Capítulo 8 #2
—No siempre soy tan hermético.
No sé qué fue exactamente: el tono, la pausa o la forma en que lo dijo sin intentar cubrirse del todo.
El caso es que algo cambió ahí, no de forma espectacular ni de película, sino como cambian las cosas de verdad, sin hacer ruido y dejándote claro que ya no estás en el mismo sitio que hace un minuto.
Yo seguía con la libreta abierta sobre las piernas, pero hacía rato que no pensaba en la siguiente pregunta.
Y Evan lo sabía. Se notaba en su forma de mirarme, en esa calma demasiado quieta con la que parecía esperar a ver si yo iba a recuperar la distancia o si los dos íbamos a seguir fingiendo que todavía la teníamos.
—Vale —dije, aclarándome un poco la voz—. Una última y te dejo tranquilo.
—No has parecido especialmente preocupada por mi tranquilidad hasta ahora.
—No quiero que luego digas que te acoso.
—Creo que ya llegamos tarde a eso.
Esta vez la risa se me escapó sola.
—La última —repetí—. Si mañana desapareciera toda la parte pública de tu vida, la fundación siguiera funcionando y nadie volviera a mirarte por encima del hombro ni a darte premios, ¿qué te quedaría?
No respondió enseguida. Apoyó los codos en las rodillas, entrelazó las manos y se quedó así un segundo.
—Lo importante —dijo al final.
—Eso también suena bonito.
—No lo pretendía.
—Entonces explícate.
Le vi la exhalación mínima antes de hablar.
—Me quedaría saber que lo útil no depende siempre de que te vean haciéndolo. Y me quedarían unas cuantas personas por las que seguir levantándome cada día. No necesito mucho más.
Lo dijo sin pose, sin intentar venderme nada, y quizá por eso me tocó más de lo que quería admitir. Lo apunté despacio, con la excusa del artículo y la sensación incómoda de que aquella frase me importaba por motivos que no eran del todo profesionales.
—Vale —murmuré—. Esa sí ha sido buena.
—Lo dices como si te sorprendiera.
—Un poco sí.
—Qué fe tan baja me tienes.
Cerré la libreta.
—No es fe baja. Es sentido común. Vienes de una gala, de un equipo que filtra hasta el aire y de una asistente que me mira como si trajera una enfermedad contagiosa. Entenderás que no viniera esperando honestidad.
—Y, sin embargo, te has quedado.
—Porque has empezado a decir cosas interesantes.
Nos miramos otra vez, el tiempo justo para que empezara a ser mala idea.
La libreta seguía cerrada sobre mis piernas, y eso decía bastante más de lo que me convenía.
Él se levantó primero, fue hasta una mesa lateral y volvió con una botella de agua. Llenó dos vasos y me tendió uno. Lo cogí sin dejar de mirarlo, lo cual fue poco prudente por mi parte y bastante inútil, porque a esas alturas ya estaba claro que ninguno de los dos estaba especialmente centrado.
—¿Ya has terminado? —preguntó.
—Podría seguir.
—No lo dudo.
—No era una amenaza.
—Ha sonado un poco a eso.
Dejé el vaso en la mesa baja.
—La verdad es que sí necesito cerrar el artículo. Martin me mataría y aún no me compensa tanto.
—¿Martin es el de la bronca?
Lo miré entre sorprendida y molesta.
—¿Cómo sabes que me echó la bronca?
—Porque no conseguiste la entrevista y tienes cara de haber discutido con alguien por trabajo esta mañana.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Lo suficiente.
—Te estás viniendo arriba.
—Puede ser.
Volvió a sonreír así, apenas, con ese tono un poco más cálido que empezaba a parecerme un problema serio para mi capacidad de concentración. Me puse en pie antes de acomodarme demasiado en aquello, en la conversación o en él, que a esas alturas venía a ser casi lo mismo.
—Bueno. Ya tengo bastante.
—¿Para el artículo?
—Para eso seguro.
—Entonces no ha ido tan mal.
—No te acostumbres.
—Intentaré no hacerlo.
Cogí el bolso del sillón y me lo colgué al hombro. Al acercarme a la puerta, él también se levantó y volvimos a quedarnos demasiado cerca.
Sin la mesa entre los dos, la entrevista perdió bastante capacidad de protegerme. La libreta seguía en mi mano, sí, pero a esas alturas imponía menos que un posavasos.
—Gracias por la entrevista —dije, y me sorprendió lo normal que me salió la voz.
—No ha sido exactamente una entrevista normal.
—Eso te pasa por aceptar.
—No recordaba haber aceptado tanto.
—Pues has hablado bastante.
—Más de lo que suelo.
—Eso ya lo había notado.
—No te acostumbres.
Ahí fue donde tendría que haber dicho algo rápido, una broma, una pulla, cualquier cosa que bajara aquello un poco, pero no me salió.
Nos quedamos mirándonos un segundo más, quizá dos, y entendí de golpe que si ese hombre me besaba iba a tener un problema.
Uno serio. De los que no se arreglan durmiendo ni escribiendo un buen artículo.
Evan no me besó. Abrió la puerta y llamó a Samantha con una calma que me dieron ganas de odiar, aunque algo en su cara me dijo que quizá no le había resultado tan fácil como parecía.
Recogí lo que me quedaba de dignidad y salí al pasillo con la sensación de haber esquivado algo que no tenía claro si quería esquivar. Samantha me acompañó hasta la puerta principal, donde el chófer ya estaba esperando.
—Buenas noches, Lucía.
—Buenas noches.
Me metí en el coche, apoyé la cabeza en el respaldo y solté el aire despacio. Había conseguido la entrevista y tenía material bueno, muy bueno, de hecho, pero mientras el coche arrancaba lo que me rondaba la cabeza no era el artículo, sino Evan.
La camisa remangada, la forma de hablar, cómo se quedaba callado justo antes de responder a las preguntas difíciles y ese punto raro entre control y cansancio que se le veía por debajo de todo lo demás.
Lo peor era que ni siquiera parecía estar esforzándose, y quizá por eso me había costado tanto no mirar más de la cuenta.
Cuando llegué a casa, me obligué a sentarme en la mesa de la cocina, abrir el portátil y escribir antes de que la memoria empezara a mezclar el trabajo con lo otro. Me salió una pieza buena. Bastante buena, de hecho. Con frases suyas que valían la pena y sin regalarle más mérito del necesario.
Se la mandé a Martin a las once y veintidós, me quité los pendientes en la cocina como si aquello fuera un sitio razonable para dejar pendientes, y me fui al baño con la cabeza todavía demasiado llena.
Intenté no darle más vueltas.
Me puse una camiseta vieja, me recogí el pelo y me metí en la cama con el móvil en la mano. Lo desbloqueé un par de veces, miré cuatro tonterías y lo dejé bocabajo sobre la mesita de noche, como si eso demostrara algún tipo de madurez.
Ya estaba a punto de convencerme de que podía dormir cuando sonó un mensaje.
Lo cogí enseguida y fruncí el ceño al ver un número que no tenía guardado.
Desconocido: Buenas noches, Lucía. Quería darte las gracias por la entrevista. Ha ido mejor de lo que esperaba.
No hizo falta preguntar quién era. Me quedé mirando la pantalla un momento, lo justo para admitir que estaba sonriendo como una idiota, y respondí antes de pensarlo demasiado.
Lucía: Buenas noches. Eso te pasa por esperar poco.
La respuesta tardó menos de un minuto.
Evan: No suelo equivocarme. Contigo no ha sido el caso.
Me incorporé un poco en la cama y releí el mensaje. Después empecé a escribir despacio, como si tardar un poco más fuera a hacerme parecer más sensata.
Lucía: Voy a hacer como que eso era un halago.
Tardó unos segundos más esta vez.
Evan: Era un halago. Y una invitación, si no te parece demasiado pronto. Cena conmigo mañana. Sin libreta.
Lo leí dos veces, luego una tercera por si el mensaje decidía cambiar solo y ahorrarme el trabajo de tomar una decisión. No lo hizo. Dejé el móvil en la mesita, miré el techo unos segundos y volví a cogerlo, porque por lo visto mi fuerza de voluntad esa noche estaba trabajando a media jornada.
Lucía: ¿Eso es una invitación u otra prueba de control?
Esta vez sí tardó un poco más.
Evan: Es una invitación. Lo del control lo estoy llevando regular desde que has aparecido.
Solté una risa corta, sola, en mitad de la cama y con la luz apagada. Me quedé mirando la pantalla unos segundos más, con esa sensación incómoda de saber que iba a decir que sí antes incluso de decidirlo, y empecé a escribir antes de que mi parte sensata intentara hacer horas extra.