Capítulo 14
Evan
Me desperté antes de la alarma.
No mucho antes, apenas lo suficiente para darme cuenta de que la habitación seguía a oscuras y de que mi cabeza ya había empezado el día sin consultarme.
Durante unos minutos me quedé mirando el techo, con esa sensación incómoda de quien sabe que debería estar pensando en la agenda, en la reunión del comité financiero o en la llamada con el equipo legal, pero acaba volviendo una y otra vez al mismo sitio.
Volví a la acera frente a su portal, a las llaves cayéndose al suelo y a Lucía entrando después de decirme buenas noches con una voz que todavía no había conseguido sacarme de la cabeza.
Pero, sobre todo, volví al coche. A su pregunta, a mi respuesta y a esa cercanía que no llegó a romperse porque yo decidí hacer lo correcto cuando mi cuerpo ya había dejado de estar de acuerdo.
Recordé la forma en que dejó de moverse al entender lo que acababa de decirle. Su mano cerca de la mía. Su boca demasiado presente para seguir fingiendo que aquello era solo una despedida.
Cerré los ojos para intentar apartarla, pero conseguí justo lo contrario. Sin la habitación delante, el recuerdo de Lucía se volvió más claro.
La vi en la mesa, sosteniéndome la mirada como si no supiera lo fácil que me estaba desordenando.
La vi en el ascensor, fingiendo que los números eran más interesantes que la tensión que se nos había metido entre la piel y la ropa.
Y la vi en el coche, murmurando que sería mala idea mientras se quedaba allí, cerca, con la respiración distinta y esa forma de mirarme que me dejaba muy poco margen para seguir siendo prudente.
Me incorporé en la cama cabreado conmigo mismo.
No.
No iba a empezar el día así.
Fui a la ducha con la intención bastante optimista de dejar la noche anterior bajo el agua caliente y salir de allí convertido en una persona funcional.
Durante un minuto casi funcionó.
El vapor empañó el cristal, el agua me cayó sobre la nuca y me obligué a repasar la agenda del día como si los nombres, las reuniones y los horarios pudieran ocupar el sitio exacto donde Lucía se había instalado sin permiso.
No pudieron. La agenda se deshizo en cuanto Lucía volvió a imponerse: su boca, la voz más baja al decir buenas noches, el roce de sus dedos al coger las llaves y esa quietud suya frente a mí, tan tensa, tan cerca, como si la prudencia solo estuviera aguantando por orgullo.
Y no solo por el mío.
Apreté una mano contra el azulejo y dejé caer la cabeza hacia delante.
Mi cuerpo no estaba interesado en mis argumentos.
Llevaba toda la noche escuchando bastante menos que mi cabeza.
Intenté respirar despacio. Pensar en la reunión. En el comité financiero. En cualquier cosa que no fuera Lucía mirándome desde el asiento del coche, con la boca demasiado cerca y esa forma suya de decir que algo era una mala idea sin hacer ningún esfuerzo real por apartarse.
No sirvió.
El agua me resbalaba por los hombros, por el pecho, por el abdomen, y la tensión que llevaba horas conteniendo se volvió demasiado concreta para seguir ignorándola.
Bajé la mano y me rodeé el pene con los dedos, ya duro, caliente, más preparado para ella de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta.
El primer roce me arrancó un gruñido, casi molesto.
Porque ni siquiera allí, solo, conseguía librarme de Lucía; al contrario, estaba en mi cabeza, en mi piel, en cada músculo que se tensó cuando moví la mano despacio, de arriba abajo…
intentando imponer un ritmo que no tardó nada en parecerme inútil.
Pasé el pulgar por el glande, por la abertura, y cerré los ojos con fuerza al imaginar su mirada bajando hasta mi boca.
Su respiración cambiando. Sus dedos agarrándose a mi camisa si por fin hubiera dejado de hacer lo correcto y la hubiera besado allí, contra la puerta del portal.
Apreté los dedos alrededor del pene.
Más fuerte.
El agua siguió cayendo, caliente, constante, mientras mi mano subía y bajaba con una lentitud que al principio parecía control y enseguida dejó de serlo.
Con la otra mano me acaricié los testículos, despacio, sintiendo cómo el placer se concentraba y me dejaba la respiración menos ordenada, más baja, más ronca de lo que habría querido para una mañana que se suponía destinada a informes y reuniones.
Pero Lucía no tenía nada que ver con lo que se suponía.
La imaginé soltando las llaves, no por torpeza, sino porque yo la había acercado contra la puerta.
La imaginé abriendo la boca bajo la mía, dejando de discutir lo justo para gemir contra mis labios.
La imaginé con la espalda pegada al portal, una mano en mi nuca y la otra cerrada en mi camisa, tirando de mí como si también se hubiera cansado de fingir prudencia.
Moví la mano más rápido.
El placer me subió por la columna, caliente y urgente.
Apreté la mandíbula, apoyé mejor la frente contra el azulejo y seguí acariciándome, de arriba abajo, con el pulgar volviendo una y otra vez al glande, extendiendo la humedad, apretando lo justo para que el cuerpo me recordara que todo aquello llevaba demasiadas horas esperando.
Lucía diciendo mi nombre sin una sola broma alrededor.
Eso fue lo que terminó de romperme.
Me corrí con un sonido ronco atrapado entre los dientes, la mano cerrada alrededor del pene y el cuerpo entero tenso bajo el agua.
Durante unos instantes no pensé en la agenda, ni en Samantha, ni en la reunión que me esperaba.
Solo en ella. En su boca. En lo cerca que había estado.
En lo mucho que me había costado no tocarla.
Me quedé apoyado contra la pared, respirando hondo, con el agua bajándome por la espalda y una claridad incómoda abriéndose paso detrás del placer.
Aquello no me calmó. Solo dejó más claro lo que llevaba horas intentando no mirar de frente.
Lucía Morales no se me había quedado solo en la cabeza.
Se me había metido en el cuerpo.
Salí de la ducha con más prisa de la necesaria y me vestí con la rutina de siempre: camisa blanca, traje oscuro, reloj, zapatos, abrigo.
Gestos conocidos, repetidos tantas veces que apenas necesitaban mi atención.
La ropa adecuada no resolvía nada, pero ayudaba a parecer que todo estaba en su sitio.
Aquella mañana, al menos, eso iba a ser necesario.
Llegué a la oficina pasadas las ocho. En recepción me saludaron como siempre. Yo respondí igual. Entré en el ascensor privado, miré el correo en el móvil sin leer de verdad ninguno de los mensajes y salí en mi planta con la sensación absurda de haber llegado al trabajo sin terminar de estar allí.
Samantha estaba en su mesa, por supuesto, y levantó la vista cuando me vio pasar.
—Buenos días.
—Buenos días, Evan.
Seguí hasta mi despacho, pero ella ya se había levantado con la tablet en la mano. No me hizo falta mirar atrás para saber que venía detrás.
Dejé la carpeta sobre la mesa, me quité el abrigo y lo colgué en el armario.
—La reunión del comité financiero sigue a las nueve —dijo—. Henderson ha movido la llamada a las once y media, legal espera comentarios sobre el acuerdo antes de las dos y el almuerzo con los donantes se mantiene, por desgracia para todos.
—¿Por desgracia para todos?
—Para ti, porque tendrás que escucharlos. Para mí, porque tendré que evitar que se note cuánto te aburres. Para ellos no. Ellos estarán encantados consigo mismos.
No pude evitar sonreír.
—Qué generosa.
—Hoy me he levantado de buen humor.
Dejó una carpeta azul junto al ordenador. Luego no se movió.
Ese era el problema con Samantha. Cuando terminaba con la agenda y seguía allí, lo normal era que la parte delicada de la conversación estuviera a punto de empezar.
Encendí el ordenador.
—¿Algo más?
—Sí.
—Adelante.
—La cena fue bien.
No era una pregunta. Con ella casi nunca lo era.
Levanté la vista.
—Veo que has decidido saltarte la parte en la que finges que no te interesa.
—La he considerado innecesaria. Nos conocemos desde hace demasiado tiempo.
—Fue una cena.
—Eso ya lo sabía. La palabra estaba en la agenda, aunque no la pusimos en la agenda.
—Muy profesional por nuestra parte.
—No he dicho que lo fuera.
Me senté y abrí el correo, más por tener algo delante que porque quisiera leerlo.
—Fue bien —dije al final.
—Eso también lo sabía.
—¿Por qué preguntas, entonces?
—No he preguntado.
La miré.
—Samantha.
—Estás de buen humor —dijo, como si estuviera informando de una incidencia técnica—. Has sonreído dos veces desde que has entrado y todavía no has abierto ningún informe de impacto social. Es llamativo.
—Quizá el informe de impacto social me alegre el día.
—Por favor, no insultes mi inteligencia tan temprano.
Me recosté en la silla. Con Samantha era inútil fingir demasiado. Podía intentarlo por dignidad, pero no porque funcionara.
—No pasó nada.
—Esa frase suele significar que pasó algo que todavía no quieres llamar de ninguna manera.
—No pasó nada que tengas que gestionar.
—Eso no es lo mismo.
—No, pero debería bastarte.
Samantha ladeó la cabeza con esa calma suya que tantas veces precedía a una verdad incómoda.
—Es periodista, Evan.
—Lo sé.
—Y tú eres tú.
—También lo sé.
—Entonces entenderás por qué me preocupa.
La frase no sonó dura. Samantha podía ser seca, práctica y a veces insoportable, pero no era cruel.
Su preocupación no venía del juicio fácil ni del deseo de controlar mi vida privada, aunque a veces la línea entre una cosa y otra se le desdibujara bastante.
Venía de conocer demasiado bien lo que podía romperse si alguien miraba en el lugar equivocado.
O si yo dejaba que alguien se acercara demasiado.
—No fue trabajo —dije.
Samantha me observó durante unos segundos.
—Eso no me tranquiliza.
—Ya imaginaba que no.
—Si hubiera sido trabajo, tendríamos protocolos, límites y posibilidad de corregir daños. Si no fue trabajo, el margen de error depende de ti, y ya sabes que esa categoría me da poca paz.
—Gracias por la confianza.
—No hablo de capacidad. Hablo de implicación.