Capítulo 8
Lucía
El chófer llegó cinco minutos antes de la hora, que supongo que era una forma muy elegante de recordarme que el tiempo de otra gente funcionaba mejor que el mío.
Yo todavía estaba arriba porque, aunque me fastidiara admitirlo, llevaba diez minutos asomándome a la ventana del salón cada vez que oía un coche frenar en la calle.
Cuando vi el sedán negro parar frente al portal, solté aire, cogí el bolso y bajé sin darme demasiado margen para pensar en lo ridículo que era todo aquello.
Un chófer para mí. Mi madre se habría reído tres días seguidos.
El hombre me abrió la puerta con una seriedad que me hizo sentirme todavía más fuera de sitio.
—Señorita Morales.
—Lucía está bien.
Asintió como si acabara de compartirle una información importante y cerró la puerta detrás de mí.
Durante el trayecto intenté repasar la entrevista en la cabeza, pero no me sirvió de mucho.
Llevaba preguntas preparadas, notas y varias líneas por las que quería tirar.
Pero la parte más molesta de mí estaba ocupada recordando el baile, el no de la gala y la cara de Evan cuando me soltó aquella negativa como si no le pesara lo más mínimo.
Capullo.
Aunque ahora, por lo visto, un capullo con agenda libre los jueves por la noche.
El coche se detuvo frente a una casa que no era exactamente una mansión de película, pero tampoco una casa normal y corriente. Grande, discreta y lo bastante bonita como para ponerme un poco nerviosa. Nada de columnas ni portones ridículos. Dinero, sí, pero de ese que no necesita ir gritándolo.
Me bajé, el chófer me acompañó hasta la puerta y fue Samantha quien me recibió al abrir.
Iba igual de impecable que en la gala. Yo ya empezaba a sospechar que dormía colgada en un armario y se recargaba sola por la noche.
—Buenas noches, Lucía.
—Buenas noches. Gracias por el coche. Mi barrio no suele darme estas alegrías.
Por primera vez le vi un amago de sonrisa real. Duró poco, pero existió.
—El señor Kovács está en el despacho. Sígueme.
La seguí por un recibidor amplio, un salón que olía a madera y un pasillo donde todo estaba en su sitio de una forma que daba un poco de rabia. La casa no parecía vacía, pero tampoco especialmente vivida. O no de la forma en que yo entendía eso.
Todo estaba tan colocado, tan medido, que daban ganas de tocar algo solo para comprobar si saltaba una alarma.
Samantha llamó una vez a una puerta abierta y se apartó.
—Lucía Morales.
Entré.
Evan estaba de pie junto a una mesa baja, sin chaqueta, con la camisa remangada hasta los antebrazos y un vaso de whisky en la mano.
No sé qué esperaba encontrarme exactamente, pero desde luego aquello no ayudó.
En absoluto.
Levantó la vista al verme y durante un segundo se quedó quieto, como si estuviera comprobando algo que ya intuía.
—Buenas noches.
—Buenas —dije, entrando—. Veo que hoy sí hablas.
—Nunca dije que no hablara.
—No. Solo lo pusiste bastante difícil.
Dejó el vaso en la mesa y señaló uno de los sillones del despacho.
—¿Quieres tomar algo?
—Si dices whisky caro para romper el hielo, te vas a decepcionar bastante conmigo.
—Pensaba más bien en café o un refresco.
—Entonces todavía hay esperanza para los dos.
Eso sí le arrancó una sonrisa breve.
—¿Café?
—Sí, por favor.
Se lo pidió a Samantha con una naturalidad muy suya. Yo me senté y saqué la libreta del bolso mientras lo observaba sin demasiado disimulo.
El despacho era grande, pero no exagerado. Libros de verdad, no puestos ahí para aparentar. Una mesa ordenada. Dos cuadros abstractos que probablemente valían más que mi apartamento. Y Evan, frente a mí, con esa forma de estar que hacía que no hiciera falta mucho más alrededor.
—¿Vas a mirarlo todo así durante toda la entrevista? —preguntó.
—Estoy trabajando.
—Claro.
—Y también cotilleando un poco, no te voy a mentir.
Se sentó enfrente, apoyando un brazo en el sillón.
—Eso al menos sí suena sincero.
—Te he dicho varias cosas sinceras desde que te conozco. El problema es que tú no estabas colaborando mucho.
—Puede ser.
Samantha entró con el café, lo dejó y salió sin hacer ruido. Esperé a que la puerta se cerrara antes de abrir la libreta.
—Vale. Empezamos.
—Adelante.
Miré las notas un segundo, más para ordenar el arranque que por necesidad real.
—Todo lo que te rodea está muy medido: la fundación, la exposición pública, el discurso, hasta los silencios. Quería saber si eso lo controlas tú o si, a estas alturas, ya te controla un poco a ti.
No respondió enseguida. Se quedó mirándome, como si estuviera decidiendo por dónde contestarme.
—Lo controlo bastante —dijo al final—. O lo intento. La parte pública de lo que hacemos exige cierto orden. Si no lo marcas tú, lo marca otra gente por ti, y casi siempre lo hace peor.
—Ya, pero eso responde a la parte de fuera. Yo te pregunto por la otra.
—¿Qué otra?
—La de cuánto hay de ti ahí dentro y cuánto es ya estructura.
Vi cómo bajaba la vista un instante a la taza y volvía a mí.
—Depende del día.
Eso me gustó más de lo que debería haberme gustado una respuesta.
—¿Y hoy?
—Hoy bastante.
Lo apunté, aunque no fuera una cita literal para el artículo. Más por cómo lo había dicho que por la frase.
—Tu discurso en la gala no sonó impostado. Tampoco sonó ingenuo. Eso no es tan habitual.
—¿Eso era un cumplido?
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Bebí un poco de café y seguí.
—Tu fundación trabaja con jóvenes en entornos vulnerables: becas, formación, apoyo a proyectos locales… Todo eso está muy bien sobre el papel. Pero a mí me interesa otra cosa: cómo decides quién entra y quién se queda fuera. Porque al final siempre hay una selección, aunque se vista de compromiso.
Ahí se inclinó un poco hacia delante.
—Eso sí me lo preguntan menos.
—Ya lo imagino. No queda igual de bonito en una web.
—No. Pero es la pregunta correcta.
Hizo una pausa corta, de esas que en él no eran vacío sino cuidado.
—Intentamos medir impacto real, continuidad y necesidad. No financiar cosas que queden bien un trimestre y luego desaparezcan. Y también intentamos no caer en lo más fácil, que es ayudar solo donde luego puedas enseñarlo. Hay trabajo útil que no da buena foto.
—¿Y no te frustra depender de donantes para sostener algo que tendría que importar aunque nadie pudiera sacarle rentabilidad en imagen?
Esa vez sí sonrió del todo, pero no por diversión. Más bien por reconocimiento.
—Sí. Bastante.
—Entonces, ¿por qué seguir en ese juego?
—Porque, de momento, sigue siendo más útil estar dentro que mirar desde fuera y quejarse.
Eso me hizo levantar la vista de la libreta.
—Esa también la entiendo.
Se quedó callado un segundo.
—Claro que la entiendes.
No sé por qué me incomodó un poco lo bien que había sonado aquello. O sí lo sabía, pero no me apetecía mucho ponerle nombre.
Cambié de tema antes de notarlo demasiado.
—Tu figura pública está muy ligada a una idea concreta de liderazgo ético. Lo que quiero saber es cuánto pesa eso en tu día a día de verdad. No en una gala. Aquí. Solo. Cuando no hay premio ni foco.
—¿Me estás preguntando si soy peor persona en casa?
—Te estoy preguntando si aquí también eres tan controlado.
—Eso no parece exactamente una pregunta profesional.
—Yo trabajo mezclando cosas.
—Ya lo he notado.
Lo dijo mirándome de una forma que me hizo consciente de mis propias manos sujetando la taza y de que, si no hacía algo enseguida, aquella pausa iba a notarse demasiado. Apunté dos cosas más, más por aparentar normalidad que porque necesitara hacerlo.
—No has contestado.
—Sí, soy bastante controlado.
—Qué sorpresa.
—No pongas esa cara. Tú tampoco pareces especialmente caótica.
Solté una risa corta.
—Eso es porque no has visto mi mesa.
—Ni tu cafetera, según me han contado.
Lo miré.
—¿Perdón?
—Samantha investiga más que mucha prensa.
—Pues dile que se tranquilice, que un mal café no define a nadie.
—No sé si estoy de acuerdo.
—Claro, porque tú vives con un chófer.
—No vivo con un chófer.
—Me has entendido.
Sonrió otra vez y me fastidió un poco notar que me gustaba verlo así, porque se estaba relajando y yo también. La entrevista estaba saliendo mejor de lo previsto, lo bastante bien como para que necesitara volver a la libreta antes de olvidarme de que seguía allí por trabajo.
—Te voy a hacer una pregunta un poco más incómoda.
—Pensaba que ya estabas ahí.
—No. Hasta ahora estaba siendo educada. ¿Cómo se convive con que la gente admire una versión muy concreta de ti y no sepa casi nada del resto?
Esta vez el silencio duró un poco más. Evan no se movió apenas, pero algo le cambió en la cara, lo justo para que yo supiera que había tocado donde no era fácil contestar.
—Se convive —dijo al final.
—Eso no responde nada.
—Ya. Pero es verdad igual.
—¿Te molesta?
Me sostuvo la mirada.
—A veces.
—¿Porque no te ven de verdad o porque prefieres que no lo hagan?
Ahí dejó de apoyarse en el sillón y se quedó quieto de otra manera. No tenso ni incómodo exactamente. Más bien como si yo hubiera tocado una puerta concreta y él estuviera decidiendo si abrirla o no.
—Tú no haces entrevistas fáciles, ¿no?
—No mucho.
—Ya.
Bajé la vista a las notas, pero no escribí nada. Había momentos en los que apuntar rompía la conversación y aquella ya se había movido a otro sitio. A uno más personal. Bastante menos cómodo.
—No creo que a casi nadie le guste sentirse mirado solo por una parte —dijo por fin—. El problema es que, cuando aprendes a vivir así, luego tampoco sabes muy bien qué hacer con lo demás.
No respondí enseguida.
Esa sí era una buena frase. Buena de verdad. No para titular, sino porque sonaba dicha desde un sitio real.
—Vale —dije despacio—. Esa te la voy a robar.
—No me sorprende.
—No debería. Has tardado bastante en aflojar.
—Y tú bastante poco en meterte donde no te llaman.
—Es una virtud profesional.
—Estoy empezando a sospechar que llamas virtud a cualquier cosa que te sale bien.
—Y tú llevas un rato sospechando demasiadas cosas para alguien tan hermético.
No apartó la mirada.