Capítulo 4 Bajo la superficie #2
Lara se quedó en la entrada con el estuche en la mano. Primero buscó los puntos que reconocía de los planos; después localizó los que le harían falta para el levantamiento.
—¿Todo bien? —preguntó Thor.
—Sí —respondió Lara—. Es solo que… es más grande de lo que pensaba.
Dejó el estuche en el suelo y se puso a trabajar. Colocó el escáner, configuró las coordenadas que había preparado con Nika y puso en marcha el levantamiento. El instrumento empezó a girar despacio y en la tableta tomó forma la primera reconstrucción de la cámara.
Aquella parte le resultaba familiar. El mundo real se transformaba poco a poco en algo que podía medir: paredes, soportes, placas, cada superficie trasladada a la pantalla con precisión.
Lara movió el instrumento y continuó el levantamiento desde otra posición.
Al cabo de pocos minutos había dejado de pensar en el frío.
Más tarde volvió a sentirlo en los dedos.
Trabajar con guantes lo ralentizaba todo.
Para apretar una ruedecilla tenía que quitarse el guante exterior y volver a ponérselo antes de que las yemas de los dedos empezaran a arder.
El aliento le empañaba la parte inferior de las gafas de protección cada vez que se inclinaba sobre la tableta.
Incluso mover el trípode sobre el suelo irregular de hielo exigía más atención de la que había previsto.
Park bajó mientras Lara comparaba dos partes del levantamiento. No la interrumpió. Se quedó junto a Thor y siguió el trabajo durante unos minutos.
Lara giró el modelo en la tableta. Todavía quedaba un vacío bajo un lado del castillete, justo cerca de la zona que más le interesaba.
Intentó mirarlo desde otro ángulo, pero no cambió nada.
La estructura metálica impedía que el escáner captara aquella parte y, desde el suelo, no había ninguna posición útil para rodear el obstáculo.
—Tengo que subir ahí —dijo, señalando la parte lateral—. Un tramo de la estructura me corta el haz justo donde más falta hace. Si no cubro ese punto, el modelo se queda con un punto ciego exactamente debajo del anclaje.
Park siguió la dirección de su dedo.
—El castillete todavía no está preparado para subir. Hace falta una línea de vida a la que asegurarte.
Lara comprobó la altura y luego el punto que le faltaba en la tableta. No tenía sentido arriesgarse a una caída; tampoco lo tenía entregar un levantamiento incompleto para ahorrarse montar una protección que allí dentro iban a necesitar de todos modos.
—Entonces ponédmela. —Giró la tableta hacia Park y le enseñó la zona ciega—. Sin ese punto, el levantamiento entero no es fiable.
Park estudió la pantalla y luego miró a Thor. Antes de que ninguno de los dos respondiera, la radio que Thor llevaba en el hombro se encendió con un chasquido de estática. Elvis pedía una actualización.
—Lara tiene que subir al castillete para cubrir un punto ciego —respondió Thor, pulsando el botón.
Por el altavoz solo llegó un siseo durante un par de latidos. Luego la voz de Elvis:
—Se hace como dice la ingeniera. Ponedle la línea de vida. Thor se queda con ella.
Park tomó la decisión operativa sin convertirla en una discusión. Subió a buscar lo necesario; Thor empezó a preparar el punto de anclaje.
Lara sintió un cosquilleo agradable en el centro del pecho.
Se hace como dice la ingeniera.
La diferencia con Turín era tan banal que casi le molestaba: no debería haberle parecido extraordinario que la tomaran en serio en el trabajo para el que la habían contratado.
Y, sin embargo, se lo parecía.
Cuando la línea de vida estuvo lista, Thor comprobó personalmente el arnés y la conexión. Lara subió al castillete, colocó el escáner en la nueva posición y verificó dos veces que el trípode estaba estable antes de poner en marcha el levantamiento.
En la tableta, la zona que había quedado oculta desde el suelo empezó por fin a aparecer.
Lara amplió el modelo, comprobó la unión con los escaneos anteriores y sonrió. Ahora sí podía trabajar de verdad con él.
◆
Fernanda apartó la cesta del pan medio segundo antes de que Fuego llegara a alcanzarla.
Aldo vio la maniobra y lo señaló con la barbilla.
—Ese de ahí —le dijo a Lara—, si lo dejas cerca del pan, en diez minutos no queda nada para nadie.
—No es verdad. —Fuego ya estaba masticando.
—Y tan verdad. Y tú lo sabes. —Fernanda pasó por detrás de él y le dio un golpecito en la nuca.
Lara sonrió y volvió a su plato. Todavía sentía en los hombros el cansancio agradable de un día de trabajo de verdad. A su alrededor las voces se superponían, los platos pasaban de mano en mano y la radio junto a la puerta hablaba a un volumen demasiado bajo para que nadie le prestara atención.
Fernanda era la única que nunca llegaba a sentarse del todo.
Entraba y salía de la cocina, dejaba un plato delante de Vincent sin preguntarle nada, le acercaba algo a Derek, apartaba otra cosa del alcance de Fuego.
El pelo gris, recogido en un moño, ya se le había soltado en las sienes por el calor de los fogones.
Lara apenas se había fijado en ella los días anteriores; aquella noche entendió que el comedor funcionaba a su alrededor.
Alargó una mano hacia el centro de la mesa y cogió la botella de Tabasco. Le dio vueltas distraída y entonces vio la fecha impresa en la parte de atrás.
La releyó.
—Este caducó hace tres años.
Aldo levantó la vista del plato.
—¿Solo tres?
—¿Solo? —repitió Lara.
—Aquí es prácticamente fresco.
—Qué va, si todavía está bueno. —Fernanda cogió la botella, comprobó la etiqueta y se la devolvió.
—¿Desde hace tres años?
Derek aclaró que gran parte de las provisiones pasaba muchos meses congelada.
—Y de todas formas… Si empiezas a mirar todas las fechas del almacén, mañana dejas de comer.
Lara volvió a mirar la botella y luego su plato. Al final sonrió y desenroscó el tapón.
Mientras dejaba el Tabasco otra vez en el centro, vio a Fuego alargar una mano hacia el vaso de Nika. El suyo estaba vacío. Cogió el de ella, bebió dos sorbos y lo dejó exactamente donde estaba, sin dejar de hablar con Park y sin interrumpir la frase.
Nika no reaccionó. Ya estaba respondiendo a Park y recuperó el vaso poco después sin mirarlo.
Lara se fijó en el gesto precisamente porque ninguno de los dos le había dado importancia. No tenía aire de confianza exhibida ni de broma. Parecía una costumbre.
Al otro lado de la mesa, Thor levantó la vista del plato. Siguió el vaso con los ojos mientras Fuego lo dejaba delante de Nika y luego siguió comiendo.
Lara bajó la mirada al tenedor. Todavía no conocía lo bastante bien a ninguno de ellos para decidir qué significaba. Y, sobre todo, no era asunto suyo.
Después de la cena apareció una baraja de cartas gastada por los bordes y en pocos minutos media mesa volvió a quedar ocupada por una partida cuyas reglas Lara nunca llegó a entender del todo.
Aldo sostenía que Fuego se había inventado una.
Fuego sostenía que Aldo simplemente no sabía perder.
Vincent se había autoproclamado árbitro, lo que empeoró la situación.
Lara miró más de lo que participó. Thor se había instalado junto a la ventana redonda con un cuaderno sobre las rodillas.
Escribía o dibujaba algo con un lápiz corto, ignorando casi todo lo demás.
Cuando Nika pasó a su lado camino de la cafetera, Thor cerró el cuaderno y lo dejó en el asiento de al lado. Nika siguió adelante sin darse cuenta.
También Elvis se había quedado en la sala, pero no en la mesa de la partida.
Estaba sentado cerca de la puerta con una taza delante.
El café debía de estar frío desde hacía rato: Lara no le vio beber ni un sorbo.
De vez en cuando miraba el reloj, luego la radio de la mesita, y después volvía a observar la sala. Parecía pensativo.
La comunicación que Nika había mencionado la noche anterior todavía no se había confirmado. Lara se acordó de ella al ver cómo a Elvis se le tensaba la mandíbula cuando de la radio llegó una descarga de estática que no traía ninguna voz. Él no se movió.
Al otro lado de la ventana seguía la misma claridad de siempre. Lara empezaba a entender por qué al cuerpo le costaba decidir cuándo tener sueño. El cielo no ofrecía ninguna ayuda: ni crepúsculo, ni una sola señal de que el día hubiera terminado.
Aldo, mientras recogía las cartas, siguió la dirección de su mirada.
—Dentro de unas semanas empezarás a echar de menos este sol —dijo.
—Difícil. —Lara miró el blanco al otro lado del cristal.
—Ya verás —dijo Aldo, y volvió a barajar.
Lara regresó a la mesa. Aquella noche se sentía distinta de dos días antes.
No porque de repente hubiera entendido Taenara: seguía sin saber qué había detrás de la puerta blindada ni qué había puesto en alerta a Elvis ante la noticia de una inspección externa.
Pero durante el día había trabajado con Nika, Thor y Park, y cada uno se había limitado a hacer bien su parte, dejándole a ella la suya.
En la cena, Fernanda le había servido lo mismo que a todos los demás, las bromas de la mesa habían empezado a incluirla también a ella y Aldo había hablado del futuro dando por hecho que ella estaría allí para verlo.
Por primera vez desde que había llegado, Lara consiguió imaginarse dentro de aquella rutina y no solo de paso.
La radio junto a la puerta graznó.
No fue el volumen lo que le hizo levantar la cabeza. Fue Nika.
Era la que estaba más cerca. Dejó la taza, se volvió hacia el aparato y escuchó. La sonrisa que todavía le quedaba de la partida desapareció antes de que terminara la transmisión.
—Elvis —dijo. Todas las demás voces se apagaron—. Ha llegado la confirmación.
Elvis ya estaba de pie y en dos pasos llegó a la radio. Lara vio a Park enderezarse en la silla y a Fuego dejar las cartas sin que nadie se lo pidiera.
Elvis escuchó las últimas palabras de la comunicación y luego se volvió hacia la mesa.
—Aterrizaje dentro de treinta y seis horas. —Su mirada pasó de una persona a otra—. A partir de este momento cambian algunas cosas.
◆