Capítulo 13
Lucía
Dormí poco.
No mal del todo, pero poco. De ese sueño raro en el que el cuerpo se apaga por pura necesidad y la cabeza sigue trabajando por su cuenta, mezclando cosas que no deberían ir juntas: Evan diciendo que quería repetir pronto, tres muertos en Bayview, una trabajadora de un centro comunitario que no quería hablar por teléfono y mis llaves cayéndose al suelo frente a mi portal como si también ellas hubieran decidido perder la compostura.
Cuando abrí los ojos, la noche anterior seguía ahí, pegada a mí de una forma bastante poco práctica.
Tenía un mensaje de Alex.
Alex: Buenos días. Informe de daños.
Solté una risa ronca, todavía medio dormida.
Lucía: Sigo viva.
Alex: Eso lo presuponía. Quiero más detalles.
Lucía: Hay gente que desayuna antes de cotillear.
Alex: No conozco a esa gente. ¿Has soñado con él?
Dejé el móvil sobre el pecho y cerré los ojos un momento.
Qué asco daba la gente que no necesitaba estar presente para ser insoportable.
Lucía: He soñado con trabajo.
Alex: Mentira.
Lucía: No del todo.
Alex: Eso es peor.
Me incorporé en la cama. No pensaba escribirle a Evan. Habíamos hablado la noche anterior, había estado demasiado bien y yo tenía cosas más urgentes que hacer que convertirme en una mujer que sonreía al móvil antes de lavarse la cara.
Bayview, por ejemplo.
Tres muertos y demasiadas preguntas como para empezar el día haciéndome la tonta.
Entonces el móvil vibró.
Evan: Buenos días, Lucía.
Solo eso: un buenos días y mi nombre.
Qué poca vergüenza tenía el hombre.
Me quedé mirando el mensaje más de lo razonable. No tenía nada especial, y ahí estaba precisamente el problema: era educado, sencillo, contenido. Imposible acusarlo de nada.
Justo por eso funcionaba.
Lucía: Buenos días.
Evan: Suerte hoy. Y come algo que no sea café.
Leí el mensaje dos veces.
Lucía: ¿Has hablado con mi madre?
Evan: No. Pero si también cree que el café no cuenta como comida, parece una mujer razonable .
Me tapé la cara con una mano, porque aquello ya era demasiado para las nueve de la mañana.
Lucía: Qué poco me gusta lo rápido que aprendes.
Evan: Todavía no has visto nada.
Bloqueé el móvil y lo dejé en la cama, lejos de mí. Dos palmos, que tampoco hacía falta dramatizar.
Me levanté, me duché y me puse ropa cómoda: vaqueros, camiseta negra, jersey gris y una chaqueta discreta. Nada que gritara «periodista llegando a hacer preguntas incómodas», aunque probablemente mi cara iba a encargarse de eso.
Me hice café, malo como siempre, y me tomé una tostada de pie en la cocina. No por hambre, sino para poder decir, si alguien preguntaba, que había seguido una recomendación alimenticia sin darle demasiada satisfacción a nadie.
A las diez y cuarto salí de casa.
Había quedado con la trabajadora del centro comunitario a las once, en una cafetería pequeña de Bayview. No dentro del centro. Eso lo había dejado claro ella en el mensaje que me envió la noche anterior:
Marisol: Mejor ahí. En el centro hay demasiados ojos.
Se llamaba Marisol Vega. Ese era el nombre que había aceptado darme, aunque también había dejado claro que no podía usarlo todavía. Trabajaba en un centro comunitario de Bayview desde hacía años y conocía a demasiada gente como para hablar sin cuidado.
El trayecto hasta Bayview me ayudó a cambiar de marcha. La ciudad fue dejando atrás las calles más cuidadas y aparecieron avenidas más anchas, talleres, almacenes, solares a medio hacer y negocios que seguían abiertos por pura cabezonería.
Nada excepcional. Nada que gritara peligro. Y, aun así, desde que había abierto el caso, todo parecía pedir una segunda mirada.
Le escribí a Alex antes de bajarme del coche.
Lucía: Ya he llegado.
Alex: Mándame tu ubicación.
Se la mandé.
Alex: Bien. Y si algo se pone raro, me llamas.
Lucía: Que sí.
Guardé el móvil y entré.
Era un local estrecho, con mesas pequeñas, olor a café fuerte y una vitrina con bollería que había visto mejores días. Marisol estaba junto al ventanal, con una taza entre las manos y la mirada puesta en la calle.
Supe que era ella antes de que levantara la vista.
Debía de rondar los cuarenta y tantos. Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño bajo, una chaqueta vaquera sobre una camiseta blanca y unas ojeras que no parecían de una mala noche, sino de una temporada larga.
Cuando me acerqué, me miró de arriba abajo sin disimulo.
—¿Lucía?
—Sí. Marisol, ¿verdad?
—Aquí no.
Me senté despacio frente a ella.
—Vale.
No le pedí otro nombre. No saqué la libreta enseguida. Dejé el bolso en la silla de al lado y esperé.
Marisol miró hacia la barra.
—¿Quieres café?
—Sí.
—Pídelo. Si vamos a estar aquí, al menos parecemos dos personas normales.
Me levanté, pedí un café y volví con la taza en la mano. Marisol no habló hasta que me senté de nuevo.
—Nada de grabadora.
—No la he traído.
—Y nada de mi nombre.
—No voy a usarlo.
—Ni «fuentes del centro comunitario».
—Entonces lo vemos antes. Ahora solo quiero entender qué está pasando.
Marisol me observó un segundo largo.
—Eso dicen todos. Luego escriben lo que necesitan escribir.
—No vengo a venderte que soy diferente —dije—. Vengo a escucharte. Lo que pueda usar, lo hablamos. Lo que no, me ayuda a no escribir una estupidez.
Marisol bajó la vista a su taza. No fue confianza, todavía no, pero sí dejó de mirarme como si estuviera buscando la primera excusa para levantarse.
—La gente está asustada.
—Me dijiste que no era solo por las muertes.
—Porque no lo es.
—¿Cuándo empezó?
Marisol miró por la ventana.
—Hace semanas. Quizá más. Es difícil poner fecha cuando las cosas no empiezan con un disparo.
—¿Qué cosas?
—Coches que no son del barrio dando vueltas por calles donde nadie va si no tiene motivo.
Tipos preguntando por gente que hace años que no aparece por aquí.
Chavales que de pronto tienen dinero para zapatillas nuevas y móviles que no podrían pagar.
Locales vacíos que empiezan a tener movimiento por la noche.
—¿Locales?
—Almacenes, talleres cerrados, garajes. Sitios donde nadie mira mucho porque llevan años igual de feos.
Empecé a ordenarlo por dentro: locales vacíos, cambios de titularidad, denuncias recientes, movimientos nocturnos. Cosas que podían no significar nada o empezar a significarlo todo si aparecían juntas.
—¿Has avisado a la policía?
Marisol soltó una risa seca.
—Claro.
—¿Y?
—Me dijeron que estaban al tanto.
—Eso puede significar muchas cosas.
—Exacto. La mayoría no sirven para nada.
Bebí un poco de café. Estaba fuerte, algo quemado. Mejor que el de mi casa, lo cual tampoco era una competición especialmente difícil.
—Me hablaste de gente que vuelve al barrio después de mucho tiempo.
Su mano se cerró alrededor de la taza.
—Sí.
—¿Quién vuelve?
—Gente que se fue hace años. Algunos porque tuvieron problemas con la ley, otros porque les convenía desaparecer y otros porque entendieron que, si se quedaban, no iban a salir de según qué cosas.
—¿Y ahora han vuelto?
—Se oye eso. O que están mandando recados desde fuera. No sé si son los mismos, pero cuando ciertos nombres vuelven a sonar, el barrio cambia.
—¿Cómo cambia?
—La gente mira más antes de hablar. Los padres van a buscar a los críos aunque ya tengan edad de volver solos. Algunos negocios cierran antes. Otros de pronto tienen clientes a horas raras.
—¿Y las víctimas?
Marisol se quedó callada.
—Una de ellas era un chico —dijo al fin—. No voy a darte el nombre.
—No te lo estoy pidiendo.
—Tenía veintidós años. No era un santo. Aquí casi nadie tiene el lujo de serlo. Pero tampoco era nadie con poder. Era de esos que están cerca de cosas que no controlan.
—¿Crees que lo mataron por estar cerca?
—Creo que, cuando empiezan a moverse cosas grandes, los primeros que caen suelen ser los que menos entienden dónde se han metido.
La frase me dejó fría. No por lo que decía, sino por cómo lo dijo: sin sorpresa, sin dramatismo.
—¿Mateo Rivas te dice algo?
Marisol levantó la vista enseguida. No se sobresaltó, pero reaccionó demasiado rápido para que aquel nombre no significara nada.
—¿Por qué preguntas por él?
—Apareció en una redada cerca de Third Street hace tres semanas. Salió sin cargos. Estamos cruzando datos.
—Mateo habla demasiado.
—¿Lo conoces?
—Conozco a su madre. Y lo suficiente de él para saber que no es tan listo como cree.
—¿Puede estar relacionado con las muertes?
Marisol miró hacia la barra, luego a la puerta.
—Puede estar relacionado con cualquier cosa que prometa dinero rápido y no le obligue a pensar demasiado.
—¿Está en peligro?
—Aquí demasiada gente está en peligro. La diferencia es que algunos todavía no se han enterado.
Me quedé mirándola y resistí el impulso de apuntarlo.
—Anoche dijiste algo: preguntas en sitios donde nadie pregunta nada.
—Han venido preguntando por gente que ya no está. Familiares, conocidos, quién sigue hablando con quién… Ese tipo de cosas.
—¿Policía?
—No.
—¿Seguridad privada? ¿Abogados? ¿Gente de alguna empresa?
—No parecían eso.
—¿Entonces?
Marisol se inclinó apenas hacia mí.
—Gente que sabe cómo preguntar sin preguntar.
Aquello no era suficiente para publicar nada, pero ya no sonaba solo a miedo del barrio.
—Necesito algo más concreto. No para publicarlo ahora. Para saber hacia dónde mirar.
Marisol me observó un rato, calculando cuánto riesgo estaba dispuesta a asumir.
—Hay un almacén —dijo al final.
Se me tensaron los dedos.
—¿El de esta mañana?
—No. Otro.
—¿Dónde?
—No voy a darte la dirección exacta. Te puedo decir la zona. Cerca de unas naves viejas, más al sur. Antes se usaba para guardar material de una empresa de construcción. Lleva cerrado años.
—¿Y ahora?
—Ahora hay movimiento. No siempre, no todas las noches, pero suficiente para que la gente se dé cuenta.
—¿Lo has visto tú?
Marisol apartó la vista hacia la ventana y con eso me dijo bastante más que con un sí.
—No vayas sola —dijo.
Solté una risa sin humor.
—Todavía no he dicho que vaya a ir.
—No hace falta. Tienes cara de hacerlo.
—No soy idiota.