Capítulo 3
Evan
Había días en los que mi agenda parecía una broma pesada escrita con bastante mala leche, y aquel, antes siquiera de llegar a las diez de la mañana, ya iba camino de meterse entre los que te dejaban sin paciencia demasiado pronto.
Cuando llegué al despacho ya tenía tres correos marcados como urgentes, dos llamadas perdidas de Clara y un mensaje de Maggie que decía, simplemente: «Llámame cuando puedas».
Con Maggie, una frase así podía significar cualquier cosa.
Desde que se le hubiera roto una lámpara hasta que pensara que me estaba metiendo en algún sitio del que luego costaría salir.
Como no me apetecía enfrentarme todavía ni a una cosa ni a la otra, dejé el móvil bocabajo sobre la mesa, me quité la chaqueta y me serví café antes de sentarme.
La oficina ocupaba una esquina entera de la planta, con ventanales enormes, una mesa de madera oscura, una pared de estanterías demasiado ordenadas y una vista de San Francisco que a mucha gente todavía impresionaba bastante.
A mí no tanto. No porque no me gustara, que sí, sino porque llevaba demasiado tiempo viendo lugares así, muy bonitos por fuera, donde luego se tomaban decisiones que no lo eran tanto.
Clara apareció en la puerta sin llamar, como siempre, con una tableta en una mano, un vaso de café en la otra y esa cara suya de llegar ya por delante de todo el mundo.
Me resolvía más cosas de las que era razonable y, de paso, me dejaba bastante claro lo mal que iría todo si algún día le daba por marcharse.
—Buenos días —dijo.
—Eso todavía está por ver.
—Te pongo al día: reunión con el patronato a las diez, llamada con Boston a las once, el almuerzo con donantes se ha caído porque a uno de ellos le ha dado hoy por tener una crisis de reputación, y tu traje para esta noche llega en una hora.
—Lo del traje suena como la mejor noticia de todo eso.
Clara levantó la vista.
—Eso dice bastante poco de tu entusiasmo.
—Y de mi agenda.
Entró y se quedó de pie delante de mí mientras repasaba la pantalla.
—Comunicación ha llamado dos veces para confirmar si vas a aceptar preguntas fuera de la entrevista pactada.
—No.
—Ya lo suponía.
—Y no pongas esa cara. Si quieren una noche tranquila, que no inviten periodistas.
—No he puesto ninguna cara.
La miré.
—Llevas poniéndola desde que has entrado.
—Es mi cara de trabajo.
—Es tu cara de «vas a hacer algo que me complica la vida».
—También.
Eso me hizo gracia. Poco, pero lo justo.
Clara llevaba conmigo casi cuatro años, que en según qué entornos equivalía a una relación bastante más íntima que muchas parejas.
Sabía cuándo dejarme espacio, cuándo insistir, cuándo contestarme y cuándo ignorar alguna de mis ideas antes de que se convirtieran en problema.
Yo no se lo decía nunca porque entonces se pondría insoportable durante una semana, pero la mitad de las cosas que funcionaban a mi alrededor lo hacían porque ella ya las había pensado antes que yo.
—¿Algo más? —pregunté.
Vaciló un segundo. Ahí ya supe que sí.
—La periodista de The Standard ha confirmado.
—¿Solo una?
—Sí. Lucía Morales.
El nombre no me dijo nada en ese momento.
—¿Te suena? —preguntó Clara.
—No. ¿Debería?
—Samantha dice que no ha sido fácil quitársela de encima.
Eso sí me hizo gracia.
—Entonces igual es buena en su trabajo.
—O igual le gusta demasiado tocar las narices.
—No son opciones incompatibles.
Clara me sostuvo la mirada un segundo.
—¿Quieres cambiar algo?
Me apoyé en el respaldo de la silla y negué con la cabeza.
—No. Déjalo como está.
No añadió nada más, pero tampoco le hizo falta. Clara no era curiosa, solo era lista, y a veces eso bastaba para que una conversación se alargara un poco más de lo necesario.
Miré a través del ventanal sin ver gran cosa. El tráfico abajo seguía moviéndose con esa mezcla de prisa y rutina que tienen las ciudades grandes. Me quedé un momento quieto, lo justo para admitir lo obvio: no me apetecía aquella noche.
Mientras me abotonaba los gemelos, pensé en la gala de esa noche, en todo el protocolo que venía detrás y en las pocas ganas que tenía de seguir representando el papel de siempre.
El interfono sonó justo entonces.
—¿Sí?
—El patronato ya está aquí —informó Clara.
—Perfecto. Diles que subo.
No era perfecto, claro que no, pero tampoco iba a cambiar nada quedándome allí pensándolo.
La reunión fue lo de siempre: presupuestos, informes, cifras, lenguaje correcto y gente queriendo cambiar cosas importantes sin que a nadie le incomodara demasiado. A veces me daba por pensar lo bien que se le daba al dinero parecer mejor de lo que era.
Hablaron de expansión, de programas nuevos, de visibilidad pública y de alianzas estratégicas.
Yo asentí, corregí, puse límites y di el visto bueno a lo que me pareció razonable.
Hacía años que ese era mi trabajo de verdad, bastante más que salir en fotos o subir a un escenario: mantener una estructura en pie, decidir qué sí, qué no y con quién, e intentar que lo que hacíamos sirviera para algo más que para que cierta gente con mucho dinero pudiera dormir un poco más tranquila.
A mitad de la reunión, uno de los miembros del patronato, un hombre de sonrisa cansada y corbata indecente me preguntó si estaba bien.
—Te noto callado.
—Eso es porque estoy escuchando.
Se rieron un poco, lo justo para relajarse ellos mismos, y seguimos.
Cuando terminó la reunión, Clara ya me esperaba con otra carpeta y un recordatorio de la llamada con Boston.
Después vino la revisión del discurso con comunicación.
Me quitaron tres frases porque «sonaban demasiado secas» y yo les devolví dos porque las suyas sonaban a plástico.
Luego tuve otra reunión, esta vez con legal, por un asunto menor que acabó ocupando cuarenta minutos, porque nadie en una mesa de abogados sabe decir algo simple sin darle demasiadas vueltas.
Para cuando miré la hora otra vez, eran casi las seis y llevaba el cuerpo con esa tensión sorda que da un día lleno de gente, de palabras y de versiones distintas de la misma realidad.
Clara apareció de nuevo en la puerta.
—Tienes el traje preparado en el vestidor pequeño.
—Gracias.
—Y Maggie ha llamado dos veces más.
Eso me hizo levantar la vista.
—¿Ha dicho algo?
—No. Solo que quiere hablar contigo antes de que salgas.
Asentí, y en cuanto ella se fue, cogí el móvil y la llamé.
Maggie respondió al segundo tono.
—Por fin.
—He estado trabajando.
—Ya. Qué sorpresa.
Me levanté de la silla y fui hasta el ventanal mientras hablaba con ella, más por moverme que por otra cosa.
—Clara me ha dicho que has llamado tres veces. O hay una emergencia o te aburres.
—No me aburro nunca, Evan. Y no me gustan las galas.
Eso sí me lo creí sin esfuerzo.
—Eso tampoco es una novedad.
—No me gustan las galas, no me gusta la gente que se cree mejor por llevar una copa cara en la mano y no me gusta la prensa rondando como si todo el mundo les debiera algo.
—Hoy vienes suave.
Maggie resopló al otro lado.
—Te llamaba para saber si ya estabas metido en el circo o todavía estabas a tiempo de escaparte.
—Llego tarde para lo segundo.
—Qué pena.
Casi sonreí.
—¿Era solo eso?
—No. También quería oírte la voz antes de que te trague toda esa gente bien vestida.
Ahí me quedé callado un segundo.
—Estoy bien.
—No he dicho que no lo estés. He dicho que quería escucharte.
Me apoyé con una mano en el cristal.
—Pues ya está. Voz escuchada.
—Y bastante tensa, además.
—Estoy cansado.
—Puede ser.
Hubo una pausa corta.
—Y también puede ser que haya algo más.
No respondí enseguida.
—Maggie.
—No te estoy pidiendo explicaciones. Solo te digo que tengas cuidado. Cuando llevas demasiado tiempo con todo bajo control, cualquier tontería te descoloca más de la cuenta.
—Qué optimista te has levantado hoy.
—No me hagas perder el tiempo, Evan. Sabes a qué me refiero.
Sí. Más o menos.
Miré el tráfico abajo sin ver gran cosa.
—Es una gala. Un premio. Ya está.
—Claro. Y dentro de tres días me llamarás como si no hubieras dormido bien en una semana.
—No puedes verme la cara por teléfono.
—No me hace falta.
Eso también era muy suyo.
—No dejes que toda esa gente te haga creer que eres más importante de lo que eres —dijo.
—Nunca he tenido ese problema.
—No. Tienes otros.
Nos despedimos sin resolver nada, como casi siempre que hablábamos de según qué cosas, y me quedé un momento con el teléfono en la mano antes de dejarlo sobre la mesa.
Después fui a cambiarme.
El traje, la camisa y una corbata oscura me esperaban ya colgados, impecables, como si el resto del día hubiera ido igual de bien.
Me quité la chaqueta, me aflojé el cuello de la camisa y me miré un segundo en el espejo antes de cambiarme. Tenía cara de día largo: cansancio, tensión en la mandíbula y esa expresión neutra que se me quedaba cuando llevaba demasiadas horas pensando más de lo que decía.
Siempre me había llamado la atención lo fácil que era parecer una cosa cuando te acostumbrabas a no explicar demasiado. La mayoría veía control. A veces era eso, sí. Otras veces solo era práctica y ganas de no dar más de lo necesario.
Me duché rápido en el baño del despacho, solo para quitarme de encima el día y la sensación de oficina pegada a la piel, y al salir me vestí sin prisa, pero sin entretenerme tampoco.
El traje me quedaba bien. La camisa también.
No era una cuestión de vanidad. Era más simple que eso.
Hacía tiempo que había aprendido que, en ciertos sitios, la gente te escucha mejor si antes le das justo la imagen que espera encontrarse.
Mientras me abotonaba los gemelos, pensé en la gala de esa noche, en todo el protocolo que venía detrás y en lo poco que me apetecía terminar el día rodeado de gente esperando una versión amable de las mismas respuestas de siempre.
En teoría, la noche no tenía por qué complicarse: discurso, fotos, saludos, algo de prensa y vuelta a casa.
En teoría.
Cogí el móvil, la cartera y las llaves y, antes de salir, me miré una última vez en el espejo. El traje hacía su parte: ordenaba la imagen, escondía el cansancio y sostenía esa calma correcta que, desde fuera, casi siempre parecía verdad.