Capítulo 4
Evan
La gala se celebraba en un hotel del centro que habían reformado tantas veces que ya no debía de quedar casi nada original, aparte de los techos altos y esa manía tan de ciertos sitios de querer impresionar en cuanto cruzas la puerta.
Al llegar, había coches parando en la entrada, personal yendo de un lado a otro con prisa contenida y varios asistentes con acreditación vigilando accesos con bastante más seriedad de la necesaria.
Nada nuevo.
Me recibió gente, me dieron la mano, me soltaron un par de frases amables que ya había oído otras veces y fui respondiendo en automático mientras avanzaba por el vestíbulo.
Clara apareció a mi lado a los pocos minutos, impecable, con el pelo recogido y esa expresión de quien ya ha resuelto medio evento antes de que tú llegues.
—Todo va en hora —dijo—. Primero el cóctel, luego pasáis al salón, ponen el vídeo, entregan el premio, das el discurso, fotos y después vuelve la parte social. Samantha ya está filtrando a la prensa.
—Perfecto.
—No pongas esa voz.
La miré.
—¿Qué voz?
—La de «estoy perfectamente y no pasa nada», que suele significar lo contrario.
—Te estás volviendo muy indiscreta.
—Tú muy transparente no ayudas.
Eso me hizo casi sonreír.
La recepción ya estaba en marcha. Camareros pasando con bandejas de copas, otros con canapés demasiado bonitos para parecer comida de verdad, gente hablando de pie en pequeños grupos y esa música de fondo que siempre parecía diseñada para no molestar a nadie y no decir gran cosa.
Saludé, escuché, asentí, cogí una copa que apenas toqué y dejé pasar varios minutos haciendo exactamente lo que se esperaba de mí.
Llevaba años moviéndome con soltura en lugares así, que no era lo mismo que decir que me gustaran.
En un momento dado, mientras uno de los miembros del patronato me hablaba de un posible nuevo convenio que no me apetecía discutir allí, vi a Samantha al otro lado de la sala cortándole el paso a alguien con esa educación suya que, en el fondo, no dejaba espacio para mucha réplica.
No distinguí bien a quién. Tampoco le di mucha importancia.
La prensa siempre intentaba acercarse antes de tiempo.
Unos minutos después nos hicieron pasar al salón principal y la gala empezó a parecerse a sí misma de verdad.
La gente fue dejando las copas, recolocándose chaquetas y vestidos y entrando sin hacer demasiado ruido, que en sitios así hasta eso parece ensayado.
Las luces bajaron un poco, las pantallas ya estaban listas y en los laterales habían dejado mesas altas, con las sillas colocadas frente al escenario y todo bastante más pensado de lo que parecía.
Se hizo ese silencio a medias que hay antes de que empiece algo, cuando nadie se calla del todo, pero la atención ya empieza a moverse hacia delante.
Yo ocupé mi sitio, dejé la copa en una mesa cercana y miré alrededor sin demasiado interés. De momento, la noche seguía dentro de lo previsto.
Entonces la vi.
No porque nadie me la señalara ni porque estuviera haciendo nada especialmente llamativo. Supongo que fue más bien la forma de estar allí. En la zona lateral reservada a la prensa, con la acreditación al cuello, la libreta en la mano y esa cara de quien no ha ido a dejarse impresionar por nada.
Vestido negro, sencillo. Pelo suelto. No parecía estar haciendo ningún esfuerzo por llamar la atención y, aun así, era difícil no fijarse en ella.
No estaba incómoda. Tampoco impresionada. Más bien tenía pinta de haberse hecho ya una idea de todo aquello y de no pensar tragárselo a la primera.
La miré un segundo más de la cuenta.
—No —dijo Samantha, a mi lado, sin molestarse en bajar mucho la voz.
La miré.
—¿Perdón?
—No esa periodista.
—No sé de qué me hablas.
—Yo sí.
Volví la vista al frente justo cuando terminaban de bajar las luces.
—¿Quién es?
—Lucía Morales. The Standard.
El nombre no me dijo gran cosa. O no entonces.
—¿Y qué pasa con ella? —pregunté.
—Que ya ha intentado pedir una entrevista y le he dicho que no.
—Entonces no veo el problema.
—El problema es que tiene cara de no aceptar bien los noes.
No respondí. Samantha llevaba suficiente tiempo conmigo como para saber cuándo una cosa era simple curiosidad y cuándo podía acabar complicándome la semana.
El vídeo de la fundación empezó en ese momento y la conversación se cortó sola.
Empezó a sonar la música y fueron saliendo imágenes de jóvenes sonriendo, aulas, talleres, barrios complicados, familias agradecidas y una voz en off hablando de oportunidades, futuro y segundas opciones, como si todo pudiera explicarse bien en tres minutos.
Estaba bien montado, como casi todo lo que salía de comunicación.
Y también bastante más ordenado de lo que solían ser las cosas cuando no había una pantalla de por medio.
Aun así, parte de lo que salía allí era verdad. Eso era lo incómodo.
Cuando terminó, subió al escenario una mujer del patronato, habló de compromiso, impacto y responsabilidad social con la tranquilidad de quien sabe que la sala ya está de su parte, y al final pronunció mi nombre.
Subí, estreché manos, recogí el premio y me coloqué frente al atril con la pieza todavía en la mano.
No me gustaban especialmente los discursos, pero aun así prefería escribirlos yo.
Agradecí el reconocimiento, nombré a la fundación, al equipo que llevaba años trabajando donde de verdad importaba y a la necesidad de no convertir ciertas palabras en simple decoración.
Dije también, porque me salió así y porque era verdad, que la utilidad real de cualquier proyecto no se medía por lo bien que quedaba en una gala, sino por lo difícil que resultara retirarlo sin que alguien lo notara de verdad al día siguiente.
La sala reaccionó donde tenía que reaccionar y guardó silencio donde tocaba.
Bastante bien, en general.
Y, aun así, en un momento concreto del discurso, la busqué.
No sé si sin querer o queriendo un poco.
La encontré en la zona lateral, junto al fotógrafo, con la libreta abierta y una cara difícil de leer desde tan lejos. No parecía aburrida. Tampoco impresionada. Me estaba escuchando, eso sí. Lo noté. Y noté también una cosa bastante menos conveniente: que me importó.
Terminé, recogí el aplauso, me hice las fotos de rigor y empezó la parte que siempre se me hacía más larga: las felicitaciones.
La sucesión de personas agradables, comentarios correctos y conversaciones que no pedían profundidad, solo continuidad. Lo soportaba mejor que antes, eso era verdad, pero seguía sin gustarme.
Una mujer del patronato me sujetó unos minutos más de la cuenta para hablarme de alianzas futuras, un hombre con demasiada colonia quiso convencerme de que cenáramos la semana siguiente y un político local me soltó tres frases seguidas con la palabra compromiso sin que ninguna significara nada concreto.
Le respondí con educación y me libré en cuanto pude.
Entonces, de nuevo, la vi.
Esta vez más cerca.
Hablaba con Samantha. No oía lo que decía, pero sí vi la ligera inclinación de su cuerpo, la forma de sostener la mirada y la expresión perfectamente educada con la que Samantha debió de negarle la entrevista.
Lucía no insistió demasiado. Se apartó con una mueca breve, casi de fastidio contenido, que no llegué a entender del todo, pero que me hizo gracia.
—¿Qué? —preguntó Clara, apareciendo a mi lado.
—Nada.
—Ya.
—No empieces tú también.
Clara siguió la dirección de mi mirada y tardó menos de dos segundos.
—Ah.
—No hagas ese sonido.
—No he dicho nada.
—No hacía falta.
Clara se permitió una media sonrisa.
—Solo espero que esta noche no me compliques la siguiente.
—Qué fe tan conmovedora me tienes.
No respondió. Tampoco hacía falta.
La parte social volvió a ponerse en marcha con más soltura.
Música, bandejas, conversaciones menos medidas.
La gente se desplazó hacia la pista y los laterales con esa rapidez elegante que siempre me había parecido una forma muy cara de hacer lo mismo que en cualquier boda, pero con mejores zapatos.