Donde no se mira
© inepub.com
Capítulo 1
Lucía
La cafetera de mi cocina llevaba un rato haciendo ese ruido de siempre, como si estuviera a punto de explotar o de rendirse, y yo la miraba desde la encimera con la taza en la mano y la misma cara con la que miraba casi todo últimamente: sueño, mala leche y resignación.
Mi apartamento era pequeño. No «mono», no «acogedor», no ninguna de esas palabras que usa la gente cuando quiere justificar que paga demasiado por muy poco.
Pequeño. Un salón con cocina integrada, una habitación donde apenas cabía una cama decente y un baño que, si abrías mucho los brazos, parecía que te estaba retando.
Aun así, me gustaba. O me había acostumbrado.
En esta ciudad una termina cogiéndole cariño a cualquier sitio donde no le suban el alquiler dos veces en un mismo año.
El portátil seguía abierto sobre la mesa desde la noche anterior, rodeado de papeles, una libreta con notas que yo misma había escrito y ya no entendía del todo, y un recibo de la luz que llevaba tres días evitando mirar, por puro autocuidado.
El teléfono vibró sobre la mesa y no hizo falta mirar para saber que no era mi madre.
Mi madre llamaba. Siempre. Le gustaba escuchar la voz al otro lado, comprobar si estabas cansada, contenta o mintiendo antes siquiera de preguntarte cómo te iba.
Los mensajes a esas horas, secos y sin saludo, solo podían ser trabajo.
Y efectivamente lo era.
Martin: ¿Estás despierta?
Lo miré un momento, como si me estuviera planteando seriamente la opción de fingir mi propia muerte, pero al final escribí.
Lucía: Estoy despierta. Si esto es para pedirme algo antes de las nueve, te odio ya de entrada.
La respuesta tardó lo justo para que yo supiera que me iba a tocar fastidiarme.
Martin: Necesito que cubras lo de esta noche.
«Lo de esta noche» podía ser cualquier cosa.
En mi trabajo, ese tipo de mensajes siempre llegaban con una mezcla rara de urgencia y vaguería, como si una tuviera que saber por ciencia infusa si le estaban hablando de una rueda de prensa, un acto benéfico, un escándalo o una reunión donde tres hombres con traje iban a decir la palabra transparencia sin reírse.
Lucía: ¿Qué es «lo de esta noche»?
Me serví café mientras esperaba y lo probé sin fe. Estaba horrible. Lo normal. Mi cafetera y yo manteníamos una relación bastante honesta: ninguna esperaba demasiado de la otra.
Martin: Entrega de un premio. Un CEO, una fundación, muchas fotos y mucha gente diciendo cosas bonitas. Quiero un artículo que no huela a nota de prensa.
Eso ya sonaba algo mejor.
Lucía: ¿Nombre?
Martin: Evan Kovács.
Leí el nombre un par de veces. No porque me sonara de algo concreto, sino porque se me quedó dando vueltas sin que supiera muy bien por qué.
Abrí una pestaña y lo busqué. El wifi decidió ir lento justo entonces, así que me dio tiempo a cabrearme un poco antes de que apareciera la foto.
Evan Kovács. CEO. Filántropo. Director de una fundación con uno de esos nombres que quieren sonar importantes.
Había fotos con niños, con políticos, en foros, en escenarios.
Siempre bien colocado, siempre con una sonrisa demasiado medida.
Luego estaban los artículos: visión, impacto, liderazgo y otras cuantas palabras de esas que, cuando salen mucho juntas, ya empiezan a oler raro.
Todo demasiado limpio.
Lucía: ¿Qué quieres exactamente?
Martin: Crónica. Entrevista si puedes. Y mira bien. Si hay algo raro, tú lo vas a ver.
Ahí estaba. Eso era lo que siempre me decía, como si me conociera mejor que yo. Lo de «tú lo vas a ver». No era ningún don ni nada por el estilo. Era costumbre. Era haber visto suficientes cosas como para saber que, cuando todo está demasiado bien puesto, alguien se ha molestado en colocarlo así.
Dejé el teléfono bocabajo y me apoyé en la encimera con la taza entre las manos. El café seguía sabiendo a rayos. Me lo bebí igual.
A veces me pasaba, no muchas, que me levantaba con la sensación de que algo venía, aunque no supiera qué. Luego, claro, me acordaba.
Fui al baño, me lavé la cara, me cepillé los dientes y volví al cuarto a vestirme.
Me puse unos vaqueros negros, una camiseta blanca y cogí una chaqueta que dejé en el respaldo de una silla.
No era gran cosa, pero a esas horas tampoco hacía falta más.
Mi padre siempre decía que, si te enredabas con una tontería, luego llegabas cansada a lo importante.
Pensé en él sin querer y me quedé quieta un segundo, con un pendiente en la mano y la cabeza en otro sitio.
Mi padre aparecía así, sin más, entre una cosa y otra.
Yo ya me había acostumbrado un poco a eso.
O a intentarlo, al menos. Porque una cosa es echar de menos y otra quedarte enganchada ahí a las ocho de la mañana, cuando todavía tienes que salir de casa y fingir que eres una persona funcional.
Murió en México cuando yo era niña, siguiendo una pista de un confidente que acabó siendo una trampa.
Esa fue la versión oficial y, durante muchos años, también la única.
Un policía muerto. Un mal sitio. Mala suerte.
Y ya. Yo crecí con eso, con esa historia cerrada y con todo lo demás dando vueltas por debajo.
—Órale, Lucía —murmuré, poniéndome el otro pendiente—. Espabila.
El timbre sonó tres veces seguidas, con esa falta de paciencia tan suya, y no tuve ni que preguntarme quién era.
Abrí y ahí estaba Alex, con su inseparable gorra gris, un café en una mano y esa cara suya de ir siempre un poco por delante, que a veces le servía para caer bien y otras para resultar insoportable.
—He estado a punto de dejarte una nota —dijo nada más verme—. Una cosa simple: «Si muero aquí esperando, que conste que no fue por amor».
—Son las siete y veinte.
—¿Y? En este trabajo eso ya cuenta como abandono.
Me aparté para que pasara.
—Entra y no exageres tanto, que al final voy a parecer una borde.
—Tú ya traes eso de serie, Morales.
—Y tú hablas demasiado para la hora que es.
Entró riéndose por lo bajo, dejó la mochila junto a la mesa y arrugó la nariz.
—Joder. ¿Qué has hecho? ¿Hervir tornillos?
—Es café.
—No, eso no lo es.
Le quité el vaso de la mano antes de que pudiera apartarlo y bebí un trago.
—Vale, esto sí.
—Claro. Yo sí me quiero.
Alex y yo llevábamos ya bastante tiempo trabajando juntos, lo suficiente como para haber dejado atrás la cortesía y pasar a esa fase mucho más útil de meternos el uno con el otro sin que nadie se ofendiera.
En Alex confiaba. No a ciegas, porque yo casi nunca lo hacía, pero sí lo suficiente como para no tener que ir midiéndome todo el rato.
—Martin me ha escrito de buena mañana —dijo, sacando el móvil del bolsillo—. ¿Vamos al festival de la bondad o qué?
—Eso parece.
—¿Quién toca hoy?
—Evan Kovács.
Alzó las cejas y se apoyó en la encimera.
—Ah. El de la cara de «os prometo que yo no tengo la culpa de ser millonario».
—Esa misma.
—No sé si me fío de un hombre que sale tan bien en todas las fotos.
—Nadie sale tan bien en todas las fotos.
—Tú no, desde luego.
Le di un golpe suave en el brazo.
—Pues no haberme hecho una foto bostezando en Oakland.
—Era periodismo de verdad.
—Era crueldad.
Sonrió satisfecho y yo, aunque intenté aguantarle la mirada seria, acabé sonriendo también. Con Alex me pasaba eso. Incluso cuando estaba cruzada, conseguía sacarme algo.
—¿Qué quiere Martin exactamente? —preguntó.
—Una crónica y, si es posible, una entrevista. Ah, y que mire bien, porque, al parecer, si algo no encaja, yo lo voy a notar.
Alex hizo una mueca.
—Qué bonito. O sea, si sale mal, la culpa también es tuya.
—Eso va incluido en el sueldo emocional.
—¿Y te compensa?
Lo pensé un segundo.
—Depende del día.
—Hoy no tiene pinta.
—Hoy todavía no sé qué pinta tiene.
Me apoyé a su lado y le di otro trago a su café, porque el mío ya lo había dejado por imposible. Alex miró mi taza abandonada en la encimera como si fuera una escena del crimen.
—Voy a terminar denunciándote por atentado al estómago.
—No exageres.
—Lucía, has tostado el agua.
Eso me hizo reír más de la cuenta y lo odié un poco por ello.
—No sé para qué vienes tan pronto si es para humillarme en mi propia casa.
—Porque sin mí estarías bebiendo alquitrán y saliendo con una chaqueta arrugada.
Miré la chaqueta, que seguía en la silla.
—La chaqueta está bien.
—La chaqueta necesita terapia.
Puse los ojos en blanco y fui a por el bolso.
—A veces pienso que te soporto solo porque haces buenas fotos.
—Y yo a ti, porque pagas las hamburguesas cuando cobras antes.
—Eso no es amistad. Eso es estrategia.
—En esta economía, todo vínculo sano tiene algo de estrategia.
Salimos del apartamento unos minutos después y bajamos por las escaleras porque el ascensor llevaba dos días con el cartel de «Fuera de servicio», que a esas alturas ya parecía decoración.
Al llegar a la calle, el aire frío me despejó de golpe.
Olía a pan recién hecho de una panadería cercana y a basura húmeda un poco más abajo.
San Francisco era mucho de eso, de mezclar lo bonito y lo sucio sin cortarse.
Entonces volvió a vibrarme el teléfono.
Miré la pantalla y vi el nombre antes incluso de pensarlo: Tío Raúl. Nunca había sido mi tío de verdad, pero después de la muerte de mi padre se quedó en ese sitio raro donde uno ya no se para a corregir los nombres.
—Espera —le dije a Alex.
Contesté mientras seguíamos caminando.
—¿Bueno?
La voz de Raúl me llegó cálida, como siempre, con ese tono suyo tranquilo que a veces daba calma y otras, dependiendo del día, un poco de sueño.
—Mija, ¿te desperté?
—No, ya estaba despierta.
—Milagro.
—No empieces.
Se rio por lo bajo.
—¿Cómo estás?
—Bien. Corriendo, como siempre.
—Ya, ya. No paras nunca.
Lo dijo con ese punto entre resignado y cariñoso que le salía mucho cuando hablaba conmigo, como si siguiera viéndome con diez años y las rodillas peladas.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué tal estáis?
—Bien, mija. Tu tía anda preguntando por ti. Dice que hace días que no vienes a comer y que, como sigas así, te va a retirar el saludo.
Sonreí sin darme cuenta.
—Eso no se lo cree nadie.
—Yo solo transmito amenazas.
—Claro. Qué vida tan dura la tuya.
Raúl soltó una risa corta.
—A ver si vienes el domingo, aunque sea un rato. Tu tía hizo mole la semana pasada y todavía sigue ofendida porque no estabas para probarlo.
—El domingo no sé cómo voy a ir.
—Tú di que sí y luego ya vemos.
—Qué casualidad, esa misma estrategia uso yo con el trabajo.
—¿Ves? Algo has aprendido.
Seguimos andando mientras hablaba con Raúl. Alex me miró un segundo, levantando las cejas, y yo le hice un gesto con la mano para que esperara.
—Te llamaba para eso, en realidad —siguió Raúl—. Para saber cómo estabas y para ver si consigo que te dejes caer por casa un día de estos. Parece que solo existes para el periódico.
—No exageres.
—Lucía.
—Vale, sí. Estoy trabajando mucho.
—Pues cuídate también un poco, mija. Come bien, duerme algo y no vivas siempre con prisa.
—Eso ha sonado a señor mayor.
—Porque soy un señor mayor.
—No tanto.
—Lo justo para saber cosas.
Ahí me reí.
—Qué miedo.
—Más te valdría hacerme caso de vez en cuando.
—Lo pensaré.
—Ni lo vas a pensar ni nada.
Raúl volvió a reírse, más suave esta vez.
—Llámame cuando puedas, ¿sí? Y a ver si vienes. Tu tía se pone contenta cuando apareces, aunque luego te regañe por no ir más.
Tragué saliva. A veces me pasaba con Raúl, que me daba por pensar en todo el tiempo que llevaba ahí y se me quedaba una cosa rara por dentro.
—Iré, lo prometo.
—Eso quiero ver yo.
—Pesado.
—Malagradecida.
Sonreí.
—Cuídate.
—Tú también, mija.
Colgué y guardé el teléfono en el bolso.
Alex esperó un par de pasos antes de hablar.
—¿Todo bien?
—Sí. Era Raúl.
—¿Invitación oficial a comer?
Lo miré.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque se le pone esa voz de señor encantador cada vez que te llama y tú pones cara de que deberías dejarte caer más.
—No pongo esa cara.
—La acabas de poner.
Negué con la cabeza.
—Dice que mi tía me echa de menos.
—Tu tía tiene razón. Seguro que además cocina mejor que tú.
—Eso tampoco es difícil.
—Yo no quería decirlo tan claro, pero ya que te adelantas…
Le di un golpe flojo en el brazo mientras seguíamos andando.
—A veces eres insoportable.
—Y tú tienes cara de que vas a acabar yendo el domingo.
—Ya veremos.
—Vas a ir.
No le contesté, porque seguramente llevaba razón.
Nos subimos al coche de Alex y, mientras arrancaba, miré por la ventanilla la ciudad, que ya iba a lo suyo: gente corriendo, cafés abiertos, semáforos en rojo que nadie respetaba del todo.
Pensé en el evento de esa noche, en Evan Kovács, en su cara de hombre bien colocado y en que Martin no me había mandado allí para volver con una crónica bonita.
—¿En qué piensas? —preguntó Alex.
—En que ojalá sea un acto aburrido y ya.
—No te lo crees ni tú.
No, no me lo creía.
Me acomodé en el asiento y apoyé la cabeza un segundo.
Solo era un evento, un premio y, si había suerte, una entrevista.
Gente con dinero aplaudiendo a otra gente con dinero por hacer cosas buenas con una parte muy pequeña de ese dinero.
Nada especialmente nuevo. Nada que no hubiera visto ya de una forma u otra.
Y, en teoría, tampoco tenía por qué salir de allí con mucho más que una libreta llena y dolor de pies.
Pero ya iba pensando en ello más de lo necesario.