Donde no se mira Capítulo 17
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Capítulo 17

Lucía

El trayecto en el taxi duró menos de lo que me habría venido bien.

Cuando se detuvo frente a la redacción, me vi reflejada un segundo en el cristal de la puerta: pelo algo revuelto, chaqueta mal abrochada y la boca todavía demasiado consciente de Evan como para fingir que la mañana había sido una visita profesional sin consecuencias.

Porque las había tenido.

Seguía pensando en el beso, en su forma de acercarse despacio y en lo poco que había tardado mi cuerpo en olvidarse de todas las razones por las que aquello era mala idea.

El mensaje de Marisol seguía abierto en el móvil.

Marisol: El almacén tuvo movimiento anoche.

Eso debería haberme devuelto al caso sin pasar por ningún sitio más. Un almacén del que Marisol me había dicho que no fuera sola no podía moverse por la noche y quedarse como una nota pendiente.

Me obligué a guardar el móvil y entré.

La redacción estaba en plena actividad de tarde: teléfonos sonando, gente hablando demasiado alto, pantallas llenas de titulares a medio cerrar y ese olor a café recalentado que debería estar prohibido por salud pública y por respeto a la humanidad.

Alex estaba en mi mesa, sentado en mi silla, con los pies apoyados en la papelera y mi libreta abierta delante.

—Te estás tomando muchas libertades con mi espacio —dije.

Levantó la vista.

—Tu espacio me ha parecido abandonado.

—Tampoco he desaparecido tanto tiempo.

—Lo suficiente para que pasaran cosas.

Lo dijo sin apartar del todo la vista de mi cara, y entonces lo supe: Alex me conocía demasiado, y yo debía de tener escrito en alguna parte que la visita había sido algo más que una visita.

—No empieces —le advertí.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado con mucha intensidad.

—Eso no es delito.

—Todavía.

Se levantó de mi silla y me la dejó libre, aunque no sin antes mirarme de arriba abajo de una forma insultantemente discreta.

—¿La visita bien?

—Útil.

—Qué respuesta tan inútil.

Dejé el bolso sobre la mesa y encendí el ordenador antes de contestar. Necesitaba hacer algo con las manos, y como no podía volver a besar a Evan ni salir corriendo hacia un almacén, encender la pantalla parecía una solución intermedia.

—Vimos el centro, me enseñó los programas, hablé con la coordinadora y había una placa de donantes.

Alex dejó de hacer el idiota.

—¿Donantes?

—North Pier Development.

La expresión le cambió enseguida.

—¿En la fundación?

—En uno de los proyectos. No sé si donaron directamente a la fundación o al centro, ni cuándo. Camila dijo que fue hace años, para la reforma de la cocina, y que ella ni siquiera estaba coordinando entonces.

—Pero el nombre estaba allí.

—Sí.

Alex se pasó una mano por la mandíbula.

—Y también lo tenemos cerca de Evans.

—Sociedades asociadas, almacenes comprados, traspasos raros. Todavía no sabemos si es algo o si solo estamos juntando piezas porque nos apetece que encajen.

—Nos apetece bastante.

—Ya.

Me senté y abrí el documento compartido. La lista de la mañana seguía allí, con sus nombres grises y sus flechas provisionales: Bayview, Evans Ave, Mateo Rivas, North Pier Development, donaciones, programas sociales, almacén.

Verlo escrito me produjo una sensación incómoda. No porque hubiera una línea clara, sino precisamente porque no la había. Eran piezas sueltas, y yo sabía mejor que nadie lo fácil que era forzar una historia cuando una quería que todo explicara algo.

—No podemos asumir nada.

—No estamos asumiendo. Estamos mirando.

—Mirar también se puede hacer mal.

—Por eso estoy aquí, para impedir que lo hagas con cara de beso reciente.

Le habría lanzado algo, pero tenía razón en lo importante y eso siempre le daba una ventaja muy molesta.

Alex había avanzado mientras yo estaba en la fundación.

Había encontrado dos documentos antiguos vinculados a Harbor Line Services, una sociedad relacionada con North Pier Development en una modificación mercantil de hacía ocho años.

Sobre el papel, nada que hiciera saltar ninguna alarma: participaciones absorbidas, varios inmuebles cambiando de manos y mucho lenguaje pensado para dormir a cualquiera con menos café que yo.

El problema estaba en los inmuebles.

Dos direcciones quedaban cerca de Evans Ave. La tercera coincidía con una nave denunciada tres años atrás por actividad fuera de horario. La denuncia se había archivado sin sanción porque, según el informe municipal, no se pudo comprobar ningún uso irregular.

—Qué casualidad más trabajadora —murmuré.

—Pues se ha buscado compañía.

Giró el portátil hacia mí. Había estado revisando memorias antiguas de la fundación, hasta que un nombre dejó de ser decorado y empezó a molestar.

North Pier Development — materiales y apoyo logístico.

Me quedé mirando la línea.

No era una prueba ni una acusación. Las empresas donaban materiales, aparecían en memorias y luego desaparecían de la vida pública con una facilidad pasmosa. Podía no significar nada, pero el nombre estaba en dos sitios que, hasta esa mañana, yo habría preferido mantener muy separados.

—No me gusta —dije.

—A mí tampoco.

—Hay que buscar quién firmó esa donación, si hubo contrato de proveedor y si North Pier estaba en el patronato o solo como colaborador puntual.

—Ya estoy en ello.

Me senté otra vez, sin apartar la vista del documento.

—Y esto hay que formularlo bien. Una cosa son los registros vinculados a Evans y otra una colaboración antigua con un proyecto social. No podemos mezclarlo como si ya significara algo.

Alex asintió, esta vez sin hacer bromas.

—Nombre repetido, contexto distinto y mucho por comprobar.

—Exacto.

—Martin tiene que saberlo.

—Sí. Solo eso. Sin adornos, sin insinuar nada de la fundación y sin enamorarnos de una teoría antes de tener pruebas.

Le miré.

—Eso último ha sonado sospechosamente maduro.

—Estoy tan incómodo como tú.

Martin estaba en su despacho, hablando por teléfono y marcando algo en un papel con el ceño apretado. Esperamos fuera hasta que colgó. Nos hizo pasar sin demasiada ceremonia.

—Decidme que no habéis ido a las naves.

—No hemos ido a las naves —dijo Alex.

—Bien. ¿Por qué me preocupa entonces vuestra cara?

Cerré la puerta.

—Porque tenemos algo, pero todavía no sabemos qué es.

Martin dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Esa frase me gusta poco.

Le explicamos lo de North Pier con cuidado: propiedades cerca de Evans, sociedades asociadas, cambios de titularidad, una denuncia archivada y la aparición del nombre en una memoria antigua de la Fundación Kovács como colaborador de materiales.

Martin escuchó sin interrumpir.

—¿De dónde sale lo de la memoria? —preguntó al final.

Ahí estaba la parte incómoda.

—De una visita que hice esta mañana a uno de los proyectos de la fundación. Vi el nombre en una placa de agradecimientos. Después Alex revisó memorias antiguas y encontró la misma colaboración documentada hace cinco años.

Martin me miró con más atención.

—¿Has estado hoy en un proyecto de la fundación?

—Sí.

—¿Como periodista?

—No exactamente.

Alex hizo un sonido mínimo a mi lado. Lo ignoré con todo el esfuerzo de mi alma.

Martin no cambió la expresión.

—Necesito una respuesta mejor que esa.

—Fui invitada por Evan. Sin grabadora, sin libreta, sin intención de publicar nada de la visita. Quería entender cómo funcionan sus programas desde dentro.

—¿Y encontraste North Pier en una placa?

—Sí.

—¿Lo anotaste?

—Mentalmente.

—Claro.

No lo dijo con reproche. Eso casi fue peor.

Martin se recostó en la silla.

—No tenemos una acusación. Tenemos un nombre que aparece en dos contextos distintos. Vamos a tratarlo como lo que es: un dato que hay que verificar. Nada de insinuaciones, nada de llamadas raras, nada de pedir comentario a la fundación todavía.

Solté aire sin darme cuenta.

Martin lo notó.

—No es por hacerte un favor, Lucía. Es método.

—Lo sé.

—Pues aplícalo bien. Si esto crece, quiero fechas, documentos, fuentes y una separación muy clara entre lo que sale del caso y lo que viste en una visita privada. Y si esa separación deja de estar clara, me lo dices antes de que yo tenga que descubrirlo.

Asentí.

—Sí.

Martin nos devolvió los papeles.

—Seguid por North Pier. Quiero saber quién está detrás ahora y quién estaba detrás cuando donó. Quiero registros de propiedades, licencias y cualquier contrato público que haya pasado por esa empresa o sus asociadas. Y localizad a Mateo Rivas. Si habla demasiado, quizá alguien más ya lo ha oído.

Salimos del despacho sin decir nada.

La tarde se alargó entre café malo, registros cruzados y pistas que avanzaban a paso de tortuga.

Encontramos nombres, pero ninguno definitivo: Harbor Line Services, North Pier Development, una consultora de logística, un administrador con demasiadas empresas sin página web y un contrato viejo con una organización comunitaria que ya no existía.

Todo parecía diseñado para cansarte antes de darte una respuesta.

Mateo Rivas, por su parte, no aparecía por ningún lado. Alex encontró una dirección antigua, dos perfiles en redes sin actividad y una multa de tráfico que no servía para nada salvo para confirmar que seguía siendo tan poco discreto como Marisol había insinuado.

—No me gusta no encontrarlo —dijo Alex.

—A lo mejor está evitando ser encontrado.

—Eso tampoco me gusta.

A media tarde, Marisol respondió a un mensaje que le había enviado antes de entrar en el despacho de Martin.

Marisol: No puedo hablar. Han preguntado por Mateo otra vez.

Le enseñé el móvil a Alex.

—Vale —dijo—. Esto sí es un problema.

Escribí con cuidado.

Lucía: ¿Quién?

La respuesta tardó casi cinco minutos.

Marisol: No por aquí.

Luego nada.

Hasta ese momento, North Pier era un nombre en documentos, el almacén una dirección incompleta y Mateo una pieza posible. Pero Marisol tenía miedo ahora, no en un informe viejo ni en una memoria anual. Y eso cambiaba el peso de toda la tarde.

—No vas a hacer nada sola —dijo Alex.

—No he dicho nada.

—Ya, pero te conozco incluso cuando no hablas.

El móvil volvió a vibrar antes de que pudiera responder. Esta vez no era Marisol.

Evan: ¿Has llegado bien?

Se suponía que tenía que haberle avisado yo. Me acordé justo al leer su mensaje, y eso me hizo sentir un poco peor de lo razonable.

Lucía: Sí, perdón. Llegué bien, pero me metí directa en una reunión con Martin.

Evan: No pasa nada. Solo quería saberlo. ¿Todo bien?

Lucía: Trabajo. Complicado, pero controlado.

Evan: Esa respuesta no tranquiliza tanto como crees.

Lucía: Entonces mejor no preguntes mucho.

Evan: Intentaré parecer tranquilo.

Lucía: Como cuando me abriste la puerta del taxi.

Evan: ¿Tan mal lo hice?

Lucía: Regular.

Evan: Tendré que asumirlo.

Me quedé mirando la pantalla. Alex hizo como que no miraba, lo que en su caso significaba exactamente lo contrario.

Evan: ¿Cena esta noche?

El corazón me dio un salto bastante poco profesional.

Esta vez no había manera de camuflarlo. No era una visita, ni un proyecto, ni una invitación con margen para hacerse la tonta. Era una cena. Y, después del beso de esa mañana, los dos sabíamos perfectamente lo que significaba.

Alex me miró.

—No hace falta que preguntes quién es.

—No iba a preguntarlo.

—Bien, porque mi cara ya estaba preparada para juzgarte.

Levanté el móvil.

—Me ha propuesto cenar.

Alex cerró los ojos un momento.

—Claro.

—¿Claro?

—Después de verte volver con esa cara, era eso o mandarte un formulario de satisfacción.

—Eres insoportable.

—Y aun así, aquí estoy, acompañándote en tu caída.

Miré el mensaje otra vez. Podía decir que no. Tenía motivos de sobra: North Pier, Marisol, Mateo, Martin, el hecho nada menor de que una empresa relacionada con una línea de investigación apareciera en la órbita de la fundación de Evan.

Lo prudente habría sido poner distancia hasta tener algo más claro.

Lo humano, por desgracia, era querer verlo.

Lucía: ¿Eso ya no intenta parecer profesional?

La respuesta llegó enseguida.

Evan: No.

Leí esa palabra dos veces. Una sola sílaba y ninguna salida cómoda.

Lucía: Entonces sí.

Evan: Paso a buscarte a las ocho.

Lucía: Puedo ir yo.

Evan: Lo sé.

Sonreí a mi pesar.

Lucía: Te gusta mucho esa frase.

Evan: Empieza a ser culpa tuya.

Bloqueé el móvil antes de contestar algo que empeorara mi situación.

Alex seguía mirándome.

—Vas a ir.

—Sí.

—Y mañana, cuando esto sea más complicado, recordaremos este momento.

—Gracias por el apoyo emocional.

—Estoy siendo muy emocional. Preocupado, sobre todo. Cotilla también, pero eso ya venía de serie.

—Qué completo.

Su tono cambió lo justo para que dejara de mirar el móvil.

—Ve a cenar si quieres. Bésalo si quieres. Haz lo que quieras, que para eso eres adulta aunque a veces lo disimules fatal. Pero mañana volvemos a esto, y si North Pier sigue acercándose a la fundación, no puedes hacer como si fueran dos cosas separadas solo porque te guste cómo te mira.

Tragué saliva.

—Ya lo sé.

—Pues que se te note.

No me enfadé, aunque podría haber sido más sutil. Me limité a asentir y volví al documento, donde North Pier seguía escrito con ese nombre gris que parecía no querer decir nada.

A las siete y media cerré el ordenador con menos respuestas de las que necesitaba y más dudas de las que me convenían.

Marisol no había vuelto a escribir. Mateo seguía sin aparecer.

Martin había pedido otra búsqueda de registros para la mañana siguiente.

Alex se fue a revelar unas fotos y me dejó sola con la promesa de llamarme si hacía algo idiota, aunque nunca aclaró cómo pensaba enterarse.

Esta vez no había excusa profesional. Iba a cenar con Evan porque quería cenar con él, y fingir otra cosa ya empezaba a ser un insulto hasta para mí.

Me miré en el espejo del baño, me cambié la camiseta y me pasé los dedos por el pelo, con un resultado bastante negociable. Luego saqué un pintalabios del bolso, lo abrí, lo cerré y acabé usándolo porque, a esas alturas, fingir indiferencia ya era perder el tiempo.

Miré el móvil una última vez antes de guardarlo en el bolso. Nada de Marisol, nada de Alex, nada de Martin. Por una vez, nadie parecía dispuesto a salvarme de mis propias decisiones.

Apagué la luz y bajé.

Evan estaba esperando.

Y yo no tenía ninguna intención de fingir que eso no me importaba.