Capítulo 16 #2
No supe muy bien por qué se lo dije así. Lucía no había preguntado para atraparme, y eso me desarmó más de lo que habría querido admitir. También ayudó, supongo, que desde la cena llevara demasiadas ganas de dejar de medirlo todo durante unos minutos.
Ella apoyó el hombro en el marco de la ventana.
—Pues se te nota menos de lo que crees.
—Eso era un cumplido hasta que lo has formulado como diagnóstico.
—Soy periodista. Deformación profesional.
—Pensé que hoy no habías venido como periodista.
—No he traído libreta. Es lo máximo que puedo ofrecer.
Me reí, y ella también. Algo aflojó entre los dos, no en tensión, sino en defensa.
Cuando terminamos la visita, Camila tuvo que volver a una reunión con voluntarios. Nos despedimos en la entrada.
—Gracias por enseñármelo —dijo Lucía.
—Gracias por no convertirlo en una inspección —respondió Camila.
—Lo he intentado.
—Se agradece.
Cuando salimos a la calle, el aire era fresco, pero había sol. No uno fuerte, ni de los que te hacen olvidar la chaqueta, pero sí lo bastante claro como para que la ciudad pareciera un poco más amable.
Lucía se abrochó la chaqueta.
—Ha sido útil.
—¿Profesionalmente o para decidir si era una cita?
—No abuses de tu ventaja.
—¿Tengo ventaja?
—Has usado niños, comida comunitaria y honestidad inesperada. Algo de ventaja tienes.
—No estaba en el plan.
—Peor. Eso significa que te sale solo.
Caminamos sin prisa. Después de la visita, llevarla a un restaurante caro habría quedado bastante fuera de lugar, así que señalé una cafetería pequeña al otro lado de la calle, con mesas de madera, una carta corta y gente haciendo cola junto al mostrador.
—Podemos comer algo ahí, si tienes tiempo. Nada con mantel. Nada que requiera que Samantha apruebe la reserva.
—¿Samantha aprueba tus reservas?
—Samantha aprueba o desaprueba muchas cosas. A veces con palabras.
—¿Y otras?
—Con silencios que suelen ser bastante más eficaces.
Lucía sonrió.
—Entonces sí. Comamos algo antes de que me arrepienta o me acuerde de que tengo trabajo.
La comida fue sencilla: dos sándwiches, patatas que compartimos sin discutir demasiado y café, porque Lucía se negó a fingir que iba a cambiar de personalidad en un solo día.
Hablamos del centro, de Camila, de cómo algunos programas funcionaban mejor cuando nadie intentaba convertirlos en titular.
Lucía hizo preguntas, pero también escuchó mis respuestas sin empujarlas siempre al siguiente punto.
Eso me descolocó más que si hubiera venido con una lista de acusaciones.
—No has venido buscando fallos —dije en algún momento.
Lucía dejó el vaso sobre la mesa.
—No.
—¿Por qué?
—Porque los fallos aparecen solos cuando los hay. No hace falta entrar pisando fuerte para encontrarlos.
—Eso suena a experiencia.
—Lo es.
—¿Y hoy?
—Hoy quería entender.
La miré.
—¿El centro?
—También.
No añadió nada más. Tampoco hizo falta.
La acompañé hasta la esquina cuando terminamos. Ella había pedido un taxi, aunque yo me ofrecí a llevarla. Me dijo que no con esa firmeza educada que empezaba a reconocer. No porque quisiera alejarme, sino porque necesitaba conservar alguna parte de control.
El taxi tardaba seis minutos, que enseguida fueron cuatro y después dos. Nos quedamos junto a la acera, demasiado cerca para fingir que la distancia era casual. Lucía guardó el móvil en el bolsillo y miró hacia la calle.
—Gracias por traerme.
—Gracias por venir.
—No lo digas así.
—¿Cómo?
—Como si no supieras que voy a pensar demasiado en ello.
Me quedé mirándola. No había broma en su cara, o al menos no solo broma. Había cansancio, interés, prudencia y algo más que llevaba demasiado tiempo apareciendo entre nosotros para seguir fingiendo que era un accidente.
—Lucía.
—Evan.
Dijo mi nombre como advertencia, pero no se movió.
Eso fue lo que terminó de decidirme.
Me acerqué despacio, lo bastante para darle tiempo a apartarse si quería. No lo hizo. Solo levantó un poco la cara, y ese gesto, tan pequeño y claro, me dejó sin ninguna defensa.
La besé sin prisa al principio. Un beso contenido, casi prudente, como si todavía estuviéramos negociando con la parte sensata de los dos.
Pero Lucía soltó una respiración suave contra mi boca, me agarró de la solapa de la chaqueta y tiró apenas de mí, y entonces seguir siendo prudente empezó a parecer una pérdida de tiempo.
No fue perfecto. Un coche pitó en algún sitio, alguien pasó demasiado cerca por la acera y su móvil vibró entre nosotros justo cuando ella me mordió el labio con menos inocencia de la que habría sido recomendable en plena calle.
Aun así, o quizá por eso, fue mucho mejor que cualquiera de las versiones que llevaba días intentando no imaginar.
Cuando nos separamos, Lucía no soltó mi chaqueta enseguida.
—Esto es mala idea —murmuró.
—Probablemente.
—No has mejorado nada.
—En mi defensa diré que no estoy intentando defenderme.
Se le escapó una risa baja, pero el móvil volvió a vibrar. Esa vez sí lo sacó del bolsillo. Vi cómo le cambiaba la cara antes de que dijera nada.
La Lucía que había estado conmigo durante la comida no desapareció, pero otra volvió a ocupar sitio. La periodista. La parte de ella que volvía al trabajo incluso con la boca todavía marcada por un beso.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Leyó el mensaje una vez más y apretó los labios.
—Tengo que irme.
No me enseñó la pantalla. No tenía por qué hacerlo.
Pero alcancé a leer lo justo antes de que bloqueara el móvil.
Marisol: El almacén tuvo movimiento anoche.
Lucía guardó el teléfono y levantó la vista hacia mí. Todavía tenía la boca un poco hinchada por el beso, pero los ojos ya puestos en otra parte.
—Lo siento —dijo.
—No lo sientas.
El taxi se detuvo junto a la acera.
Durante un momento pensé en pedirle que se quedara. No lo hice. No porque no quisiera, sino porque empezaba a entender que pedirle a Lucía que dejara de mirar era la forma más rápida de perderla antes incluso de tenerla.
Le abrí la puerta.
—Avísame cuando llegues.
—Eso ha sonado muy serio.
—Lo era.
Me miró un instante, y esta vez no hizo ninguna broma.
—Te aviso.
Subió al coche. Antes de cerrar la puerta, me sostuvo la mirada como si también ella se hubiera dado cuenta de que algo acababa de cambiar y no supiera muy bien dónde colocarlo.
El taxi arrancó.
Me quedé en la acera, con el sabor de Lucía todavía en la boca y la certeza incómoda de que la mañana había hecho dos cosas a la vez: acercarla un poco más a mí y devolverla, sin pedirme permiso, a una parte de su vida en la que yo no sabía cómo entrar.