Donde no se mira Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

No respondí enseguida. Abrí un correo, lo cerré, moví un bolígrafo que no necesitaba mover y terminé mirándola otra vez.

—Lucía no es un riesgo profesional.

—Todavía.

Aquello me molestó más de lo que debería. Samantha lo notó, claro.

—Me cae bien —añadió.

—Curiosa forma de demostrarlo.

—Precisamente porque me cae bien te lo digo. No parece una mujer fácil de manejar.

—No estoy intentando manejarla.

—Bien. Porque creo que se daría cuenta antes de que tú terminaras de justificarlo.

Me reí por lo bajo, aunque no quería darle la satisfacción.

—Seguramente.

Samantha dejó la tablet sobre la mesa y apoyó una mano junto a ella.

—No te estoy diciendo que no la veas. Tampoco estoy diciendo que lo hagas. Te estoy diciendo que sepas qué estás haciendo.

—No lo sé.

La respuesta salió más honesta de lo previsto.

Samantha no aprovechó el hueco para rematarme, lo cual, viniendo de ella, ya era casi una forma de cariño.

—Eso ya es algo —dijo.

—Pensé que ibas a decir que era un problema.

—También es un problema. Pero prefiero un problema reconocido a uno disfrazado de plan.

Miré hacia la ventana. La ciudad empezaba a aclararse al otro lado del cristal, con una luz limpia de mañana que dejaba los edificios más ordenados de lo que seguramente estaban.

—No sé qué estoy haciendo —dije, más bajo—. Pero anoche no quise que terminara.

Samantha no contestó enseguida.

Cuando la miré, seguía seria, aunque algo en su expresión se había suavizado apenas.

—Eso sí me preocupa.

—Lo sé.

—Y también me alegra un poco.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—Un poco. No te acostumbres.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Recogió la tablet y volvió a la agenda como si acabáramos de hablar de una modificación de presupuesto.

—Tienes diez minutos antes de que entren los del comité. La versión resumida está en la carpeta azul. La larga también, pero no la abras si aprecias la mañana.

—La aprecio.

—Entonces no la abras.

Fue hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

—Evan.

—¿Sí?

—Si vas a verla otra vez, no la trates como una variable que puedes controlar. No creo que le siente bien.

No supe qué responder, y Samantha tampoco pareció necesitarlo. Salió del despacho y cerró la puerta con suavidad, dejándome solo con la carpeta y con una frase que iba a costarme más ignorar que cualquiera de los informes.

No la trates como una variable que puedes controlar.

Como si fuera tan fácil.

Lucía no era alguien a quien pudiera colocar en una categoría cómoda.

Hacía una pregunta como si no tuviera demasiada importancia y, cuando quería darme cuenta, ya había tocado algo que yo creía mejor guardado.

No parecía hacerlo para ganar, ni para incomodar, ni para demostrar que podía. Lo hacía porque miraba de verdad.

Y anoche, en más de un momento, yo había querido que siguiera mirando.

Eso era lo que no sabía dónde colocar.

Abrí la carpeta y empecé a revisar los informes. Todo estaba ordenado en columnas, notas al margen, porcentajes y objetivos. Esa clase de documentos solía ayudarme porque me daba algo concreto a lo que agarrarme.

Aquella mañana no funcionó demasiado bien.

Cogí el móvil. La conversación de la noche anterior seguía allí. La releí con una atención ridícula para algo que yo mismo había escrito pocas horas antes. No había nada nuevo, claro. Solo las mismas frases y esa manera suya de no darme demasiado, pero tampoco cerrar la puerta.

Escribirle un buenos días me pareció demasiado evidente. No escribirle, en cambio, empezó a parecer una forma bastante pobre de fingir control.

Terminé mandándolo.

Lucía contestó unos minutos después, y la conversación derivó en una advertencia sobre desayunar algo que no fuera café y en una sospecha bastante razonable por su parte de que yo estaba formando una alianza con su madre. No fue gran cosa. Unos mensajes de mañana, casi una tontería.

Aun así, cuando Samantha volvió para avisarme de que el comité estaba subiendo, yo seguía con el móvil en la mano y una sonrisa que no llegué a esconder a tiempo.

—Está subiendo el comité —dijo.

Guardé el móvil demasiado tarde. Samantha lo vio, claro. Ella lo veía todo.

—No digas nada —le advertí.

—No iba a hacerlo.

—Eso nunca es cierto.

—Lo sé.

Cogí la carpeta azul y me levanté. Samantha caminó a mi lado hacia la sala de reuniones sin mencionar el teléfono, lo cual fue casi peor.

—¿La versión corta? —pregunté.

—Marcada en amarillo.

—¿La larga?

—Oculta por tu bien.

—Aprecio tu protección.

—La subestimas a menudo.

Entramos en la sala a las nueve en punto. Seis personas alrededor de la mesa, dos conectadas por videollamada y una presentación abierta en la pantalla con demasiados gráficos.

Durante la primera media hora funcioné.

Hablé de impacto, de sostenibilidad, de ampliar programas sin comprometer recursos, de la necesidad de no prometer plazos que no pudiéramos cumplir. Respondí preguntas, corregí un dato, frené una propuesta demasiado ambiciosa y sonreí cuando tocaba.

La versión de mí que todos esperaban seguía allí.

Lo difícil fue notar que, por debajo, algo seguía fuera de sitio.

Alguien hablaba de objetivos trimestrales y yo pensé en Lucía acusándome de estar menos estirado.

El director financiero señaló una desviación presupuestaria y recordé la forma en que me había dicho que no estaba en una entrevista.

Una de las consejeras explicó una estrategia de comunicación que no necesitaba tantas palabras, y me descubrí pensando en la manera en que Lucía había guardado silencio cuando entendió que mi padre era una puerta cerrada.

No había insistido ni empujado.

Y yo, que llevaba años agradeciendo que la gente no preguntara, había querido contarle más.

Eso me inquietó mucho más que cualquier pregunta directa.

—Evan.

Cuando oí mi nombre, mi mente regresó a la reunión.

El director financiero me miraba desde el otro extremo de la mesa con el gesto paciente de quien acababa de pedirme una opinión y esperaba que yo hubiera escuchado.

—¿Te parece viable el calendario? —repitió.

Miré la pantalla sin tener ni idea de qué calendario hablaba.

Samantha deslizó hacia mí una hoja con dos palabras escritas en el margen: «Fase dos».

Bendita mujer.

—No con esos plazos —dije sin perder el tono—. Si queremos hacerlo bien, la segunda fase tiene que moverse al próximo trimestre. Prefiero ajustar ahora que anunciar algo que luego tengamos que corregir.

El director financiero asintió, alguien tomó notas y la reunión siguió. Samantha no me miró, pero bajo la mesa me dio un toque muy leve con la punta del zapato. Podía ser una advertencia o una burla; con ella, muchas veces eran lo mismo.

Cuando la reunión terminó, todos recogieron sus cosas. Yo me quedé junto a la ventana mientras los demás se marchaban, con la carpeta todavía en la mano y la sensación incómoda de haber estado allí solo a medias.

Samantha esperó a que saliera la última persona antes de acercarse.

—Has estado a punto de perderte cinco minutos enteros.

—Pero no lo he hecho.

—Gracias a mí.

—No pensaba negarlo.

—Eso ya es progreso.

Me giré hacia ella.

—¿Vas a añadir algo más?

—Sí.

—Adelante.

—No sé qué va a pasar con Lucía Morales.

—Yo tampoco.

—Lo sé. Se te nota.

Miré hacia la ciudad otra vez.

—Eso no es bueno.

—No necesariamente.

Aquello me hizo mirarla.

—¿Desde cuándo eres optimista?

—No soy optimista. Solo digo que no saber algo no siempre es una tragedia. A veces solo significa que aún no lo has estropeado.

Solté una risa breve.

—Qué reconfortante.

—Hago lo que puedo.

Samantha recogió su tableta de la mesa y consultó la pantalla.

—Tienes la llamada con legal en diez minutos. Después el almuerzo. Luego revisarás el informe de donantes, aunque intentarás convencerme de que puedes hacerlo mañana. No podrás.

—¿Ya hemos tenido esa conversación?

—Muchas veces.

—Entonces supongo que perderé.

—Con dignidad, espero.

Se dirigió hacia la puerta, pero volvió a detenerse.

—Evan.

—¿Qué?

—Me alegro de que fuera bien.

No lo dijo con ironía. Eso fue lo extraño. Tampoco con ternura evidente, porque Samantha tenía límites muy claros. Lo dijo de forma sencilla, casi práctica, como si reconocerlo también formara parte de su trabajo.

—Gracias —respondí.

Ella asintió y salió.

Me quedé solo en la sala, un momento más, con la sensación de haber vuelto tarde a mi propio sitio.

La mañana seguía avanzando. La agenda seguía intacta.

Mi vida, vista desde fuera, tenía la misma forma de siempre: reuniones, llamadas, decisiones, personas esperando que dijera lo correcto y una versión de mí que sabía hacerlo sin demasiado esfuerzo.

Todo seguía funcionando, pero eso no era lo inquietante.

Lo inquietante era que, por primera vez en mucho tiempo, mientras volvía a mi despacho, me costó recordar por qué era tan necesario que siguiera funcionando exactamente igual.