Capítulo 16
Evan
Llegué al centro media hora antes de lo necesario. Si alguien me hubiera preguntado, habría podido hablar de tráfico, de una llamada adelantada o de revisar el recorrido con el equipo antes de que llegara Lucía. Tenía excusas de sobra y todas sonaban razonables.
La verdad era bastante más simple: había llegado antes porque no quería que ella me pillara llegando y porque, aunque me molestara admitirlo, estaba nervioso.
No de una forma visible, al menos eso esperaba.
No me sudaban las manos ni caminaba de un lado a otro como un adolescente esperando en la puerta de un cine.
Pero había mirado el teléfono tres veces desde que había bajado del coche y llevaba cinco minutos fingiendo interés por unos carteles informativos que ya conocía de memoria.
El centro estaba en una calle tranquila, lejos del tipo de sitio que solía aparecer en los vídeos de la fundación, pero muy cerca de la realidad que intentábamos sostener con esos programas.
Era uno de los proyectos que más tiempo llevábamos acompañando: formación laboral para jóvenes, apoyo legal básico, talleres de lectura para niños y una cocina comunitaria que funcionaba tres tardes por semana.
No tenía el aspecto pulido de las memorias anuales. La pintura de la entrada necesitaba una mano nueva, la puerta automática se atascaba a veces y en el tablón del pasillo convivían horarios de tutorías, anuncios de búsqueda de empleo y dibujos infantiles pegados con cinta.
Me gustaba precisamente por eso: porque no intentaba parecer más bonito de lo que era.
—Te has adelantado —dijo Camila al verme junto a recepción.
Camila Ortiz coordinaba el centro desde hacía seis años y tenía una capacidad bastante admirable para tratarme como si yo fuera útil, pero no imprescindible. Siempre se lo agradecía, aunque nunca se lo hubiera dicho con esas palabras.
—Quería revisar algunas cosas antes.
—Claro —respondió, sin creérselo demasiado—. La visita llega a las diez, ¿no?
—Sí.
—¿Prensa?
—No.
Camila me miró con interés.
—Eso ha sonado demasiado rápido.
—No es prensa.
—Pero es periodista.
No respondí enseguida, lo cual probablemente fue respuesta suficiente.
Camila sonrió apenas.
—Tranquilo. No pienso preguntar.
—Eso no suele impedir que la gente deduzca.
—La gente deduce porque tú pones cara de que hay algo que deducir.
Antes de que pudiera contestar, la puerta de entrada se abrió.
Lucía llegó con vaqueros, jersey oscuro, una chaqueta sencilla y esa manera suya de mirar alrededor sin parecer curiosa de más, pero sin perderse nada.
No entró buscando una foto rápida ni una frase útil.
Miró la recepción, el tablón, las puertas abiertas al pasillo, a Camila y luego a mí, como si estuviera colocándolo todo en su sitio antes de sonreír.
Y, aun así, cuando me miró, tuve la sensación absurda de que llevaba toda la mañana esperando justo ese gesto.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Camila nos observó a los dos con una discreción mejorable.
—Camila Ortiz —dije—. Coordina el centro. Lucía Morales.
—Encantada —dijo Lucía, tendiéndole la mano—. Gracias por dejarme venir.
—Si vienes sin grabadora, ya empiezas mejor que la mayoría.
Lucía sonrió.
—He venido sin libreta.
—Eso no me tranquiliza del todo —respondió Camila—. Los periodistas con memoria sois los peores.
—Tiene razón —dije.
Lucía me miró.
—Qué rápido cambias de bando.
—Intento adaptarme al entorno.
—Muy de superviviente.
Camila nos miró como si acabara de confirmar algo, pero tuvo la decencia de no decirlo.
Empezamos por la planta baja. Camila explicó el funcionamiento general: horarios, voluntarios, turnos de cocina, asesorías, formación básica para entrevistas laborales y un programa de prácticas con pequeñas empresas de la zona.
Lucía caminaba a mi lado sin interrumpir por interrumpir.
Cuando preguntaba, lo hacía con precisión, y me descubrí entre las ganas de que siguiera y la prudencia de no olvidar que seguía siendo periodista.
—¿Cuánta gente atendéis al mes? —preguntó.
—Depende del mes —respondió Camila—. Entre ciento veinte y ciento cincuenta familias pasan por algún programa. Si hablamos de contactos puntuales, más.
—¿Y cuántas se quedan fuera?
Camila no suavizó la respuesta.
—Demasiadas.
Lucía asintió, sin gesto dramático.
—¿Por falta de fondos?
—Por fondos, por espacio, por horarios, por burocracia, por miedo a dejar datos en según qué formularios… Hay muchas formas de quedarse fuera.
Noté que Lucía guardaba aquello en algún lugar de su cabeza. No lo escribió, pero lo vi igual. No parecía estar buscando un fallo para lanzarlo después como una piedra. Parecía estar intentando entender dónde se rompía el sistema incluso cuando había gente intentando que funcionara.
Subimos a la primera planta. En una sala, seis chicos trabajaban con ordenadores donados.
En otra, una voluntaria ayudaba a dos mujeres a preparar un currículum.
En el fondo del pasillo, un grupo de niños pintaba alrededor de una mesa larga cubierta con plástico. Uno de ellos levantó la vista al verme.
—Evan.
—Nico —respondí.
—¿Ya has acabado el dibujo? —le pregunté.
—Casi.
—Eso dijiste la última vez.
—Es que ahora es otro dibujo.
—Muy buen método.
El niño me enseñó una hoja llena de edificios inclinados y un perro enorme al lado de una casa. Lucía se acercó un poco y lo miró con atención.
—Ese perro parece el dueño de la calle —dijo.
El niño sonrió, orgulloso.
—Lo es.
—Entonces está perfecto.
No exageró. No puso voz de adulto intentando parecer simpático. Lo dijo como si el dibujo mereciera una opinión normal, y el niño volvió a pintar con la satisfacción intacta.
Camila siguió avanzando, pero yo tardé un momento en moverme.
Lucía se dio cuenta.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso siempre significa algo.
—Estoy intentando no darte la razón tan pronto.
—Qué detalle.
Seguimos hasta una pared donde había fotografías de actividades y una placa de agradecimiento a entidades colaboradoras. Había nombres conocidos: pequeños comercios, una universidad, dos empresas tecnológicas y varios grupos de construcción que habían donado materiales o financiado reformas.
Lucía leyó la placa sin acercarse demasiado, pero noté cuándo se detuvo.
North Pier Development.
No cambió el gesto de una forma evidente. Apenas un parpadeo, una pausa mínima antes de apartar la vista. Suficiente para que yo lo notara, porque llevaba toda la mañana mirándola más de lo que convenía.
—¿Te suena alguno? —pregunté.
Lucía apartó la vista de la placa.
—Alguno de estos nombres suena a empresa que no quiere que la recuerden.
Camila soltó una risa seca.
—Bienvenida al mundo de los donantes.
—¿North Pier colabora mucho? —preguntó Lucía, con un tono demasiado casual para ser completamente casual.
Camila miró la placa.
—Donaron materiales para la reforma de la cocina hace años. Antes de que yo coordinara el centro. Creo que ya no trabajan con nosotros.
—¿Por algo concreto?
—No, que yo sepa. Algunas empresas aparecen, hacen una donación, salen en la foto y desaparecen. No siempre hay una historia interesante detrás.
Lucía asintió.
—Claro.
Pero lo guardó, y eso también lo noté.
Seguimos la visita. Camila nos enseñó la cocina, un almacén pequeño con cajas de alimentos, una sala de reuniones donde se impartían talleres y un despacho compartido con más carpetas que espacio libre.
Lucía preguntó por contratos, límites, financiación, por lo que pasaba cuando se acababan las becas y por cuántas personas volvían al centro después de haber encontrado trabajo.
No eran preguntas cómodas, pero tampoco buscaban dejar a nadie en evidencia.
En un momento, mientras Camila atendía una llamada, Lucía se quedó junto a una ventana que daba al patio trasero. Abajo, dos voluntarios descargaban cajas de una furgoneta.
—Esto no se parece mucho a tus galas —dijo.
Me puse a su lado.
—No.
—¿Te gusta más esto?
Miré el patio antes de responder. Un voluntario dejó una caja en el suelo, se le cayó otra encima y el segundo empezó a reírse de él sin demasiada piedad.
—Sí.
Lucía me miró de reojo.
—Eso ha sido rápido.
—Porque es verdad.
—¿Y las galas?
—Son necesarias.
—Qué entusiasmo.
—Lo son. Pagan muchas cosas, abren puertas y ayudan a que gente con demasiado dinero se convenza de que compartir una parte no va a matarla.
—Eso ha sonado menos diplomático de lo que esperaba.
—Intentaba ser educado.
Esta vez sonrió.
—¿Crees que sirve?
—¿El centro?
—Me refiero a todo esto: la fundación, los programas, el dinero llegando a sitios donde hace falta.
La pregunta no sonó a acusación, y quizá por eso me costó más darle una respuesta de las que ya tenía preparadas.
—Sirve a veces —dije—. Y a veces llega tarde, o llega poco, o llega condicionado por gente que quiere sentirse mejor sin mirar demasiado el problema.
Lucía no apartó la vista.
—Eso ha sido muy honesto.
—No te acostumbres.
—Tarde. Ya lo he apuntado mentalmente.
No pude evitar sonreír.
—La gente cree que poner dinero en un problema es arreglarlo.
—¿Y no lo es?
—A veces solo compra tiempo.
Ella se quedó callada. No fue un silencio incómodo, al contrario. Me dio la impresión de que estaba dejando que la frase encontrara su sitio antes de darme una respuesta.
—El tiempo también puede importar —dijo al fin.
—Sí.
—Pero no basta.
—No.
—¿Y cómo llevas eso?
La miré.
—¿El qué?
—Saber que haces algo y que aun así no alcanza.
La pregunta fue sencilla, directa, sin intención aparente de acorralarme. Eso la hizo bastante más difícil de esquivar.
—Mal —dije.
Lucía parpadeó, quizá sorprendida por la falta de defensa.
—¿Mal?
—Me gustaría darte una respuesta más inspiradora, pero la verdad es que lo llevo mal. Intento que no se note demasiado porque tengo reuniones, presupuestos y gente que espera que parezca convencido de todo. Pero sí. Lo llevo mal.