Capítulo 10
Lucía
Aguanté veintitrés minutos sin responder. No porque tuviera fuerza de voluntad, que tampoco hacía falta exagerar, sino porque Alex estaba demasiado cerca y yo todavía conservaba algo de instinto de supervivencia.
Durante ese rato hice tres llamadas, abrí dos pestañas de archivo, anoté una dirección que luego resultó estar mal y escuché a Alex pelearse en voz baja con la base de datos del periódico, que llevaba años funcionando cuando le daba la gana.
—Esto no busca —dijo—. Esto decide si mereces encontrar algo.
—Busca mejor.
—No soy yo. Es el sistema.
—Siempre es el sistema.
—En este caso, literalmente.
La nota policial seguía siendo igual de breve, igual de fría y bastante menos útil de lo que necesitaba. Tres casos próximos, demasiadas coincidencias y ninguna confirmación oficial. Lo suficiente para tener cuidado y no poder soltarlo.
Alex chasqueó la lengua.
—Vale. Tengo el nombre del detenido que salió sin cargos.
Levanté la vista.
—¿Seguro?
—Seguro de archivo, que no es lo mismo que seguro de vida. Pero sí. Mateo Rivas. Veintiséis años. Lo detuvieron en la redada de Third Street, pero salió al día siguiente. Sin acusación formal.
Lo escribí.
Mateo Rivas.
—¿Antecedentes?
—Poca cosa. Posesión, alteración del orden, una pelea de hace años… Nada que llame demasiado la atención.
—¿Bandas?
—No en nuestras piezas. Aunque eso no quiere decir que no las haya.
Me quedé mirando el nombre. No significaba nada todavía. Era una línea, una posible conexión, una de esas piezas que podían acabar siendo importantes o terminar en la basura al cabo de dos llamadas.
—¿Alguna de las víctimas se apellida Rivas?
—No hay nombres confirmados.
El móvil seguía bocabajo sobre la mesa. Lo miré de reojo, que cuenta menos que mirarlo de frente.
—No lo mires —dijo Alex sin apartar la vista de su pantalla.
—No lo estoy mirando.
—No. Solo estás pendiente como si fuera a morderte.
—Qué talento más inútil tienes.
—Pues bien que te sirve.
Cogí el móvil y Alex sonrió, encantado de tener razón sin necesidad de decirlo.
—Ajá.
—Voy a contestar porque soy una persona educada.
—Claro.
Desbloqueé la pantalla.
Evan: Buenos días, Lucía. Espero que no hayas cambiado de opinión.
Lo releí una vez. Solo una. Más o menos.
Lucía: Buenos días. Todavía no. Pero el día acaba de empezar.
La respuesta llegó poco después.
Evan: Lo tendré en cuenta.
Evan: Ocho y media. Te recojo si quieres.
Me quedé mirando el mensaje.
El muy idiota no escribía de más. Iba directo y, aun así, conseguía dejarme pensando más de la cuenta.
Lucía: Puedo llegar sola.
Evan: No lo dudo.
Evan: Pero he preguntado si quieres, no si puedes.
Me mordí la parte interior de la mejilla, y Alex se inclinó hacia mí con una curiosidad que no pensaba molestarse en disimular.
—¿Está siendo encantador?
Bloqueé la pantalla.
—Está siendo molesto.
—Es lo mismo.
Lo ignoré y volví a desbloquear el móvil.
Lucía: Mándame la dirección. Llegaré sola.
Evan: Como quieras.
Tres segundos después llegó una ubicación. Y luego otro mensaje.
Evan: Pero no llegues tarde. Tengo entendido que tu relación con el tiempo es complicada.
Abrí la boca, la cerré y miré a Alex.
—Samantha.
Alex sonrió.
—Me cae bien.
—A mí fatal.
Lucía: Dile a Samantha que deje de difamarme.
Evan: No es difamación si tiene pruebas.
Lucía: Ocho y media. Y no llego tarde por principios.
Evan: Eso quiero verlo.
Bloqueé el móvil y lo dejé bocabajo sobre la mesa, como si eso bastara para esconder la sonrisa que se me quería escapar.
—Qué bonito es verte hundirte con tanta dignidad.
—No me estoy hundiendo.
—No. Estás descendiendo con elegancia.
Martin apareció junto a nuestras mesas antes de que pudiera contestar.
—¿Qué tenéis?
Alex enderezó la espalda. Yo cambié de ventana en el ordenador con la sutileza de una persona culpable, aunque lo único abierto era una nota policial bastante triste.
—Tenemos una redada cerca de Third Street hace tres semanas —dije—. Drogas, armas, dos detenidos. Uno salió sin cargos a las veinticuatro horas. Mateo Rivas, veintiséis años. De momento no hay vínculo confirmado con las muertes, pero la zona encaja con uno de los puntos.
Martin se inclinó para mirar la pantalla.
—¿Rivas?
—¿Te suena?
—No lo suficiente. ¿Víctimas?
—Todavía nada oficial. Estamos esperando confirmación y cruzando archivo.
—Bien. Sin lanzaros al barro todavía.
—No pensaba hacerlo.
Martin me miró como si esa frase le pareciera discutible.
—Morales, tú no te lanzas al barro. Tú dices que solo vas a mirar el borde y acabas metida hasta las rodillas.
Alex hizo un gesto con la mano.
—Eso es muy preciso.
—Tú no ayudes —le dije.
Martin se apartó de la mesa.
—Quiero hechos. No vibraciones, no intuiciones, no «me dio mala espina». Hechos.
—Qué pena. Mi mala espina estaba muy motivada.
—Pues que se motive en silencio.
Se fue.
Alex esperó a que estuviera lejos.
—Tu mala espina y tu cena van a llevarse fatal.
—Mi cena no tiene nada que ver con esto.
—Claro.
—No lo tiene.
—Dilo otra vez, a ver si mejora.
No lo hice, porque no mejoraba.
El resto de la mañana se nos fue entre llamadas, búsquedas en archivo y datos sueltos que todavía no encajaban.
Una fuente de policía me devolvió la llamada solo para decirme que no podía decirme nada, que siempre era una forma bastante creativa de confirmar que había algo que no querían decir.
Una vecina de la zona del taller habló de sirenas a medianoche, de coches que llevaban semanas dando vueltas y de un miedo que venía de antes.
Eso sí me interesó.
Lo apunté.
Miedo anterior a las muertes.
Alex consiguió dos imágenes de archivo del almacén abandonado y una foto actual de la calle, tomada por un colaborador que vivía cerca. Nada espectacular. Una fachada gris, una persiana medio caída, grafitis viejos y un tramo de acera con demasiada cinta policial para no llamar la atención.
A mediodía ya teníamos más preguntas que respuestas. Un muerto identificado de manera extraoficial. Dos puntos todavía sin confirmar. Un detenido reciente que quizá no tenía nada que ver. Un barrio que llevaba semanas raro.
Nada sólido ni publicable sin cuidado, pero sí lo suficiente para seguir mirando.
A las dos y media, Martin nos pidió una primera estructura: lo que sabíamos, lo que no, lo que podía sostenerse y lo que había que comprobar.
Eso me calmó un poco.
Trabajar siempre me calmaba, incluso cuando el trabajo consistía en ordenar un desastre ajeno.
Abrí un documento nuevo y probé un titular. Luego otro. Ninguno terminaba de funcionar. No quería convertir aquello en una historia de miedo fácil, pero tampoco podía escribirlo como si fueran tres sucesos aislados sin mirar lo que había alrededor.
Había que mirar justo ahí: en la policía midiendo cada palabra, en la gente del barrio hablando con cuidado y en esa sensación de que algo venía moviéndose desde antes.
A media tarde conseguí hablar con una trabajadora de un centro comunitario de la zona. No quiso que usara su nombre.
—La gente está nerviosa —dijo—. Pero no por lo de hoy. Por lo de antes.
—¿Antes de las muertes?
—Sí.
—¿Qué pasaba antes?
Al otro lado hubo un silencio corto, de esos en los que no sabes si la otra persona está pensando qué decir o calculando cuánto puede decir sin meterse en problemas.
—Movimiento raro —respondió al fin—. Chavales que antes no estaban, coches dando vueltas, preguntas en sitios donde nadie pregunta nada… Gente que vuelve al barrio después de mucho tiempo.
—¿Gente que vuelve?
—Eso he dicho.
—¿Puedes concretarme algo más?
—No por teléfono.
Miré a Alex, que había levantado la cabeza al verme cambiar de postura.
—¿Podemos vernos?
—Hoy no.
—Mañana.
Otro silencio.
—Mañana por la mañana. Te mandaré una ubicación.
Colgó antes de que pudiera preguntarle algo más y me quedé con el móvil en la mano, sin saber todavía si aquello era una buena noticia o el principio de otro problema.
—Eso ha sido algo —dijo Alex.
—Sí.
—¿Bueno o malo?
—Las dos cosas, probablemente.
Lo apunté.
Fuente: Centro comunitario.
Movimiento anterior.
«Gente que vuelve al barrio después de mucho tiempo».
Quedar mañana.
No sabía qué significaba todavía, pero tenía bastante claro que no era una frase para apuntar y olvidarse.
A las seis, recogí mis cosas con más cuidado del habitual. Eso ya era mala señal. Normalmente metía la libreta en el bolso como quien huye de un incendio y luego confiaba en no haberme dejado el cargador en cualquier parte. Ese día guardé cada cosa en su sitio.
Demasiado orden para estar tranquila.
Alex me observaba sin disimulo.
—¿Qué?
—Nada.
—Alex.
—Estoy disfrutando de este momento.
—No hay momento.
—Claro que no. Solo una mujer que se va a casa dos horas antes de una cena que no es una cita, con un hombre que no le importa, después de pasar el día metida en tres muertes que tampoco va a poder sacarse de la cabeza.
—A veces pienso que hablas demasiado.
—Y aun así me quieres cerca.
—Porque mi vida necesita testigos, por lo visto.
—Y pruebas.
Me puse la americana.
—Voy a casa, me cambio, ceno y vuelvo. Fin.
—¿Vuelves?
—A casa, idiota.
—Ah. Ya iba a decir que si después de cenar vuelves a la redacción, te ingreso yo mismo.
—No va a pasar nada.
Alex ladeó la cabeza.
—¿Quieres que pase?
La pregunta me pilló con el bolso a medio colgar. Podría haber hecho una broma o mandarlo a callar, que era lo habitual, pero estaba cansada. Y quizá un poco harta de mentirme tan mal.
—No lo sé —dije al final.
Alex dejó de bromear.
—Vale.
—Eso es lo que me molesta. Que no lo sé.
—No tienes que saberlo antes de ir.
—No, pero estaría bien.
—Sería cómodo.
—Me gusta lo cómodo.
—Mentira.
Sonreí apenas.
—Ya.
Bajamos juntos. En la acera, Alex sacó un cigarro del paquete. No debería fumarlo, cosa que, por supuesto, no le impidió encenderlo.
—Oye —dijo—. Ve a cenar y pásatelo bien. Pero si algo te suena raro, no hagas como que no lo has oído.
—¿Ese es tu consejo romántico?
—Es bastante bueno, teniendo en cuenta que viene de mí.
—Qué desagradable cuando dices cosas sensatas.
—Me pasa poco. Aprovecha.
Me ajusté el bolso al hombro.
—No voy a hacerme la tonta.
—Bien.
—Pero tampoco voy a ir como si fuera a interrogarlo.
—También bien.
—Y no es una cita.
Alex dio una calada y sonrió.
—Lucía.
—¿Qué?
—Vete.
Le hice un gesto con la mano y empecé a caminar hacia casa.
Tenía una hora y media para ducharme, cambiarme, pensar lo justo y elegir ropa sin que se notara demasiado que me importaba. También para convencerme de que cenar con Evan Kovács no era una decisión pésima.
Bastante ambicioso para una tarde de viernes.
Abrí el armario y me quedé mirándolo como si fuera a resolverme algo.
—No es una cita —murmuré.
El armario tampoco pareció creérselo.
Elegí unos pantalones negros, una blusa verde oscura y una chaqueta sencilla. Mi madre decía que ese color me hacía buena cara, así que decidí creerle por conveniencia. Nada exagerado. Nada que pareciera demasiado pensado, aunque evidentemente lo estaba.
Me maquillé poco. Luego un poco más. Luego me quité algo, porque una cosa era estar nerviosa y otra dejarlo por escrito en la cara.
Cuando terminé, me miré en el espejo del baño. Estaba bien. Lo bastante como para no sentirme disfrazada y lo justo como para no admitir cuánto me importaba.
El móvil vibró sobre el lavabo.
Evan: ¿Sigues queriendo llegar sola?
Miré el mensaje y sonreí sin querer.
Lucía: Sí.
Evan: Entonces te espero dentro.
Lucía: Qué detalle, no quedarte vigilando reloj en mano.
Evan: No descartes nada tan rápido.
Me reí otra vez, lo cual no ayudaba nada. Guardé el móvil en el bolso, apagué la luz del baño y salí de casa antes de darme tiempo a cambiar de opinión.
El coche llegó tres minutos después. Comprobé la matrícula, saludé al conductor y me senté atrás.
Durante el trayecto intenté no pensar en Bayview, en Mateo Rivas y en la mujer del centro comunitario diciendo que había gente que volvía al barrio después de mucho tiempo. No lo conseguí del todo. El móvil pesaba dentro del bolso como si llevara algo más que batería y mensajes pendientes.
A mitad de camino lo saqué y abrí la carpeta de notas.
Bayview / muertes / posible vínculo.
La miré unos segundos, repasando mentalmente las llamadas, los nombres y todo lo que todavía no encajaba. Después abrí otra nota y escribí una sola palabra:
Cena.
No ayudó. Solo hizo que pareciera más real.
Bloqueé el móvil y lo guardé otra vez. El coche giró hacia una calle más tranquila y vi el restaurante unos metros más adelante.
No iba a llevar libreta, eso había prometido. Pero nadie había dicho nada de no hacer preguntas. Tampoco de no escuchar bien las respuestas.
Cuando el coche se detuvo, pagué, bajé y me quedé en la acera. El sitio era discreto: fachada oscura, luz cálida dentro y mesas separadas lo justo para poder hablar sin levantar la voz. Tenía sentido que hubiera elegido algo así.
Antes de cruzar la puerta, vi mi reflejo en el cristal. Parecía bastante serena, cosa que tenía su mérito y bastante poco que ver con la realidad. Qué engañosa podía llegar a ser una blusa bien elegida.
Empujé la puerta y entré.
Evan estaba al fondo, esperándome en la barra.
Me quedé parada antes de que me viera, con Bayview en una parte de la cabeza, la cena en otra y la certeza incómoda de que aquella noche no iba a ser tan sencilla como yo intentaba convencerme.