Donde no se mira Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Estás sonriendo.

—Estoy leyendo.

—Ya. Con cara de estar leyendo algo que no tiene nada que ver con trabajo.

—Déjame vivir.

Lucía: Qué poco convincente.

Evan: Tendré que mejorar.

Lucía: Eso ya lo dijiste una vez.

Evan: Y sigo comprometido con la causa.

Se me escapó una risa breve, y Alex apoyó los codos en la mesa con una cara de satisfacción bastante ofensiva.

—Madre mía.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Lo has dicho con la cara.

—Mi cara está preocupada por la ética periodística.

—Tu cara está cotilleando.

—También.

Miré otra vez el móvil. La invitación seguía ahí, tan educada, abierta y peligrosa como casi todo lo que Evan hacía cuando parecía tranquilo.

—Es un proyecto de la fundación —dije.

—Ya.

—Puede ser útil. Para entender cómo trabajan.

—Claro.

—Y él ha dicho sin prensa.

Alex ladeó la cabeza.

—Eso último no ayuda exactamente a tu argumento.

—No voy a ir como periodista.

—Entonces vas como mujer que cenó con él, tomó una copa con él, casi se besa con él y ahora va a ver un proyecto de su fundación porque él se lo ha pedido.

—Cuando lo dices así, parezco idiota.

—No. Pareces humana. Y eso, cuando intentas tomar decisiones sensatas, suele ser un problema.

Me apoyé en la silla y miré la pantalla del ordenador.

North Pier Development seguía allí, con sus sociedades asociadas y sus almacenes cerca de Evans Ave.

Y, justo al lado de todo eso, aunque solo fuera en mi cabeza, estaba Evan ofreciéndome una entrada a su mundo.

Uno que, hasta donde yo sabía, no tenía nada que ver con aquello.

Y esa coletilla, por sí sola, ya me tocó bastante las narices.

—Si voy —dije despacio—, no puedo usar nada sin aclararlo antes.

—Obvio.

—Y si veo algo relevante para el caso…

—Lo separas. Lo documentas por otra vía y lo hablas con Martin.

—Qué fácil suena todo cuando lo dices tú.

—Porque yo no me estoy liando con el dueño de la fundación.

Le lancé un bolígrafo y lo esquivó con una tranquilidad irritante.

—No me estoy liando con nadie.

—Perdona. Se me olvidaba que todavía estáis en la fase de miraros como si besaros fuera a romper el sistema financiero.

—Eres insoportable.

—Y necesario. Me lo dices mucho.

—Cada vez con menos convicción.

Alex sonrió, pero enseguida se puso un poco más serio.

—Ve si quieres ir. Pero no te hagas trampas. Ni con él ni con el caso.

Esta vez no lo dijo para picarme. Y quizá por eso me dejó sin una respuesta rápida.

—No sé si sé hacer eso.

—Por eso te lo estoy diciendo antes de que sea tarde.

Miré el mensaje de Evan otra vez.

Podía decir que no. Decirle que tenía trabajo, que estaba cansada o que mañana no me venía bien, aunque las tres cosas sonaran más a excusa que a verdad.

Lo razonable habría sido ordenar el caso primero y mantener a Evan en otra carpeta, una que no se mezclara con Bayview, almacenes y empresas con nombres demasiado grises.

Pero también era verdad que quería verlo.

Quería verlo fuera de los espacios donde parecía tenerlo todo medido al milímetro.

Verlo en un sitio suyo, sí, pero no preparado para impresionar, sino ligado a algo que de verdad le importara.

Necesitaba saber si el Evan que había visto en la cena existía también allí, cuando no tenía una copa delante ni a Samantha con la tableta marcando distancias.

Y eso, como argumento profesional, era lamentable.

Como argumento personal, en cambio, empezaba a pesar demasiado.

Lucía: Vale, iré.

Evan tardó un poco más esta vez.

Evan: Mañana a las diez. Te mando la dirección.

Lucía: ¿Puedo llevar libreta?

Evan: Solo si prometes no usarla contra mí.

Lucía: No prometo cosas imposibles.

Evan: Entonces ven sin libreta.

Me quedé mirando la pantalla con una sonrisa que no conseguí borrar a tiempo.

Alex suspiró.

—Estamos perdidos.

—Estoy trabajando.

—Estás aceptando una cita disfrazada de visita institucional.

—Eso suena larguísimo para una agenda.

—Podemos poner «visita con conflicto ético incluido».

—No sé qué voy a ponerme.

—Eso confirma mi teoría.

—Cállate.

Volví al ordenador, aunque tardé bastante en conseguir que las letras dejaran de mezclarse con el mensaje de Evan. Martin pasó junto a nuestra mesa y dejó una carpeta con expedientes viejos.

—Archivo de redadas en la zona —dijo—. Leed antes de hacer nada creativo.

—Nos tiene en muy alta estima —comentó Alex.

—Os tengo vivos, que es más útil.

Cuando se fue, abrí la carpeta. Había informes, recortes, notas internas y fotografías de mala calidad.

No era mucho, pero bastó para devolverme al caso.

Mateo Rivas aparecía en dos notas más antiguas, siempre cerca de gente equivocada, nunca en el centro.

La nave al sur de Evans no salía con dirección exacta, pero había referencias a inspecciones, movimientos nocturnos y una denuncia anónima que no había llegado a ninguna parte.

Seguí leyendo hasta que el café se enfrió y el estómago me recordó que una tostada de pie no era una estrategia alimenticia, por mucho que Evan, mi madre y ahora Alex parecieran haber formado un comité internacional para vigilarme.

Aun así, el día había cambiado.

No porque tuviera respuestas. No las tenía. Tenía nombres sueltos, empresas aburridas, una fuente asustada, un almacén que no debía visitar sola y un fotógrafo que probablemente me ataría al asiento si se lo pedía Martin por escrito.

También tenía una dirección que Evan iba a mandarme.

Y eso era lo que me incomodaba.

Porque no sabía si al día siguiente iba a entrar en un proyecto de la fundación para entender mejor a Evan, para reunir información que quizá nunca pudiera usar o para comprobar si estaba mezclando cosas que debería mantener separadas.

Miré el documento abierto en la pantalla.

Bayview.

North Pier Development.

Mateo Rivas.

El almacén al sur de Evans.

Aún no había ninguna línea clara que uniera esas cosas. Ni una prueba. Ni siquiera una sospecha decente. Solo nombres, direcciones a medias y demasiadas piezas sueltas para una mañana.

Y, como si eso no fuera suficiente, la visita a la fundación me rondaba por la cabeza más de lo que pensaba reconocer.

Ante Alex, desde luego, ni borracha de café.