Capítulo 2
Lucía
Cuando entramos en la redacción, aquello ya iba por libre: teclados, teléfonos, sillas arrastrándose y ese olor a café recalentado y gente despierta desde demasiado pronto que, a esas alturas, ya me parecía normal.
En el periódico casi nunca daba tiempo a aterrizar del todo.
Una llegaba pensando que iba a hacer una cosa concreta y, antes de dejar el bolso, ya llevaba dos temas encima, una llamada pendiente y una nota de voz de Martin pidiendo algo «rápido», como si esa palabra significara lo mismo para él que para el resto de la humanidad.
—Huele a entusiasmo —murmuró Alex a mi lado.
—A derrota —le corregí.
—No, la derrota huele peor. Esto es solo precariedad con wifi.
Le lancé una mirada sin frenar el paso y fui directa a mi mesa, que no era exactamente una mesa, sino un pequeño vertedero organizado: portátil, dos libretas, un bote con bolígrafos que no funcionaban casi nunca y una carpeta amarilla llena de temas atrasados que llevaba una semana evitando abrir.
No se resolvían solos, por mucho empeño que yo pusiera en ignorarlos.
Martin salió de su despacho con esa cara suya de saber que iba a fastidiarte el día y no sentir ni un poco de culpa por ello.
—Morales.
—Qué alegría verte tan temprano.
—No mientas tan mal. Tengo una cosa para ti antes de esta noche.
—Claro. ¿Por qué iba a tener yo una mañana tranquila pudiendo sufrir un poco más?
Martin me tendió una carpeta fina, demasiado fina para traer algo bueno.
—Conferencia en el muelle. Seguridad portuaria, nueva inversión municipal, vecinos cabreados y comerciantes diciendo que se les va a ir el negocio al carajo. Quiero una pieza corta para digital antes de las cinco.
—Qué combinación tan sexi.
—Vas con Alex.
Detrás de mí, él levantó la mano.
—Siempre es bonito sentir que no se confía en mí para nada importante sin supervisión adulta.
Martin ni lo miró.
—A las doce quiero un titular provisional.
—Qué ilusión me hace trabajar contigo —dije.
—Y a mí tenerte en nómina, Morales. Es mutuo.
Se dio la vuelta y volvió a encerrarse en el despacho sin esperar réplica, que era otra de sus virtudes más irritantes.
Abrí la carpeta por encima mientras Alex se acercaba con su café en la mano.
—¿Qué nos toca?
—Puerto, vecinos enfadados, políticos vendiendo humo y comerciantes con ganas de matar a alguien.
Alex sonrió.
—O sea, democracia.
—Ojalá fuera tan simple.
Nos fuimos en su coche porque el mío llevaba dos días haciendo un ruido raro al arrancar y yo aún estaba en esa fase de negación activa en la que una prefiere no llevarlo al taller porque, mientras no lo mires, todavía no cuesta dinero.
En el trayecto me puse a leer por encima la nota de prensa que nos habían pasado y ya en la segunda línea estaba agotada.
—Escucha esto —le dije a Alex—. «Una apuesta firme por la transformación sostenible de los espacios de conexión marítima». ¿Tú entiendes algo?
—Sí —dijo, sin apartar la vista de la carretera—. Que se van a gastar un dineral y quieren que no se note.
—Es que no dicen una cosa normal ni aunque les paguen.
Alex soltó una risa.
—Tu problema, Lucía, es que esperas demasiado de la gente que cobra por adornar basura.
—Mi problema es que no me pagan a mí por insultarla con más elegancia.
Llegamos al muelle con el tiempo justo. Alex dejó el coche donde pudo y echamos a andar deprisa, que venía a ser nuestro ritmo natural cuando trabajábamos.
Había una carpa pequeña, un atril, varios operarios mirando desde lejos y un grupo de vecinos con cara de haber ido a protestar, no a aplaudirle nada a nadie.
Un concejal con abrigo beige hablaba con una mujer que asentía a todo, y unos metros más allá, dos periodistas de una tele local se retocaban antes de entrar en directo.
—¿A quién quieres primero? —preguntó Alex, colgándose la cámara.
—A quien esté más cabreado. La verdad siempre habla antes cuando está enfadada.
—Eso o te llevas un insulto de gratis.
—También me sirve.
Nos repartimos sin hablar mucho más. Yo me fui hacia un grupo de comerciantes que discutían entre ellos y localicé enseguida al hombre que parecía llevar la voz cantante: chaqueta azul marino, cincuenta y muchos y cara de dormir mal desde hacía bastante tiempo.
Me presenté, le dije de qué medio iba y con eso ya tuvo bastante para empezar.
—¿Usted sabe lo que nos va a costar esto? Luego vendrán a hacerse la foto y a decir que la ciudad avanza, pero el que cierra soy yo, no ellos.
—¿Qué cambia exactamente para ustedes?
—Accesos, reparto, horarios, plazas de carga. Lo de siempre. Te lo venden como mejora y al final los que estamos aquí cada día somos los que tenemos que comernos el invento.
Habló deprisa, con ese tono de quien lleva demasiado tiempo diciendo lo mismo sin que nadie le haga caso. Mientras tomaba notas, vi por el rabillo del ojo a Alex buscando encuadres entre las vallas y el agua, metido ya en lo suyo.
Fui enlazando declaraciones: el comerciante enfadado, una vecina harta del ruido, un representante vecinal que decía estar a favor del proyecto «si se hacía bien» y, por último, el concejal, que confirmó mis peores sospechas en cuanto abrió la boca.
—Este plan representa una oportunidad histórica para modernizar la convivencia entre actividad económica y ciudadanía.
Lo miré un segundo, bolígrafo en mano.
—Eso, traducido, sería…
El hombre parpadeó.
—Bueno… que vamos a reorganizar accesos y servicios para mejorar…
—Ya. Pero, para que lo entendamos todos, ¿qué significa exactamente?
A mi lado, una de las chicas de la tele local apartó la cara para no reírse.
—Estamos buscando una transición equilibrada —dijo al final.
—Perfecto. Eso sí lo entiendo. ¿Equilibrada para quién?
Ahí sí se tensó un poco, lo justo para que la sonrisa se notara forzada.
No es que me gustara tocar las narices porque sí. Bueno, no siempre. Pero me cansaban mucho las respuestas hechas y, cuando alguien se empeñaba en hablarme como si yo estuviera allí solo para asentir, se me iba sola la paciencia.
Alex apareció a mi lado cuando terminé, revisando las fotos en la pantalla de la cámara.
—Tienes una capacidad muy concreta para hacer que te odien.
—Y eso que hoy me he levantado suave.
—Ya. Menos mal.
Le eché un vistazo a algunas fotos. Había una muy buena del concejal con el gesto fruncido, otra de los comerciantes señalando la zona vallada y una del muelle con el cielo gris detrás que decía más que todo el discurso oficial junto.
—Esta está bien.
—Ya lo sé.
—No seas creído.
—No me alimentes el ego y no lo seré.
Volvimos al coche con notas suficientes como para sacar un buen artículo y paramos en una cafetería cercana donde servían café aceptable y cookies tamaño XL. Alex pidió dos sin consultar y puso una delante de mí.
—No quiero.
—Te la vas a comer igual en veinte minutos, cuando te entre hambre y te pongas antipática.
—Yo ya soy antipática sin ayuda.
—También.
Abrí el portátil y empecé a escribir con él enfrente, repasando imágenes y soltando comentarios cada poco rato, la mayoría innecesarios.
—¿Vas a poner lo de «transformación sostenible» o te da vergüenza ajena hasta por escrito?
—Lo voy a poner entrecomillado para que se note que no ha salido de una mente sana.
—Bien.
Escribí rápido. La pieza era clara: resumen de la medida, voces cruzadas, vecinos y comerciantes en desacuerdo, Ayuntamiento vendiendo mejora y poco más. Periodismo local. Del que parece pequeño hasta que te acuerdas de que a la gente le afecta más eso que muchas cosas que salen en portada.
Le mandé el titular provisional a Martin y me respondió con un simple vale. Ni una coma más. En su idioma, eso ya contaba como aprobación, entusiasmo y casi afecto si te venías arriba.
—Tenemos jefe contento —dije.
—¿Y eso cómo se identifica? ¿Parpadea una vez?
—No. No te llama inútil en media hora.
Alex se rio y siguió con la cookie.
Cuando salimos de la cafetería ya eran más de las cuatro y, en cuanto me subí al coche, me volvió a la cabeza la gala de esa noche: Evan Kovács, la fundación, el premio, las sonrisas medidas y Martin esperando que yo sacara algo más que una crónica bonita.
—No me mires así —dijo Alex, arrancando.
—No te estoy mirando.
—Estás poniendo cara de que preferirías tragarte una grapadora antes que ir esta noche.
—No sería la peor opción.
—No exageres. Igual hasta te diviertes.
Volví la cabeza hacia él.
—Alex, voy a pasar tres horas entre gente que usa la palabra «impacto» sin tener ni idea de lo que cuesta llenar una nevera.
—Bueno, pero tú puedes juzgarlos en silencio. Y con vestido.
—No sé si eso pretende consolarme o hundirme más.
—Un poco de las dos.
De vuelta en la redacción, dejamos el material, subí la pieza definitiva, hablé cinco minutos con Martin para confirmar horarios y acreditaciones y, antes de salir, él me recordó lo obvio.
—Quiero la entrevista, Morales.
—Yo también quiero un piso con ventanas que aíslen bien, pero mira.
—No te me pongas graciosa.
—Ya llegas tarde para pedir eso.
Me señaló con el dedo como si de verdad fuera a reñirme, pero solo dijo:
—Ve lista.
—Eso ya lo estaba.
—Me refería a presentable.
Le dediqué una sonrisa falsa.
—Qué bonito trabajar en un entorno donde se valora a la mujer por todo lo que aporta.
—Lárgate.
—Con gusto.
Salí del periódico cansada, pero todavía con el cuerpo en marcha. Tocaba pasar por casa, cambiarme y fingir que me quedaba energía para una gala.
En casa me recibió el silencio y, por un segundo, lo agradecí muchísimo.
Dejé el bolso en la silla, me quité los zapatos en mitad del salón y fui directa a la cocina a por una cola Zero.
El café había hecho lo que podía durante el día, pero ya no daba para más.
La abrí apoyada en la encimera y miré el piso un segundo, con la sensación de estar allí solo de paso antes de volver a arreglarme y salir otra vez.
No me apetecía nada arreglarme, pero tampoco podía presentarme en la gala con la misma pinta con la que acababa de salir del muelle.
Así que fui al dormitorio, abrí el armario y me quedé mirando la ropa con esa hostilidad absurda que me entraba cada vez que tenía que vestirme para algún sitio donde el envoltorio importaba más de la cuenta.
No tenía demasiadas opciones de «mujer elegante sin parecer que lo ha intentado tres horas», que era más o menos el objetivo.
Al final saqué un vestido negro sencillo y lo dejé sobre la cama. No tenía nada especial, pero tampoco hacía falta.
Me duché, me sequé el pelo y me puse el vestido.
Después fui a por unos zapatos de tacón que no me destrozaran la vida a la media hora, unos pendientes sencillos y una gargantilla fina.
Me maquillé un poco más de lo habitual, lo justo para verme buena cara y no sentir que iba disfrazada, y me dejé el pelo suelto.
Cuando terminé, me miré en el espejo. No iba espectacular ni falta que hacía, pero sí lo bastante bien como para gustarme, que al final era lo que me importaba.
El teléfono vibró justo entonces.
Alex: Estoy abajo. Y, por favor, dime que no vas vestida como en el muelle, porque no pienso fingir sorpresa delante de millonarios.
Sonreí antes de responder.
Lucía: Tranquilo. Voy lo bastante bien como para no avergonzarte demasiado.
La contestación llegó enseguida.
Alex: Impresionante. Hazte una foto, igual no vuelve a pasar.
Cogí el bolso, miré una vez más el piso, apagué la luz del pasillo y salí.
Mientras cerraba la puerta detrás de mí, pensé en la noche que tenía por delante, en Evan Kovács, en el premio y en la entrevista que quería sacarle. Todo tenía pinta de estar demasiado bien montado, y justo por eso Martin esperaba que yo rascara un poco más allá de lo que se veía.