Donde no se mira Capítulo 7
18%

Capítulo 7

Lucía

Llegué a casa con los pies hechos polvo y una idea bastante clara sobre Evan Kovács: estaba muy bueno y era un capullo.

No necesariamente en ese orden.

Cerré la puerta, dejé el bolso en la silla del salón y me quité los tacones en mitad del pasillo con esa prisa que te entra cuando llevas demasiadas horas subida a unos zapatos imposibles.

Los tiré a un lado sin mirar y seguí descalza hasta la cocina, que a esas horas era lo más sensato que se me ocurría.

Abrí la nevera, la miré con más esperanza de la razonable y la volví a cerrar.

No tenía hambre de verdad, solo ese vacío raro que te deja un día largo, así que me serví un vaso de agua, me apoyé en la encimera y me quedé un momento quieta, con la casa en silencio y la gala todavía pegada al cuerpo.

Había salido todo mal y, aun así, no del todo.

No había conseguido la entrevista. Martin iba a ponerme una cara de funeral pagado al día siguiente.

Alex iba a reírse de mí durante semanas.

Y yo, que había ido allí a trabajar, había acabado bailando con un hombre al que no conocía de nada, al que no le había sacado ni diez minutos y del que seguía acordándome más de la cuenta.

Muy profesional todo.

Fui al baño, me desmaquillé y me recogí el pelo otra vez, esta vez ya sin ninguna intención estética.

En el espejo tenía la cara algo más cansada de lo normal, pero también esa expresión rara que se te queda cuando te ha pasado algo que no esperabas y todavía no sabes si te ha hecho gracia, te ha molestado o las dos cosas.

—Muy bien, Lucía —murmuré—. Todo controladísimo.

Me fui a la cama sin cenar y sin poner la alarma porque ya la tenía puesta desde hacía años, a la misma hora absurda y con el mismo sonido odioso de siempre.

Antes de apagar la luz, volví a pensar en su mano en mi cintura, en cómo me había mirado cuando le dije lo de bailar y, luego, claro, en la otra parte: el no.

Limpio. Correcto. Sin una mala palabra. Casi me fastidiaba más por eso.

Apagué la lámpara, como si dormir fuera a arreglarme algo.

Dormí regular. No mal del todo, pero sí con esa sensación de haber arrastrado el día hasta la almohada sin haber terminado de soltarlo.

A la mañana siguiente llegué a la redacción con café en la mano y pocas ganas de que nadie me hablara antes de tiempo. El periódico ya estaba despierto del todo, con ese ruido de teclados, teléfonos y gente cruzando de una mesa a otra como si el edificio se fuera a hundir si se detenían un momento.

Alex estaba en su sitio, mirando unas fotos en la pantalla, y levantó la vista nada más verme.

—Mírala —dijo—. La mujer que bailó con el filántropo y salió de allí sin entrevista, pero con desarrollo de personaje.

Lo dejé pasar por mi lado y solté el vaso sobre la mesa.

—No sé qué me molesta más: que lo digas así o que tengas razón.

—Tengo muchas virtudes.

—Ninguna útil a estas horas.

—Eso no es verdad. A estas horas estoy especialmente gracioso.

—A estas horas eres un delito.

Me senté, encendí el portátil y vi el correo de Martin antes incluso de que me llamara.

En cuanto llegues, entra.

Levanté la vista hacia su despacho y me lo encontré justo al otro lado del cristal, mirándome sin saludar. Solo hizo un gesto con la cabeza.

—Ya voy —murmuré, aunque no pudiera oírme.

Alex sonrió con una satisfacción que me dio ganas de denunciar.

—Mucha suerte.

—Gracias. Qué apoyo más emocionante.

—Estoy contigo en pensamiento.

—Eso no sirve de nada.

—Ya, pero sale barato.

Entré en el despacho de Martin con el café en la mano y la dignidad justita.

—Si vienes a echarme la bronca, que sepas que vengo cansada y me voy a defender peor de lo habitual.

Martin ni sonrió.

—¿No conseguiste la entrevista?

—Veo que conservas tu talento para resumir con cariño.

—Te mandé allí por una cosa bastante concreta, Lucía.

—Y yo fui allí por esa cosa bastante concreta. Que luego el señor filántropo tenga menos ganas de hablar que una pared ya no depende de mí.

Martin se echó hacia atrás en la silla.

—¿Ni cinco minutos?

—Ni cinco. Ni tres. Ni uno con sentido.

—¿Y qué hiciste exactamente?

Lo miré un segundo.

—¿Quieres la versión que me deja bien o la real?

—La real.

—Conseguí acercarme. Hablé con él e incluso bailamos.

Martin parpadeó.

—¿Bailaste con él?

—No lo digas así.

—¿Cómo quieres que lo diga?

—Como si hubiese sido una brillante maniobra periodística y no un momento de cuestionable criterio personal.

Martin se frotó la frente.

—Lucía.

—Funcionó a medias.

—A medias no me sirve para publicar una entrevista.

—Ya lo sé.

Hubo un segundo de silencio. Luego soltó aire, no exactamente enfadado ya, más bien resignado.

—Necesito la pieza de la gala para dentro de una hora. Buena y sin panfleto. Quiero algo que diga algo, aunque ese hombre no te diera ni una sola frase útil.

—Lo dicho, un encanto trabajar contigo.

—Y yo necesito que hoy no me falles dos veces.

Eso sí me picó un poco, lo justo.

—No te he fallado dos veces. Te he fallado una, como mucho.

Martin alzó una ceja.

—Fuera de aquí.

—Siempre es bonito hablar contigo.

Salí del despacho con el café ya medio frío y el orgullo un poco tocado. Alex me estaba esperando con una cara de curiosidad nada disimulada.

—¿Cuántas veces ha dicho «Lucía» en tono de decepción?

—Dos. Y una con eco.

—Durísimo.

—Mucho.

Me senté, abrí un documento nuevo y escribí un título provisional que no podía ser más inspirador: gala, fundación, premio. Qué bien todo.

Me quedé unos segundos mirando el cursor en blanco mientras ordenaba la noche anterior en la cabeza: el hotel, la entrada de Evan, el vídeo de la fundación, el discurso, la coreografía perfecta del evento, las palabras bien medidas, el baile, la negativa.

Y, por debajo de todo eso, algo que no sabía explicar del todo. Quizá era cansancio, quizá era deformación profesional, o quizá que las cosas demasiado bien envueltas siempre me daban un poco de pereza.

Empecé a escribir.

La pieza me salió bastante limpia. Conté el acto, el premio, el discurso medido y esa forma tan fina que tenía la gala de vender compromiso sin olvidarse de vender imagen.

También dejé caer que, cuando una fundación ocupaba tanto espacio público, quizá tocaba hacer preguntas un poco menos cómodas que las que aquella noche había permitido.

No lo destrocé, pero tampoco le puse flores.

Se la mandé a Martin a los cincuenta minutos y, a los dos, me respondió con un escueto:

«Vale».

En idioma Martin, eso ya era casi un abrazo.

—¿Sobreviviste? —preguntó Alex.

—Aparentemente, sí.

—Me alegro. Te veía redactando una columna titulada Evan Kovács y otros problemas modernos .

—No me tientes.

No habíamos terminado de reírnos cuando Martin volvió a salir del despacho.

—Morales. Rivas. Hay un ajuste de cuentas en Bayview. Posible tema de drogas. Quiero una pieza rápida para la web y fotos buenas. Moveos.

Lo miré con el cansancio de quien acaba de cerrar una cosa y ya le están tirando otra encima.

—Claro. Porque no sería un día completo sin un muerto.

—Todavía no sabemos si hay muerto.

—Qué alivio.

Alex ya estaba cogiendo la cámara.

—Venga. Vamos a por nuestro baño de realidad.

—Como si lo de anoche no hubiera sido bastante.

Bajamos al coche de Alex y salimos hacia Bayview con esa mezcla de prisa y rutina que te entra cuando ya no te queda energía ni para cabrearte en condiciones. El cielo estaba gris y la ciudad tenía ese aspecto suyo de no terminar de decidir si estaba cansada, sucia o las dos cosas.

—¿Crees que Martin sigue dándole vueltas a lo del baile? —preguntó Alex.

—Martin no tiene vida interior. Solo objetivos.

—No es verdad. A veces también siente decepción.

—Gracias por mantener mi autoestima estable.

Alex arrancó con una media sonrisa.

—Yo intento que no te acomodes.

—Y yo intento no dejarte tirado en un semáforo. Mira qué bien nos cuidamos.

Cuando llegamos, la calle estaba ya cortada con cinta policial y había dos coches patrulla, una ambulancia y varios vecinos en pequeños corrillos haciendo esa mezcla tan humana de morbo, miedo y necesidad de comentar lo que acaba de pasar aunque nadie sepa todavía casi nada.

Nos identificamos, cruzamos la cinta hasta donde nos dejaron y empezamos con lo de siempre.

Alex a las fotos, yo a buscar quién podía contar algo sin darme una versión oficial vacía.

Un agente joven, con cara de no querer estar hablando conmigo, confirmó lo básico: tiroteo en un callejón, un herido grave, posible relación con tráfico de drogas, ningún detenido por el momento.

Lo normal. O lo tristemente normal.

Una mujer que vivía en el edificio de al lado me contó que había oído tres disparos, luego gritos y luego coches.

Un chico de una tienda cercana dijo que esa zona llevaba semanas rara, con más movimiento por la noche, coches que aparcaban mal y se iban rápido.

Tomé notas, pregunté, miré la escena y, durante un segundo, pensé en lo fácil que era dejarlo todo reducido a lo de siempre: ajuste de cuentas, drogas, un herido, investigación abierta. Y a otra cosa.

—Lucía —dijo Alex a mi espalda.

Me giré.

—¿Qué?

Señaló discretamente con la cabeza a la esquina del callejón.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de cuando algo te engancha y luego ya no sabes soltarlo.

—No estoy poniendo esa cara.

—Ya. Y yo llevo una vida muy ordenada.

Le lancé una mirada.

—Solo estoy trabajando.

—Claro. Como siempre.

Volvimos al coche una hora después con material suficiente para sacar la pieza.

La escribí en el portátil mientras él conducía de vuelta, con el cinturón puesto, un café malo de gasolinera al lado y el tráfico de media tarde haciéndome bailar las teclas más de la cuenta.

A esas alturas del día ya notaba el cansancio detrás de los ojos y el cuello duro de llevar demasiadas horas con la cabeza en demasiadas cosas.

Mandé la pieza antes de llegar al periódico y Martin respondió con otro vale, lo cual ya empezaba a parecer incluso afecto.

Cuando por fin salí de la redacción, ya de noche, tenía el cuerpo pidiendo sofá, silencio y algo caliente que no exigiera ni esfuerzo ni dignidad.

En casa dejé el bolso en su sitio, me recogí el pelo y abrí el congelador con más esperanza de la razonable. Encontré una lasaña precocinada, que no era precisamente una alegría, pero tampoco la peor noticia del día.

La metí al horno y me puse una sudadera por encima, porque a esas horas ya no estaba para convencer a nadie de nada.

Mientras se calentaba la cena, encendí la tele y fui pasando canales hasta dejar uno de esos programas de máxima audiencia donde tres personas muy maquilladas discutían con una intensidad que seguramente se les pasaba en cuanto apagaban los focos.

La lasaña salió hirviendo por fuera y sospechosamente tibia por dentro, en su línea. Aun así, me la llevé al sofá con un tenedor, una manta en las piernas y la sensación de haber vivido dos días enteros dentro de uno.

A mitad de un bloque de publicidad, el móvil vibró sobre la mesa.

Lo cogí sin pensar, todavía con el tenedor en la mano, y vi un número que no tenía guardado.

Abrí el mensaje.

Número desconocido: Buenas noches, Lucía. Soy Samantha, asistente de Evan Kovács. Le escribo para confirmar que puede concederle una entrevista este jueves a las 21:00. Si acepta, un chófer pasará a recogerla.

Me quedé mirando la pantalla unos segundos, más por lo del chófer que por la entrevista, que ya era decir.

Había gente que decía «si te viene bien, nos vemos allí» y gente que directamente te mandaba un coche, así que estaba bastante claro que Evan Kovács y yo no vivíamos en el mismo planeta.

Volví a leer el mensaje, esta vez más despacio, y fue entonces cuando me hizo gracia de verdad: podía concederme una entrevista. Podía. No quería reírme sola en mitad del salón, pero me faltó poco.

—Capullo —murmuré para mí, aunque esta vez con menos convicción que la noche anterior.

La presentadora de la tele siguió hablando de no sé qué escándalo político mientras yo seguía en el sofá, con una lasaña mediocre sobre el regazo y la sensación bastante clara de que mi vida acababa de complicarse un poco más. Volví a mirar el mensaje, dejé el plato en la mesa y empecé a teclear.