Capítulo 5
Lucía
Llegamos al hotel con diez minutos de margen, que para el tipo de evento al que íbamos venía a ser llegar tarde con educación.
Un aparcacoches apareció antes incluso de que Alex hubiera terminado de apagar el motor, y yo aproveché esos segundos para alisarme el vestido, recolocarme el bolso en el hombro y mirar la entrada, donde ya había empezado ese desfile de gente que sabe perfectamente cómo cruzar una puerta sin parecer que está entrando.
—Todavía estamos a tiempo de fingir una gastroenteritis —dijo Alex, colocándose la cámara.
—La tuya o la mía.
—La tuya vende mejor. Tienes más cara de estar sufriendo por dentro.
—Qué bonito trabajar con alguien que me conoce tanto.
—Yo solo cuido los detalles.
La fachada del hotel estaba iluminada de arriba abajo. Había seguridad en la entrada, azafatas con sonrisa profesional y varios invitados subiendo la escalinata con ese ritmo raro que mezcla prisa y ganas de parecer relajados. Dentro ya se veía movimiento de camareros, copas y trajes caros.
Le lancé una última mirada a Alex.
—Recuerda que venimos a trabajar.
—Yo siempre vengo a trabajar.
—No. Tú vienes a mirar mal a la gente rica y, de paso, haces fotos.
—Y, sin embargo, nadie se queja de mis resultados.
Subimos los escalones enseñando la acreditación y pasamos sin problema. Nada más cruzar la puerta, me llegó de golpe el olor a flores, perfume y comida con pinta de costar demasiado para el tamaño que tenía.
—No sé si vengo a una gala o a un anuncio de banco —murmuré.
Alex miró alrededor con una mezcla de fascinación y fastidio.
—Si alguien me ofrece una inversión con valores, me tiro por la ventana.
—Estamos en un bajo.
—Pues contra una pared, qué sé yo.
Saqué la libreta del bolso y empecé a localizar caras: gente de la fundación, políticos locales, empresarios que salían demasiado en prensa para lo poco que decían y esa otra clase de personas que nunca salen en las fotos, pero mandan bastante más que media sala junta.
Una camarera me ofreció una copa y negué con la cabeza. No era momento de beber si luego quería sacar algo decente de toda aquella feria. Cogí, eso sí, una mini tostada con algo verde encima que no identifiqué ni tuve ningún interés en identificar.
La gala estaba organizada con una precisión que daba un poco de repelús.
La música al volumen justo, la luz favorecedora, las bandejas que aparecían cuando tocaba y la gente importante siempre colocada donde más lucía.
En los eventos así siempre acababa pensando lo mismo: alguien se había pasado semanas decidiendo hasta el último detalle para que todo pareciera natural.
Me estaba apuntando el nombre de una mujer del patronato cuando noté un cambio mínimo en la sala. Media habitación giró la atención al mismo punto.
Levanté la cabeza por puro reflejo.
Y ahí estaba él.
Evan Kovács acababa de entrar por una puerta lateral acompañado por dos hombres de seguridad, una mujer rubia con tableta en mano y un tipo con pinta de llevar años trabajando en comunicación corporativa y algunos menos viviendo cosas reales.
La primera impresión fue simple y bastante poco sofisticada por mi parte.
Joder.
La segunda fue peor: las fotos no le hacían justicia.
No era solo que fuera muy guapo, que lo era y bastante.
En persona tenía algo más incómodo, una mezcla de control, distancia y presencia que hacía muy fácil entender por qué toda la gente a su alrededor parecía recolocarse un poco cuando él entraba en un sitio.
Iba con traje oscuro, sin nada estridente, y caminaba como alguien acostumbrado a que le abrieran paso sin tener que pedirlo.
Aun así, no iba sobrado. En él era distinto, más seco, más medido, como si no tuviera ninguna intención de regalar ni un gesto de más.
Se detuvo a saludar a varios miembros del patronato, estrechó manos, inclinó la cabeza aquí y allá y dijo algo a una mujer mayor que se echó a reír más alto de lo normal. Todo era correcto. Todo impecable. Demasiado.
Alex apareció a mi lado justo a tiempo para pillarme mirando.
—¿Ese es nuestro santo?
—Ese mismo.
—Pues vaya.
—Sí.
—Pues sí que gana en persona.
Lo miré de reojo.
—Tu comentario me está aportando muchísimo.
—Yo solo digo lo que veo.
—Pues hazle una foto y deja de verbalizarlo.
Alex levantó la cámara con una sonrisa.
—Ya voy.
Lo dejé trabajando y seguí observándolo un poco más, intentando ver algo que se saliera de la imagen pública.
Un gesto raro. Cansancio mal llevado. Una mala contestación.
Lo que fuera. Pero no había nada fácil de agarrar.
Sonreía lo justo, escuchaba lo justo y se movía con una soltura tan medida que costaba saber cuánto había de verdad ahí y cuánto de costumbre.
Y casi creo que eso era lo que más me molestaba.
Que igual el tipo era así de verdad.
Una mujer con acreditación del evento y auricular transparente pasó cerca de mí. La intercepté antes de que siguiera de largo.
—Perdona. Lucía Morales, de The Standard. Quería saber si después del bloque institucional va a haber un espacio para preguntas.
Me dedicó esa sonrisa educada que se usa cuando vas a decir que no sin querer sonar desagradable.
—Las entrevistas se gestionan a través del equipo del señor Kovács.
—Perfecto. ¿Y quién es del equipo del señor Kovács?
La mujer señaló discretamente a la rubia de la tableta, que estaba a pocos metros de Evan controlando tiempos con cara de no disfrutar absolutamente nada de la vida.
—Samantha.
—Gracias.
No fui directa. Antes di una vuelta más por la sala. Si no podía entrar por la puerta principal, al menos intentaría entender cómo estaba montada la casa.
A un lado vi a una morena de traje crema revisando una lista con alguien del hotel. No iba detrás de Evan, pero sí estaba pendiente de que todo siguiera en pie.
Me acerqué.
—Perdona. Lucía Morales, de The Standard. ¿Tú llevas prensa o solo organización?
La mujer levantó la vista, me miró un segundo y soltó una sonrisa cansada.
—Ojalá llevara solo una cosa. Clara.
Le tendí la mano.
—Lucía.
—Prensa no exactamente. Agenda, tiempos, incendios pequeños y algún desastre mayor si me pilla cerca.
—Entonces eres más importante que la mitad de la gente de aquí.
—Eso procuro que no se note.
Miró por encima de mi hombro hacia Evan y luego volvió a mí.
—Si vienes por la entrevista, no soy yo.
—Ya imaginaba que sería demasiado fácil.
—Yo solo llevo la tableta —dijo, alzándola un poco—. Ahí quien manda es Samantha.
—Qué alivio. Ya empezaba a caerme bien la persona equivocada.
Clara soltó una risa corta.
—No sé si sentirme halagada o advertida.
—Un poco de las dos.
—Pues te ahorro tiempo: Samantha no va a soltártelo.
—¿Porque él no quiere o porque no le dejáis?
—Porque esta noche nadie quiere.
—Qué ambiente tan acogedor.
—Ya, bueno. A mí me pagan por evitar disgustos, no por repartir alegrías.
—Entonces esta noche vas a trabajar bastante.
—No sabes cuánto.
La miré un segundo más.
—Dime una cosa. ¿Siempre es así de perfecto o hoy se ha esforzado especialmente?
Clara ladeó apenas la cabeza.
—¿Evan?
—No. El Papa.
Eso le hizo gracia.
—Siempre viene bastante hecho de casa.
—Qué pena.
—¿Esperabas un tropiezo?
—Esperaba algo.
—Eso nos pasa a todos.
Y con esa frase me dejó claro, con mucha elegancia, que de ella no iba a sacar nada más. La reclamaron enseguida dos personas a la vez y yo me aparté con la sensación clara de que, si quería llegar a Evan, iba a tener que pasar por Samantha sí o sí.
Fui hacia ella en cuanto vi un hueco. Samantha me vio llegar antes siquiera de que yo abriera la boca, lo cual me hizo sospechar que estaba acostumbrada a detectar periodistas a distancia.
—Lucía Morales, de The Standard —dije—. Me gustaría hablar con el señor Kovács después del discurso. Diez minutos. Quince si se pone generoso.
Samantha ni pestañeó.
—Lo siento, esta noche no hay entrevistas fuera de las programadas.
—Yo no soy muy fan de lo programado.
—El señor Kovács sí.
—Qué pena.
Ella sonrió un poco, pero sin soltarse.
—Puedo tomar tus datos y ver si más adelante se abre algún hueco.
—Eso suena a manera fina de decirme que me vaya olvidando.
—Suena a que esta noche no será posible.
—Vale. Pues fingiré que me duele, pero insistiré igual dentro de veinte minutos.
—Lo imaginaba.
—¿Siempre eres tan encantadora o es algo especial conmigo?
—Depende de la otra persona.
—Qué respuesta tan poco tranquilizadora.
—No estaba intentando tranquilizarte.
La miré un segundo más.
—¿Y él decide esto o lo decides tú?
—Yo le evito muchos disgustos. Él me lo permite.
—Eso ha sonado a matrimonio antiguo.
—Ha sonado a organización.
—No sé. He visto parejas con menos compenetración.
Esta vez sí se le movió algo en la cara. Poco. Casi nada.
—Te recomiendo que no confundas una cosa con la otra.
—Te recomiendo que no me des consejos si todavía quieres parecer neutral.
—Nunca he querido parecer neutral.
—Eso al menos sí me gusta.
—No era mi intención gustarte.
—Vas regular de resultados esta noche.
Samantha me sostuvo la mirada un segundo.
—Y tú regular aceptando respuestas.
—Es deformación profesional.
—Lo había notado.
Me aparté con una mueca y me encontré a Alex observándolo todo desde un lateral.
—¿Qué tal con la guardiana de las puertas del cielo?
—Me ha dicho que no con una sonrisa. Muchísimo peor que si me hubiera mandado a la mierda.
—Eso es clase.
—Eso es sadismo.
—¿Y la otra? La del traje crema.
—Clara. Agenda, tiempos y prevención de lágrimas en baños.
Alex soltó una risa.
—Me cae bien.
—A mí también. Pero no sirve. La llave sigue siendo Samantha.
—Pues habrá que encontrar otra puerta.
—Qué descansado es trabajar contigo.
Unos minutos después empezaron a avisar de que pasáramos al salón principal. A la prensa, como siempre, nos tocó una zona lateral desde la que podías verlo todo lo bastante bien como para trabajar y lo bastante mal como para no olvidar cuál era tu sitio.
Las luces bajaron y empezó el vídeo de la fundación.