Capítulo 12
Lucía
Evan había dicho una copa, y yo decidí agarrarme a eso como si fuera una decisión prudente y no una excusa bastante transparente para no volver todavía a casa.
Caminaba a su lado con el frío metiéndose por debajo de la chaqueta y la cena rondándome en la cabeza de una forma tan poco profesional que hasta mi versión sensata empezaba a mirarme mal.
—Estás muy callada —dijo Evan.
—Estoy calculando cuánto margen tengo para decir que esto sigue sin ser una cita.
—¿Y?
—Voy justa, pero todavía resisto.
Lo vi sonreír de lado.
—Me tranquiliza tu esfuerzo.
—No te emociones. Lo hago por orgullo, no por convicción.
El sitio no quedaba lejos. Unas calles apenas, lo justo para no pedir un taxi y no tanto como para que me diera tiempo a arrepentirme. Evan caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos del abrigo, tranquilo, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—¿Has estado aquí antes? —pregunté.
—Sí.
—¿De esos sitios donde conoces al camarero, el rincón tranquilo y la salida de emergencia?
—Conozco el rincón tranquilo.
—Qué sorpresa.
—Y la salida de emergencia.
Alcé una ceja.
—Lo has dicho para inquietarme.
—Un poco.
—Funciona.
Cruzamos la calle y nos detuvimos frente a un edificio sobrio, de fachada oscura y entrada discreta.
No había cartel enorme ni cola de gente fingiendo no tener frío.
Solo un portero junto a una puerta de cristal ahumado, luces suaves dentro y esa sensación inmediata de sitio caro que no necesitaba demostrarlo.
—Vaya —dije.
—¿Vaya bien o vaya mal?
—Vaya «esto no parece un bar de copas cualquiera».
—Habías pedido vistas decentes.
—Tú ofreciste vistas decentes. Yo solo he decidido comprobar si mentías.
—A veces.
El portero saludó a Evan por su nombre. Por supuesto. Entramos en un vestíbulo pequeño y subimos en un ascensor de paredes oscuras y luz tenue. El sitio era elegante, sí, pero también tenía la mala costumbre de hacer que dos personas que no deberían acercarse mucho parecieran demasiado cerca.
Me coloqué a un lado y miré los números subir, como si el ascensor acabara de convertirse en algo interesantísimo. Evan estaba a mi lado, cerca sin llegar a pegarse, sin hacer nada raro, que era precisamente el problema.
Porque no hacía falta que hiciera nada para que yo fuera demasiado consciente de él.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí.
—Has contestado muy rápido.
Levanté la vista.
—¿Qué?
—Nada.
—No digas nada así. Me da rabia.
—¿Cómo?
—Como si estuvieras guardándote media frase.
—A veces es mejor guardar media frase.
—Eso suena a amenaza o a trauma.
Evan bajó la mirada un momento.
—Depende del día.
La puerta del ascensor se abrió antes de que pudiera preguntarle más.
Y menos mal.
El bar ocupaba una terraza cubierta en la última planta, rodeada de cristaleras altas. No era una de esas terrazas ruidosas donde todo el mundo gritaba para que se notara que estaba divirtiéndose. Allí la música sonaba baja y la ciudad se abría alrededor en luces, sombras y ventanas encendidas.
Desde allí arriba, San Francisco parecía otra cosa.
Por un momento, casi parecía fácil olvidarse de todo lo que había fuera de aquella terraza.
Evan me observaba.
—¿Vistas decentes?
Me acerqué un poco al cristal.
—Aceptables.
—Duras condiciones.
—Soy generosa.
Nos sentamos en una mesa lateral, no demasiado cerca de nadie. Evan eligió el sitio sin preguntarlo, pero no de esa manera mandona que me habría molestado. Más bien como alguien que ya había pensado en evitarme ruido, gente pegada al codo y camareros interrumpiendo cada dos minutos.
Eso también era un problema.
Los detalles pensados eran mucho más peligrosos que los gestos grandes.
—¿Qué tomas?
—Algo sencillo.
—Necesito más información.
—Algo que no venga con humo, fuego, flores flotando ni un camarero explicándome el proceso emocional del hielo.
—Eso reduce opciones.
—Bien.
Evan sonrió al camarero cuando se acercó.
—Dos copas. Algo seco para mí. Para ella, algo sencillo, sin humo, fuego, flores ni discursos sobre hielo.
El camarero ni parpadeó.
—Entendido.
—Me acabas de citar delante de un desconocido —dije cuando se fue.
—He sido bastante fiel.
—Eso puede ser delito.
—No en este estado.
—¿Seguro?
—No, pero has venido sin libreta.
—Tengo memoria.
—Lo sé.
Lo dijo de una forma que me hizo acordarme de la cena. De su madre. De ese «no tenemos relación» sobre su padre, tan breve y cerrado. De la forma en que no había insistido cuando le hablé del mío, aunque pudo hacerlo.
Sin Samantha cerca, Evan era menos estirado de lo que aparentaba. Menos frío también. Y bastante más difícil de colocar en una casilla sencilla, cosa que me parecía muy poco considerada por su parte.
Las copas llegaron. La mía era clara, sencilla, con hielo y una rodaja fina de algo cítrico. La probé con intención de no concederle ni una victoria más aquella noche, pero estaba buena. Claro que estaba buena.
Dejé el vaso sobre la mesa con más cuidado del necesario.
—No digas nada.
—No pensaba hacerlo.
—Ya. Tenías una cara muy concreta.
—¿Cuál?
—La de hombre satisfecho consigo mismo.
—Qué injusto.
—Qué preciso.
Bebí otro sorbo.
—Has elegido bien.
—Gracias.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
La música llenó un silencio breve. No incómodo. Eso fue lo raro. Después de la cena, después de haber tocado algunos temas con cuidado, podría haber habido un hueco difícil.
No lo hubo.
—Este sitio no es de los que se eligen al azar —dije.
—No suelo elegir al azar.
—Eso ya lo había notado.
—¿Me lo dices como crítica?
—Como observación.
—Eso suena peor.
—Lo es un poco.
Evan sonrió y apoyó el vaso sobre la mesa.
—Quería un lugar donde pudiéramos hablar sin que nadie estuviera pendiente de cada palabra.
—¿Y lo has conseguido?
—No lo sé. Tú estás bastante pendiente de las mías.
—Deformación profesional.
—¿Solo profesional?
No contesté enseguida. Tenía una respuesta preparada, cómoda y bastante útil para salir del paso. El problema era que, por una vez, me quedaba un poco justa.
—Esta noche no del todo —admití.
Evan me miró como si esa frase le hubiera importado más de lo que pensaba reconocer.
—Eso me descoloca —dijo.
La palabra me llegó más de lo que esperaba. No era una frase bonita ni una forma elegante de ligar. Sonaba a verdad, y eso la hacía bastante más difícil de manejar.
—¿Y eso es malo?
Evan tardó un poco en contestar.
—No lo sé.
La honestidad me llegó más que cualquier respuesta bonita.
Me apoyé en el respaldo, intentando recuperar un poco de aire.
—Está bien no saberlo.
—¿Eso te lo dices a menudo?
—Últimamente, sí.
—¿Funciona?
—Casi nunca.
Sonrió.
—Entonces gracias por compartir una técnica inútil.
Hablamos un rato más, pero ya no volvimos a empujar la puerta de los temas importantes. Lo agradecí. No porque no quisiera saber, sino porque empezaba a tener muy claro que, si seguíamos por ahí, acabaríamos diciendo más de lo que ninguno de los dos tenía previsto.
Así que dejamos los temas espinosos y nos fuimos a conversaciones más manejables: música, bares donde había que gritar para pedir agua y gente que decía «solo una copa» y acababa cerrando sitios.
Evan se rio un par de veces, bajo y sin darse demasiada importancia, y me gustó haber sido yo quien se lo sacara. Con él, esas cosas no parecían salir por compromiso, así que cuando lo hacía, aunque fuera poco, una parte bastante imprudente de mí quería repetir.
La segunda copa no llegó a existir.
Bajamos en el mismo ascensor, con las mismas paredes oscuras, la misma luz tenue y esa distancia insuficiente que antes ya me había parecido una mala idea. Solo que ahora era peor, porque después de la copa, las miradas y todo lo que no habíamos dicho, ya no podía culpar solo al sitio.
Esta vez no miré los números. Miré el reflejo borroso de los dos en la pared oscura.
Evan a mi lado, alto, serio de perfil, con esa calma que empezaba a parecerme menos fría y más aprendida.
Yo junto a él, con el bolso entre las manos y cara de estar manejando la situación bastante peor de lo que aparentaba.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Me haces mucho esa pregunta.
—Porque a veces te quedas callada y pareces estar discutiendo contigo misma.
—Estoy discutiendo contigo también, pero por dentro.
—¿Voy ganando?
—No te vengas arriba.
—Eso es que sí.
La puerta se abrió y salimos a la calle. El aire de la noche me vino bien; no obró milagros, pero al menos me recordó que seguíamos en una acera y no dentro de una burbuja con música baja, vistas bonitas y demasiadas cosas sin decir.
Evan se detuvo junto a la entrada.
—Te acompaño a casa.
—Puedo pedir un taxi.
—Lo sé.
Le eché una mirada.
—Qué respuesta tan irritante.
—Pero práctica.
—No sé qué me molesta más, que lo sea o que tú lo sepas.
Había un coche esperando un poco más adelante. Negro, discreto, con las luces encendidas.
—¿Esto estaba previsto?
—Lo pedí cuando pagué la cuenta.
—Muy organizado.
—Intento serlo.
—Qué sorpresa.
El conductor abrió la puerta. Evan esperó a que subiera y después se sentó a mi lado. No demasiado cerca. Lo justo para que el coche pareciera más pequeño de lo que era.
Le di mi dirección al conductor y me recosté en el asiento.
Durante un momento ninguno dijo nada. El coche avanzó por la ciudad, parando en algún semáforo y bajando calles que de noche parecían más estrechas.
—Me lo he pasado mejor de lo que esperaba —dijo Evan.
—Qué fe tan baja tenías en mí.
—En la noche, no en ti.
—Eso ha sonado casi bien.
—Era la intención.
Volvió a mirarme.
—Me gustaría repetir pronto.
Ahí sí me quedé quieta.
El coche siguió avanzando, pero yo dejé de estar pendiente de la calle. Me quedé en esa frase, en lo directo que había sonado y en lo poco que parecía una cortesía de final de noche.
—¿Otra cena sin libreta?
—O lo que tú quieras.
—Eso es dar demasiado margen.
—Lo sé.
—Podría elegir un sitio horrible.
—Lo dudo.
—No me conoces tanto.
—Todavía no.
Ese «todavía» me dejó demasiado poco margen para fingir indiferencia.