Capítulo 5 #2
Yo no estaba viendo solo el vídeo. También miraba la sala: las caras serias, la gente asintiendo donde tocaba, el silencio bien puesto y esas imágenes tan medidas que casi hacían parecer que ayudar a alguien era una cosa limpia, ordenada y fácil de entender.
No mentía, pero estaba contado de esa forma en la que todo parece más sencillo cuando sale en una pantalla.
Cuando terminó, subió al escenario una mujer del patronato y habló de compromiso, impacto, responsabilidad social y un montón de palabras que sonaban tan bien juntas que daban un poco de desconfianza.
Luego pronunció el nombre de Evan como si estuviera a punto de presentar al hombre que había venido a arreglar el mundo él solo.
Yo miré a Alex y él ya tenía la misma cara que yo.
—Si me muerdo la lengua, igual me muero —susurró.
—Hazlo después de las fotos.
El aplauso fue largo. Evan se levantó, subió al escenario, estrechó manos, recogió el premio y se colocó frente al atril mientras las luces se cerraban un poco sobre él.
Había hombres que, puestos ahí arriba, parecían más pequeños, como si el escenario les quitara algo en lugar de dárselo.
A él le pasaba lo contrario. No necesitó hacer demasiado: tomó aire, miró a la sala y empezó a hablar con esa calma medida que, de entrada, me habría encantado poder detestar sin matices.
Yo no estaba escuchando cada frase como si fuera a transcribirla entera.
Estaba intentando ver por dónde respiraba su discurso, qué dejaba pasar, qué parte sonaba de verdad y cuál podía haberle limado el equipo antes de dejarlo salir así.
Para mi mala suerte, habló muy bien: lo justo para no sonar vacío, lo bastante seco para no parecer un anuncio y con alguna frase colocada en un sitio que no parecía elegido solo para arrancar aplausos.
Hubo un momento, además, en que dijo que la utilidad real de cualquier proyecto no se medía por lo bien que quedaba en una gala, sino por lo difícil que resultaría quitarlo sin que alguien lo notara de verdad al día siguiente.
La frase se me quedó dando vueltas, no porque fuera brillante, sino porque sonó dicha desde un sitio real. Y eso me fastidió un poco, porque me gusta tener claro a quién mirar mal desde el principio, y aquel hombre acababa de ponérmelo más difícil de lo conveniente.
Madre mía, pensé. Qué bien habla el capullo. Casi tan bien como le sienta ese pantalón.
No se lo dije a Alex porque me apreciaba poco, sí, pero tampoco quería darle ese material.
—¿Qué tal el santo? —susurró él cuando terminó.
—Peor.
—¿Peor?
—Habla bien.
—Ah. Ya.
Volvieron los aplausos, los agradecimientos y las fotos.
Luego se abrió otra vez la parte social de la noche: más copas, más bandejas, más pequeñas conversaciones que se repetían con otros nombres y más trabajo para Samantha, que seguía pegada al perímetro de Evan como si lo tuviera medido en segundos y metros.
Yo lo seguí con la vista mientras saludaba, se hacía fotos y era arrastrado de una conversación a otra.
Había intentado el camino normal y el camino normal me había dado la patada.
Así que hice otra cosa: me acerqué dos veces más, una por su lado y otra rodeando por el acceso a la pista, y en las dos me encontré con alguien del equipo cerrándome el paso con buena educación y mala leche.
La primera fue Samantha, que apenas necesitó mirarme para decir:
—Todavía no ha cambiado nada.
—Qué poca fe me tienes.
—Experiencia.
La segunda fue Clara, unos minutos después, cuando yo fingía interesarme mucho por unas flores altas colocadas junto a una mesa desde la que se veía medio salón.
—Si estás calculando distancias, te diré que Samantha también lo hace —murmuró a mi lado sin mirarme del todo.
Giré la cabeza lo justo.
—Empiezo a pensar que aquí lleváis años preparándoos para un secuestro.
—No todos. Solo los que queremos dormir tranquilos.
—No pretendo robarlo. Solo hablar con él.
—Eso decís todos antes de complicarme la noche.
La miré ya de frente.
—Tú me caes bien. Es una pena que estés en el bando equivocado.
Clara soltó una sonrisa breve.
—No tengo bando. Tengo horarios.
—Eso es todavía peor.
—Seguramente.
Se apartó antes de que pudiera decir nada más y me dejó con una sospecha bastante clara: si Samantha era el muro, Clara era la que llevaba las llaves del edificio.
Alex apareció a mi lado con una copa que no sabía de dónde había sacado.
—Tienes cara.
—¿Qué cara?
—Cara de estar planeando una estupidez.
—Qué concepto tan poco concreto.
—Contigo lo es bastante.
Volví a localizar a Samantha. Hablaba con uno de los escoltas cerca del acceso a la pista, porque, por supuesto, además de gala, había música y una pequeña zona de baile para que los donantes pudieran fingir que también eran personas relajadas.
Y ahí me vino la idea.
—Necesito cinco segundos —dije.
Alex bajó la copa despacio.
—No me gusta cómo ha sonado eso.
—Cinco segundos de confusión.
—Ah, genial. Me gusta todavía menos.
—Samantha no se separa y los seguratas me están leyendo la intención en la cara.
—También es verdad que tienes cara de venir a tocar las narices.
—Gracias por el apoyo.
—No es falta de apoyo. Es descripción objetiva.
Miré otra vez la zona. Evan acababa de librarse de una pareja que quería una foto y, por primera vez desde que habíamos llegado, estaba medio solo. O todo lo solo que podía estar alguien como él en un sitio así.
—Si yo llego hasta él, ¿puedes distraer a Samantha y a esos dos? —pregunté.
Alex se tomó un segundo para procesarlo.
—¿Cómo de legal quieres que sea mi respuesta?
—Bastante.
—Qué aburrida eres.
—Alex.
Resopló.
—Vale. Puedo montar un pequeño lío con el tema de las fotos. Algo creíble. Pero si te echan, yo no te conozco.
—Eso lo dices ahora porque todavía no te he invitado a cenar.
—Cierto. Te conozco muchísimo.
Le toqué el brazo.
—Cinco segundos.
—Cinco segundos y una pensión si esto sale mal.
Lo vi alejarse con esa manera suya de parecer que no hacía nada cuando claramente estaba a punto de hacer algo, y me obligué a quedarme quieta, midiendo la sala sin moverme demasiado.
Samantha seguía donde estaba, uno de los escoltas hablaba por el auricular y Evan acababa de quedarse, al fin, lo bastante accesible como para que aquello pudiera funcionar.
La música cambió a algo más lento justo cuando Alex se metió donde no debía con la naturalidad de quien lleva toda la vida aprendiendo a parecer que sí debe estar allí.
Levantó la cámara cuando una camarera pasaba con una bandeja y, en menos de dos segundos, hubo una copa en el suelo, una azafata pidiendo cuidado y Samantha girándose hacia aquel pequeño desastre con cara de querer matar a alguien.
El hueco apareció delante de mí. Pequeño, sí, pero justo el que necesitaba.
Solté aire despacio.
Venga, Lucía. Era ahora o nunca.