Capítulo 13 #2
—No he dicho que lo seas. Te estoy diciendo que aquí saber preguntar no siempre basta.
—¿Puedes mandarme la zona?
—Después. No desde aquí.
—Vale.
Marisol bebió café. Tenía las manos firmes, pero la mirada no dejaba de ir a la puerta cada pocos segundos.
—¿Por qué has aceptado hablar conmigo?
—Porque alguien va a escribir sobre esto. Y prefiero que lo escriba alguien que al menos pregunte antes de decidir.
Me quedé callada.
Aquello no era exactamente un elogio, pero lo sentí como una responsabilidad bastante más pesada.
—Haré lo que pueda.
—Eso espero. Pero no escribas como si hubiese empezado ayer.
Ahí estaba. No era una revelación, ni un nombre, ni una prueba. Pero era lo más parecido a una dirección que Marisol podía darme sin ponerse a sí misma ni a nadie más en el centro de la diana.
—No empezó con los muertos —añadió—. Los muertos solo hicieron que todos miraran.
Sentí un escalofrío de esos que no tienen nada que ver con el frío.
—Eso sí puedo mirarlo.
—Pues míralo bien.
La frase me trajo a mi padre sin avisar. No entero. Solo una imagen: su mano en mi hombro, su voz diciéndome que mirara bien, que cuando algo no encajaba, se notaba aunque todavía no supieras por qué.
Bajé la vista a la taza. No quería tirar de ese hilo. No allí.
Marisol pareció darse cuenta de que algo me había tocado, pero no preguntó. Se lo agradecí.
—Tengo que irme —dijo.
—¿Puedo contactarte otra vez?
—Yo te contactaré.
—Eso me deja poco margen.
—Es la idea.
Sacó unas monedas del bolsillo y las dejó junto a la taza.
—No hace falta, invito yo.
—No quiero deberte nada.
—Un café no es una deuda.
—Aquí todo puede convertirse en una deuda si lo mira la persona equivocada.
No supe qué contestar.
Marisol se levantó y se puso la chaqueta.
—Te mandaré la zona del almacén. No la dirección. La zona. Y no vayas sola.
—Trabajo con un fotógrafo bastante pesado.
—Pues llévatelo.
Me levanté también.
—Gracias por hablar conmigo.
Marisol me sostuvo la mirada.
—No hagas que me arrepienta.
Se fue antes de que pudiera prometerle nada.
Me quedé en la mesa, con el café ya frío y la sensación de que Marisol acababa de dejarme algo encima sin decirlo del todo. Afuera, Bayview seguía moviéndose como antes: coches, gente con bolsas de la compra, un autobús parando en la esquina, dos críos riéndose de algo en la puerta de una tienda.
Todo parecía igual que cuando había entrado, pero yo ya no lo miraba igual.
Saqué la libreta del bolso por fin y escribí:
No empezó con los muertos.
Debajo:
Almacén al sur.
Movimiento nocturno.
Gente preguntando sin dar nombres.
Mateo Rivas: habla demasiado.
Miedo anterior.
No era una historia todavía. Ni siquiera una pista válida. Era un conjunto de cosas que podían no significar nada por separado, pero que juntas empezaban a señalar hacia algún sitio.
Y, por lo visto, yo tenía bastante poca habilidad para dejar de mirar cuando algo empezaba a señalar.
El móvil vibró.
Alex: ¿Cruasán mediante, sigues viva?
Lucía: Sí.
Alex: Respuesta insuficiente.
Lucía: La fuente ha hablado.
Alex: ¿Bien o mal?
Lucía: Como habla la gente que tiene miedo.
Alex tardó un poco en contestar.
Alex: Quédate en la cafetería. Voy a recogerte.
Lucía: No hace falta.
Alex: No era una pregunta.
Sonreí apenas.
Lucía: Qué mandón.
Alex: Qué viva quieres seguir.
Miré por la ventana. Marisol había desaparecido calle abajo.
Lucía: Me va a mandar una zona. Hay otro almacén.
Alex: No.
Lucía: Todavía no he dicho nada.
Alex: No vas sola.
Lucía: Ya me lo ha dicho ella.
Alex: Dos contra una.
Lucía: Qué pesados sois todos.
Alex: Preferimos estar todos vivos, si puede ser.
La respuesta me quitó la sonrisa, porque tenía razón.
Guardé el móvil y salí de la cafetería.
El frío me recibió en la acera. Me abroché la chaqueta y miré la calle con otros ojos. Había una tienda de empeños, un taller con la puerta medio abierta, una lavandería, un mural descolorido en una pared lateral y una furgoneta blanca aparcada en doble fila con dos hombres dentro.
Pasé de largo con la intención firme de no mirar dos veces.
Me salió regular.
El móvil vibró de nuevo.
Esta vez no era Alex.
Marisol: Sur de Evans Ave. Cerca de las naves viejas. No vayas hoy.
Leí el mensaje y miré hacia una calle más estrecha que bajaba hacia una zona de almacenes.
Sur de Evans Ave.
No estaba tan lejos. Lo cual era una información muy poco conveniente para alguien con mi historial de malas decisiones laborales.
Guardé el móvil.
Y, por una vez en mi vida, hice lo razonable: no fui.
Me giré y volví hacia la cafetería para esperar a Alex. Aquello debería haberme hecho sentir adulta y sensata. En lugar de eso, me dejó con la sensación bastante clara de que la mañana no me había dado una respuesta, sino un sitio al que todavía no podía entrar.
Alex apareció quince minutos después y se arrimó a la acera con cara de haber venido preparado para regañarme antes incluso de bajar la ventanilla.
Abrí la puerta del copiloto y subí.
—No he ido —dije antes de que pudiera hablar.
Alex me miró.
—Vaya.
—¿Qué?
—Nada. Estoy procesando este momento de crecimiento personal.
—Arranca o te tiro el café.
—¿Ese café es tuyo o mío?
—Depende de lo mucho que me irrites en los próximos diez segundos.
—Entonces tuyo. Claramente.
Miró hacia la calle por la que yo había vuelto.
—¿Dónde?
Le señalé con la cabeza.
—Sur de Evans. Naves viejas.
—Ni de coña vamos ahora.
—Ya lo sé.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Me miró de reojo, todavía desconfiando.
—¿Quién eres y qué has hecho con Lucía Morales?
—Estoy cansada.
—Ah. Eso sí me cuadra.
Saqué la libreta y se la pasé. Alex leyó mis notas sin hacer bromas. Eso, en sí mismo, ya decía bastante.
—Mateo Rivas habla demasiado —murmuró—. Movimiento nocturno en almacén. Gente preguntando por otros. Chavales con dinero. Coches.
Asentí.
—Nada publicable todavía.
—No. Pero hay algo.
—Sí.
Alex cerró la libreta y me la devolvió.
—Vale. Volvemos a la redacción, cruzamos esto con archivo y mañana, si vamos a esas naves, vamos de día, con cámara, avisando a Martin y sin hacerte la heroína.
—Qué cantidad de condiciones.
—Estoy negociando conmigo mismo no atarte al asiento.
—Eso sería ilegal.
—Pero emocionalmente comprensible.
Me reí, aunque no tenía demasiadas ganas.
Alex arrancó el coche. Mientras nos alejábamos, miré por la ventanilla. Bayview seguía ahí, con sus calles grises, sus persianas bajas y su gente caminando como si nada acabara de moverse bajo sus pies.
No parecía un sitio donde acabara de cambiar nada, pero yo ya tenía una zona, varios nombres a medio confirmar y la sensación incómoda de que aquello llevaba tiempo moviéndose delante de todos.
Solo que hasta ahora nadie había querido mirarlo demasiado.