha gente esperaba que lo fuera.

Había madera oscura, paredes claras, una cocina abierta, libros en más sitios de los razonables y una mesa grande junto a los ventanales donde solía trabajar cuando no soportaba seguir en el despacho.

No había demasiadas fotografías. Algunas ciudades.

Algún edificio antiguo. Y una imagen de Maggie en blanco y negro, junto a una ventana, riéndose de algo que quedaba fuera de la foto.

Lucía caminó despacio, como había hecho en el centro. Sin tocar nada. Mirando.

—No es como imaginaba —dijo al fin.

Dejé las llaves en la consola.

—¿Cómo lo imaginabas?

—Más frío. Más perfecto. Menos… vivido.

—Qué golpe para mi reputación.

—Tranquilo. Sigue siendo bastante elegante.

—Menos mal.

Se acercó a la estantería y leyó algunos lomos. Había historia económica, arquitectura, novelas que Maggie me había regalado y que yo había tardado años en leer, varios libros de fotografía y una edición vieja de poemas que no abría casi nunca, pero tampoco era capaz de guardar.

—¿Lees todo esto o forma parte de la estrategia para parecer interesante? —preguntó.

—Las dos cosas pueden convivir.

—Respuesta peligrosa.

—Respuesta honesta.

—Eso también empieza a ser una costumbre.

Se detuvo frente a la foto de Maggie.

—¿Quién es?

—Mi tía, Maggie. Fue la que me crio.

Lucía giró la cabeza hacia mí.

—¿La que te crio?

Asentí.

—Sí.

Volvió a mirar la foto, pero no hizo ninguna pregunta rápida para rellenar el silencio.

—Tiene cara de estar a punto de decir algo importante —dijo.

Aquello me tocó en un sitio raro, no porque fuera una gran frase, sino porque se acercaba bastante a la verdad. Maggie tenía esa forma de mirarte como si ya supiera qué estabas intentando esconder y estuviera decidiendo si darte tiempo o ponértelo delante.

—Normalmente lo hace —dije.

Lucía sonrió apenas. Siguió mirando la sala, los libros, las paredes y, después, los huecos. Entonces me di cuenta de lo siguiente que probablemente iba a notar.

No había fotos de mis padres.

Y esa ausencia, por mucho que yo estuviera acostumbrado a ella, también decía algo.

—No tienes fotos de tus padres —dijo con cuidado.

No sonó a acusación. Tampoco a curiosidad morbosa. Solo a una observación que no sabía si debía haber hecho en voz alta.

Me acerqué a la cocina y abrí una botella de vino, más por hacer algo con las manos que porque tuviera prisa por beber.

—Como ya te conté, mi madre murió cuando yo era muy pequeño.

Lucía no dijo nada. Solo se quedó conmigo, que era una forma bastante rara de acompañar una frase sin intentar arreglarla.

Serví vino en dos copas y le tendí una. Nuestros dedos se rozaron apenas. Después del beso de esa mañana, un roce tan pequeño no debería haber significado gran cosa. El problema era que mi cuerpo llevaba horas sin recibir ese informe.

—Maggie vino para el funeral —seguí—. En principio iba a quedarse unos días. Supongo que para ayudar, para ordenar la casa, para hacer todo eso que los adultos hacen cuando no saben muy bien qué hacer con un niño que llora por las noches y pregunta por una madre que no va a volver.

Lucía bajó la mirada a la copa, pero no interrumpió.

—Mi padre estaba allí, pero no estaba. Era un hombre ocupado. Siempre tenía algo más importante que atender: llamadas, reuniones, gente entrando y saliendo de casa… Yo creo que le molestaba no saber qué hacer conmigo. O quizá le molestaba que yo le recordara demasiado lo que había perdido.

—Evan…

—No pasa nada —dije, aunque no era del todo cierto—. Fue hace mucho.

Ella no discutió esa mentira pequeña.

Miré la foto de Maggie.

—Maggie se quedó más de lo previsto. Un día, después de una discusión que no entendí entera, hizo dos maletas. Una suya y una mía. Me dijo que íbamos a pasar unos días a su casa.

—¿Y no volviste?

Negué despacio.

—No como antes.

Lucía sostuvo la copa entre las manos.

—¿Tu padre lo permitió?

Solté aire por la nariz, sin llegar a reír.

—Mi padre permitía cualquier cosa que no le estorbara demasiado.

La frase salió más dura de lo que pretendía. Lucía no se movió.

—Por eso Maggie me crio —añadí—. Porque alguien tenía que hacerlo. Y porque mi padre no era una persona limpia.

Esta vez Lucía sí levantó la vista.

—¿Limpia?

—No de la forma que importa.

Lo dije así. Sin detalles, sin adornos y sin meterme en una historia que no sabía si estaba preparado para contar entera. Lucía lo entendió. O, al menos, entendió que acababa de dejar la puerta abierta solo lo justo.

—Vale —dijo.

—¿Vale?

—Sí. Vale. Si quieres contarme más, lo harás. Y si no, no voy a fingir que no me he dado cuenta de que ahí hay algo, pero tampoco voy a entrar con una linterna.

No pude evitar mirarla.

—Eso ha sido muy específico.

—Soy periodista. Las linternas forman parte del oficio.

—Y aun así no vas a usarla.

—Hoy no.

Aquella precisión me hizo sonreír más de lo que habría sido prudente.

—Gracias.

—No me las des todavía. Tengo muchas preguntas, solo estoy intentando no hacerlas todas en tu cocina.

—Generoso por tu parte.

—Muchísimo.

Bebió un trago de vino y volvió a mirar la foto de Maggie.

—Supongo que algunas familias funcionan así.

—¿Así cómo?

—No por lo que pone en un papel, sino por quien se queda.

La frase no sonó preparada. Sonó a algo que sabía.

—¿Hablas por alguien? —pregunté.

Lucía se apoyó en la isla de la cocina, con la copa entre los dedos.

—Por Raúl.

El nombre me sonó de alguna llamada, de algo que ella había mencionado de pasada, pero no tenía forma ni peso todavía.

—¿Raúl?

—Mi tío. Bueno, no es mi tío de sangre, pero prueba a decirle eso a mi madre.

Sonrió un poco, aunque la sonrisa le salió con algo debajo.

—Era compañero de mi padre. Policía también. Después de que mi padre muriera, se quedó. No como esa gente que aparece en un funeral, promete lo que sea porque no sabe qué decir y luego desaparece. Él se quedó de verdad.

No la interrumpí.

Lucía miró el vino, luego la foto de Maggie otra vez.

—Comidas, llamadas, cumpleaños, broncas cuando hacía falta… Todo. Si mi madre tenía que trabajar, él aparecía. Si yo me metía en algún lío, él aparecía. Si había que arreglar algo en casa, también.

»Yo le llamo tío porque empecé de niña y ya se quedó así, pero en realidad es… —Se detuvo un momento, buscando la palabra sin ponerse solemne—. Es familia. La poca que tengo, aparte de mi madre.

Algo de aquella confesión se me quedó clavado.

No por Raúl, a quien no conocía. Por la forma en que Lucía lo dijo. Por esa confianza tranquila, casi antigua, que solo se tiene con alguien que ha sostenido cosas durante mucho tiempo sin pedir demasiada recompensa.

—Maggie tampoco era mi madre —dije—. Pero fue quien se quedó.

Lucía levantó la vista.

Durante un momento no hubo broma ni defensa entre nosotros.

—Entonces sabes de qué hablo —dijo.

—Sí.

Y era verdad.

La cena llegó poco después, evitando que la conversación se quedara demasiado tiempo en un lugar que los dos habíamos tocado con más cuidado que costumbre.

Había pedido comida tailandesa de un sitio pequeño cerca de casa, de esos que no suavizan el picante para quedar bien con todo el mundo.

Pusimos los envases en la mesa de la cocina y comimos allí, sin platos de porcelana ni demasiadas formalidades.

Lucía se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de una silla. Pareció relajarse un poco al ver que no había velas, ni música calculada, ni ningún intento de convertir mi casa en una escena.

—Esto sí me lo creo más —dijo, pinchando un trozo de pollo con el tenedor.

—¿La comida en envases de cartón?

—Tú comiendo en envases de cartón.

—También sé adaptarme al entorno.

—Ya me lo has dicho. Empiezo a sospechar que lo usas para muchas cosas.

—Funciona con frecuencia.

—Eso es lo preocupante.

Hablamos de la visita al centro, de Camila, de los niños, de la cocina comunitaria y de la manera en que ella había conseguido hacer preguntas difíciles sin poner a nadie a la defensiva. Lucía negó que eso fuera mérito suyo.

—Es fácil no parecer agresiva cuando la gente ya está cansada de defenderse —dijo.

—No todo el mundo lo entiende.

—No todo el mundo escucha antes de escribir.

—¿Y tú sí?

Me sostuvo la mirada.

—Lo intento. No siempre me sale, pero lo intento.

Esa respuesta me gustó más que cualquier seguridad perfecta. Quizá porque yo llevaba años desconfiando de la gente que nunca dudaba de su propio método.

Después de cenar llevamos las cajas a la cocina. No había mucho que hacer: cerrar envases, tirar servilletas, dejar los palillos usados en la basura y fingir que aquello requería dos personas cuando los dos sabíamos que no.

Lucía se apoyó en la encimera con la camiseta blanca metida a medias en los vaqueros y el pelo cayéndole sobre un hombro. No estaba haciendo nada especialmente provocador.

Ese era, precisamente, el problema.

Yo dejé una caja vacía junto al fregadero y me quedé demasiado cerca.

—Si sigues ahí, voy a tener problemas —dije.

Ella bajó la vista un segundo hacia la distancia ridícula que había entre los dos.

—¿Ahí dónde?

—En mi cocina. Con esa camiseta. Mirándome como si no supieras lo que estás haciendo.

Su sonrisa apareció despacio.

—Eso ha sonado menos contenido de lo habitual.

—Estoy cansado.

—Qué excusa tan floja.

—Y te he besado esta mañana.

—Eso ya lo sabía.

—Llevo pensando en repetirlo desde entonces.

Lucía dejó de sonreír del todo. O quizá sonrió de otra forma.

—Yo también —dijo.

Aquello terminó con lo que quedaba de mi control.

Me acerqué despacio, dándole tiempo a apartarse si quería. Lucía no lo hizo. Levantó la cara y me miró con esa mezcla de desafío y nervios que ya empezaba a resultarme demasiado familiar.

—Dime que pare —murmuré.

—No.