Donde no se mira Capítulo 15
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Capítulo 15

Lucía

Llegué a la redacción con el segundo café de la mañana en la mano y muy poca intención de fingir que iba a ser el último.

Había días para cuidarse y días para sobrevivir con cafeína y mala gestión emocional. Aquel, claramente, era de los segundos.

Alex entró detrás de mí con la cámara colgada al hombro, las gafas de sol sobre la cabeza y esa cara suya de haber decidido que, si yo pensaba meterme en problemas, al menos iba a tener compañía.

—Ese café no cuenta como comida —dijo.

Me detuve junto a mi mesa y lo miré.

—¿Tú también?

—¿Yo también qué?

—Nada. Que últimamente todo el mundo tiene una opinión muy fuerte sobre mi alimentación.

—Porque tú llamas desayuno a café de dudoso sabor y ansiedad.

—Eso es una descripción bastante injusta.

—Pero precisa.

Dejé el vaso junto al teclado y saqué la libreta del bolso. La abrí por la página de Marisol y repasé las notas: almacén al sur, movimiento nocturno, gente preguntando sin dar nombres, Mateo Rivas hablando demasiado.

Sobre todas ellas seguía mandando la misma frase:

No empezó con los muertos.

Alex se apoyó en el borde de mi mesa y bajó la vista.

—¿Has dormido algo?

—Lo suficiente para no ser legalmente peligrosa.

—No sé si eso me tranquiliza.

—No era mi intención.

Sonrió, pero no hizo más bromas. Eso, viniendo de él, siempre significaba que el tema pesaba de verdad. Se inclinó un poco para leer mejor mis notas, y durante unos segundos solo se oyó el ruido de teclados, teléfonos y conversaciones a medias que llenaba la redacción cada mañana.

A mí solía gustarme ese ruido. Me ordenaba. Me recordaba que, por mucho que una llegara con la cabeza hecha un lío, allí todo terminaba convirtiéndose en preguntas, llamadas, datos, nombres escritos en un documento compartido y alguien pidiendo una fuente más antes de publicar.

Ese día, sin embargo, el ruido no consiguió centrarme del todo.

Una parte de mí seguía en Bayview, mirando aquella calle estrecha que bajaba hacia las naves viejas.

La otra, bastante menos profesional, seguía en un coche negro frente a mi portal, pensando que Evan había tenido demasiada calma para no besarme y que eso empezaba a parecerme casi peor.

—Lucía.

Parpadeé y me encontré con Alex mirándome como si llevara un rato esperando a que volviera al planeta.

—¿Qué?

—Te he preguntado si Marisol te mandó algo más.

—No. Solo la zona.

—Sur de Evans.

—Cerca de las naves viejas.

—Muy amplio.

—Es lo que quiso darme. O lo que se atrevió.

Asentí y me senté. Encendí el ordenador, abrí el mapa y marqué la zona aproximada. Alex arrastró una silla hasta mi mesa y se sentó a mi lado sin pedir permiso, que era una de sus formas favoritas de ayudar y de molestar al mismo tiempo.

—Tenemos que cruzar propiedades —dijo.

—Locales vacíos, cambios de titularidad, licencias, denuncias, llamadas a policía, empresas de seguridad, permisos de obra…

—Y redadas cerca de Third Street.

—Y Mateo Rivas.

Alex abrió su portátil.

—Voy a buscar permisos de obra, contratistas y empresas que hayan trabajado por la zona. Tú mira registros de propiedad y archivo.

—Me encanta cuando finges que mandas.

—No finjo. Lo intento. Tú lo pones difícil.

—Qué bonito. Ahora la culpa también es mía.

—Céntrate.

Me habría ofendido si no tuviera razón.

Durante la siguiente hora hicimos lo que mejor se nos daba: tirar de hilos que quizá no llevaban a ninguna parte y fingir que eso no era frustrante.

Encontramos varias naves a nombre de sociedades con nombres tan sosos que parecían pensados para que nadie se fijara demasiado.

Una estaba vinculada a una constructora que había cambiado de nombre dos veces en siete años.

Otra figuraba en proceso de embargo. La tercera llevaba cerrada oficialmente más de una década, aunque en las imágenes recientes se veían coches aparcados delante y una puerta lateral bastante menos abandonada de lo que decía el registro.

No era suficiente para publicar nada, ni de lejos. Pero ya era más que una sensación, y al principio una se agarraba mucho a esas cosas.

—Aquí hay algo —dijo Alex, girando el portátil hacia mí.

En la pantalla había una ficha antigua de una empresa de construcción: North Pier Development.

La dirección fiscal no estaba en Bayview, sino en una oficina del distrito financiero.

No me sonaba de nada, pero una de sus sociedades asociadas había comprado dos almacenes cerca de Evans Ave años atrás y luego los había traspasado a otra empresa con un nombre todavía más gris.

—¿Te suena? —preguntó.

—No.

—A mí tampoco. Eso no significa que sea inocente. Solo que eligieron un nombre aburridísimo.

—Buen método para pasar desapercibido.

—Exacto.

Copié el nombre en un documento y añadí una nota: revisar donaciones, contratos municipales y vínculos con programas sociales.

Me quedé mirando esa última parte un momento y fue inevitable pensar en Evan. No porque hubiera nada contra él, sino porque su mundo estaba hecho, al menos en parte, de esas palabras.

Y lo que me molestó no fue pensar en él, sino darme cuenta de que mi primer impulso había sido protegerlo de una sospecha que todavía ni siquiera existía.

—No pongas esa cara —dijo Alex.

—¿Qué cara?

—La de «esto no me gusta y todavía no sé por qué».

—Tengo muchas caras.

—Esa la usas bastante.

Antes de que pudiera contestarle, Martin apareció junto a mi mesa con una taza en la mano y el ceño de quien ya había leído algo que no le gustaba.

—¿Qué tenemos? —preguntó.

Alex y yo nos miramos.

—Poco y demasiado —dije.

—Mi combinación favorita —respondió Martin, sin ningún entusiasmo—. Dame la versión útil.

Le resumí lo de Marisol sin nombrarla. Le hablé de los coches, los locales, la gente preguntando por personas que ya no estaban, Mateo Rivas, el almacén al sur de Evans y la frase que se me había quedado dando vueltas desde la cafetería.

—No empezó con los muertos —dijo Martin.

—Eso me dijo.

—¿Fuente publicable?

—No.

—¿Segunda fuente?

—Todavía no.

—¿Documentos?

—Estamos en ello.

Martin bebió café. No hizo ningún gesto dramático, pero su silencio tuvo bastante de respuesta.

—No quiero una pieza basada en el miedo que sienten los del barrio —dijo.

—Yo tampoco.

—Ni quiero que os metáis en unas naves a hacer el imbécil porque alguien os ha dicho que hay movimiento.

—Qué poca fe —murmuró Alex.

Martin lo miró.

—En ti tengo fe. En tu instinto de supervivencia, menos.

—Justo.

—Si vais, lo hacéis de día, con cámara, avisando, y si algo no cuadra, os vais. No quiero heroínas, ni fotógrafos mártires, ni llamadas de comisaría un domingo por la mañana.

—Qué específico todo —dije.

—Me gusta ahorrar llamadas incómodas —respondió Martin.

Me apoyé en el respaldo de la silla.

—Hay algo ahí, Martin.

—Lo sé. Por eso no quiero que lo estropeéis corriendo. Si esto viene de hace tiempo, como parece, no se va a resolver porque lleguéis diez minutos antes a una puerta cerrada.

Aquello me fastidió porque tenía razón.

Martin señaló mi pantalla.

—Necesito registros, empresas y una cadena clara: quién compró, quién vendió, quién alquila, quién paga seguridad y quién aparece en las redadas aunque salga sin cargos. Y a Mateo Rivas localizadlo antes de convertirlo en pieza clave solo porque alguien ha dicho que habla demasiado.

—Estamos en eso.

—Bien. Y tú —añadió, mirándome a mí—, cuidado con las fuentes que tienen miedo. A veces dicen menos de lo que saben. A veces dicen más de lo que pueden sostener. Las dos cosas son peligrosas.

—Lo sé.

—Pues acuérdate cuando te entren ganas de correr.

Se fue antes de que pudiera defenderme, seguramente porque no le habría creído de todos modos.

Alex esperó a que Martin estuviera lo bastante lejos para hablar.

—Ha estado suave.

—¿Eso era suave?

—No ha usado la palabra desastre.

—Cierto. Estamos creciendo como equipo.

Volvimos al documento. Durante un rato trabajamos en silencio, cada uno en su pantalla.

Alex encontró una nota pequeña de hacía cuatro años sobre una inspección municipal en un taller cerca de Evans.

Yo localicé dos cambios de titularidad que no probaban nada, pero olían raro, y el nombre de una consultora que había participado en varios proyectos de «revitalización comunitaria» en barrios vulnerables.

La palabra revitalización me empezó a caer bastante mal. En algunos informes sonaba demasiado a arreglar un barrio sin preguntar demasiado a la gente que vivía allí.

El móvil vibró junto al teclado. Lo miré por reflejo.

Evan: ¿Cómo va el día?

Lucía: Con demasiadas cosas abiertas y ninguna especialmente tranquila.

Evan: Eso suena grave.

Lucía: Profesional, sobre todo.

Evan: Entonces quizá esto cuente como algo profesional. Dijiste que querías entender cómo funcionan las cosas desde dentro.

Me quedé quieta, con los dedos sobre el teclado. Alex levantó la vista de su pantalla.

—Ha escrito.

—No sabes si es él.

—Sí lo sé.

—Podría ser mi madre.

—Con tu madre no pones esa cara.

—Mi madre me saca muchas caras.

—Esa no.

Ignorarlo habría sido una opción adulta. También habría sido inútil, porque el mensaje ya me había descolocado lo suficiente como para que Alex siguiera mirándome con esa mezcla de diversión y preocupación.

Cogí el móvil.

Evan: Mañana visitaré uno de los proyectos de la fundación. Una visita privada, sin discursos ni cámaras.

Evan: Puedes venir, si quieres.

Leí los mensajes dos veces. No había nada explícito, nada que pudiera señalar y decir: esto es una cita. Era una invitación razonable, incluso profesional, si una se esforzaba lo suficiente.

Pero yo ya empezaba a conocer a Evan. Sabía dejar las frases en ese punto exacto en el que parecían inocentes, pero no lo eran del todo.

Lucía: ¿Eso es una invitación profesional o una forma elegante de pedirme otra cita?

La respuesta llegó antes de que pudiera arrepentirme.

Evan: Estoy intentando que parezca lo primero.

Me mordí la sonrisa, tarde y mal, porque Alex ya se estaba inclinando hacia mí con cara de querer leer por encima de mi hombro.