Capítulo 9
Lucía
Me desperté antes de que sonara la alarma y tardé unos segundos en recordar por qué tenía esa sensación rara en el pecho.
El móvil seguía en la mesita de noche, bocarriba y con la pantalla apagada. Lo miré como si la culpa de haber aceptado una cena que técnicamente no era una cita pudiera ser suya.
No lo era.
La conversación seguía ahí.
Lucía: Vale. Acepto una cena sin libreta.
Lucía: Pero no prometo no hacer preguntas.
Evan: No esperaba menos.
Evan: Ocho y media. Te mando la dirección mañana.
Eso había sido todo. Una invitación aceptada con más ironía que criterio y una cena pendiente para esa noche.
No era suficiente para estar despierta a las seis y media de la mañana mirando el techo, pero ahí estaba yo.
Me giré hacia un lado, metí la cara en la almohada y solté un suspiro largo.
Cena. Sin libreta. Con Evan Kovács.
Claro que sí. ¿Qué podía salir mal?
No era una cita, me dije mientras me levantaba. Era una cena. La gente cenaba todos los días sin arruinar su estabilidad mental ni comprometer su ética profesional.
Claro que esa gente probablemente no había escrito un artículo sobre el hombre con el que iba a cenar la noche anterior.
Ni había pasado media entrevista pensando en la forma en que se le tensaba la mandíbula antes de contestar algo que no quería contestar.
Ni había tenido ganas, bastante inoportunas, de comprobar si tan controlado era también cuando alguien lo besaba.
Me lavé la cara con agua fría.
—No es una cita —le dije a mi reflejo.
El espejo me devolvió una cara bastante poco convencida.
Me hice café. Malo, como correspondía a mi cafetera y a mis decisiones recientes. Lo bebí de pie, en la cocina, con el portátil aún cerrado sobre la mesa y el artículo enviado la noche anterior rondándome por la cabeza.
Había quedado bien.
Eso era lo peor.
Si la entrevista hubiera salido regular, si Evan hubiera sido un idiota con traje caro y respuestas de folleto, todo habría sido más sencillo. Yo habría escrito mi pieza, habría decidido que era guapo, hermético y poco recomendable, y habría seguido con mi vida.
Pero no.
Había hablado. Había pensado antes de responder. Había dicho cosas que no sonaban ensayadas. Y, por si eso fuera poco, escribía mensajes bastante mejor de lo conveniente.
¡Qué falta de consideración!
Me duché, me vestí con vaqueros, camiseta blanca y una americana que me hacía parecer bastante más centrada de lo que estaba. Me dejé el pelo suelto, cogí el bolso y salí antes de que mi cabeza empezara otra vez con la lista de motivos por los que aquella cena podía ser una mala idea.
En la calle, San Francisco tenía esa luz gris que no te levantaba el ánimo, pero tampoco te pedía demasiado entusiasmo. Compré otro café de camino a la redacción porque mi cabeza ya venía bastante complicada como para encima depender del café de casa.
Cuando llegué, el periódico ya estaba despierto del todo.
Había teléfonos sonando, teclados golpeados con una violencia que seguramente no arreglaba nada, y una discusión cerca de la mesa de Internacional sobre si un titular era informativo o directamente aburrido. Lo normal.
Alex estaba sentado en su sitio, con los auriculares alrededor del cuello y una serie de fotos abiertas en pantalla. Levantó la vista al verme entrar y frunció los ojos.
Yo seguí andando.
Error.
—No —dijo.
—Buenos días a ti también.
—Tienes cara.
—Todo el mundo tiene cara, Alex.
—Tú tienes cara de haber hecho algo.
Me quité la americana, la dejé en el respaldo de mi silla y coloqué el café sobre la mesa con mucho cuidado. Como si eso pudiera distraerlo.
No lo consiguió.
—¿Te escribió? —preguntó.
La mano se me quedó quieta sobre el ratón el tiempo justo para delatarme un poco.
Alex sonrió.
—Gracias por confirmarlo.
—No he confirmado nada.
—Lucía.
—Me escribió para decirme que la entrevista había sido mejor de lo que esperaba.
—Ajá.
—Y me invitó a cenar.
Se quedó quieto un instante. Luego abrió los ojos con esa expresión suya de persona que intentaba no disfrutar demasiado de una desgracia ajena y fracasaba con entusiasmo.
—Perdona. Necesito saber si hablamos de una cena educada y profesional o de una cena con posibilidad de que hagas una tontería.
—No voy a hacer ninguna tontería.
—Eso tampoco ha sido una respuesta.
Lo miré mal.
—Una cena normal. Sin libreta.
—Sin libreta —repitió, como si acabara de darle un arma.
—No empieces.
—No he empezado. Estoy siendo un profesional.
—Tú no eres profesional ni cuando cobras.
—Pero soy observador, que en este caso sirve más.
Me recosté en la silla y bajé la voz.
—No es una cita.
—Qué tranquilidad. Entonces supongo que no llevas desde anoche pensando en qué vas a ponerte.
—Te odio un poco.
—Eso también confirma cosas.
Solté una risa, aunque no quería.
Alex bajó un poco más la voz.
—Oye, fuera bromas. ¿Estás segura de que es buena idea?
La pregunta me incomodó más de lo que esperaba.
—No.
—Vale.
—Pero tampoco estoy segura de que sea una mala idea.
—Eso ya suena peor.
—Ya.
Antes de que pudiera añadir nada, la voz de Martin cruzó la redacción desde su despacho.
—Morales.
Alex levantó las cejas.
—Mira, el destino viene a darte un abrazo.
—El destino puede esperarse en una esquina.
—Morales —repitió Martin, más alto.
Me levanté con el café en la mano.
—Si no vuelvo, recoge mis cosas.
—No pienso tocar tu mesa.
—Qué bonito apoyo.
—Estoy contigo mentalmente.
—Barato y repetitivo.
Martin estaba en la puerta de su despacho con el móvil en una mano y una copia impresa de mi artículo en la otra. Tenía esa cara suya de haber dormido poco y estar dispuesto a que el mundo lo pagara en titulares.
—Siéntate.
Entré y me senté frente a su mesa.
—Buenos días, Martin. Yo también me alegro de verte.
—Déjate de tonterías. La pieza funciona.
Eso me cerró la boca.
Martin no regalaba elogios. A veces ni los prestaba. Los soltaba como quien deja una factura encima de una mesa: rápido, sin emoción y esperando que nadie hiciera demasiado ruido con el asunto.
—¿Funciona?
—Bastante.
—Vaya.
—No te emociones. No he dicho que sea perfecta.
—Me habría asustado si lo hubieras dicho.
Dejó el papel sobre la mesa y lo empujó apenas con dos dedos.
—Está bien enfocada. No parece una nota de prensa, que ya es más de lo que puedo decir de la mitad de lo que se escribe sobre gente con dinero y fundaciones. Tiene ritmo, tiene preguntas y tiene frases suyas que otros medios ya están recogiendo.
Me quedé un segundo mirándolo.
—¿Otros medios?
—Sí. Citándonos, además.
Aquello me gustó más de lo que quería admitir.
No por Evan. O no solo por Evan. Me gustó porque la pieza había salido bien. Porque le había sacado algo a un hombre que no solía dar nada. Porque yo sabía lo que me había costado mover aquella entrevista sin que se me escapara de las manos hacia otro sitio menos defendible.
Martin me miró por encima del papel.
—Buen trabajo.
Lo dijo como si le molestara pronunciarlo.
Aun así, lo dijo.
—Gracias.
—No lo estropees poniéndote sentimental.
—No pensaba abrazarte.
—Mejor para los dos.
Casi sonreí.
Entonces el móvil de Martin vibró sobre la mesa. Lo miró, leyó algo y la poca tranquilidad que había en su cara desapareció.
—Y ahora necesito que te centres en otra cosa.
La frase me puso alerta.
—Eso suena mal.
—Ha saltado algo en Bayview.
Se me fue la satisfacción de golpe, como si alguien hubiera abierto una ventana.
—¿Qué ha pasado?
Martin deslizó el móvil hacia mí, pero no lo soltó. En la pantalla había una alerta interna, un mensaje reenviado desde Sucesos y dos líneas demasiado escasas para lo que insinuaban.
—Tres muertos en menos de cuarenta y ocho horas —dijo—. Dos tiroteos y un cadáver encontrado esta mañana cerca de un almacén abandonado. De momento la policía no confirma relación entre los casos.
—Que normalmente significa que la hay.
—O que no tienen ni idea y prefieren no admitirlo.
—También.
Me incliné un poco hacia delante.
—¿Bayview, exactamente dónde?
—Uno cerca de Third Street. Otro en una calle lateral junto a un taller. El cuerpo de esta mañana, zona industrial. Todavía estamos cerrando ubicaciones.
—¿Víctimas?
—Una identificada. Dos pendientes de confirmación oficial. Nada de nombres hasta que esté claro y las familias estén notificadas.
—Eso no hacía falta decirlo.
—A ti no. Pero últimamente prefiero decir cosas obvias antes de leer barbaridades publicadas con prisa.
Asentí.
Ahí sí reconocí al Martin de siempre. El que podía ser brusco, seco y tener cero habilidad para acompañar una frase amable, pero que sabía muy bien dónde no había que pisar.
—¿Crees que es cosa de bandas?
—Creo que hay demasiados puntos cerca y demasiado silencio para que sea casualidad. Puede ser banda, ajuste interno, pelea por territorio o alguien queriendo que parezca una cosa mientras es otra. De momento no tenemos suficiente.
—¿Y quieres que lo lleve yo?
—Sí. No quiero una pieza de «tres muertos y vecinos asustados» escrita con piloto automático. Quiero contexto: quiénes eran, si hay relación entre ellos, qué se está moviendo en la zona y qué dice la policía cuando decide no decir casi nada.
—Eso lleva tiempo.
—Por eso te lo estoy diciendo ahora.
—Qué detallazo.
—Y porque tú sabes hablar con la gente sin parecer que estás buscando carnaza.
Esa vez no contesté enseguida.
Martin no era de regalar ese tipo de frases. No porque no las pensara, sino porque parecía sufrir físicamente cuando tenía que decir algo medianamente parecido a un elogio.
—Voy a fingir que eso también era un cumplido.
—Haz lo que quieras, pero muévete.
Cogió el papel de la entrevista y lo dejó a un lado, como si cerrara una carpeta invisible.
—Lo de Kovács está bien. Ha tenido repercusión y, si más adelante hay que volver a él, volveremos. Pero ahora esto pesa más.
El nombre de Evan, dicho así, en mitad de aquel despacho, fue algo raro, pero me obligué a centrarme.
—¿Qué tenemos además de la alerta?