Capítulo 6
Evan
Llevaba una copa en la mano que apenas había tocado cuando vi, por el rabillo del ojo, un pequeño revuelo a la izquierda.
Una camarera frenando en seco, una copa en el suelo, una azafata pidiendo cuidado, uno de seguridad girándose y Samantha avanzando con esa rapidez contenida suya que en realidad significaba prisa.
No le di más importancia de la necesaria. En sitios así siempre acababa pasando alguna cosa menor: un tropiezo, una foto donde no tocaba, alguien insistiendo más de la cuenta.
Lo que no esperaba era que, en mitad de aquella distracción, ella apareciera delante de mí.
—No te asustes —dijo—. Vengo con buenas intenciones. Más o menos.
La miré un segundo. De cerca tenía la misma cara que de lejos, quizá incluso más. Esa forma de plantarse delante de alguien como si la posibilidad de incomodarte le pareciera un precio asumible.
—Eso no tranquiliza mucho —dije.
—No era la idea.
Extendió una mano.
—Lucía Morales. The Standard.
Se la estreché. Tenía la mano fría.
—Evan Kovács. Creo que esa parte ya la sabías.
—Me haces ilusión, pero no tanta.
Me salió una sonrisa breve, casi sin permiso.
—¿Estás intentando entrevistarme o insultarme?
—Las dos cosas a la vez. Así aprovecho el viaje.
Hubo un segundo en que podría haber llamado a Samantha con una mirada, apartarme o volver directamente al grupo que me esperaba unos metros más allá. Habría sido lo fácil.
No lo hice.
Ella echó un vistazo rápido detrás de mí, como midiendo tiempos, y luego dijo:
—Baila conmigo.
La frase me pilló lo bastante desprevenido como para que me hiciera gracia antes de parecerme una mala idea.
—¿Perdón?
—No pienso discutir aquí en medio mientras tu equipo vuelve a rodearte. Dame una canción y luego ya me dices que no con más calma.
—Eso suena bastante poco improvisado.
—No sabes la ilusión que me hace que lo notes.
Dejé la copa en una mesa cercana antes de decidir del todo que iba a hacerlo. Le puse una mano en la cintura y la llevé hasta la pista con una naturalidad que casi me molestó. Porque yo no era impulsivo. O no solía serlo.
Y, sin embargo, ahí estaba, bailando con una periodista que acababa de colarse hasta mí aprovechando un despiste mínimo del personal.
—Una canción —dije.
—No necesito más.
—Eso tampoco tranquiliza mucho.
—Qué pena. Con lo tranquila que venía yo.
La música era lenta, fácil, de esas que no piden mucho. Aun así, el contacto cambió algo en la escena. Su mano en la mía, mi otra mano en su cintura, la distancia justa para oírnos sin tener que pegarnos demasiado y, aun así, notar más de la cuenta.
Olía a algo limpio, suave, difícil de ubicar. Tenía el cuerpo tenso al principio, como si una parte de ella siguiera en modo trabajo aunque la otra estuviera ya en otra cosa.
—Así que no das entrevistas —dijo.
—Así que organizas emboscadas.
—No exageres. Ha sido una coincidencia muy bien aprovechada.
—Tu fotógrafo tiene un estilo peculiar para las coincidencias.
Eso la hizo sonreír.
—Sabía que lo habías visto.
—No soy ciego.
—Lástima. Me habría facilitado bastante la noche.
Se movía bien. No como alguien que baila mucho, sino como alguien que no necesita pensarlo demasiado. Iba directa, hablaba con descaro, se saltaba pasos con una naturalidad sorprendente y, sin embargo, daba la sensación de guardarse una parte importante para ella sola.
—¿Siempre haces esto? —pregunté.
—¿Trabajar?
—Colarte donde no te dejan.
—Solo cuando creo que merece la pena.
—Qué honor.
—Todavía no. Primero tienes que darme algo útil. Diez minutos de tu tiempo. Quince si te pones generoso. La fundación, el premio, próximos proyectos. Nada traumático.
La escena era absurda. Y también difícil de ignorar: una periodista bailando conmigo en mitad de una gala mientras intentaba sacarme una entrevista como si aquello fuera el sitio más lógico del mundo para hacerlo.
—No concedo entrevistas en eventos.
—Ya, esa parte me la sé. Por eso he venido a por una respuesta mejor.
—No hay una mejor.
—Siempre las hay.
La frase la dijo sin peso de más, casi como una constatación. Me miró al decirla y por primera vez vi algo menos ligero en sus ojos. No duró mucho. Lo justo para notar que estaba acostumbrada a insistir porque pocas cosas le habrían venido fáciles.
Me incliné un poco para oírla mejor por encima de la música, o quizá fue ella la que se acercó un poco más. No sabría decirlo. Lo que sí supe fue que la proximidad no ayudaba.
Era demasiado fácil prestar atención a detalles que no me convenían: la línea de su boca, la seguridad con la que sostenía la mirada, el hecho de que me estuviera gustando aquella conversación más de lo razonable.
—Mañana —dijo—. O pasado. Lo que te venga bien. Te prometo no pedirte titulares para una taza.
Volví la vista un segundo a su acreditación, luego a ella.
Lucía Morales.
No había nada en ese nombre que me dijera gran cosa.
No todavía. Lo que sí me decía mucho era la situación.
Una periodista lista, con iniciativa, poca paciencia y una manera bastante directa de llegar a la gente.
Precisamente el tipo de persona a la que no me convenía conceder espacios improvisados.
Vi a Samantha avanzar hacia nosotros por el lateral con esa actitud tan suya. Venía con cara de querer cortar aquello antes de que se le fuera de las manos.
Lucía también la vio.
—Te quedan unos diez segundos de amabilidad —dijo.
—Qué optimista eres.
—Trabajo con márgenes pequeños.
Samantha ya estaba lo bastante cerca como para intervenir, así que la miré antes de que lo hiciera.
—Está bien, Samantha. Ahora voy.
Ella frenó apenas un instante. No discutió, pero vi perfectamente el esfuerzo que le costó no hacerlo.
—Señor Kovács, lo esperan junto a la mesa principal.
—Lo sé.
No se movió. Tampoco insistió. Se quedó a una distancia prudente, lo justo para dejar claro que seguía allí y que estaba tomando nota de absolutamente todo.
Lucía alzó apenas una ceja.
—Vaya. Qué poder.
—No te emociones.
—Es difícil no hacerlo. Hace dos minutos no me dabas ni diez y ahora hasta me ganas tiempo.
—No lo llamaría exactamente ganarlo.
—Ya. Tú debes de llamar a esto otra cosa. Gestión, quizá. Control de daños. Riesgo asumible.
—Hablas mucho para alguien que venía solo a hacer preguntas.
—Y tú me estás dejando bastante más margen del que pensabas hace un rato.
Eso me hizo mirarla un segundo más de la cuenta.
—No confundas una cosa con otra.
—¿Y qué cosa sería exactamente esta?
No respondí enseguida porque ninguna respuesta me parecía especialmente buena.
Ella sonrió un poco, casi nada.
—Eso pensaba.
La música seguía sonando y la pista estaba lo bastante llena como para que, desde fuera, aquello todavía pudiera parecer inocente. Un baile más. Una conversación cualquiera.
El problema era que a mí ya me estaba dando más de la cuenta.
—No —dije al final.
Ella no apartó la mirada.
—Qué seco.
—Es una respuesta corta. No siempre son lo mismo.
—No me digas. Yo ya estaba empezando a cogerles manía a las dos cosas.
—Lo superarás.
—Me daré tiempo.
La canción estaba terminando. Noté que la distancia útil entre los dos se estrechaba justo porque estaba a punto de desaparecer. También noté que no tenía ninguna prisa por ser yo quien la rompiera primero.
Lucía ladeó apenas la cabeza.
—Podrías haber dicho que no desde el principio y ahorrarnos toda esta coreografía.
—Podría.
—¿Y entonces?
No era una pregunta complicada.
Y, sin embargo, tardé demasiado en responder.
—Entonces no estarías bailando conmigo.
Eso la pilló un segundo fuera de sitio. Apenas uno. Lo suficiente para que me diera cuenta y para que me arrepintiera casi al mismo tiempo de haberlo dicho.
—Qué detalle —murmuró.
—No lo conviertas en una victoria.
—No hace falta. Ya sé cuándo no me han echado tan deprisa como podrían.
Eso me hizo sonreír otra vez, breve, casi cansado.
La canción terminó y, con ella, el margen.
Le solté la mano con un segundo de retraso respecto a lo prudente.
—Ha sido un placer, Lucía Morales.
—Pues mira, yo con el placer tengo dudas.
Esta vez sí sonreí de verdad.
—Las dudas suelen ser sanas.
—Y las entrevistas, más.
—No en mi experiencia.
Samantha llegó a nuestro lado. Clara también estaba ya lo bastante cerca como para estar enterándose de todo sin necesidad de oírlo.
—Señor Kovács —dijo Samantha, impecable otra vez—, lo están esperando.
Asentí, pero seguí mirando a Lucía un instante más de lo correcto. Ella me sostuvo la mirada con una mezcla de fastidio y orgullo mal disimulado. No le había gustado el no. Tampoco se había desmoronado por recibirlo.
Eso también me gustó.
Lo cual era un problema menor, pero problema al fin y al cabo.
—Buenas noches, Lucía —dije.
—Eso ya lo veremos.
Me fui antes de darle tiempo a decir algo más y, mientras cruzaba de nuevo la sala, noté una molestia pequeña y bastante poco útil: seguía pensando en ella.
No como «la periodista». Pensaba en la manera en que había aparecido delante de mí, en cómo se había colado entre protocolo y seguridad como si el camino más lógico fuera el que todavía no existía, en su ironía, en la mano fría y en la poca prisa que había tenido por impresionarme.
Clara esperó a que llegáramos a una esquina algo más despejada antes de hablar.
—No voy a preguntar.
—Te lo agradezco.
—Pero sí voy a decirte que Samantha estaba a punto de sufrir una muerte administrativa.
Miré de reojo hacia la pista. Lucía ya no estaba sola. Hablaba con el fotógrafo, que se estaba riendo de algo, y ella tenía ahora esa expresión de quien acaba de salir de un pequeño choque con la dignidad más o menos intacta.
—Dile a Samantha que respire —dije.
—No es Samantha la que me preocupa.
No respondí. Tampoco hizo falta.
La gala siguió como siguen siempre estas cosas cuando lo importante no se ha roto de verdad: conversaciones cruzadas, despedidas lentas y gente convencida de haber pasado una gran noche por el simple hecho de haberla compartido con las personas adecuadas.
Yo cumplí con lo que quedaba. Hablé con quien tocaba, sonreí donde convenía y me moví por el salón con la sensación bastante clara de que una parte de mi atención se había quedado atrás.
Y quizá eso fue lo que más me incomodó.
No que hubiera insistido. No que se hubiera colado. Ni siquiera que me hubiera gustado bailar con ella más de lo que tenía sentido.
Lo que me incomodó de verdad fue que, mientras bajaba la vista para firmar una tarjeta de agradecimiento que alguien me puso delante, ya estaba pensando que aquello no había terminado ahí.
Y eso, en una noche como aquella, era casi la peor decisión posible.