Capítulo 11
Evan
Llegué veinte minutos antes con la excusa de revisar la mesa y asegurarme de que el sitio era tan tranquilo como recordaba. Todo muy razonable, si no hubiera comprobado la hora dos veces en menos de un minuto y colocado el móvil bocabajo sobre la barra como si eso pudiera impedirme mirarlo.
Lucía Morales todavía no había llegado y, aun así, ya estaba alterando el orden de la noche.
El restaurante era pequeño, discreto, con luz cálida y mesas separadas lo justo para poder hablar sin escuchar las conversaciones de las mesas de al lado.
Lo había elegido por eso, y porque no se parecía en nada a una gala, a una reunión de donantes ni a un despacho donde todo estuviera medido antes de empezar.
Samantha no habría aprobado la cena.
Tampoco habría necesitado decirlo. Se habría quedado callada el tiempo justo para que yo llegara solo a la conclusión incómoda: cenar con Lucía era una mala idea.
Era periodista, la entrevista estaba demasiado reciente y ella hacía preguntas con una naturalidad peligrosa, como si no fuera del todo consciente de que algunas podían llegar al sitio exacto sin necesidad de levantar la voz.
Pero lo peor no eran sus preguntas. Lo peor era la forma en que me había mirado durante la entrevista, sin quedarse en la imagen pública, ni en la fundación, ni en todo lo que los demás solían ver primero.
Me había mirado como si tuviera delante a un hombre y no una versión preparada para ser entendida desde fuera.
Eso era más incómodo de lo que esperaba. Y bastante más difícil de olvidar.
—¿Todo bien? —preguntó el camarero desde el otro lado de la barra.
Levanté la vista.
—Sí. Gracias.
—La mesa está preparada.
—Esperaré aquí.
El camarero asintió y se apartó. La puerta se abrió poco después y tardé un instante en levantar la vista, no porque no supiera que podía ser ella, sino porque fingir calma seguía pareciéndome una estrategia razonable.
Luego la vi.
Lucía se quedó un momento en la entrada, mirando hacia el interior como si necesitara ubicarse antes de avanzar. Llevaba pantalones negros, una blusa verde oscura y una chaqueta sencilla. Nada exagerado. Nada que pareciera pensado para impresionar.
Eso fue, precisamente, lo que más me impresionó.
Tenía el pelo suelto, algo movido por el viento, y esa expresión de querer parecer serena mientras todo en ella decía que venía con demasiadas cosas en la cabeza.
Me quedé mirándola más de lo prudente, hasta que Lucía levantó la vista y me encontró al otro lado de la sala. Durante un instante ninguno de los dos se movió, y sonreí apenas, porque sonreír demasiado habría sido perder terreno y yo, por lo visto, todavía me aferraba a esa clase de tonterías.
Ella se acercó con esa seguridad suya.
—Buenas noches —dije.
—Buenas.
Su mirada bajó un instante por mi ropa. No de forma descarada. Lo justo para que yo me diera cuenta de que ella también estaba mirando más de lo necesario.
Aquello no ayudó.
—Has llegado puntual.
—Por principios.
—Impresionante.
—No te acostumbres. Hoy he tenido margen para organizarme.
—¿Eso significa que normalmente no lo tienes?
—Eso significa que normalmente tengo una relación creativa con el tiempo.
—Samantha lo llamó de otra forma.
Lucía entrecerró los ojos.
—Samantha no es una fuente fiable.
—Discrepo.
—Claro, porque trabaja para ti.
—Precisamente por eso sé que suele tener razón.
—Qué bonito. Lealtad laboral y difamación en la misma frase.
Sonreí antes de poder evitarlo del todo.
—Te pediría perdón en su nombre, pero no creo que le gustara.
—A mí tampoco me gusta madrugar y aquí estamos.
El camarero apareció antes de que yo encontrara una respuesta que no sonara demasiado complacida y nos acompañó hasta la mesa del fondo, junto a un ventanal desde el que se veía la calle en calma.
Me adelanté lo justo para apartarle la silla. No fue un gesto pensado. O eso quise decirme.
Lucía me miró con una ceja apenas levantada.
—¿Esto venía con la cena?
—No. Esto venía de antes.
—Qué misterioso.
—Educado, diría yo.
—Ya veremos.
Se sentó, y yo empujé la silla apenas antes de ocupar mi sitio frente a ella.
—Bonito sitio —dijo.
—Me alegra que te guste.
—No he dicho que me guste. He dicho que es bonito.
—Tomaré eso como un principio.
—No te vengas arriba tan pronto.
—Lo intentaré.
El camarero dejó las cartas y se marchó. Lucía abrió la suya con mucha atención, aunque sus ojos no parecían estar siguiendo las líneas. Tenía la cabeza en otro sitio. Trabajo, quizá. O esa cena que los dos estábamos intentando tratar como si no tuviera demasiada importancia.
—¿Cómo ha ido el día? —pregunté.
Ella levantó la vista.
—Movido.
—¿Trabajo?
—Siempre trabajo.
—Eso no responde mucho.
—Estoy aprendiendo de ti.
Bajé la cabeza un momento, casi riéndome. No podía culparla; me lo había ganado.
—Bastante —admití.
Lucía volvió a la carta. O fingió volver. La tenía un poco torcida, demasiado baja, y su atención se quedó enganchada en mi mano, apoyada junto a la copa vacía.
Lo noté. Por supuesto que lo noté. Pero no me moví.
—¿Qué? —preguntó ella al darse cuenta.
—Nada.
—No ha parecido nada.
—Estabas trabajando otra vez.
—Estaba leyendo la carta.
—La carta está al revés.
Lucía bajó los ojos.
La carta no estaba al revés. No del todo. Pero estaba lo suficientemente torcida para que la frase funcionara.
Cuando volvió a mirarme, tenía esa expresión de quien ya estaba preparando una réplica, y yo, que debería haber estado pensando en cualquier otra cosa, me descubrí pendiente de su boca justo antes de que me contradijera.
—Es una forma avanzada de lectura.
—Seguro.
—No juzgues mis métodos.
—No se me ocurriría.
—Mentiroso.
La palabra salió suave. En otra boca me habría molestado. En la suya sonó menos a acusación que a reto.
—A veces —dije.
Lucía no apartó la mirada.
—¿A veces eres mentiroso o a veces juzgas mis métodos?
—Depende de cuánto quieras complicar la cena antes de pedir.
—Yo no complico nada. Solo hago preguntas.
—Eso tampoco es del todo verdad.
—¿Ves? Ya estamos. Mentiroso y encima acusador.
Me reí antes de poder medirlo. Con Lucía, por lo visto, algunas cosas salían antes de que yo pudiera darles permiso.
Pedimos vino y comida sin demasiada ceremonia.
Ella aceptó el vino después de asegurarse de que no venía con una explicación de tres minutos, y yo elegí algo que ya conocía.
Lucía pidió con una seguridad que no parecía del todo real, pero me gustó que no intentara fingir sofisticación ni hacerse pequeña en un sitio que no conocía.
Podía estar fuera de lugar a ratos, sí, pero nunca parecía dispuesta a pedir perdón por ocuparlo.
Cuando volvimos a quedarnos solos, ella se recostó un poco en la silla.
—Estás menos estirado hoy.
Levanté apenas las cejas.
—¿Eso era un cumplido?
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
—Te lo digo en serio.
—¿Que soy estirado?
—Que hoy pareces menos.
—Qué generoso.
—Bastante. Valóralo.
Podía contestar con otra broma. Era lo fácil. Lo seguro. Pero Lucía no me lo había dicho con crueldad ni como halago del todo. Lo había dicho como quien ve algo debajo de la primera capa y lo señala sin hacer aspavientos.
Eso me desarmaba más que una pregunta agresiva.
—Quizá ayuda no tener a treinta personas esperando que diga lo correcto —respondí.
—¿Y Samantha?
—Samantha no está.
—Eso también ayuda.
—No le diré que has dicho eso.
—Mejor. Aún quiero vivir.
Sonreí del todo.
—No es tan terrible.
—¿Samantha?
—No.
—Evan.
—Es muy buena en su trabajo.
—Eso no responde a lo de terrible.
—Porque a veces ambas cosas coinciden.
Lucía se rio antes de poder evitarlo, y me descubrí mirándola más de lo prudente. No porque hubiera hecho nada especial, sino porque aquella risa, así, sin prepararla, le cambiaba la cara entera.
Bajé la vista justo cuando llegó el vino.
Brindamos sin solemnidad. Lucía bebió un sorbo y se tomó unos segundos antes de decir nada, como si reconocer que le gustaba fuera concederme demasiada ventaja.
—Está bueno —admitió al final.
—Pareces sorprendida.
—Lo estoy. A veces los hombres que invitan a cenar eligen vinos horribles solo porque tienen nombres largos.
—Lo tendré en cuenta.
—¿Para la próxima?
La pregunta se le escapó antes de que pudiera pensárselo demasiado. Lo vi en su cara, en esa pausa mínima que hizo después, como si acabara de darse cuenta de que había abierto una puerta que quizá no pensaba abrir todavía.
Dejé la copa sobre la mesa.
—¿Hay próxima?
Lucía se recompuso con más dignidad de la que probablemente sentía.
—Dependerá de cómo sobrevivas a esta.
—Entonces tendré que esforzarme.
—Tampoco demasiado. La desesperación queda fatal.
—Lo anoto.
—No tienes libreta.
—Tengo memoria.
—Peligroso.
—Mucho.
La comida llegó poco después. Durante unos minutos hablamos de los platos, del restaurante y de cómo algunos sitios lograban cobrar más por poner menos cantidad en el plato.
Fue fácil. Demasiado fácil. Mucho más que casi cualquier conversación que había tenido en los últimos años con alguien fuera de mi círculo íntimo.
Y precisamente por eso no era fácil en absoluto.
—Así que tu día ha sido movido —dije cuando el camarero se apartó.
—Y tú vuelves a intentarlo.
—Me has dicho que haces preguntas. Yo también puedo hacer alguna.
—Puedes. Otra cosa es que vaya a contestarla.
—Eso ya lo sabía.
—Entonces vas aprendiendo.
Lucía me miró. Sin libreta, sin grabadora, sin excusa profesional. Y aun así, la pregunta llegó con esa naturalidad suya, como si no supiera que algunas frases podían abrir más de lo previsto.
—¿Te cuesta mucho esto?
—¿Cenar?
—No. Que alguien te pregunte algo y no puedas controlar del todo hacia dónde va.
La pregunta me dejó sin respuesta inmediata. No era agresiva ni buscaba pillarme. Precisamente por eso me llegó peor: porque no parecía estar intentando atravesarme, solo entender hasta dónde podía mirar.
—Me cuesta más de lo que debería —dije.
—Eso ha sido bastante honesto.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.