Capítulo 10 El último avión
El trabajo, visto desde fuera, seguía casi idéntico.
El modelo tridimensional seguía girando en el mismo monitor, las placas tenían los mismos espesores, los pernos los mismos diámetros.
Pero ahora Lara sabía qué había detrás de esos números.
Decisiones que hasta hacía pocos días le habían parecido excesivas empezaban a tener sentido.
Collins no había diseñado aquel equipo para el trabajo que Lara tenía delante, sino para algo mucho más grande.
A la mañana siguiente, Elvis entró en la oficina técnica mientras ella comparaba dos revisiones del bastidor. Se detuvo junto al monitor. Lara esperó la pregunta habitual sobre el avance.
—¿Te falta algo? —preguntó, en cambio.
Ella levantó los ojos.
—¿Cómo?
—Para cerrar la revisión.
Lara volvió al modelo.
—Me faltan los datos sobre la recuperación de la sonda. Derek me ha dado los normales, no los de emergencia.
Elvis asintió.
—Te los hago llegar.
Salió.
Lara volvió al modelo, pero se quedó con la mano quieta sobre el ratón.
¿Eso es todo?
Ninguna comprobación de los cálculos, ninguna petición de justificar la geometría. Solo esa pregunta, y listo.
◆
Mientras tanto, Taenara empezaba a prepararse para la llegada del último avión.
No sucedía con especial solemnidad: no había una cuenta atrás proyectada en las paredes, ni nadie que anunciara cada mañana cuántos días faltaban.
Había listas, cajas, etiquetas, inventarios que aparecían sobre las mesas del comedor y desaparecían unas horas después llenos de marcas a bolígrafo.
Aldo pasaba la mitad de los días entre generadores y almacenes, tratando de averiguar qué podía romperse en los meses siguientes y si tenían al menos dos recambios.
Vincent revisaba medicamentos y material estéril con una meticulosidad todavía mayor de lo habitual.
Fernanda había convertido toda una pared de la cocina en un sistema de hojas con cantidades, fechas y raciones.
Una tarde, Lara encontró a Fernanda en el trastero de al lado del comedor, ocupada en mover cajas para hacer sitio a las provisiones nuevas. Al fondo reconoció la caja de madera con las inscripciones en cirílico que había visto el día de la inspección.
—Espera. ¿Y esa?
Fernanda siguió su mirada.
—¿Qué pasa?
—La tapaste cuando llegaron los observadores.
—Ah, esa. —Fernanda se secó las manos en los pantalones, con el aire de quien está a punto de revelar un secreto de Estado—. Ven.
Abrió la caja.
Dentro había botellas de vodka.
Lara la miró fijamente.
—¿En serio?
—¿Cómo que en serio? ¿Sabes lo que cuesta traer alcohol de verdad hasta aquí abajo?
—Pensaba en algo más... ilegal.
Fernanda cerró la tapa de un golpe seco.
—Si se entera Park, para mí ya es suficientemente ilegal. En invierno ya hablaremos. Aquí hay noches en las que puede hacer falta.
—Y mientras tanto la escondes como si fuera plutonio.
—Mientras tanto la escondo de Fuego. Con el vodka ruso hace falta un mínimo de educación, y él no tiene.
Lara volvió a mirar la caja mientras Fernanda seguía moviendo cajas. Durante días la había añadido mentalmente a la lista de cosas sospechosas de Taenara.
Vodka.
Vale. Una menos.
Nika también estaba completamente absorbida por el trabajo y actualizaba sin parar una tabla en la sala de comunicaciones. Lara la vio una mañana borrando un horario y escribiendo otro.
—¿Problemas?
—El tiempo.
—¿Malo?
Nika hizo una mueca.
—Pregúntamelo mañana.
En la parte superior de la hoja ponía ÚLTIMA ROTACIÓN, y debajo una fecha. Faltaban cuatro días.
◆
La tarde siguiente, Lara estaba cruzando el pasillo C con una carpeta bajo el brazo cuando vio a Nika y a Elvis más adelante, casi delante del despacho de mando. Aminoró apenas el paso. No estaban lejos, se veían bien. Hablaban en voz baja y los gestos de Nika se hacían cada vez más amplios.
Nika hablaba deprisa. Lara lo entendió por el movimiento de las manos más que por la voz, que solo le llegaba como un sonido indistinto.
Señaló la sala de comunicaciones, luego la ventana del pasillo, luego otra vez a Elvis.
Él permanecía quieto delante de ella. Nika siguió.
Elvis dijo algo. Ella negó con la cabeza y volvió a hablar, todavía más animada.
Entonces Elvis levantó una mano y se la puso en el hombro.
No la apretó, no la atrajo hacia sí. Solo apoyó la mano.
Nika dejó de gesticular y lo miró mientras él decía unas pocas palabras que Lara no consiguió oír. Al final bajó los ojos y asintió.
Cuando Lara llegó lo bastante cerca como para que pudieran notarla, Elvis ya había retirado la mano del hombro de Nika.
Nika se volvió hacia ella.
—Hola.
—Hola.
Elvis le hizo un breve gesto con la cabeza. Lara siguió hacia la oficina técnica sin aminorar el paso. No es asunto mío. Abrió la puerta, entró, dejó la carpeta sobre el escritorio, y se dio cuenta de que todavía estaba pensando en aquella mano sobre el hombro.
Definitivamente no es asunto mío.
Abrió el modelo del cabrestante.
◆
Dos días antes del último vuelo, Fernanda interceptó a Lara poco después de comer.
—A las cuatro vienes al comedor.
—Tengo que terminar una revisión.
—A las cuatro.
—¿Por qué?
—Thor. Cumple veintiocho años.
Lara se detuvo.
—¿Veintiocho? Pensaba que era mayor.
—Es grande, no viejo —dijo Fernanda, y siguió hacia la cocina sin esperar más preguntas.
A las cuatro menos cinco, Lara guardó el trabajo y fue al comedor.
Entendió de inmediato que Fernanda había interpretado el concepto de una pequeña fiesta de cumpleaños en una base antártica de una manera bastante personal.
Sobre la mesa había dos bolsas llenas de globos de colores distintos, un rollo de cinta adhesiva, tijeras, cordel, trozos de cartón recuperados de los embalajes, y dos grandes cifras, un 2 y un 8, que Aldo había recortado y forrado con cinta roja.
Park estaba hinchando un globo azul con la misma expresión con la que Lara lo había visto controlar a los observadores del Tratado Antártico. Aldo estaba de pie sobre una silla intentando fijar el número 2 a la pared.
—Más a la izquierda —dijo Nika.
Aldo movió el número.
—No. La otra izquierda.
—Solo hay una izquierda.
—No desde donde estoy mirando yo.
—Entonces sube tú a la silla.
—Estoy coordinando.
—¿Quién te ha nombrado?
—Me he autoproclamado.
Vincent entró con otra bolsa de globos.
—He encontrado más en el trastero.
Nika prácticamente se los arrancó de las manos.
—Perfecto.
—No he dicho que tengamos que usarlos todos.
—Ahora sí.
Lara se detuvo en el umbral.
—Pensaba que había venido a ayudar.
Fernanda apareció desde la cocina con un cuenco enorme.
—Tú vienes conmigo.
—¿Por qué?
—Porque eres italiana.
—Aldo también lo es.
—Él ya ha destrozado bastantes cosas hoy.
—No he destrozado nada —protestó Aldo, justo cuando el número 8 se despegaba de la pared y caía al suelo—. La cinta es una mierda.
La puerta del comedor se abrió. Elvis entró.
Fernanda dejó inmediatamente el cuenco sobre la mesa.
—Ah. Por fin.
Elvis miró primero a Fernanda, luego los globos, luego a Park, que estaba hinchando otro.
—¿Qué pasa aquí?
—Tú tienes la misión más importante.
Elvis miró a Fernanda con evidente desconfianza.
—¿Qué misión?
Fernanda se acercó a él.
—Tienes que quitarme a Thor de en medio.
—¿Cuánto tiempo?
—Una hora. Mejor una hora y media.
—¿Adónde se supone que debe ir?
—No lo sé. El comandante eres tú.
Nika contuvo una sonrisa. Lara bajó los ojos hacia el cuenco para no reírse.
Elvis observó a Fernanda un par de segundos más.
—¿Y qué le digo?
—Invéntate algo.
—Normalmente intento evitarlo.
—Elvis, es importante.
Él respiró despacio.
—Está bien.
Fernanda le dio una palmada en el brazo.
—Muy bien.
Luego se volvió hacia la cocina, y Elvis se dio cuenta de que Lara lo estaba observando.
—¿Algún problema, ingeniera?
—Absolutamente ninguno, comandante.
—Bien. —Salió.
Nika esperó a que la puerta se cerrara.
—Solo espero que no le monte un briefing de una hora.
—Con Thor podría funcionar —dijo Aldo desde la silla—. Él no haría preguntas.
Media hora después, Lara vio a Thor cruzar el pasillo B detrás de Elvis, ya con la chaqueta técnica en la mano, con el aire tranquilo de quien no sospechaba absolutamente nada.
—¿Adónde lo lleva? —preguntó.
Nika se asomó a mirar.
—Ha dicho que quiere revisar unos anclajes exteriores antes de que cambie el tiempo.
—¿Existe de verdad un problema con los anclajes?
Nika lo pensó.
—Ahora probablemente sí.
◆
En la cocina, Fernanda había decidido que Lara era lo bastante fiable como para ocuparse de la crema, pero no lo bastante como para acercarse a la decoración final sin supervisión.
La tarta era sencilla: dos capas, una crema preparada con lo que quedaba de las mejores provisiones, y una cobertura de chocolate que Fernanda evidentemente había protegido de Fuego durante semanas.
Lara estaba nivelando uno de los bordes cuando él apareció en la puerta. No dijo nada. Miró la tarta.
—No —dijo Fernanda, de espaldas.
—No he hecho nada.
—Te conozco.
—No sé de qué hablas.
Fernanda se giró justo cuando Fuego alargaba un dedo hacia la crema.
—¡Christian!
Demasiado tarde. Él recogió una tira de chocolate del borde y se la llevó a la boca. Fernanda le golpeó el dorso de la mano con el trapo.
—¿No se supone que los ingleses sois todos unos caballeros?
—Es solo propaganda. —Fuego saboreó el chocolate con toda calma.
Lara dejó de trabajar.
—¿En serio? ¿Eres inglés?
—Sí.
Lo observó mejor. La barba de dos días y ese aire de que nada conseguía impresionarlo no ayudaban mucho a acercarlo a la imagen que acababa de pasarle por la cabeza.
—No te pareces exactamente a Hugh Grant.
—Menos mal. —Cogió un poco más de crema. Fernanda levantó el trapo, y él desapareció.
—Me gusta la tarta —dijo Lara.
—No cambies de tema. Has puesto la crema torcida.
—No está torcida.
—Está torcida.
—¿Dos milímetros?
—La ingeniera eres tú.
Lara se rio y alargó la mano hacia el molde que Fernanda acababa de mover. El borde caliente le rozó la parte interna de la muñeca. Retiró la mano de golpe.
—Joder.
Fernanda se giró.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—Déjame ver.