Donde no se mira Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Miré por la ventanilla porque necesitaba dejar de mirarlo a él.

—Ya veremos.

—Es una respuesta prudente.

—Y muy útil.

—No esperaba menos.

El coche giró hacia mi calle y empecé a reconocer las fachadas y los portales. No quería llegar. El pensamiento apareció sin pedir permiso, y fue bastante poco considerado por su parte.

El coche se detuvo frente a mi portal.

—Aquí es —dije, cosa bastante innecesaria.

Evan miró hacia fuera y luego a mí.

—Sí.

Ninguno de los dos se movió al principio. El conductor siguió mirando al frente, bendito profesional, y yo agarré el bolso porque necesitaba hacer algo con las manos.

—Gracias por la cena. Y por la copa. Y por no elegirme nada con humo.

—Ha sido un placer.

—Eso ha sonado muy formal.

—Estoy conteniéndome.

La frase me dejó quieta.

—¿De qué?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Evan me miró, y durante un momento el coche pareció quedarse demasiado pequeño. Su mano seguía apoyada sobre el asiento, cerca de la mía, sin tocarla. La luz de una farola entraba por la ventanilla y le marcaba un lado de la cara.

—De pedirte que no subas todavía —dijo.

Tragué saliva.

—Eso sería mala idea.

—Lo sé.

—Muy mala.

—También lo sé.

—Entonces no lo hagas.

Evan bajó la mirada a mi boca. Fue rápido, lo justo para que yo lo viera y para que mi sentido común decidiera abandonar la conversación. Luego volvió a mis ojos.

—No lo haré.

El problema fue que lo dijo como si le costara.

Y eso me gustó demasiado.

Me bajé del coche antes de hacer algo poco razonable. No deprisa, porque una todavía tenía orgullo, pero tampoco con tanta calma como para ponerme a prueba más de la cuenta.

Evan salió por el otro lado y rodeó el coche.

—No hace falta que me acompañes hasta la puerta.

—Lo sé.

—Evan.

—Solo hasta el portal.

—Eso técnicamente es acompañarme hasta la puerta.

—Técnicamente, sí.

—Eres imposible.

—A ratos.

Caminamos los pocos pasos hasta la entrada. Busqué las llaves en el bolso con más torpeza de la necesaria. Las encontré. Se me cayeron. Por supuesto.

Evan se agachó antes que yo y las recogió.

—Gracias —dije.

Me las tendió y, al cogerlas, nuestros dedos se rozaron. Fue apenas nada, un contacto mínimo que no debería haber significado gran cosa, pero mi cuerpo decidió opinar por su cuenta.

Me quedé quieta con las llaves en la mano. Evan también.

—Lucía —dijo.

No era una pregunta. Tampoco una advertencia. Era mi nombre, dicho bajo, en mitad de una acera, por un hombre que había pasado la noche dejándome ver apenas lo suficiente para que yo quisiera mirar más.

Eso sí era una mala idea.

Me habría gustado poder fingir que no.

—Buenas noches —dije.

La voz me salió más baja de lo previsto. Evan asintió despacio, con esa calma suya que en aquel momento me pareció más esfuerzo que educación.

—Buenas noches.

No me besó. Otra vez. Y ya empezaba a parecerme una falta de respeto.

Entré en el portal sin mirar atrás hasta que la puerta estuvo casi cerrada. Entonces sí lo hice.

Evan seguía allí, junto al coche, con las manos en los bolsillos del abrigo, mirándome como si tampoco tuviera demasiadas ganas de irse.

Luego la puerta se cerró.

Me apoyé contra ella y solté el aire, porque al parecer respirar con normalidad también se me había complicado.

No había pasado nada, técnicamente. Pero había vuelto a casa con algo empezado, algo que no sabía dónde iba, que quizá no debería querer seguir y que, aun así, quería.

Subí las escaleras porque el ascensor tardaba y yo necesitaba moverme. Cuando entré en casa, dejé el bolso en la primera silla que encontré, me quité los zapatos en mitad del salón y caminé hasta la cocina sin saber muy bien para qué.

Abrí la nevera y la miré como si pudiera ofrecerme una solución razonable. La cerré enseguida, porque no tenía hambre; tenía otra cosa bastante más difícil de arreglar con un yogur.

El móvil vibró dentro del bolso y fui a buscarlo demasiado rápido para fingir dignidad. Pensé que podía ser Evan, cosa que me dio bastante vergüenza reconocerme.

Pero era Alex.

Alex: ¿Sigues viva o tengo que empezar a llamar a hospitales caros?

Sonreí mientras me dejaba caer en el sofá, todavía con la chaqueta puesta.

Lucía: Estoy viva.

Alex: Eso no responde absolutamente nada.

Lucía: Hemos cenado, después hemos ido a tomar una copa y me ha acompañado a casa.

Alex: ¿Beso?

Me quedé mirando la pantalla.

Lucía: No.

Alex: Uy.

Lucía: No hagas eso.

Alex: Estás decepcionada.

Lucía: No he dicho eso.

Alex: No hacía falta. ¿Te gusta?

Apoyé el móvil sobre el pecho y miré el techo. Estuve a punto de contestar cualquier tontería, pero Alex me conocía demasiado y yo estaba demasiado cansada para seguir haciéndome trampas.

Lucía: Sí.

Tardó un poco más en responder.

Alex: Vale. ¿Estás bien?

Lucía: Sí. Creo.

Alex: Mañana tienes Bayview. No te vayas a dormir en una nube demasiado alta.

Miré hacia la mesa, donde el portátil seguía dentro del bolso, y pensé en Mateo Rivas, en la trabajadora del centro comunitario y en «gente que vuelve al barrio después de mucho tiempo».

Lucía: Lo sé.

Alex: Bien. Duerme.

Lucía: Buenas noches, Alex.

Reí sola en el sofá, todavía con el móvil en la mano. Entonces volvió a vibrar.

Esta vez sí era Evan.

Evan: He llegado a casa. Gracias por esta noche.

Me quedé mirando la pantalla con una sonrisa que ya no intenté esconder.

Lucía: Gracias a ti. Ha estado bien.

Evan: ¿Bien? Tendré que mejorar la próxima vez.

Lucía: No he dicho que vaya a haber una próxima vez.

Evan: No. Pero tengo fe.

Me tapé la cara con una mano.

Lucía: Buenas noches, Evan.

Evan: Buenas noches, Lucía.

Dejé el móvil sobre el sofá y me quedé mirando el techo otra vez. No había beso, ni promesas, ni ninguna decisión tomada que pudiera señalar con el dedo y decir: aquí empezó todo.

Y, aun así, tenía la sensación de que algo ya había empezado.