Donde no se mira Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

La frase quedó entre los dos, parecida a una broma, pero con algo debajo.

—No estoy acostumbrado a que la gente pregunte sin querer algo a cambio —dije.

Lucía ladeó la cabeza.

—Yo siempre quiero algo a cambio.

—¿Ah, sí?

—Respuestas.

—Eso no es poco.

—No. Pero al menos lo aviso.

—No siempre.

—¿Perdón?

—A veces haces una pregunta como si no tuviera importancia, y luego resulta que sí la tiene.

Lucía se quedó mirándome.

—Vaya.

—¿Qué?

—Que eso ha sonado a que me has estado prestando atención.

—Lo he hecho.

No añadí nada más. No sonreí ni intenté rematarlo con una frase que lo hiciera más fácil de esquivar. Solo lo dije.

Y Lucía, por una vez, necesitó beber un poco de vino antes de contestar.

—Eso es peligroso —dijo ella.

—También lo has dicho antes.

—Es que te estás acumulando.

—Intentaré gestionarlo.

—Hazlo.

Seguimos comiendo. Hubo ratos más ligeros y otros en los que ella parecía volver a alguna parte de su cabeza que no tenía nada que ver conmigo. No le pregunté. No todavía. Aquella noche no era una entrevista, y si Lucía me daba algo, tenía que ser porque quería.

—Antes de la entrevista miré algunas cosas sobre ti —dijo al cabo de un rato.

—Qué sorpresa.

—No te emociones. Cosas públicas. Entrevistas antiguas, la web de la fundación, algún perfil escrito por alguien con pocas ganas de mojarse… Ese tipo de material.

—Pensé que esta noche venías sin libreta.

—He venido sin libreta. No dije nada de venir sin cabeza.

—Eso empieza a parecer una amenaza.

—Solo cuando alguien tiene mucho que esconder.

Me sostuvo la mirada un momento.

—Leí que Kovács es el apellido de tu madre.

Dejé la copa sobre la mesa con cuidado. No fue una reacción grande, pero yo la noté.

—Sí, era el apellido de mi madre.

—¿Era?

—Murió hace años.

La conversación se quedó un momento suspendida entre los dos.

—Lo siento —dijo Lucía.

—Gracias.

No añadí nada más.

Lucía tampoco preguntó enseguida. Me concedió un silencio que no tenía nada que ver con la incomodidad. Fue una pausa sin exigencia.

No estaba acostumbrado a que alguien no intentara ocupar cada hueco.

—¿Eras muy joven? —preguntó ella al final.

—Bastante.

—¿Y tu padre?

La pregunta no tuvo filo. Eso no la hizo menos difícil.

—No tenemos relación —dije.

Fue una respuesta breve. Suficiente para una primera cena.

Lucía lo entendió o eligió respetarlo, que en aquel momento me importó más de lo que esperaba. No insistió. No intentó abrir una puerta que yo acababa de dejar claramente cerrada.

—Lo siento —dijo otra vez, más bajo.

—No hace falta.

—A veces hace falta aunque no arregle nada.

No supe qué contestar. Tenía razón, pero no fue eso lo que me dejó sin respuesta. Fue la forma en que lo dijo, sin adornarlo, como alguien que sabía que había cosas que no se arreglaban, pero aun así merecían nombrarse con cuidado.

—¿Y tú? —pregunté, antes de seguir pensando demasiado en eso.

Lucía tenía la copa en la mano.

—¿Yo qué?

—Familia.

Al oír la palabra familia, Lucía tardó un poco más en contestar, y eso bastó para que entendiera que aquella palabra también tenía peso para ella.

—Mis padres llegaron de México antes de que yo naciera.

—¿A San Francisco?

—Sí. Mi madre todavía vive aquí.

—¿Os veis mucho?

—Lo suficiente para que me recuerde que como mal, duermo poco y debería comprarme una cafetera decente.

—Parece una mujer sensata.

—Demasiado. Es agotador.

—¿Y tu padre?

La pregunta salió tranquila, con cuidado, pero aun así me arrepentí al ver cómo le cambiaba la cara. No fue una reacción grande ni evidente. Fue más bien una forma aprendida de encajar algo que seguramente había respondido demasiadas veces.

—Murió —dijo.

No respondí enseguida. Había frases que no merecían una reacción rápida ni una condolencia automática.

—Lo siento.

—Gracias.

Ella me miró como si agradeciera que no añadiera nada más, así que me quedé quieto.

Y quizá por eso me dio un poco más.

—Hace años. Yo era joven.

—¿Erais cercanos?

Lucía sonrió apenas.

—Sí. Mucho.

Oí todo lo que no dijo detrás de esa palabra.

La voz le bajó un poco y los dedos se le cerraron alrededor de la copa antes de soltarse otra vez, despacio. No fue mucho, pero sí lo suficiente para entender que aquel recuerdo seguía teniendo bordes.

—Mi madre y yo nos quedamos aquí —añadió—. Y ya está. Solo somos las dos, pero bastante resistentes.

—Eso suena a lema familiar.

—Podría serlo. Aunque mi madre lo diría con más dramatismo y probablemente con comida de por medio.

Sonreí.

—Eso también parece sensato.

—Ella usa la comida como argumento emocional.

—Eficaz.

—Demasiado.

No me contó demasiado y yo tampoco lo hice. Aun así, de algún modo, los dos dijimos más de lo que parecía.

El camarero retiró los platos y preguntó por el postre. Lucía dijo que no con demasiada rapidez para ser cierto. Miré la carta apenas un segundo.

—El de chocolate —dije—. Y dos cucharas.

Lucía esperó a que el camarero se fuera para fijarse en mí.

—Muy seguro te veo.

—No has mirado la carta de postres ni una sola vez, pero sí la mesa de al lado dos veces.

—Eso no prueba nada.

—Prueba que te apetece y que vas a fingir que no.

—Te estás viniendo arriba otra vez.

—Puede.

—Y encima pides dos cucharas.

—Soy optimista.

—Eres peligroso.

—Eso también lo has dicho antes.

—Porque sigues dando motivos.

Su intento de fingir indiferencia era bastante peor que el mío.

—No digas nada —me advirtió.

—No iba a hacerlo.

—Pero lo estás pensando.

—Eso sí.

—Pues piensa más bajo.

Sonreí y cogí mi cuchara.

Compartimos el postre mientras la conversación volvía a aligerarse. Lucía me llamó estirado otra vez, yo la llamé insoportable y ninguno de los dos pareció tomárselo como un insulto.

—Tú tampoco eres exactamente como pareces —dije.

—¿Y cómo parezco?

—Más dura.

Lucía soltó una risa corta.

—Eso sí que no me lo habían dicho nunca.

—No he dicho que lo seas. He dicho que lo pareces.

—¿Y cómo soy?

La pregunta salió más baja, más seria que las anteriores.

—No lo sé todavía.

Podría haber mentido. Podría haber dicho algo bonito, fácil, algo que ella pudiera esquivar con una broma y yo con una sonrisa. No quise.

Lucía me miró un poco más despacio.

—Bien.

—¿Bien?

—Que no finjas saberlo.

Nos quedamos mirándonos sin decir nada. La conversación había sostenido la noche bastante bien, pero en ese momento empezó a quedarse corta.

Aparté la vista primero, no porque quisiera, sino porque seguía en un restaurante, con restos de chocolate en los platos, su boca demasiado cerca y muy pocas ganas de acordarme de las razones por las que aquello no era tan sencillo.

Pedí la cuenta.

Lucía hizo un gesto mínimo, como si fuera a discutir, pero no llegó a hacerlo.

—Podía pagar mi parte —dijo.

—Lo sé.

—Pero has sido más rápido.

—También lo sé.

—Qué molesto.

—A veces juego con ventaja.

—Eso no deberías admitirlo.

—No estoy en una entrevista.

Lucía sonrió, satisfecha de haberme devuelto mi propia frase.

Firmé el recibo y nos levantamos. Descubrí que la parte complicada no había sido la mesa, ni las preguntas, ni el vino, sino ponerme de pie y volver a tenerla cerca sin nada entre los dos.

Mientras ella cogía su bolso, yo tuve que recordarme que seguíamos en un restaurante.

—Gracias por la cena.

—Gracias por venir.

—Has sobrevivido bastante bien.

—Tú también.

—Yo siempre sobrevivo.

No respondí enseguida. Quise decirle que esa frase sonaba menos ligera de lo que ella intentaba hacerla parecer, pero me la guardé.

El camarero nos despidió en la puerta y salimos a la calle. El aire frío me golpeó la cara y agradecí que al menos hubiera algo que obligara a respirar con calma.

Lucía se ajustó la chaqueta, pero no miró el móvil ni hizo amago de pedir un coche. No sabía si aquello era una señal, una pausa o simple despiste.

Preferí tomarlo como una excusa.

—¿Tienes prisa por irte?

Ella me miró de lado.

—Eso depende.

—¿De qué?

—De si esa pregunta viene con segunda parte.

—Viene.

—Qué sorpresa.

Lucía inclinó un poco la cabeza. La comisura de su boca ya había empezado a traicionarla.

—¿Vistas decentes?

—Bastante.

—Qué humilde.

—Estoy intentando no venderlo demasiado.

—Ya. No vaya a parecer que quieres que diga que sí.

Metí las manos en los bolsillos del abrigo.

—Quiero que digas que sí.

La frase salió más directa de lo previsto. Lucía dejó de sonreír, pero no se apartó. Me miró de otra manera, como si la broma hubiera quedado a un lado y ninguno de los dos tuviera demasiada prisa por recuperarla.

—Una copa —dijo al final.

—Una.

—Y sin convertirlo en una extensión de la cena.

—Haré lo posible.

—Qué poco me tranquiliza eso.

—Pero vas a venir.

—Porque soy generosa, no porque me hayas convencido.

Lucía negó con la cabeza, pero sonrió.

Y yo, mientras caminábamos juntos hacia la esquina, entendí que quizá me había equivocado de momento. La cena no había sido la parte complicada. Lo complicado empezaba ahora.